La noche ladra en mis sueños
Santiago Said
Nunca he sido un individuo que tenga la capacidad de controlar su comportamiento, mucho menos sus ideas. Mi cerebro, a pesar de lo cual, o quizá por eso mismo, es un perro rabioso que no se atreve a atacarme porque lo he domesticado a golpes. De otro modo creo que no tardaría en volverme loco.
Nuestro matrimonio duró pocos años, en el curso de los cuales –mientras intentaba cumplir con lo que se supone que debe hacer un esposo– Sunigilda cambió radicalmente su temperamento. Pareció como si la maternidad hubiera alterado su carácter hacia mí. Día a día la encontraba profundamente deprimida. Se había vuelto más melancólica y, cuando se irritaba, ya no hacía rabietas ni explotaba de impotencia como solía hacerlo al principio. Más bien parecía que sus anhelos previos ya le resultaban indiferentes. Yo, por el contrario, cada vez que la veía, por más que quisiera que mis sentimientos se reconciliaran con ella, sentía aborrecimiento. Llegué, incluso, a pensar que lo mejor sería abandonarla, dejar que ella se largara sin mí en busca de su antiguo amante. Sin embargo, para mi sorpresa, ella ya no quería irse. Incluso su carácter contradictorio la había transformado en una mujer amorosa. Es increíble lo fácil que pudo asquearme Sunigilda con sus disposiciones supuestamente cariñosas. Era ya para mí una mentirosa, trepadora y granuja. Además, por haberme fastidiado durante tanto tiempo con grandes cantidades de reproches, me encontraba casi dispuesto mentalmente a verla como una mujer físicamente desagradable. Sobre todo, cuando la comparaba con los atributos de Calpurnia.
Como lo dije, ya no tenía el valor para perdonarla, pues es que casi siempre me la vivía perdonándola. Y su profunda depresión o que fuera la madre de mi hijo eran razones que ya no servían de nada. Pero no por eso la abandoné. ¿Qué tan hijo de puta podría llegar a ser como para abandonarla a su suerte, sabiendo que no estaba lista para vivir en el mundo? Y todas las noches, mientras dormíamos en la misma cama, yo barajaba todas las posibilidades, medía mis pensamientos y, finalmente, descartaba todos mis planes, pues no era capaz de tomar una decisión sobre mi matrimonio. Entonces, por misericordia, permanecía allí, con ella, noche tras noche, sin hablarle, pero tampoco sin dejarla, ahogándome en su misma infelicidad. Está demostrado que así actúan los piadosos. Por algo será. ¡Deberían una noche degollar como ovejas a todos los piadosos! Lo digo con toda sinceridad. Y así acabar para siempre con la hipocresía de una vez por todas.
Ya no la amaba, pero tampoco quería separarme de ella, no porque necesitara de su compañía –la cual me infectaba como la lepra y me incomodaba todo el tiempo–, sino porque no quería lastimarla todavía más; no quería ser el autor de su dolor. Muchos gritarán cobardía. Tal vez tendrán razón. Era por cobardía que no me atreví a dejarla; aunque yo prefiero llamarlo piedad. Todo era absolutamente irreversible. Ya estaba casado con ella, habíamos tenido a Teodosio y, como ella decía, ya le había «echado a perder sus mejores años». No podía ser de otra manera. Y muchas veces llegué a desear que ella muriera de alguna extraña enfermedad o que sufriera algún accidente que la matara, pues de esa manera yo no tendría que mover un dedo para que ella se separara de mí y, así, la culpa no me aplastaría con todo su peso. Hubiera sido tan fácil y mejor para todos que así hubiera sucedido en realidad.
Frente a la abominación de convertirme en ese ser piadoso que tanto aborrecía, una noche salí de la recámara y caminé alrededor de nuestra casa, dispuesto a sacudirme el malestar que llevaba arrastrando. Era una noche palúdica, y hacía tanto calor que hasta mis extremidades colgaban exangües del agotamiento. En el rincón de la propiedad estaba colocado un cobertizo mugriento donde se refugiaba Tepeguano, el perro peludo que tanto quería Sunigilda, aunque en sus arranques caprichosos solía decir que lo odiaba. Se rascaba las pulgas y gruñía de mal humor. Yo también estaba irritado. Sin embargo, por lúgubre que fuese aquella casa y aquel sitio, aun así, era el único lugar donde podía sentirme un poco olvidado, lejos de lo que alguna vez fui.
No lo sabía, pero moría, tan lentamente que no comprendía que estaba muriendo. Y, al igual que ese perro, yo también producía esos mismos gruñidos, pero interiores, que no conducían a nada, que a veces llegaban dolorosos, otras veces casi imperceptibles, pero que siempre se abrían camino hasta mi cabeza en forma de algún recuerdo creado por esta perversa memoria. Y, al instante, pensaba en otra cosa, pues ello me producía un pavor tan abrazador que me daban ganas de esconderme en algún rincón. De pronto el perro tuvo ganas de acercarse y, mientras yo rumiaba sentado ahí, el animal me olfateó, como si buscara mis manías. Le acaricié las orejas y el perro lamió mi mano. Pero cuando me disponía a levantar, relacioné a ese animal con Sunigilda, y todas las fiebres me asaltaron de repente, haciéndome sentir enfermo y descarnado, tan repugnantemente desprovisto de dignidad que felizmente lacé al perro del pescuezo con una reata y lo amarré en la rama de un tepozán para ahorcarlo. Y aunque se me aprestaron mil dificultades, pues yo no tenía nada en contra de la pobre bestia, me encontraba dispuesto a pudrirme con lo que hiciera falta.
Su pescuezo permaneció tenso y sus patas delanteras rígidas. Sus gestos se desfiguraron por las convulsiones de la agonía. Entonces apreté la reata para estrangularlo completamente. El perro jadeaba y se retorcía mientras colgaba de la rama. Y vi, ciertamente, cómo iba dejando de luchar, hasta que así le arranqué la vida.
Me costó mucho matarlo. Intentaba conseguir, después de que murió, por aquí y por allá, alguna justificación, algo que pudiera servir de explicación para lo que hice, o al menos para hacerme alguna idea de por qué lo hice; pero la verdad es que ese acto fue por puro capricho. Ver el cuerpo rígido y frío de Tepeguano, colgando del tepozán, me parecía purificante. En una palabra, se trataba de un intento por abatir lo que en mucho tiempo no me atreví si quiera a pensar. Por lo tanto, le quité la reata del pescuezo y lo arrastré de una sola pata hasta el claro que antecede al bosque, donde esa mañana Sunigilda saldría a pastar a los rebaños.
No tenía razones para explicar por qué maté a su perro, y mientras más intentaba responder por qué lo había hecho, mi preocupación iba en aumento, sobre todo porque ese acto no lo había proyectado antes. Sólo pensaba en enterrarlo o desaparecerlo por ahí. Si en aquel momento hubiese sido capaz de ver cuánto dolor le generó la muerte de ese perro a Sunigilda, de advertir claramente el daño que le produje y lo absurdo de los motivos, si hubiese podido adivinar lo inútil de ese sufrimiento, la sensación de vergüenza al ver a cualquier otro animal y un sentimiento de insoportable responsabilidad que se me instaló para siempre en el alma, habría entonces preferido ser yo quien se colgara de la rama de ese tepozán, no por cobardía, como podrían pensar algunos, sino por el remordimiento que me inspiró la muerte de esa pobre bestia. ¡Cuántas veces lloré en sueños tras escuchar sus ladridos desde las más hondas espesuras de la noche! Y cuando Sunigilda lo encontró tendido en el claro, cerca de la arboleda donde lo fui a aventar, le dije que quizá murió de viejo o por el piquete de alguna víbora. Por nada del mundo le habría dicho aquel primer día que yo lo había estrangulado. Sin embargo, poco a poco, iban acudiendo a mi mente otras voces que me decían «maldito bastardo cobarde». Y en el transcurso de los días, incluso llegué a caer en una especie de vacío mental, pues a veces se me olvidaba hacer las cosas más esenciales, las que solía hacer mecánicamente todos los días, como anudar una reata para lazar un becerro o fajar el cincho de la montura de un caballo. En su lugar, por irrelevante que parezca, fijaba mi atención en las implicaciones de aquel acto. Y cada vez que escuchaba los ladridos de los perros de las rancherías cercanas, me ponía de mal humor, y arruinaba lo que fuera que estuviera haciendo en ese momento.
Hasta que una madrugada desperté con ese mismo ladrido acusatorio. No fue una pesadilla, sino un verdadero sonido del exterior. Entonces sacudí de su reposo a Sunigilda.
—Tengo que hablar contigo –le dije.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿De qué quieres hablar a esta hora?
—Salgamos de la recámara. Vamos afuera. No tengas miedo.
—No quiero discutir más contigo sobre…
—No es de la ciudad de lo que te quiero hablar –la interrumpí–. ¿Me amas todavía?
—Mucho, mucho.
—También amabas a ese perro, y no le has llorado como se le llora a algo que se amaba y ya nunca más volverá.
—No puedes comparar el amor que le tuve a Tepeguano con el amor que siento por ti.
—Pues yo maté a ese perro –le confesé, como si mi supervivencia dependiera de expulsar aquel vómito tóxico–. Lo colgué de aquella rama y luego lo fui a aventar al llano. ¿Qué opinas de eso?
Sunigilda se quedó en silencio, extrañamente tranquila. Lamenté, segundos después, haberlo dicho como desafiándola. En mi mente reformulé mis palabras y me arrepentí de no haber estructurado mejor mis ideas.
—¿Que qué opino? Que nos vamos a morir igual, seguramente –dijo por fin.