La ultraderecha pone fin al orden internacional de posguerra
Aleida Hernández Cervantes[1]
El orden internacional emanado de la posguerra está en franco desmoronamiento. El genocidio en Gaza por parte del Estado de Israel con el apoyo incondicional que ha recibido de Estados Unidos de América y el silencio e inmovilidad cómplice de la gran parte de lo que se ha llamado la “comunidad internacional”, develaron la inoperancia del derecho internacional y su frágil basamento: la voluntad de los estados de respetarlo, especialmente los más poderosos. La invasión militar a Venezuela y el secuestro al presidente Nicolás Maduro por parte del gobierno de EUA a cargo del ultraderechista Donald Trump la madrugada del pasado 3 de enero acabó por confirmar que el derecho internacional (respeto a la soberanía de cada nación, autodeterminación de los pueblos, entre otros importantes principios) sólo es efectivo para poner sanciones a los países débiles, no a las grandes potencias o a las que son apoyadas por éstas.
Estados Unidos ha invadido militarmente decenas de países en el pasado, sin aprobación de la Organización de Naciones Unidas. Con la invasión militar a Venezuela inaugura una fase superior de violencia y crudeza políticas, desnudando por completo sus intenciones de expansionismo imperialista y apropiación de los recursos naturales -como el petróleo, el litio y los minerales raros- de otras naciones. El derecho no es invocado ni como fachada de mediación para la acumulación de capital. En realidad, su élite intenta detener el ascenso económico mundial de China y sus aliados, como Rusia, Corea del Norte, Irán, entre otros, a través de invasiones militares a otros países, la imposición de aranceles y agresiones en la retórica institucional.
En la historia, los declives de las superpotencias nunca han sido pacíficas. La diferencia es que, en esta fase de declive de EUA, su gobierno ejerce la violencia hacia otras naciones, pero también contra su propio pueblo, al estilo de los regímenes fascistas. Trump es un agitador fascista que quiere ver arder el mundo. Su narcisismo exige que las miradas estén puestas en él y con el destino de todos en sus manos. Pero él solo es la cara más visible de la actual fase del capitalismo -de acumulación por desposesión- que gobierna con la crudeza y la violencia del fascismo, en su carácter supremacista; que aniquila a los otros, se apropia de los bienes comunes de todos, rompe con las relaciones de respeto a la soberanía y autodeterminación de los pueblos, humilla, distorsiona la realidad, deshumaniza, y hace de la crueldad un espectáculo del horror. Eso es la ultraderecha, eso es el fascismo, lenguaje de aniquilamiento de los otros, uso de violencia indiscriminada, espectacularización de la crueldad e invasiones a otras naciones para apoderarse de sus recursos y subordinarlos.
Trump no va a detenerse por sí mismo. Sus amenazas hace unas semanas quedaban en retórica pero ahora sus peligrosas consecuencias se materializan rápidamente. Por eso las amenazas de desplegar tropas por tierra en México, exige que nuestro gobierno tenga seriamente estudiados los escenarios y sus respuestas. El gobierno de Trump no debe subestimar el nacionalismo que ha tenido México a lo largo de su historia, el mismo al que apeló el presidente Lázaro Cárdenas cuando expropió el petróleo en favor de los intereses del país en 1938. Ese pueblo que defiende el suelo mexicano sigue vivo y seguramente saldrá a las calles a defender al país, pues sólo los pueblos pueden parar las infamias. La oposición mexicana debería ser cuidadosa en no colocarse del lado de la ultraderecha trumpiana porque eso significa alentar las pretensiones de Trump de invadir a México y saquear nuestro país, sin que ello les garantice nada con el invasor. Ya vimos el desdén de Trump a la oposición venezolana en los últimos días. No olvidar.
[1] Doctora en Derecho. Académica de tiempo completo de la UNAM. Correo electrónico: hernandezcervantes.aleida@gmail.com