Violencia y compulsión a gozar en el neoliberalismo: conjeturas para la crítica de la economía política libidinal [1]
Luis Pablo López-Ríos[2]
Es bien conocida la tesis freudiana sobre la oposición entre las demandas culturales y la satisfacción pulsional. Puede rastrearse al final de La interpretación de los sueños cuando se enuncia el carácter eterno e indestructible del deseo pues este emprende un camino incesante de retorno que nunca llega a destino; en los Tres ensayos de teoría sexual y la referencia a los diques sociales; luego, enunciada de forma explícita en el breve artículo de “La moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna”; finalmente, la tesis alcanza su punto álgido entre 1929 y 1930 cuando Freud redacta El malestar en la cultura, del que nos serviremos teóricamente para pensar la posible inversión de esta tesis y su relación con la violencia en los tiempos neoliberales marcados por los procesos de fascistización en el mundo y en Latinoamérica en particular.
Huelga del inconsciente
La tesis puede resumirse esquemáticamente de esta manera: la cultura obliga al sujeto a renunciar a satisfacer sus pulsiones y destinar su economía libidinal, de forma sublimada, al amor y al trabajo en tanto estos son fundamentos de la comunidad. La consecuencia principal de la renuncia es el permanente e insoluble sufrimiento: el camino a la felicidad es tortuoso, lleno de obstáculos y pasadizos que, en lugar de asegurar la llegada al destino final, desembocan en rodeos inagotables[1]. La búsqueda aristotélica de la felicidad se encuentra, por así decir, neutralizada por la propia cultura que asegura la existencia de cada uno de nosotros.
Ahora bien, me parece que la radicalidad del planteamiento freudiano en torno al malestar puede ser pensado desde una doble dimensión: una de ellas negativa y la otra positiva. Por un lado, en términos negativos, se produce una ausencia de placer, una infelicidad permanente, imposible de superar salvo a condición de escamotearla por otros medios: desde el arte o el trabajo intelectual, pasando por el refugio en la neurosis, hasta la radical separación con respecto a la realidad producida por el delirio psicótico. Aun en estos medios, la felicidad sigue proyectándose en un lejano horizonte irrealizable.
Sin embargo, el sufrimiento tiene una dimensión propiamente positiva. El sufrimiento es el correlato de la propia fuerza pulsional que condena al sujeto a un permanente movimiento –que Freud ya había señalado con todas sus letras en Más allá del principio de placer al describir el paradójico funcionamiento de la pulsión: por un lado, tiende a regresar, pero ese regreso supone una tensión excedente y desbordante[2]–, es decir, a un estado perentorio e inestable. En efecto, más allá de una esclerotización del placer, el sufrimiento es el síntoma de que el sujeto se desborda constantemente sin que pueda lograr establecer una identidad consigo mismo; su existencia libidinal lo condena irremediablemente al exilio de sí mismo, a un extrañamiento total e irreversible.
Hay sufrimiento precisamente porque nada puede contener ni al deseo ni a la pulsión (en tanto caras de la misma moneda). De ahí entonces que podamos decir que el sufrimiento es la huelga del inconsciente ante cualquier ideal de equilibrio, de higiene, de normalidad, de salud o de homeostasis. La agresividad, la violencia, la tensión sostenida no son sino las vicisitudes propias del mecanismo de la pulsión. Esta vida pulsional desbordante, en huelga indefinida, impregna la espacialidad de lo social: está presente en cada relación social, desde la más trivial y frugal, hasta en las instituciones más organizadas (dicho sea de paso, no hay que olvidar, como señala Freud en Psicología de las masas y análisis del yo, el fundamento libidinal que sostiene a toda institución[3]).
La pulsión y la economía política
Se podría pensar, como lo hace cierto argumento freudomarxista –cuya importancia teórico-política no debe, sin embargo, desestimarse y abandonarse fácilmente—, que habría una esfera pulsional, original y separada de los procesos culturales que tan sólo serían incluidos posteriormente en el dominio de la cultura. No obstante, esta esfera, por lo demás mítica, sólo puede deducirse retroactivamente, pues la cultura (que no es sino otro nombre de lo político, lo económico, lo social) están allí desde el comienzo. No hay dominio extra-cultural o extra-político: no hay metalenguaje. Para ser más precisos, podemos decir que, para Freud, la pulsión no es sin lo político. El circuito en bucle de la pulsión, explicitado por Lacan en el seminario sobre los conceptos fundamentales del psicoanálisis[4], sólo tiene sentido en tanto es un circuito discursivo, y por lo tanto, político. Dicho de otra manera: la economía libidinal encuentra, siempre-ya, su condición de existencia y la posibilidad de su despliegue en la economía política, es decir, en la organización históricamente determinada del oikos.
La atemporalidad del inconsciente, su labor deseante, sólo tiene sentido en el tiempo de la historia, de la política. Son dos caras de la misma moneda, dos procesos diferenciados que, en última instancia, no son sino uno mismo: un proceso que recorre un trayecto moebiusiano de ininterrumpida relación. Digamos que la economía política –insistamos, lo que Freud denomina cultura– implica cierta “distribución de la libido”[5].
La satisfacción pulsional se encuentra, por lo tanto, vedada e impedida desde el comienzo para el sujeto: jamás se logra suturar la distancia producida por la cultura entre el sujeto y lo pulsional. Mientras más habla, tanto más se aleja de ese añorado, aunque mítico, encuentro con la pulsión y con la Cosa[6]. La pérdida ya está dada incluso antes de que el infante advenga al mundo. Se es a condición de admitir esta incompletud, esta parcialidad de la propia existencia.
Si la pulsión sólo puede captarse en esta dimensión cultural, habría que prestar atención a la determinación histórica de la cultura. Si bien es cierto que Freud, como buen teórico, hace abstracción de algunos elementos constitutivos de toda cultura, lo cierto es que en su texto de 1930 no habla de la cultura como categoría universal, ahistórica y trascendental, sino de la cultura ligada a condiciones históricas concretas tales como las de la propiedad privada y el trabajo impuesto, esto es, el capitalismo en su plena expansión y desarrollo. El modo de producción capitalista es, al mismo tiempo, un modo de producción libidinal: produce, consume, distribuye e intercambia los deseos que escapan radicalmente a la conciencia del sujeto.
Freud comprendió muy bien que la modernidad capitalista no sólo requiere de elementos técnicos para sostenerse, sino que dispone también de la economía libidinal de todo sujeto. Para decirlo con los términos de Marx[7], el proceso de subsunción real del trabajo en el capital convierte la libido en fuerza productiva. Así, en el capitalismo industrial, la renuncia pulsional se convierte no sólo en condición de existencia cultural del sujeto, sino de su existencia como sujeto de la producción económica. Se comprende, por lo tanto, que el progreso capitalista de la técnica no tienda a la producción de bienestar, pues implica sacrificar la fuerza pulsional a la expoliación de la plusvalía. La violencia de la pulsión se reordena, se encauza y rodea a través de la administración del trabajo y la línea de montaje.
Freud, crítico del neoliberalismo: sustracción a la renuncia, compulsión a gozar y violencia en el neoliberalismo
El argumento freudiano sobre la cultura del capitalismo industrial es que ella echa mano de la renuncia propiamente dicha. Sin esta renuncia, es imposible poner a trabajar al inconsciente, a la pulsión. Sin embargo, parece que, desde el último cuarto del siglo XX –particularmente desde la introducción de las políticas neoliberales con el golpe de Estado en Chile, el ascenso del thatcherismo y el reaganismo, así como la dictadura en Argentina–, la renuncia pulsional ha sido suspendida. Los sujetos se han sustraído a la renuncia: no hay refugio en la enfermedad porque no hay nada de qué refugiarse. Hay, por así decir, una suerte de renuncia a la renuncia[8], una anulación de la autoridad de la ley simbólica.
El neoliberalismo ha materializado el sueño liberal de antaño que, si bien buscaba dejar hacer, se limitaba a sí mismo al pregonar el equilibrio garantizado por una mítica e inexistente mano invisible. Como lo sabemos por Marx[9], el capital no puede ni debe tender al equilibrio: su movimiento es caótico, incesante, sin límite; su autovalorización implica un movimiento ad infinitum. Sus crisis, como lo argumenté en otro trabajo[10] –también escrito originalmente para un seminario de 17 Instituto— son la muestra de este desequilibrio constitutivo.
Si el capitalismo neoliberal, hoy marcado por la reorganización y acentuación de las políticas totalitarias y violentas de derecha, tiende a la supresión de los límites, es decir, hacia una expansión globalizada y desenfrenada, entonces la consecuencia lógica en la dimensión libidinal es un sujeto que responda a esta nueva dinámica: con ello, se asfixia y se lima el conflicto o la oposición cultura-pulsión que caracterizaba al capitalismo industrial. Dicho de otro modo: si el capitalismo industrial contenía la violencia pulsional dentro de límites razonables para su despliegue, el capitalismo neoliberal la requiere, la hace posible y la potencializa exponencialmente.
Freud anticipaba la posibilidad del despliegue cínico y agudizado de la violencia en el capitalismo, tal como ocurre hoy en el neoliberalismo neofascista, cuando identificaba en la propiedad privada uno de los instrumentos –ciertamente, para Freud no era el instrumento más privilegiado— de la agresividad. No es que tengamos que renunciar a esta tesis freudiana sino, más bien, ver en ella su actualidad al reconocer la mímesis existente entre, por un lado, la lógica violenta del capitalismo tal como podemos constatarlo mediante el retorno y la reorganización agudizada de las políticas de derecha así como la expansión globalizada de capitales como Blackrock y los capitales de la industria armamentística que sostienen el actual genocidio en Palestina, y por otro lado, la inherente violencia de la pulsión de muerte.
Es aquí en donde el carácter positivo del sufrimiento implícitamente reconocido por Freud se hace patente, pues la agresividad no se retiene sino que se maximiza y adquiere formas cada vez más extremas. El privilegio de la propiedad privada en relación con la pulsión de muerte y su necesario funcionamiento agresivo adquiere, por lo tanto, un nuevo estatuto: la jerarquía de este privilegio se desplaza, y quizás debamos admitir que la agudeza crítica de Freud le permitió percibir ese progresivo desplazamiento. Es posible que, si viviera en esta época, Freud se hubiera visto compelido a escribir una nueva versión de su texto: la escritura estaría plenamente justificada porque en el mismo año de su aparición, se consolidaba una de las crisis más agudizadas del sistema capitalista, a saber, la gran depresión.
Digamos que la pulsión de muerte, en el neoliberalismo, encuentra la posibilidad de realizarse en toda su radicalidad. De ahí la pertinente observación de Samo Tomšič según la cual el capitalismo es la cultura más propicia para la pulsión de muerte[11]. No se renuncia en modo alguno a la violencia pulsional, sino que se la habilita a través de todos los medios posibles en el seno del neoliberalismo neofascista. La demanda no es la de renuncia, mucho menos la de una simple sublimación. Se trata en realidad de una verdadera compulsión a gozar, de un goce sostenido que se presenta como inexorable. Para retomar nuestra imagen introducida al comienzo, el capitalismo neoliberal y neofascista ha encontrado el modo de suspender la huelga del inconsciente: no mediante la represión –pues lo inconsciente es su correlato—, sino mediante su liberación. Paradójicamente, aunque las huelgas se resuelvan, estas no siempre favorecen a los que se sublevan; antes bien, el opresor termina por ofrecer condiciones que obedecen a sus propios intereses.
La pérdida de goce pulsional, ese plus-de-gozar enunciado por Lacan en función de su homología con el plusvalor marxiano[12]–ambas cosas representan una pérdida, un exceso imposible de simbolizar— parece resarcirse en el neoliberalismo. El goce se garantiza en el puro automatismo de la valorización del valor hacia el infinito, tal como Freud había identificado en la compulsión de repetición casi una década antes.
El lector o la lectora habrá notado el significante parece, equivalente al como si žižekiano[13] y al quid pro quo marxiano identificado en el fetichismo de la mercancía: se trata de la efectividad material de lo ideológico. En efecto, en los tres casos, se trata de una simulación lo suficientemente efectiva, encarnada en la materialidad histórica del neoliberalismo, para producir la presunta recuperación impoluta del goce: la circulación de mercancías, su amplia disposición y variedad, la hiperliberalización de los capitales a través de los gobiernos como los de Trump, Milei o Netanyahu, son tan solo algunas de las condiciones positivas para la realización aparente del goce. Pero ya hemos advertido más arriba que el goce no es sin lo político, y por lo tanto, la pregunta “¿quién goza?” resulta reveladora en la medida en que pone sobre la mesa la ex-centricidad del goce con respecto a sí mismo. El acceso al goce, por más directo que parezca, sigue estando falseado por el significante. Dicho de otra manera, el goce está siempre organizado en el campo histórico del Otro, es siempre goce del Otro, y en nuestro momento histórico, es el goce del capital[14].
Recomienzo
Quizás la mejor forma de concluir es no concluyendo, tal como nos enseñan Marx y Freud. Ni uno ni otro nos ofrecen una teleología acabada y asegurada en los días venideros. Freud no es optimista sobre el futuro, y no apunta a ninguna esperanza. Pero es quizás en esta “crítica pesimista”, como la nombra Freud, en donde podemos encontrar una apuesta ética de valor incalculable. Así, veremos que la promesa impoluta de goce ofrecida por el neoliberalismo y su aparente realización manifestada en las formas extremas de violencia que atestiguamos hoy en tiempos neofascistas, se resquebraja por la misma razón de que el goce, pese a su carácter neoliberal ilimitado, sigue siendo limitado por esta ilimitación. La pulsión no dejará de insistir y revelar el carácter perentorio de aquello que se presenta hoy, políticamente hablando, como la aparente solución. Este señalamiento debe entenderse no en el sentido de ir hacia atrás, añorando recuperar un estado perdido, presuntamente no alienado y sin restricciones simbólicas sino, por el contrario, como la posibilidad y necesidad urgente de producir otro horizonte, otro modo de existencia.
[1] Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, en Obras Completas XXI (Amorrortu, 1986).
[2] Sigmund Freud, “Más allá del principio de placer”, en Obras Completas XVIII (Amorrortu, 1984).
[3] Sigmund Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo”, en Obras Completas XVIII (Amorrortu, 1984).
[4] Jacques Lacan, El seminario de Jacques Lacan. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. (1964) (Paidós, 2022), 182-187.
[5] Freud, “El malestar en la cultura”, 101.
[6] Jacques Lacan, El seminario de Jacques Lacan. Libro 7. La ética del psicoanálisis (1959-1960) (Paidós, 2015).
[7] Karl Marx, El Capital. Libro I. Capítulo VI (inédito). Resultados del proceso inmediato de producción (Siglo XXI, 1990); Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. (Fondo de Cultura Económica, 2014).
[8] Massimo Recalcati, El hombre sin inconsciente. Figuras de la nueva clínica psicoanalítica (Paradiso, 2021).
[9] Marx, El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I.
[10] Luis Pablo López-Ríos, “La ontologización del capitalismo”, Intervención y Coyuntura. Revista de Crítica Política, 2026, https://intervencionycoyuntura.org/la-ontologizacion-del-capitalismo/
[11] Samo Tomšič, “Capitalism”, en Routledge Handbook of Psychoanalytic Political Theory, ed. Yannis Stavrakakis (Routledge, 2020).
[12] Jacques Lacan, El seminario de Jacques Lacan. Libro 16. De un Otro al otro (1968-1969) (Paidós, 2021).
[13] Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología (Siglo XXI, 1992).
[14] David Pavón-Cuéllar, “The jouissance of capital. Notes for a Lacanian critique of political economy”, en Political Jouissance, ed. Nicol A. Barria-Asenjo y Slavoj Žižek (Bloomsbury Academic, 2024).
[1] Texto originalmente publicado en Substack: https://marxismoypsicoanalisis.substack.com/p/violencia-y-compulsion-a-gozar-en
[2] Docente en la Universidad de Guadalajara. Editor en Materialismos. Cuadernos de Marxismo y Psicoanálisis. Miembro del GT Marxismo y Psicoanálisis (Redippol). Miembro del GT Historia y Coyuntura: perspectivas marxistas (CLACSO)