Futbolistas, responsabilidades y el XXIII campeonato mundial
Julio Muñoz Rubio
La reciente y consciente actitud del futbolista Amine Yamal, de enarbolar por todo lo alto la bandera de Palestina durante un festejo de su club, el Barcelona, por las calles de esa ciudad, ha acicateado el debate sobre cuál debe ser el compromiso social y moral de los integrantes de este gremio en y más allá de las canchas, dada la violenta situación geopolítica actual. Esta discusión se hace más relevante conforme se aproxima el XXIII Campeonato mundial de futbol. De ese modo, se impone hacer una importante y urgente reflexión ética sobre la actitud a tomar ante este evento, en especial por parte de los propios jugadores. El asunto no es de una índole menor ni mucho menos una frivolidad, dado el poderoso impacto que este evento está teniendo, mayor que en las otras ocasiones y de cómo la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) está concentrando el conjunto de tensiones y contradicciones mundiales en curso.
Para ello es preciso iniciar con una digresión psicológico-filosófica que nos de bases para fundamentar toda reflexión sobre este comportamiento.
- Seres Humanos sin Humanidad
En el año 1945 Wilhelm Reich, militante revolucionario freudo-marxista, publicó un opúsculo intitulado ¡Escucha Pequeño Hombrecito! (Reich, 1997)[1], en el que dirigió una aguda e implacable crítica señalando la parte de responsabilidad que tienen los propios explotados del mundo (clase obrera principalmente) por su situación. Esta crítica constituyó una ruptura con la costumbre ancestral en todo el movimiento socialista por culpar y responsabilizar a los gobiernos y empresarios capitalistas de toda la opresión e injusticias que hay en el mundo. Para Reich esto, si bien es necesario, no es suficiente.
Como buen psicoanalista, Reich se pregunta ¿y qué hay en la estructura psíquica de los explotados y humillados que les impide tomar conciencia de su condición y luchar por su propia liberación? Ocurre que esos individuos tienen la capacidad de tomar decisiones sobre si mismos, y las decisiones que han venido tomando ha sido la de seguir permitiendo y hasta celebrando que otros, distintos y ajenos a ellos, se apropien de su conciencia y tomen las resoluciones trascendentales para continuar con esa opresión. Los pequeños hombrecitos –o mujercitas– son pequeños por ser seres que han sido forzados a la mediocridad, seres disminuidos, pequeños por delegar en otros las responsabilidades que a ellos deben corresponder. Cómplices, con su actitud, de quienes dirigen su explotación.
Años más tarde, en 1963, la filósofa Hannah Arendt provocó un escándalo al rehusar hacer una condena explícita por los crímenes cometidos por Adolf Eichmann, el funcionario nazi encargado del transporte de millones de judíos a los campos de concentración. Arendt “se limitó” a hacer una descripción de la personalidad de Eichmann, exhibida durante su juicio en Jerusalén, al cual ella tuvo acceso directo y, lo cual fue la fuente del escándalo, no lo describió como una persona cruel, sádica, ávida de muerte y sangre, como pudiera haberse esperado, sino como algo quizás peor: Un ser mediocre e insensible a tal extremo que ni siquiera se daba cuenta de la naturaleza de los actos por él cometidos ni le interesaba hacerlo ni pensar si estaban bien o mal. Durante su juicio, Eichmann nunca mostró el menor signo de arrepentimiento o pesadumbre por las misiones genocidas que cumplió, ni tampoco las reivindicó ni se mostró orgulloso o alegre por ellas ni cantó loa alguna a Hitler. Su explicación y justificación fue que “sólo” estaba trabajando y recibiendo instrucciones en su oficina, indiferente a todo principio moral y con ello a su responsabilidad social.
Arendt siguió adelante y explicó que el caso de Eichmann lejos está de ser excepcional, era y es un signo de los tiempos. En cualquier lugar en que nos encontremos podríamos, según esta filósofa austriaca, encontrar a gran cantidad de gente así, común y corriente, caminando por la calle o en cualquier trabajo o familia, no necesariamente en labores genocidas, sino gente dispuesta a desempeñar su función social sustraída a toda responsabilidad y moralidad. El señalamiento de Arendt es que Eichmann pudo haber trabajado en cualquier otra cosa en la vida y nada se hubiera alterado en su interior y que el nazismo debió mucho de su poder a muchos millones de personas con el carácter amoral de Eichmann, aunque no se dedicaran a masacrar a nadie. De este modo, Arendt caracterizó este fenómeno como La Banalidad del Mal[2], un fenómeno tan cotidiano que normalmente pasa desapercibido, aunque si ponemos atención la podremos corroborar a diario en múltiples ocasiones. Sin ir muy lejos ¿Cuántas veces no nos hemos dirigido a alguna persona, criticándola por algo que consideramos está mal en su trabajo y recibido como respuesta un “Pues esas son las instrucciones que tengo”?
Esa actitud es la sustancia de la Banalidad del Mal.
El modelo de Arendt es altamente compatible con el del psicoanalista Erich Fromm en El Miedo a la Libertad, (1968)[3] escrito en 1941, en medio de la segunda guerra mundial y en el que atribuye el ascenso del nazismo al dominio de las relaciones sado-masoquistas producidas a su vez por la sensación de total insignificancia del individuo –el “pequeño hombrecito” de Reich– frente a los descomunales poderes capitalistas: Poder militar, financiero, industrial, publicitario o político. Es compatible también con el del ya citado Wilhelm Reich en la obra arriba mencionada y en La Psicología de Masas del Fascismo (1970)[4], escrita en 1946, en donde señala a la represión sexual del capitalismo, conforme con lo que denomina la “moral sexual burguesa”, como los resortes de esas conductas frustrantes y sado-masoquistas. Los tres autores señalan que esas características psíquicas no se limitan a la sociedad el Tercer Reich, sino que se encuentran diseminadas en todo el mundo, hasta en los sistemas más “democráticos” que existen.
Este análisis no podría estar completo sin una breve mención a Albert Camus y su histórica novela El Extranjero, de 1942, protagonizada por un anónimo personaje, absolutamente indiferente a lo que a su alrededor ocurre (“Mamá murió ayer, o quizás fue hoy, no lo sé, recibí un telegrama del asilo…”) y que, en un momento dado, exasperado por el calor y la incidencia de una ráfaga solar intensa que lo deslumbra, vacía la carga de su pistola sobre una persona que se encuentra frente a él, sin existir ninguna otra razón y sin sentir ningún remordimiento ni alegría.
Es el vació. El signo de los tiempos que corren.
Quizás hubiera que considerar, a la luz de todo esto, la construcción de una categoría ética a la que pudiéramos llamar la a-responsabilidad, es decir una categoría que denote y señale a los seres humanos que, en el colmo de su auto-extrañamiento social y su enajenación, no ubican ni identifican la existencia de un universo de responsabilidades, están sustraídos a él y simplemente no existe, a diferencia de lo que ocurre con el sujeto irresponsable, que sí sabe de la existencia de ese universo pero lo elude a su capricho.
Bueno, mucha teoría, pero…
¿Qué tiene que ver todo esto con el mundial de fútbol, el papel de los jugadores y los llamados que en distintos foros y lugares se están haciendo para boicotearlo?
Mucho.
- Futbolistas como Eremitas
No es necesario repetir aquí los argumentos que se han venido haciendo sobre el contexto geopolítico en el que ocurrirá, ni señalar la gravedad y el enorme riesgo que corre el organizar un evento deportivo de esa magnitud en países tan convulsionados por la inseguridad y la violencia como Estados Unidos y México, ni repetir la crítica a la comercialización extrema con la que la FIFA lo ha organizado, ni denunciar el aval que se da, al participar en esa justa, a los crímenes del gobierno de Donald Trump. Eso está siendo señalado desde hace meses en innumerables foros y espacios, en redes sociales, etc.
En cambio, sí hay que recalcar que, en esa tesitura, se han hecho correctos llamados de y a la afición futbolera para boicotear el mundial, y se han dirigido acertadas exigencias de su suspensión principalmente a la FIFA y a los gobiernos de Estados Unidos y México, en calidad de países organizadores (Canadá, el tercero de esos países, no ha contado para esto). Sin embargo, estos llamados, en su mayoría, han dejado de lado algo fundamental: dirigirse a los propios futbolistas, los verdaderos forjadores, junto con los directores técnicos, de este deporte, su materia prima, su sine qua non.
Resulta ser que estos protagonistas, con honrosas excepciones, han mostrado una indiferencia tan marcada hacia el contexto global en el que este campeonato ha de celebrarse que bien podría asignárseles esa categoría moral y ética de a-resposabilidad, típica de los Eichmann disectados por Arendt, los pequeños hombrecitos analizados por Reich o los extranjeros de Camus. Portadores todos de la banalidad del mal.
En el ámbito del fútbol (y en general del deporte), los jugadores se comportan, o se les ha acostumbrado a comportarse como si lo único que hicieran en la vida es jugar, encerrados completamente en esa actividad, separados permanente y absolutamente de todo lo que no sea, canchas, balones, equipos, árbitros o jugadas. Tal pareciera que jamás salen de esos ámbitos, lo cual, evidentemente es una falsedad. Los futbolistas también descansan, se divierten, llevan una vida sentimental, amorosa y sexual; tienen una familia y amistades, por decir lo menos, y seguramente tienen opiniones sobre diversos asuntos que ocurren en el mundo, entre otros, sobre los asuntos políticos.
Sin embargo, casi en la totalidad de las muy contadas ocasiones en las que son inquiridos acerca de algún problema político, se expresan con la evasiva frase. “nosotros nos dedicamos a jugar futbol, no nos metemos en política”
Esto expresa la quintaesencia, el modelo ideal de ser humano en el capitalismo, que construye su hegemonía fragmentando a cada individuo en mil pedazos y permitiéndole vivir sólo en y de uno de esos fragmentos, en una actividad específica a la que queda confinado, pero, recordando al filósofo Karel Kosik (1967, pp. 32-43)[5], nunca acceder a una existencia como un ser humano completo. Cada actividad, así, está desvinculada de las demás y todas ellas lo están de la política, y siempre que se requiera, el sistema tendrá lista alguna de estas frases para usarse:
El fútbol, y el deporte no tienen nada que ver con la política.
El arte no tiene nada que ver con la política.
La ciencia no tiene nada que ver con la política.
La tecnología no tiene nada que ver con la política.
La religión no tiene nada que ver con la política.
La filosofía no tiene nada que ver con la política.
Los sentimientos nada tienen que ver con la política.
El sexo nada tiene que ver con la política.
¡Diablos! ¿Y entonces qué es lo que sí tiene que ver con la política? ¿Nada? ¿Se explica sola y solo tiene que ver consigo misma? ¿Por qué razón ocurre eso?
Vayamos por partes. En primer lugar, no sirve de mucho contraargumentar este tipo de afirmaciones tratando de mostrar que todas esas ramas de la actividad humana sí guardan fuerte relación con la política sin antes develar la estructura y bases conceptuales de fondo de tales tesis. Al abordar esa tarea veremos que éstas destacan por su superficialidad, por una inmediatez revestida de “obviedad”, de “sentido común”, como todo en los pensamientos ideológicos, propios del mundo burgués. Sin embargo, o quizás precisamente por ello, han sido suficientes para construir una hegemonía constituida por un universo de esencias fijas, puras y, por lo mismo, desvinculadas entre sí. Ahora bien, al entresacar su contenido real, se observará que los conceptos de que se compone: “deporte” (o futbol) y “política”, para no apartarnos del caso que nos ocupa ahora (aunque se aplican a cualquiera de los demás: ciencia, arte, etc.), están manejados de manera abstracta y asumiendo como si estas dos actividades ya en su contexto concreto, equivalieran al concepto abstracto que las denota, como si existieran al margen de los sujetos que las practican, es decir, desprovistas de relaciones sociales.
Así ocurre con los sujetos específicos que surgen practicando alguna de ellas: se les desvincula de sus totalidades, se les transforma en seres tan abstractos como la actividad que de inicio se menciona, es decir, se niega al sujeto como el ser completo que en realidad es y debiera ser, para transfigurarlo en labor abstracta y encerrándolo en ella. Es claro que el deporte, como la política, no son sino lo que deportistas y políticos hacen en los hechos, pero es falaz derivar de ello que unos y otros son seres que solamente realizan eso, metidos en sus respectivas esferas de cristal. Más falaz todavía cuando se funde y confunde la actividad concreta ejercida por un sujeto y el concepto que la denota; cuando el futbolista X es identificado como el futbol y el deporte mismos por el hecho de practicarlo y cuando el político es identificado con la política y cuando todo ello se separa de su carácter concreto para convertirse en una abstracción, en algo atemporal.
Esto ha podido imponerse mediante el concepto de la división de funciones, tan elogiada y defendida por Adam Smith y René Descartes. De acuerdo con esto, el individuo igualmente abstracto es la parte esencial de la sociedad debido a su capacidad de pensar y razonar. La sociedad es la suma de aquellos y cada uno tiene ahí un papel fijo que cumplir. Una función especial y específica, puesta por la naturaleza, es decir algo supra-social y ahistórico, de lo cual no puede salir. Sus “aptitudes” innatas (o la falta de ellas) le confieren ese status de funcionalidad reduccionista, que lo lleva a separarse de su efectiva condición social, transformadora de la realidad. De acuerdo con esta lógica, el sujeto futbolista X ejerce esa función para distraer, entretener, divertir mediante sus evoluciones en la cancha. Ahí es donde resulta funcional al sistema de dominación. No se busca ni menos se avala -como en ningún otro caso- nada que trascienda eso. Y como a priori se asume y decide que esa función no es política, por lo tanto, el futbolista nada tiene que ver con ella.
Pero eso tiene un sentido ficticio que da la apariencia de verdadero sólo dentro del sistema conceptual capitalista-burgués, un sistema fetichizado y ficticio que empobrece la condición real del ser humano, que pasa por alto su elevada complejidad, su existencia multidimensional, el conjunto de sus relaciones cuantitativo-cualitativas, en el complejo espacio-tiempo (historia). Cuando se habla de que algún sujeto es un futbolista, se está refiriendo a una actividad entre las muchas que realiza y de la que es conocido por ser algo público, no porque sea la mejor ni necesariamente la prioritaria. Es el producto de la creciente división del trabajo, del mundo de las super-especializaciones, que en el capitalismo alcanza sus dimensiones máximas y más perniciosas
En pocas palabras, la decretada desvinculación del deporte y el futbol con respecto a la política puede defenderse solamente en el mundo de abstracciones, apariencias y funcionalidades de las que el mundo burgués está saturado.
Pero si seguimos adelante debemos hacer la importante pregunta: ¿Quién ha tomado la decisión de que ninguna de las actividades arriba enlistadas tiene que ver con la política? ¿Quién ha cubierto a la política con este halo, este velo místico que la hace tan única, selecta, intocable, incomprensible e inaccesible? La respuesta a esto es: los propios y autodenominados “políticos”, que por decisión propia se separan del conjunto de la sociedad para tomar sus sagradas y tan elevadas decisiones, que parecen tan difíciles de comprender que nadie puede opinar sobre ellas, pero que les permiten ejercer su poder y defender desde ahí, sus muy particulares intereses. ¿El futbolista? Ese que se ocupe de patear balones, que para eso se le paga y en donde nadie se mete a perturbarlo.
Todo esto es el paradigma de la enajenación de la conciencia humana, que a cada sujeto lo exime de toda responsabilidad de lo que ocurra fuera del limitado ámbito de su actividad o trabajo, al tiempo que lo confina a ella, en donde, por cierto, sólo debe acatar las órdenes que reciba de sus superiores, con lo que esa responsabilidad limitada que se le otorgaba en un inicio, se ve más constreñida aun, llevándolo al reino de la a-responsabilidad.
- ¿Qué responsabilidad?
Cuando algún futbolista osa penetrar en el ámbito de la política desde un punto de vista critico e incómodo para el poder y el sistema, recibe una andanada de críticas por parte de directivos y periodistas por haberse salido de su función “natural” que le ha sido asignada. No obstante, en las ocasiones en que se pronuncia en defensa del Estado, el Estado mismo lo alabará, ahí no hay problema. Por ejemplo: todo el mundo se informó de la visita que el equipo Inter de Miami, campeón 2025-2026 de la liga estadounidense de futbol, le hiciera a Donald Trump en la Casa Blanca en marzo pasado. El equipo estaba encabezado por su estrella: Lionel Messi, quien tuvo un papel protagónico al ubicarse justo a la derecha de Trump y exhibir una estúpida e inexpresiva, pero cómplice sonrisa a lo largo del discurso que aquel pronunció, en el cual defendió todos sus crímenes mientras Messi, además de su risita tonta, ostentó un ominoso y cobarde silencio ante las críticas posteriores que se le hicieron.
Imposible pensar que Messi y sus coequiperos ignoraran quién es Donald Trump y sus crímenes, e incluso en el casi imposible caso de que lo ignoraran, eso no los exime de responsabilidades porque tenían obligación de indagar y saber a quién irían a visitar, quien era el sujeto que los iba a recibir y festejar. Más imposible es que no tuvieran una opinión -la que fuera- sobre los actos de tan prominente personaje. Lo que es perfectamente claro es que, como quiera que sea, tuvieron la capacidad de decidir qué hacer ante esa invitación y decidieron asistir y aplaudirle a Trump, Messi el primero. Eso, hay que recordárselos, es de su entera e ineludible responsabilidad, y con su acción respaldaron a Trump y todo lo que él significa. Se exhibieron voluntariamente como sus cómplices ante todo el mundo. Pero nadie desde las altas esferas del poder los criticó por su abyecta conducta.
Una vez más se trata de la banalidad del mal, del pequeño hombrecito, del extranjero.
Todo está preparado, pues, para que así ocurra sistemáticamente. El futbolista profesional vive deslumbrado por la fama, la gloria, la admiración que se le promete, y que, en ocasiones, en el caso de los futbolistas de élite sí llega. Sus elevados ingresos que a los 20 años le resuelven la vida; los lujos, fama, gloria, estadios que se rinden a sus pies. ¿Qué más se puede pedir? “¿Y Para qué quieres meterte en política y criticar las injusticias del mundo, si estás más allá de todas ellas?”, declama el sistema a la menor intromisión critica que el futbolista hace. “Que otros se ocupen de las responsabilidades del mundo, tú eres un futbolista, todo ya lo decidimos por ti, despreocúpate”.
Y el futbolista lo acepta. Y se recluye en la prisión del hedonismo más egoísta y pedestre.
Ya en lo concreto, la pregunta que está en el aire es ¿Qué van a hacer los futbolistas y directores técnicos de las 48 selecciones que integran el próximo campeonato mundial de futbol ante el panorama geopolítico y la comercialización extrema en la que se les estará obligando a jugar? ¿Seguirán tras las huellas de Messi y sus cómplices coequiperos, avalando al gobierno de Estados Unidos y el explicito apoyo que le brinda la FIFA? En el caso específico de México ¿los futbolistas mexicanos guardarán silencio ante las crecientes voces de madres buscadoras que exigen la presentación de sus más de 100 mil hijos desaparecidos? ¿y frente a los profesores, esos que les enseñaron a leer y escribir y que hoy demandan condiciones laborales y salarios dignos y que juntos están llamando a boicotear el mundial? ¿Ninguno de ustedes va a decir nada? ¿De veras? ¿Qué pueden perder que sea más importante que su dignidad? Todos ustedes tienen sus respectivas decisiones en sus manos.
Hay una característica de la conducta moral: Adolfo Sánchez Vázquez (2006)[6] señala que siempre que un individuo humano tenga un mínimo de posibilidades de decidir qué hacer entre las opciones que se le presentan en tal o cual momento, entonces será responsable de su acto porque será producto de su decisión. Las únicas situaciones en las que uno no es responsable son cuando mediante una severa coacción externa, el individuo queda imposibilitado de decidir (p. 98).
Jean-Paul Sartre (1996)[7], por su parte, ha recordado que la responsabilidad de todo ser humano por todos y cada uno de sus actos es algo que le pertenece a éste y nada más, porque toda acción, aun la más nimia e intrascendente, tiene consecuencias sobre sí mismo y sobre los demás humanos. Por eso Sartre expresa que es ante toda la humanidad donde se expresa esa responsabilidad (pp. 29-32). Que el sujeto que lleva a cabo alguna acción sea consciente o no de su responsabilidad, es decir, que tenga un sentido de responsabilidad, es indiferente. Las consecuencias ahí están.
Así que futbolistas del mundo: Ustedes han de decidir si continuar con su mutismo e indiferencia cómplices de los poderes fácticos; si implícita o explícitamente (como en el caso del fascista Lionel Messi) se alinean con ellos, con los crímenes que cometen y la explotación de la que les hacen objeto, o bien han de mostrar su dignidad y enfrentarlos. Recientemente se han dado los casos al menos de Kylian Mbappé y Lamine Yamal, ambos europeos de ascendencia africana, el primero denunciando a la ultraderecha francesa con motivo de las pasadas elecciones en aquel país y el segundo, como ya se dijo en al inicio de este texto, enarbolando la bandera de Palestina en el desfile de la coronación del Barcelona como campeón de liga 2025-2026. Ellos y otros más, junto con algunas de las aficiones de distintos equipos, están marcando en la actualidad, una conducta responsable y comprometida a seguir. Pero afortunadamente no son los únicos en la historia del futbol. En el pasado, al menos reciente, tuvimos los aleccionadores ejemplos de Zinedne Zidane, Eric Cantona, Paul Breitner, Sócrates Sampaio de Souza y desde luego, Diego Armando Maradona. Enormes jugadores en la cancha y seres humanos dignos e íntegros que nunca se rindieron a los poderes facticos ni aceptaron ser reducidos a simples peones de las canchas de la FIFA. Es momento de seguir sus huellas antes de que la propia FIFA decrete el fin del futbol como deporte de los pueblos y elemento de identidad y vinculación de y entre los mismos.
¡Futbolistas del mundo uníos contra Trump y la FIFA!
¡Boicot al XXIII mundial de futbol! ¡Vamos a los llanos y a las calles a practicarlo, que es nuestro!
¡Viva Palestina Libre!
[1] Reich, W. (1997) [1946]: ¡Escucha Pequeño Hombrecito!. México, DF: Ediciones Peña Hermanos.
[2] Arendt, H. (1999) [1964]: Eichmann en Jerusalén: Un Estudio sobre la Banalidad del Mal. México, DF: Penguin Random House.
[3] Fromm, E: (1968 [1941]: El Miedo a la Libertad. Buenos Aires: Paidós.
[4] Reich, W (1970) [1946]: The Mass Psycholgy of Fascism. New York: Farrar, Straus & Girout.
[5] Kosik, K. (1967): Dialéctica de lo Concreto. México, DF: Grijalbo.
[6] Sánchez Vázquez, A. (2006): Ética. México DF: Random House Mondadori.
[7] Sartre, J. P. (1996): L’Existentialisme est un Humanisme. Paris. Folio Essais.