Las contradicciones del capitalismo y la necesidad de un socialismo ecológico
Natán Hinojosa
La industria a gran escala y la agricultura a gran escala explotada industrialmente tienen el mismo efecto. Si originalmente pueden distinguirse por el hecho de que la primera deposita desechos y arruina la fuerza de trabajo, y por tanto la fuerza natural del hombre, mientras la segunda hace lo mismo con la fuerza natural del suelo, en el posterior curso del desarrollo se combinan, porque el sistema industrial aplicado a la agricultura también debilita a los trabajadores del campo, mientras que la industria y el comercio, por su parte, proporcionan a la agricultura los medios para agotar el suelo.
Karl Marx, El capital, Tomo III
Cuando el capitalismo entra en recesión, los capitales individuales enfrentan una caída sostenida de su rentabilidad. La respuesta racional desde la lógica del sistema sería invertir en la producción; sin embargo, ello requiere tiempo y supone enfrentarse a mercados debilitados. Por esta razón, el capital-dinero –esto es, el capital financiero– busca escapar del circuito general del capital para apostar por la irracionalidad especulativa. Este dinero, sustenado en la expansión del crédito, se eleva por encima de la sociedad y busca expandirse contra ella. En pocas palabras: hay demasiado dinero persiguiendo demasiadas pocas oportunidades de inversión productiva rentable.
Estas aventuras especulativas son una respuesta directa a la contradicción central del capitalismo. Cuando los costos de las condiciones de producción –fuerza de trabajo, naturaleza, infraestructura urbana– se elevan, ya sea por degradación ecológica o por presión de los movimientos sociales, la rentabilidad productiva cae. Ante este escenario, el capital financiero, que no tiene que lidiar con esos costos “ficticios” (pues no produce bienes, solo circula valor), se vuelve hegemónico frente al capital productivo. Esta hegemonía financiera permite a los capitalistas obtener ganancias sin enfrentarse a los crecientes costos ecológicos, laborales y urbanos que aquejan a la producción material.
El capitalismo es incapaz de resolver estas contradicciones –esa resolución sería propiamente el socialismo, entendido como superación dialéctica de las contradicciones del capital. En consecuencia, huye hacia adelante: en lugar de resolverlas, aunque fuera a costa de su propia tasa de ganancia, las evade mediante la especulación financiera.
Por nombrar solo algunos problemas urgentes que ocupan las primeras planas en las noticias menciono los siguientes ejemplos:
- Endeudamiento creciente. La especulación masiva se basa en crédito, lo que genera un endeudamiento progresivo de empresas, hogares y gobiernos. El valor nominal de las ganancias aumenta con mucha mayor rapidez que el valor real del capital fijo y circulante, creando burbujas financieras. La crisis de 2008 —salarios estancados, necesidad de vivienda, expansión del crédito hipotecario y subsecuente financiarización de la vivienda– es un problema social pesimamente manejado por Obama –quien prefirió salvar los bancos en vez de sus votantes– cuyas consecuencias aún vivimos.
- Deterioro acelerado de las condiciones de producción. El capitalismo no puede planificar a largo plazo; por ello, solo mantiene la tasa de ganancia descuidando el mantenimiento de las condiciones materiales de producción. La crisis actual de soberanía alimentaria es resultado directo de esta contradicción: acaparamiento de tierras, degradación de suelos y agua, pérdida de biodiversidad de semillas de maíz y la conversión del campesinado en fuerza de trabajo desechable, sobreexplotada y obligada a migrar.
- Transferencia de costos a comunidades vulnerables. Trabajadores y pueblos indígenas son los principales receptores de estos costos. Las “zonas de sacrificio” que infestan México son una externalización sistemática de costos. La crisis de demanda, la crisis de costos, el deterioro de las condiciones de producción y la lógica especulativa del capital financiero generan territorios vinculados al crimen organizado, con una degradación ambiental extrema provocada por megaproyectos extractivos que despojan a comunidades campesinas e indígenas y sobreexplotan una mano de obra considerada desechable, reprimida además por grupos paramilitares privados (el narco).
- Guerra imperialista como mecanismo de absorción de capital sobreacumulado. Todo el complejo militar estadounidense-israelí requiere ingentes inversiones de capital que crean demanda efectiva –el Estado y las compañías militares privadas compran armamento. Para ello, el centro imperial vive en guerra perpetua como forma de estimular la economía sin tener que aumentar salarios ni redistribuir la riqueza. La reciente guerra contra Irán es parte de este patrón: se sostiene con impuestos, deuda pública y recorte de servicios sociales, no solo en Estados Unidos sino en los países cuyas economías están subordinadas a ese centro imperial. Esta guerra es también resultado de la pérdida de control sobre las condiciones de producción: fuerza de trabajo (los trabajadores iraníes son explotados por una burguesía local no subordinada a los intereses de la burguesía estadounidense), naturaleza (gas, petróleo, agua), infraestructura (gasoductos) y territorio (golfo de Ormuz). El sionismo, como colonialismo de asentamiento en Medio Oriente, es la respuesta a esta contradicción: cuando el capital no puede garantizar sus condiciones de producción dentro de las fronteras nacionales o en sus mercados monopolizados, recurre a la guerra, la ocupación y el saqueo para asegurar el acceso a recursos estratégicos.
¿Pueden superarse estas contradicciones dentro del capitalismo?
No. Solo pueden desplazarse hacia el futuro, mientras se profundizan. La primera contradicción es que la especulación no crea demanda efectiva real: cuando la burbuja estalla, la crisis de realización se agrava, pues el capital financiero se retira, el crédito se contrae y la economía productiva se desploma aún más. La segunda contradicción es que, al descuidar las condiciones de producción, las aventuras especulativas agravan el deterioro ecológico y social. Eventualmente, estos costos retornan parasitando nuevamente al capital productivo en forma de escasez real de recursos.
Esta brecha insostenible entre la economía real –que produce bienes y servicios– y la economía financiera –que solo circula valor– es el núcleo de la crisis del imperialismo estadounidense-sionista que estamos viviendo. Las guerras comerciales que derivan en guerras de saqueo imperialistas no solo no resuelven la crisis de demanda y de costos, sino que crean nuevos problemas: crisis de refugiados, fascistización de otros países y economías de guerra que adquieren autonomía –como las compañías militares privadas, que no pueden existir sin generar conflictos– al degradar las condiciones de producción globales: contaminación ambiental, destrucción de la reproducción social y de infraestructura crítica. La colonización de Venezuela no resuelve este problema, como tampoco la futura agresión contra Cuba y México resolverá la crisis, mucho menos una guerra entre el centro imperialista (y sus títeres asiáticos) y el Estado de colonos contra China y Corea del norte.
El capitalismo no puede superar sus contradicciones estructurales en su modelo actual. La especulación financiera no es una solución, sino un intento desesperado de ganar tiempo –un curita sobre una herida de cuchillo que solo aplaza el colapso mientras profundiza las crisis del sistema. La historia de los siglos XIX, XX y XXI lo confirma: cada ciclo de crisis se resuelve mediante una nueva ronda de expansión crediticia, transferencia de costos a las periferias y degradación acelerada de los bienes comunes naturales. Pero es imposible un modelo de crecimiento infinito con recursos finitos y la naturaleza se encuentra agotada, ya no puede extender el crédito del futuro.
La crisis ecológica no es un efecto colateral del capitalismo, sino su expresión más profunda y letal. El sistema no ha fallado en proteger el medio ambiente por negligencia o mala regulación; lo ha depredado sistemáticamente porque esa depredación es constitutiva de su lógica de acumulación. La «fractura metabólica» que Marx describió hace más de un siglo se ha convertido hoy en una brecha abismal: el capitalismo extrae materia y energía de los ecosistemas a un ritmo que la Tierra no puede reponer, y expulsa desechos a una velocidad que la biosfera no puede asimilar. El resultado es la sexta extinción masiva, el colapso de los ciclos del agua y el carbono, la acidificación de los océanos y el calentamiento global que ya amenaza la habitabilidad de vastas regiones del planeta.
Frente a este panorama, el capitalismo solo ofrece recetas agotadas: mercados de carbono que legitiman la contaminación, tecnologías verdes que profundizan el extractivismo, compensaciones que funcionan como indulgencias contemporáneas. No hay crecimiento verde posible dentro de un sistema que exige crecimiento perpetuo en un planeta finito. La economía ecológica lo ha demostrado con claridad: la desmaterialización absoluta –separar el crecimiento económico del impacto ambiental– es una ilusión estadística que no resiste el escrutinio de los flujos materiales. El capitalismo tardío, en su fase de crisis terminal, no puede sino destruir más naturaleza para sostener la misma tasa de ganancia.
Por ello, la única posibilidad real es una transformación radical hacia un socialismo ecológico. No se trata de añadir un capítulo sobre medio ambiente a un programa socialista tradicional, sino de redefinir el propio socialismo a partir de su relación con la naturaleza. Esto implica al menos tres rupturas fundamentales con la lógica capitalista:
Primera ruptura: planificación integrada del metabolismo social. Frente a la anarquía del mercado y la irracionalidad especulativa, el socialismo exige una planificación democrática y participativa que organice los flujos de materia y con base en las necesidades humanas y los límites planetarios. No se trata de planificar la escasez, como hace el capital, sino de planificar la suficiencia dentro de los umbrales ecológicos.
Segunda ruptura: democracia participativa y control comunitario de los bienes comunes. El socialismo no puede repetir la lógica productivista del capital. Requiere la gestión colectiva de la naturaleza por parte de los pueblos originarios y la vanguardia proletaria, bajo principios de reciprocidad con los ecosistemas y las generaciones futuras.
Tercera ruptura: desmercantilización de la naturaleza y reconocimiento de sus derechos. El capitalismo trata la naturaleza como un conjunto de mercancías. El socialismo debe reconocer a la naturaleza como sujeto de los que formamos parte. Esto implica detener todo megaproyecto extractivo y reorientar la producción hacia la satisfacción de necesidades reales.
Más allá de la retórica, se trata de una necesidad histórica ineludible. No hay cuarta opción: o construimos un socialismo ecológico basado en la democracia participativa, la planificación integrada de la producción y el respeto estricto por los límites planetarios, o el capitalismo continuará profundizando su espiral de crisis, guerras y colapso ecológico hasta hacer inviable la vida humana en amplias zonas del planeta. Las condiciones objetivas para la transformación están dadas. Falta la voluntad política y la conciencia ecológica para asumir que la lucha contra el capital es, ante todo, la defensa de la tierra misma.