Los transitólogos trasnochados y la Cuba de hoy
CE, Intervención y Coyuntura
Ante el recrudecimiento de la ofensiva fascista e imperialista sobre Cuba, reaparecen también los viejos discursos de la transición. Intelectuales, académicos y operadores políticos vuelven a hablar de “apertura”, “sociedad civil”, “normalización democrática” y “transición”, como si todavía habitáramos el mundo de los años noventa y no uno marcado por la crisis del liberalismo, el ascenso global de la extrema derecha y la descomposición del orden internacional construido tras la Guerra Fría.
La vieja transitología latinoamericana siempre se presentó como una ciencia neutral del cambio político. Bajo un lenguaje técnico y aparentemente moderado, prometía conducir a las sociedades hacia la democracia liberal, la modernización institucional y la prosperidad económica. Pero detrás de esa narrativa se escondía otra operación: la adaptación de nuestros países al orden neoliberal y a la hegemonía estadounidense surgida tras la caída del bloque socialista.
Hoy, cuando vemos nuevamente a los transitólogos opinar sobre Cuba, conviene recordar lo que realmente dejaron tras de sí las transiciones latinoamericanas. En nombre de la democracia se administró la privatización, el debilitamiento del Estado, la subordinación financiera, la destrucción del campo y el vaciamiento de la soberanía popular. La transición no eliminó las viejas oligarquías: las reorganizó bajo nuevas formas compatibles con el neoliberalismo global.
La promesa era una ciudadanía más libre; el resultado fue una región profundamente desigual, endeudada y dependiente. La promesa era la consolidación democrática; el resultado fue el desgaste de los sistemas políticos, la desafección popular y el ascenso de nuevas derechas radicalizadas. La promesa era el fortalecimiento de la sociedad civil; el resultado fue el avance del mercado sobre todas las dimensiones de la vida social.
Por eso resulta profundamente revelador que, en pleno 2026, sectores “democráticos” celebren o justifiquen la agresividad de personajes como Donald Trump o Marco Rubio hacia Cuba. La máscara ha terminado por caer. Ya no se trata siquiera de democratizar nada: se trata de disciplinar políticamente a un país que sigue representando un obstáculo simbólico y geopolítico para el dominio estadounidense en la región.
¿Quién puede creer seriamente que los sectores MAGA de Florida buscan la soberanía del pueblo cubano? ¿Quién puede pensar que un proyecto impulsado desde Washington pretende fortalecer la autodeterminación de la isla y no reinstalar formas abiertas de subordinación colonial?
La contradicción es todavía más evidente cuando observamos el mundo actual. Los transitólogos continúan hablando el lenguaje del “fin de la historia” en un momento en que el propio orden liberal atraviesa una crisis profunda. Europa vive procesos de militarización y ascenso de fuerzas ultranacionalistas; Estados Unidos radicaliza formas cada vez más agresivas de intervención exterior; y el neoliberalismo produce una concentración obscena de riqueza mientras millones de personas quedan expulsadas de cualquier horizonte de bienestar.
El problema es que la transitología nunca entendió realmente América Latina. Pensó la democracia únicamente como ingeniería institucional y nunca como disputa por la soberanía, la tierra, los recursos estratégicos o la capacidad de los pueblos para decidir su destino frente al capital internacional. Por eso pudo convivir tan cómodamente con el despojo rural, la financiarización y la dependencia económica mientras seguía hablando en nombre de la modernidad democrática.
En ese sentido, Cuba sigue representando algo que incomoda profundamente a las élites transicionales: la persistencia de un proyecto nacional que, con todas sus contradicciones y dificultades, no terminó de integrarse al orden hemisférico dirigido por Washington.
Mientras el discurso de la transición carece de sentido en México donde la fortaleza de un proyecto nacional popular se pone a prueba a través de una estrategia desestabilizadora, ven en la isla cubana la oportunidad que aquí han perdido rotundamente. No obstante, de una manera mágica tratan de que su vocifera pegue a dos bandas tanto allá como acá.
Cuba no es el espejismo distorsionado de México, ni tampoco un triángulo antidemocrático que se cierra con Venezuela, como se ha tratado de demostrar en algunos momentos, sigue siendo el faro de resistencia antimperialista de la región.
Defender Cuba hoy no significa negar sus problemas ni convertir la realidad cubana en una postal idealizada. Significa comprender que, frente a una nueva avanzada imperial y fascista, la soberanía continúa siendo una condición indispensable para cualquier proyecto emancipador en el Sur Global.
Por eso el combate por Cuba implica también desmontar el viejo lenguaje de la transición. Porque detrás de su supuesta neutralidad académica aparece cada vez con mayor claridad una política de recolonización adaptada a los intereses de un imperialismo en decadencia.