El Fetiche de la Pureza y La Crisis Del Marxismo Occidental

Carlos L. Garrido 

Esta es una transcripción de la presentación de Carlos Garrido en el lanzamiento de su libro reciente, El fetiche de la Pureza y la Crisis del Marxismo Occidental, que se puede adquirir AQUÍ. Acá se puede ver el lanzamiento del libro, que incluye también presentaciones de los filósofos Gabriel Rockhill y Thomas Riggins, de los economistas Radhika Desai y Alan Freeman, y del politólogo Edward Smith.

En una carta de 1875 a Wilhelm Bracke, Marx diría que «cada paso del movimiento real es más importante que una docena de programas». Este es el espíritu vivo del análisis marxista: el énfasis es puesto en las luchas reales, en las formas de formación social que estas luchas descubren en su vuelco, en menor o mayor medida, del estado actual de las cosas. Esta es la esencia de una de las formas más centrales en que Marx y Engels formulan lo que es el comunismo: como dicen en La ideología alemana: «El comunismo no es para nosotros un estado de cosas que debe establecerse, un ideal al que la realidad [tendrá] que ajustarse. Llamamos comunismo al movimiento real que abola el estado actual de las cosas». La perspectiva del fetiche de la pureza que impregna el marxismo occidental es fundamentalmente antagónica a esta cosmovisión (weltanschauung) marxista viva y abierta. Sostiene que las ideas estáticas puras son sagradas, y rechaza consistentemente la realidad cuando tal realidad profana sus ideales puros. Esta es la esencia de la perspectiva fetichista de la pureza: es un juicio incesante basado en una evaluación superficial de si la realidad está a la altura de las ideas puras o no.

Ideológicamente, está profundamente arraigada en las tradiciones de la filosofía occidental, que se remontan desde la escuela eleática en Grecia 500 años antes de Cristo. En esta escuela, pensadores como Parménides y Zenón plantearían que la verdad es inmutable, única e indivisible. Aceptar el cambio, las contradicciones y una comprensión pluralista de la totalidad sería participar en el camino de la falsedad y la opinión.

Con las excepciones de Heráclito, Hegel y el marxismo, esta forma de pensamiento ha dominado el pensamiento occidental hasta nuestros días, y, en los marxistas occidentales, toma varias formas distintivas que, si bien sostienen la apariencia del análisis marxista, están completamente desprovistas de su sustancia revolucionaria. El diagnóstico que Engels dio a los marxistas reductivos en una carta de 1890  a Conrad Schmidt se aplica apropiadamente a los marxistas occidentales: «lo que les falta a todos estos caballeros es dialéctica».

Cuando desarrollé por primera vez el concepto del fetiche de la pureza en octubre de 2021, había principalmente una forma a través de la cual observé que el fetiche se manifestaba en el marxismo occidental. Si hay un hilo común que se encuentra en la tradición marxista occidental, es su rechazo inquebrantable de los experimentos socialistas, especialmente aquellos dirigidos por partidos comunistas.

En la década de 1990, tras el derrocamiento de la Unión Soviética, Michael Parenti los había etiquetado como los partidarios del «socialismo puro», porque imaginan, como argumentó, «cómo sería el socialismo en un mundo mucho mejor que este, donde no se requiere una estructura estatal fuerte o una fuerza de seguridad, donde nada del valor producido por los trabajadores necesita ser expropiado para reconstruir la sociedad y defenderla de la invasión y el sabotaje interno». Gabriel Rockhill llamó a su marca de «teoría crítica» ABS (Anything But Socialism…»Cualquier cosa menos socialismo»): su trabajo, en formas directas e indirectas, «en última instancia conduce a una aceptación del orden capitalista ya que el socialismo se juzga como mucho peor».

Los marxistas occidentales ignoran la constante guerra híbrida, como describe Vijay Prashad, bajo la cual los proyectos revolucionarios exitosos tienen que construir el socialismo. Ignoran los efectos, especialmente para los experimentos en el Sur y el Este globales, que siglos de colonialismo han tenido para mantener estas áreas pobres y subyugadas política, económica y culturalmente al Occidente. Ignoran las presiones colosales, tanto históricamente heredadas como contemporáneas, bajo las cuales se lucha por el socialismo. Y lo más importante, ignoran cómo estas presiones dan forma a los parámetros de la construcción socialista embrionaria en estas áreas.

Como sostengo en el libro,

El socialismo no es «traicionado» cuando, al encontrarse con las presiones externas e internas del imperialismo y de una clase burguesa nacional, se ve obligado a tomar más posiciones llamadas «autoritarias» para proteger la revolución. El socialismo no es «traicionado» o transformado en «capitalismo de Estado» (en el sentido despectivo, no leninista) cuando frente a una economía atrasada corre el riesgo de relacionarse[1] con su opuesto y se involucra en un proceso de apertura al capital extranjero para desarrollar sus fuerzas productivas. El momento «autoritario», o el momento de «apertura al capital extranjero», no son una negación aniquiladora del socialismo -como los marxistas occidentales quieren hacernos creer- sino la sublación de las concepciones idealistas de un socialismo «puro», especialmente en sus primeras etapas.

Una Rusia socialista que no hubiera tomado la «retirada estratégica» hacia la Nueva Política Económica de Lenin en medio de la embestida de las dificultades del «comunismo de guerra» (que se les impuso después de su invasión por quince países, incluidos el Reino Unido, los Estados Unidos, Japón, Italia, etc.) no habría sobrevivido. Del mismo modo, sin la llamada colectivización «estalinista», no sólo la Unión Soviética habría permanecido sin industrializarse y pobre, sino que las fuerzas hitlerianas habrían sido capaces de, como Occidente esperaba (y deseaba), pisotear la amenaza «judeobolchevique», destruyendo el primer estado obrero y la noción de que la clase obrera podría gobernarse a sí misma.

Del mismo modo, un tratamiento menos «autoritario» de los matones de Batista después de la revolución cubana habría abierto la ventana para que el imperialismo y las fuerzas contrarrevolucionarias nacionales derrocaran la revolución popular. Una República Popular Democrática de Corea (RPDC) menos «autoritaria» no habría sobrevivido a la guerra híbrida librada contra ella por el imperio estadounidense (y sus lacayos de la OTAN), que mataron al veinte por ciento de su población durante la guerra y que han estrangulado a su país con uno de los regímenes de sanciones más agresivos del mundo durante 70 años consecutivos.

El «autoritarismo» que el fetiche de la pureza del marxista occidental condena es en todos los casos un componente necesario para proteger la soberanía de una revolución y la democracia socialista. Pero, dado que tratan el «autoritarismo» y la «democracia» de manera abstracta; Al no preguntar: «¿Democracia para qué clase?» y «¿autoritarismo contra qué clase?», son incapaces de ver el papel necesario que desempeña el «autoritarismo» contra el imperialismo y contra las clases nacionales que colaboran con el imperialismo para asegurar una forma más rica, más amplia y más desarrollada de democracia socialista para la gente común.

El fetiche de la pureza de los marxistas occidentales los hace inmunes a ver la construcción socialista como un proceso, uno que, sin duda, desarrollará contradicciones que con el tiempo probablemente serán superadas. Una paradoja surge en los ideales abstractos sacrosantos de los marxistas occidentales: mientras que el socialismo real es siempre demasiado impuro para obtener su apoyo, estos mismos «marxistas» no dudarán en respaldar, directa o indirectamente, al imperialismo capitalista en sus intentos de socavar tanto los experimentos socialistas como los experimentos no socialistas que existen fuera de las esferas de influencia del imperialismo estadounidense. Como Alan Freeman y Radhika Desai escriben en su dossier reciente llamando por una izquierda global antiimperialista, «ya no tiene sentido describir [a la izquierda occidental actual] como ‘izquierda'», ya que son, en esencia, partidarios de los estados imperialistas occidentales.

Esta forma de supuestos marxismo, basada en la cosmovisión del fetiche de la pureza, ha sido durante décadas un componente indispensable de la hegemonía burguesa. El papel de sus teóricos como deslegitimadores izquierdistas de los estados socialistas y antiimperialistas les ha valido la parte de ser panderetas mejorando la melodía de los tambores de guerra de los principales medios de comunicación. Son, como los he etiquetado en el libro, los agentes de una contrahegemonía controlada: los recuperadores radicales, como Rockhill los llama, que absorben cada actitud disidente de las masas para su izquierda compatible, dejando al imperialismo capitalista fundamentalmente sin oposición.

En esencia, los “marxistas” situados en el fetiche de la pureza expresan una forma de lo que Georg Lukács llamó «apologética indirecta:» Su repudio superficial del capitalismo, cuando se combina con su rechazo del socialismo real, es una de las formas más efectivas de afirmar el modo de vida capitalista dominante. Aceptan, al menos en la práctica, el dicho de Churchill sobre que el capitalismo es el peor sistema, excepto por todos los demás. Para ellos, la democracia liberal burguesa es, como el mundo que el Dios de Leibniz ha creado, el mejor de todos los mundos posibles. Esto lo convierte en la forma ideal de oposición controlada; una oposición que compra plenamente la TINA (There Is No Alternative – no hay alternativa) de Thatcher y, por lo tanto, nunca se opondrá sustancialmente al orden existente, ya que considera que la alternativa es mucho peor. Como Keti Chukhrov lo describe, su función clave está en la «radicalización de la imposibilidad de la salida».

A medida que las crisis generales del capital se intensifican por lo que John Bellamy Foster ha llamado a las «dos formas de exterminismo: la guerra nuclear y la emergencia ecológica planetaria», se vuelve indispensable para los marxistas luchar contra esta perspectiva fetichista de la pureza. Es una visión del mundo que no sólo obstruye la adquisición de la verdad, sino que vacila de ser simplemente revolucionariamente inútil a ser una fuerza material e ideológica indispensable para la conservación del orden dominante.

En los Estados Unidos, el fetiche de la pureza adopta dos formas adicionales que me gustaría mencionar brevemente. En cada caso, una vez más, impide la adquisición de la verdad y el desarrollo de un movimiento revolucionario.

Hay una fuerte corriente en la izquierda, tanto en los espacios socialdemócratas como en los comunistas, que considera que la parte votante de Trump de la clase trabajadora constituye una amenaza «fascista». Estos trabajadores son vistos como una canasta contaminada de deplorables, en las palabras de la camarada Clinton, que no son aptos para ser organizados.

Como alguien que ha pasado toda su vida organizando en el Medio Oeste, el área del país más densamente poblada con trabajadores pro-Trump, estos sentimientos están lejos de ser ciertos. Pero incluso si lo fueran, incluso si esta fuera la parte más atrasada de la clase obrera, ¿cuál es el punto de los comunistas sino precisamente elevar la conciencia de los trabajadores, independientemente de su punto de partida ideológico? ¿No estaríamos simplemente predicando al coro si esperáramos que la clase obrera ya cumpliera con todos los estándares puros de nuestra conciencia social «iluminada»? La tarea de los comunistas es organizar en base de clases, no en base de líneas ideológicas, y elevar la conciencia de los trabajadores, independientemente de su posición ideológica, a la conciencia de clase socialista.

Como diría Gramsci, la tarea del comunista es encontrar los núcleos en la cosmovisión incoherente de las masas que podrían rearticularse hacia el socialismo. Las actitudes condescendientes hacia las masas hacen imposible esta tarea. Hay que aprender de las masas para guiarlas hacia el socialismo. El educador, como señaló Marx, deben ser si mismo educado.

Si el fetiche de la pureza lleva a uno a rechazar la organización del 40 por ciento más o menos de la población obrera estadunidense que decidió votar por Trump, esto paraliza la lucha de clases en un momento en que las condiciones no podrían ser más maduras para su desarrollo. Si esto es cierto para aquellos en la ultraizquierda que «cancelan» la parte pro-Trump de la clase trabajadora porque no cumplen con sus estándares puros de clase media que dictan la conciencia social “ilustrada” que deben tener los trabajadores antes de organizarlos, no podría ser más cierto para esos elementos marginales de la izquierda que ven a todos los trabajadores no indígenas como «colonos».

La segunda forma especial que toma el fetiche de la pureza en los marxistas estadounidenses se puede encontrar en su evaluación de su pasado nacional. La cosmovisión dialéctica (tanto en Hegel como en el marxismo) rechaza la idea de un universal inmutable, puro y ahistórico, y en su lugar insta a que los universales estén necesariamente vinculados a particulares concretos históricamente condicionados. Los universales son siempre concretos, es decir, existen y toman su forma a través de lo particular.

¿Qué nos dice esto sobre el socialismo? Bueno, que simplemente no existe tal cosa como el socialismo abstracto. El socialismo es un universal que no puede existir a menos que se concrete a través de lo particular. En cada país en el que ha echado raíces, el socialismo ha tenido que adaptarse a las características especiales de los pueblos que han librado y ganado la lucha por el poder político. En China esto ha tomado la forma de socialismo con características chinas; en Cuba esto ha significado incorporar a José Martí y las tradiciones anticoloniales en la construcción socialista; en Venezuela esto ha tomado la forma del socialismo bolivariano; en el Estado Plurinacional de Bolivia esto ha tomado la forma de combinar el marxismo con las tradiciones comunistas indígenas que han existido durante siglos; en el continente africano esto ha tomado la forma de socialismo panafricano, y así sucesivamente. En cada caso la lucha ha sido, como Georgi Dimitrov ya había notado en 1935, «nacional en la forma y socialista en el contenido».

En varias partes de la izquierda estadounidense, la perspectiva del fetiche de la pureza ha oscurecido esta lección histórica y ha hecho desenfrenado el fenómeno que Dimitrov llamó nihilismo nacional. La historia de nuestro pueblo se reduce a la esclavitud, el colonialismo de asentamiento, el imperialismo y todos los males del capital y su Estado. Al hacerlo, rechazan recurrir a su pasado nacional para darle forma al contenido socialista. Lejos del «progresismo» que ven en esto, lo que esto realmente representa es un excepcionalismo estadounidense teñido en liberalismo, que piensa que la lucha por el socialismo en los Estados Unidos no tendrá que seguir esta tendencia universal-concreta vista en todo el mundo, donde el socialismo funciona como el contenido que toma forma (es decir, se concreta) de acuerdo con las circunstancias específicas en las que se está desarrollando.

Esto ha impedido que la izquierda estadounidense pueda aprender genuinamente de su historia progresista y conectarse con su pueblo. Hace imposible la tarea Gramsciana de rearticular los núcleos del pensamiento progresista en el sentido común de nuestro pueblo hacia el socialismo. Impide que los marxistas estadounidenses entiendan su pasado nacional dialécticamente, como una totalidad social en constante movimiento impulsado por sus contradicciones objetivas inmanentes. Debido a que nuestro pasado nacional es muy ‘impuro’, los “marxistas” situados en la cosmovisión del fetiche de la pureza hacen imposible la tarea de aprender de nuestras luchas progresistas, desde Douglass hasta Dubois y Winston; estas figuras y los movimientos a los que estaban vinculados se consideran antiestadounidenses, en una forma de macartismo izquierdista.

El mito anticomunista contra el que luchamos el siglo pasado ha sido aceptado en este: que Estados Unidos y el pueblo estadounidense están de un lado y el socialismo del otro, con una brecha insalvable en el medio. La aceptación de esta tontería macartista ha sido gracias al desarrollo del fetiche de la pureza dentro de un movimiento comunista muy debilitado que quedó vagando en la oscuridad después del derrocamiento de la Unión Soviética.

Le seria valioso a la izquierda estadunidense recorrer los poemas de Martí, donde uno encuentra una clase magistral de cómo hacer análisis teniendo en cuenta el lugar de las contradicciones objetivas y la pluralidad de todo proceso y figura histórica – donde el fetiche de la pureza se derrota con un pensamiento intuitivamente dialectico. Por ejemplo, en Tres Héroes, su poema dedicado a Bolívar de Venezuela, San Martín del Río de la Plata, y al padre Hidalgo de México, Martí dice que:

Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

Pero los tiempos han cambiado, como todo en este mundo. No estamos condenados a repetir los errores de la izquierda Marxista de las épocas anteriores. No es solo posible, si no necesario, que se desarrolle una izquierda Marxista libre del dogmatismo e idealismo del fetiche de la pureza.

Hoy, cuando las generaciones más jóvenes de estadounidenses enfrentan, por primera vez en la historia, niveles de vida peores que los de sus padres; mientras que 60 mil personas siguen muriendo al año porque no tienen seguro médico; mientras que el 60% de los estadounidenses están a un sueldo perdido de unirse a las 600 mil personas sin hogar que deambulan en un país con 33 veces más hogares vacíos que personas sin hogar; mientras 34 millones de estadounidenses, incluido uno de cada ocho niños, experimentan hambre en un país que bota el 40% de su suministros de alimentos; mientras que los salarios estancados y la inflación tienen a la clase trabajadora estadounidense luchando para llegar a fin de mes; mientras que guerras de poder contra el mundo antiimperialista fallan y la desdolarización global entra en su vigor– demostrando con indudable claridad el carácter moribundo del imperialismo capitalista estadounidense; mientras, en fin, queda claro que ni el pueblo ni la clase dominante pueden continuar a la vieja usanza, demostrando en su presencia las condiciones objetivamente revolucionarias de nuestro momento histórico, el fetiche de la pureza se erige hoy como la principal barrera que impide el desarrollo de las condiciones subjetivas para un movimiento revolucionario.

Debemos superar la cosmovisión del fetiche de la pureza antes de que borre nuestra capacidad de derrocar, de manera oportuna, a nuestra clase dominante demente que está empujando al mundo al precipicio del Armagedón nuclear en nombre de mantener su hegemonía global. Estos enemigos de la humanidad se tambalean, pero, como dijo Lenin, nunca caerán si no se derrumban.

Biografía del Autor:

Carlos L. Garrido es instructor de filosofía en la Universidad del Sur de Illinois, director del Instituto Midwestern Marx y autor de The Purity Fetish and the Crisis of Western Marxism (2023), Marxism and the Dialectical Materialist Worldview (2022), y Hegel, Marxism, and Dialectics (Próximamente 2024).  

*La transcripción de esta presentación fue originalmente publicada en ingles en el Instituto Midwestern Marx.

[1] La frase en ingles es ‘tarry with its opposite,’ y es usade frecuentemente en la obra de Hegel para describir el momento donde la posición afirmativa ese presentada con su supuesta oposición externa, pero, después de mantenerse en contacto (tarry with) con ella, se descubre que la negación es inmanente, que el contrario es postulado por si mismo con el fin de una reunión dialéctica en una etapa más desarrollada que la afirmación inicial/inmediata y que su momento de negación.