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El Buen Vivir y la pluralización de mundos

Damián Pachón Soto.

La crisis ecológica y ambiental en curso, producidas por el capitalismo neoliberal actual basado en la mercantilización de casi todos los aspectos de la vida, ha generado una reacción plural desde distintas miradas donde se buscan nuevas alternativas de ser, estar, vivir y convivir. Una de ellas es la denominada Buen Vivir/Vivir Bien. A exponer las potencialidades de esta apuesta está dedicado el libro “Ontología política desde América Latina”, publicado por la Universidad Santo Tomás (2021).

Tras la caída del socialismo real en los años noventa, aparentemente se impuso el pensamiento único. Esta aserción, muy común en ciertos sectores críticos, pasa por alto el hecho de que frente al modelo neoliberal hegemónico surgieron un conjunto de apuestas que denuncian el carácter destructivo y la visión cerrada de la vida y de la existencia de ese modelo basado en la democracia liberal-multiculturalista y del mercado que está llevando al planeta a una verdadera hecatombe. Estas han apuntado, entre otros aspectos, a deconstruir el régimen intelectual que sostiene esa visión del mundo, específicamente, gran parte de la ontología y la epistemología occidental. Esta es la tarea que emprenden los filósofos Carlos A. Duque, Arturo Orrego-Echeverría, Alexander Idrobo-Velasco (q.e.p.d.), Juan Cepeda y Julián Cárdenas en el libro mencionado.

La ontología occidental (no toda, pues hay notables excepciones como Hume, Nietzsche, Heidegger y Deleuze) está basada en una comprensión sustancialista del ser, es decir, donde el mundo se concibe poblado de cosas, entes auto-subsistentes, esencias que no necesitan de otras cosas y relaciones para existir, sustancias “recortadas” del todo y sustraídas de sus condiciones de existencia, donde la naturaleza es un recurso para ser administrado y manipulado. Igualmente, se basa en la separación entre naturaleza y cultura, la primacía del individuo sobre la comunidad, el antropocentrismo sobre el biocentrismo, etc. En términos epistemológicos, muchos de estos dualismos (si no todos) y estas posturas binarias se basan en la separación sujeto/objeto, heredada del cartesianismo y reproducida por el positivismo hasta hoy. Esa separación sujeto/objeto es la responsable de una cuádruple ruptura en la modernidad: la del sujeto con a) la espiritualidad, b) la naturaleza, c) el cuerpo mismo y sus afectos, y d) con la comunidad. Es decir, se tiende a pasar por alto que el ser humano es un pedazo de cosmos, que está en el río de la naturaleza y dialéctica de vida y muerte; de que el “sujeto” es incorporado y afectado y de que no es algo externo que re-presenta las cosas convirtiéndolas en algo disponible. Se pasa por alto, igualmente, que la subjetividad presupone la intersubjetividad, es decir, que la comunidad precede al “yo” o de que el tú es más originario que el ego.  

La ontología y la epistemología occidental han sustentado las lecturas de lo real y las formas hegemónicas de lo político, lo económico, lo cultural, lo social modernos. Han sustentado una determinada visión del UNIverso, del mundo y de la civilización existente, como si este fuera el mejor y el único mundo posible. De ahí que, como dice Carlos A. Duque: el Buen Vivir (o Sumak Kawsay o Suma Qamaña Quichua o Aymara, con equivalentes en otros pueblos ancestrales de Nuestra América) le apuesta a las ideas del cosmocentrismo, el biocentrismo, a una “comunidad ampliada entre seres humanos y no-humanos” (animales, tierra, montañas, agua, etc.,), a los derechos de la naturaleza, la “relocalización comunal de la economía”, democracias comunales desde los territorios, una ontología múltiple relacional en contraposición a la ontología racional dominante, y la “revaloración de la espiritualidad” o de las múltiples espiritualidades existentes para “re encantar” el mundo, las cuales han sido suprimidas por el secularismo occidental.

Así las cosas, el Buen Vivir es una ontología relacional donde todo lo vivo y no vivo está conectado, donde opera el principio de reciprocidad, donde no hay “un afuera”. Es, en este sentido, una apuesta por la vida y por una comprensión holística del mundo, de la naturaleza que habitamos y nos habita. El Buen Vivir se presenta como un mundo posible que puede ser construido con elementos que ya se encuentran en la manera en que muchos pueblos ancestrales lo comprenden, es decir, que son formas de ser, pensar, vivir que ya existen. Por eso, el Buen Vivir es una ontología política, pues permite “cuestionar la idea moderna de Un mundo y dar paso a la multiplicidad de mundos ontológicos”, como afirma Arturo Orrego. Es decir, lo que está en disputa es la manera como se entiende aquello que existe y la manera como existe, pues el modo occidental de ser no es el único, o es solo uno de los muchos posibles. En este sentido, es la comprensión de lo real lo que se disputa, y frente a lo cual se presentan alternativas. Lo que está en juego son las maneras de, como dice Boaventura de Sousa Santos, “mundificar” la vida. Esta dimensión política es la que justifica el título del libro. Igualmente, es la apuesta por un PLURIverso transmoderno, más allá de la modernidad, pero sin desconocer algunos de sus aportes.  

Hay que decir que los autores insisten en que no se trata de una filosofía New Age o de pachamamismo (como la han calificado Stefanoni o Santiago Castro-Gómez), de una apuesta tecnófoba, idílica, que busca darle vuelta atrás a la rueda de la historia. No. Se trata de abrir el horizonte de la discusión, donde sea posible tomar algunos elementos de los pueblos raizales, como pensaba Orlando Fals Borda, para construir otros órdenes sociales. Como dice Carlos A. Duque: “Se trata de asumir las consecuencias para la filosofía política de una ampliación en nuestras consideraciones ontológicas que posibilite, a su vez, enriquecer los elementos de nuestras discusiones ético-políticas”. Esto implica, por ejemplo, ampliar el concepto de ontología y dar discusiones epistemológicas de fondo (como el carácter hegemónico de la ciencia moderna y sus métodos), sacando sus consecuencias concretas para el futuro del planeta, de la vida y así frenar (y superar) la crisis civilizatoria del Antropoceno. Desde este punto de vista, la relacionalidad, la interconexión, la espiritualidad, pueden operar como principios de una filosofía política nueva que ofrezca horizontes para la existencia y re-existencia; o de otras formas de tratar con lo real, con lo que hay, con “lo que es”, pero también de todo aquello que no se encuentra aún presente o avizorado en la racionalidad dominante.

Una de las cuestiones más interesantes que se plantea desde el Buen Vivir, pero también desde otras corrientes del pensamiento crítico latinoamericano es, desde mi punto de vista, la superación de lo que en las teorías decoloniales se conoce como la colonialidad del saber. Esta surgió con la imposición del imaginario occidental que destruyó mitos, leyendas, religiones, cosmovisiones, formas de entender y de tratar con la realidad, formas de producir conocimientos, formas de valorar, etc. En el caso de América Latina, esa operación de poder enseñó a subvalorar lo propio, inferiorizó lo precolombino, impuso lo que Fernando González llamó el “complejo de hijo de puta” y, concomitantemente, inculcó el fetichismo por la cultura occidental, el esnobismo, la xenofilia y el neolatrismo, lo cual está presente aún hoy en las instituciones, las modas, las aspiraciones, el sentido común, los gustos teóricos y hasta las prácticas académicas.

Esos saberes de la periferia de Europa, amputados por la violencia intrínseca de todo imperialismo y de todo colonialismo, sufrieron lo que Boaventura de Sousa Santos llamó “epistemicidio” o muerte de otras formas de ser, saber, comprender y estar. Por eso, desde el Buen Vivir se reclama justicia epistémica, justicia cognitiva, porque las formas plurales de comprender el mundo también tienen derecho a seguir existiendo y a alimentar las visiones de futuro, pues dan cuenta de una riqueza humana que no puede morir, de la creatividad, de la capacidad poiética, del poder de la imaginación de cientos de pueblos que vivieron por miles de años sin ciencia occidental. Ya decía María Zambrano: “nada de lo real puede ser humillado”. Ahora, esta reivindicación del pluralismo epistémico (y también ontológico) no significa acabar con el legado emancipatorio europeo o moderno, ni implica postular un lugar privilegiado de la emancipación como ya hacían la izquierda tradicional con el marxismo y la vetero-derecha con el liberalismo. No. Significa crear, pensar mundos inéditos, articular praxis colectivas, etc., buscando la construcción de alternativas biopolíticas vitalistas donde quepamos todos. Entre más perspectivas se tengan, mejor, más rico es el diálogo y el diseño de posibles configuraciones sociales. Pero ello exige estudiar, abrir la mente y desfatalizar el ser, lo dado.  El libro aquí reseñado invita a pensar en estas opciones.

 

Finalmente, hay que decir que pensarse a fondo el Buen Vivir, una apuesta al lado del Populismo republicano, del Republicanismo transmoderno, de la Política de la liberación, la filosofía intercultural, el decrecimiento, las apuestas por el posdesarrollo, los ecofeminismos, entre otras posturas vigentes que han alimentado el debate en las últimas décadas en América Latina, implica, a mi juicio, pensar el tema del conflicto en las comunidades ancestrales, el patriarcado, el tema de la presunta armonía ser humano/naturaleza, el carácter marcadamente urbano de las sociedades actuales donde imperan los valores del neuro-liberalismo con su lógica de la acumulación, la ganancia, el éxito, el hedonismo y el consumo; el alto nivel demográfico del planeta, el papel del Estado y “lo nacional”, los movimientos sociales, las limitaciones políticas del autonomismo; el problema de la geopolítica y las relaciones internacionales, la necesidad de los principios normativos, la acción política estratégica y el tema de las instituciones. El lector puede encontrar pistas y respuestas para algunos de estos problemas en el libro, pero hay otros (la mayoría) que se deben seguir construyendo y pensando. Esa es la invitación.