La ontologización del capitalismo [1]
Luis Pablo López Ríos[2]
¿Cómo pueden explicarse los recientes acontecimientos violentos en el seno del capitalismo neoliberal? ¿Qué representa la escalada bélica entre Israel y Estados Unidos, por un lado, e Irán, por otro? ¿Cómo captar el colapso ambiental provocado por las grandes transnacionales? ¿Qué se manifiesta en el actual proceso genocida en Palestina? ¿Cómo explicar el creciente retorno de la derecha –condensado en la figura política de Trump, pero también en la de Milei— cuyo matiz neofascista no puede desestimarse? Podría responderse, no sin justificación, que todos estos sucesos, independientemente de su complejidad singular, funcionan como índices de una crisis generalizada y de un inminente colapso del sistema capitalista. Sin embargo, con la misma facilidad con la que se responde, se corre el riesgo de reducir la explicación de esta crisis sobredeterminada al efecto de una perversión de la esencia del capitalismo. En efecto, su posible colapso sería, en realidad, el resultado de un desvío con respecto a su núcleo económico, político e ideológico. Estos acontecimientos serían protuberancias que deberían eliminarse y suprimirse. Bastaría, entonces, con corregir el rumbo de las cosas, recuperar el sentido de los ideales políticos que, desde hace tres siglos, habrían hecho posible el ascenso y la consolidación de la clase capitalista.
Sin embargo, lejos de entender estos sucesos como acontecimientos marginales y efectos de una suerte de perversión política, habría que entenderlos como componentes del funcionamiento normal del capitalismo neoliberal globalizado. No son, como podría pensarse, hechos trascendentales que ocurren por fuera de la esfera capitalista, sino que ellos son constitutivos de esta al hacerla posible aún en su condición paradójica: su desequilibrio fundamental es el síntoma de la perfecta armonía del capitalismo; su caos no es sino la calma esperada. Desde su formulación teórica en el Coloquio Walter Lippmann, hasta su materialización política tras el golpe de Estado en Chile (Laval & Dardot, 2013), el proyecto neoliberal asumió, con todas sus consecuencias, la integración de estos desequilibrios y sus respectivos efectos violentos en la totalidad de la vida. Ya no habría, por así decir, que reprimir las irregularidades del sistema capitalista, sino por el contrario, proyectarlas como sus condiciones de existencia. Así, por ejemplo, el mito de la autorregulación del mercado dio paso a la anarquía de la competencia entre capitales, suprimiendo con ello el ideal de igualdad y, además, asegurando la acumulación de capital. Digamos que lo que antes permanecía vedado por cierto jaloneo político entre fuerzas opuestas, hoy en día se realiza descaradamente en todos los rincones del mundo.
En sentido estricto, el neoliberalismo fue el medio a través del cual el capitalismo cobró un nuevo impulso. Se nos plantea inmediatamente una pregunta crucial: ¿en qué consistió este impulso? Y de forma más fundamental, ¿cómo fue que el neoliberalismo aseguró la existencia del capitalismo? La hipótesis que me gustaría plantear es que el neoliberalismo aseguró la existencia del capitalismo mediante una transformación de la existencia misma. Propongo en esta breve reflexión examinar lo que Mark Fisher (2018) denomina realismo capitalista, pues sus análisis nos permiten definir la mutación neoliberal no solamente en términos económicos y políticos, sino fundamentalmente en términos ontológicos. Son los efectos de la ontología del capitalismo lo que hay que desentrañar (Pavón-Cuéllar, 2023). Este examen, por lo demás esquemático e incompleto, estará intervenido por Marx en la medida en que sus tesis siguen siendo vigentes para –jugando con sus términos— captar y penetrar en el “movimiento real” de lo que parece irrepresentable.
Fisher, Marx y el realismo capitalista
Fisher atrae la atención sobre dos frases equivalentes: la primera, atribuida tanto a Fredric Jameson como a Slavoj Žižek: “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”; la segunda, de Margaret Thatcher, figura clave del neoliberalismo: “no hay alternativa”. Ambas frases dan cuenta de lo que podemos denominar como la ontologización del capitalismo. Las consecuencias de ello son decisivas: por un lado, ya no se trata de pensar al sistema capitalista como el resultado de un proceso histórico, pues ello implicaría necesariamente pensar en su posible disolución; por el contrario, el efecto ideológico por excelencia consiste en admitir y asumir, no sin un artificio fetichista, que el capitalismo es el único sistema posible.
Si la tesis sobre la forma cínica de la ideología tiene algún sentido (Žižek, 1992), este reside no tanto en la desaparición de la ideología misma, sino en el hecho de que algo histórico-contingente y particular puede naturalizarse y universalizarse, es decir, presentarse materialmente como si fuera lo más viable en términos de existencia: lo ideológico no está en la cabeza del sujeto, sino en la realidad misma que se configura fantasmáticamente frente a este último. Es así como ocurre en el fetichismo de la mercancía descrito por Marx (2014), pues la trasmutación (el quid pro quo) que hace que se atribuya un carácter social-natural a las mercancías no ocurre como una mera ilusión de la conciencia, sino que es estrictamente un proceso objetivo –para retomar el concepto de Marx, se trata de la “apariencia objetiva” que cobra el trabajo social (p. 75)— producido por la dinámica del mercado.
De forma más precisa, el capitalismo no sólo se impone como la única alternativa económica y política, sino que configura el horizonte de la existencia misma: su efectividad, su verdadero “peso ontológico”, estriba en el hecho de que “subsume y consume” toda forma de vida hasta ocupar “sin fisuras el horizonte de lo pensable”, estableciendo la “única realidad posible” (Fisher, 2018, pp. 25, 30, 127). Marx (1990) había presentido la tendencia, cada vez más acuciante y agudizada, de la vida a quedar subsumida en la lógica de la “producción por la producción” (p. 75), y de forma más específica, de la producción de plusvalor. En efecto, la “subsunción real” en el capital “metamorfosea” no solo la esfera de la producción, sino la totalidad de la “naturaleza real” de la vida (Marx, 1990, p. 72). La subsunción no consiste en una simple subordinación de algo exterior que pasa a ser incluido en otra cosa –por ejemplo, pensar que se trata de una desviación de una esencia a priori—, sino en una transformación radical en la inmanencia de las cosas. Es en la inmanencia capitalista, en sus coordenadas, en donde la existencia misma se configura y se despliega; con ello, la distinción entre lo verdadero y lo falso es, al mismo tiempo, cooptada en esta nueva ontología social. Actuando como el Dios de Spinoza (2000), el capital subsiste en todo lo existe, lo causa, lo produce, lo hace posible, no como causa trascendente, exterior o mecánica, sino como causa inmanente. La existencia se reduce a la lógica de la propiedad privada (privatización del malestar psíquico), de la burocracia posfordista (evaluación constante de cada esfera de la vida), y del incesante franqueamiento de los límites (el goce ligado al más allá del principio de placer). Parafraseando a Marx y Engels (2014), el modo de vida no puede ser otro que el modo de vida capitalista.
Esta subsunción capitalista y la ontologización producida por ella, provoca una serie de modificaciones que conciernen al tiempo histórico y al sujeto. La historia es pensada ya no como un proceso de rupturas provocadas por acontecimientos inesperados, sino como una línea continua comandada por la teleología del capital, proyectándose hacia el pasado y al futuro. El tiempo del capital se convierte en el tiempo: al replegarse sobre sí mismo, el instante capitalista se eterniza (ver: Pavón-Cuéllar, 2014); su presente parece nunca terminar, pues lo somete todo a un recomienzo absoluto, manteniendo así la “eternidad y armonía” de las condiciones del modo de producción capitalista (Marx, 1982, p. 5). La temporalidad múltiple, las cadencias irregulares y los desarrollos desiguales (Althusser, 1969) son desplazados por una temporalidad unidimensional sobre la que gravitan las demás temporalidades: nada ocurre sino en y por el tiempo del capital. Se entiende que, bajo estas condiciones, la memoria histórica tienda a pulverizarse, dislocarse y velarse bajo la espesa capa del presentismo.
La ontología del capitalismo produce, además, su propio sujeto, pero no como un efecto secundario o como mero epifenómeno, sino como un elemento necesario e imprescindible: se trata de un sujeto que debe estar implicado, en lo más radical de su ser, “con las redes planetarias de la opresión”; de ahí entonces que el análisis crítico no puede prescindir de un análisis de la economía libidinal, es decir, del modo en el que el capitalismo tiende a “colarse en la libido” (Fisher, 2018, pp. 38, 134). Para decirlo en términos freudianos, digamos que el sujeto se identifica plenamente con el capital en la medida en que este realiza sus deseos: Freud (1984) no duda en señalar que el proceso de identificación mediante el cual el sujeto se constituye es, en lo fundamental, una operación del ser. El deseo y el goce siempre se encuentran atravesados por las relaciones sociales y políticas, sin trascenderlas en ningún momento. De ahí entonces que el capitalismo neoliberal se dé a sí mismo su propia modalidad de la economía libidinal.
Para no concluir: lo Real del capitalismo y la sutura
Fisher introduce la posibilidad de una dislocación del realismo capitalista al señalar una distinción fundamental: la realidad del capitalismo es tan solo aparente, imaginaria, pues ella posee, como su reverso, un Real –entendido como lo imposible y lo indeterminado (Lacan, 1953, 2022)— que la acecha constantemente. Lo real debe conjurarse, suprimirse, escamotearse, pues de otro modo implicaría la disolución de lo establecido. La agudeza teórica de Fisher a este respecto no puede desestimarse. Tiene razón al señalar que la catástrofe ambiental, la creciente crisis de salud mental y la generalización de la burocracia en plena flexibilidad posfordista, muestran el inherente carácter “disfuncional” del capitalismo ligado a la “expansión constante” y al “fetiche con el crecimiento” (pp. 44-45), y por lo tanto, deben comprenderse como efectos necesarios y no accidentales. Sin embargo, me parece que la posición de Fisher puede ser radicalizada con más fuerza si se toma en cuenta el tratamiento de este real en el seno de las condiciones capitalistas.
Una reflexión apresurada podría concebir que, en algún momento, la crisis ambiental y la crisis de la salud mental, llevarían a cierta disolución: es decir, hay cierta esperanza depositada en un futuro indeterminado. Sin embargo, hay que ver en esta prisa el resultado de lo que Žižek (1992) denomina como la “historicización superrápida” de tinte evolucionista (p. 81) que esperaría, en algún punto, la solución equilibrada. Si bien estas crisis señalan lo disfuncional del capitalismo, así como su posible limitación, en realidad son la muestra de que todo va marchando conforme a lo planeado: el capitalismo se da a sí mismo un funcionamiento coherente bajo sus propios términos. En efecto, la existencia del capitalismo, desde el comienzo, está permanentemente en la encrucijada y ligada a un desequilibrio fundamental; su existencia está lógicamente marcada por un límite interno, por un impasse ineludible, por una contradicción inmanente (Žižek, 1992) e imposible de representar para los esbirros del capital, a saber, aquella que fue señalada bajo la pluma marxiana: la plusvalía entendida como la expoliación del ser del sujeto (Marx, 2014). Como sabemos, esta disfuncionalidad inherente al sistema capitalista no garantiza, por lo tanto, su resquebrajamiento. El Real representado por la plusvalía, por el sujeto y su fuerza de trabajo, no es únicamente reprimido ni desalojado, sino que es, por el contrario, reintegrado constantemente como condición de posibilidad del propio sistema (ver: Pavón-Cuéllar, 2014).
Así, la existencia del capitalismo es paradójica: para existir, tiene que suprimir la existencia de la única sustancia creadora de valor, su único motor posible: la fuerza de trabajo (independientemente de las formas actuales que cobre). Retomando la metáfora utilizada por Marx en El Capital, el vampiro asegura su vida mediante un incansable movimiento mortífero. El progreso implica siempre un retroceso y viceversa.
Digamos entonces que el capitalismo procede mediante una sutura que tiene un doble sentido: por un lado, reprime lo Real y lo mantiene bloqueado; pero al mismo tiempo, señala la existencia de ese Real, se lo apropia y lo transforma sintomáticamente para garantizar su permanencia y su consistencia imaginaria. De hecho, lo imaginario está siempre producido por este efecto de suturación (Miller, 2008, 2017). Que el capitalismo retorne con más fuerza después de sus crisis es la muestra de esta suturación, pues ellas no garantizan su disolución, sino que son, de algún modo, y como señalé al comienzo, reintegradas para su propia subsistencia (la crisis de los treinta y la crisis de 2008 son la prueba fehaciente de ello); del mismo modo, las aporías señaladas por Fisher deben comprenderse como verdaderos síntomas de esta disfuncionalidad funcional. Para retomar el lenguaje freudiano, ellas no dejan de ser “formaciones de compromiso” cuya función es siempre compensatoria.
La apuesta por una práctica revolucionaria –desde la actividad política hasta la práctica teórica— no estriba en la eterna espera del lejano horizonte que no cesa de no realizarse, como tampoco puede atenerse cómodamente al resquebrajamiento interno del capitalismo. Habría que comprometerse en cada coyuntura que acaece, en la medida en que las coyunturas actuales, en su desarrollo desigual, no dejan de ser efecto de esta estructura capitalista, y como tales, poseen en su núcleo ese real que, si bien es su condición de existencia, abre la posibilidad de un acontecimiento aleatorio e inesperado. Se trata de asumir la materialidad de la sutura y su carácter sintomático: para ello se requiere una lectura no inocente, una lectura culpable, capaz de leer en el espesor del síntoma un efecto de verdad. La pregunta no es, por lo tanto, si estamos listos o no para lo inesperado, sino en qué hacer con lo actual para dar paso a lo inesperado como tal.
Referencias
Althusser, L. (1969). El objeto de “El Capital”. En L. Althusser & É. Balibar (Eds.), Para leer El Capital (pp. 81–209). Siglo XXI.
Fisher, M. (2018). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Caja Negra.
Freud, S. (1984). Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras Completas XVIII (pp. 63–136). Amorrortu.
Lacan, J. (1953). Lo simbólico, lo imaginario y lo real. Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires. https://www.apdeba.org/wp-content/uploads/conferencia-Lacan-SIR.pdf
Lacan, J. (2022). El seminario de Jacques Lacan. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. (1964). Paidós.
Laval, C., & Dardot, P. (2013). La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal. Gedisa.
Marx, K. (1982). Introducción. En Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse). 1857-1858(pp. 2–33). Siglo XXI.
Marx, K. (1990). El Capital. Libro I. Capítulo VI (inédito). Resultados del proceso inmediato de producción. Siglo XXI.
Marx, K. (2014). El Capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Libro I. Fondo de Cultura Económica.
Marx, K., & Engels, F. (2014). La ideología alemana. Akal.
Miller, J.-A. (2008). La sutura. Elementos de la lógica del significante. En Matemas II (pp. 51–65). Manantial.
Miller, J.-A. (2017). Acción de la estructura. En I. Parker & D. Pavón-Cuéllar (Eds.), Marxismo, psicología y psicoanálisis(pp. 194–203). Paradiso.
Pavón-Cuéllar, D. (2014). Elementos políticos de marxismo lacaniano. Paradiso.
Pavón-Cuéllar, D. (2023). Ontología del capitalismo: violencia estructural y reducción del ser al goce del capital. Castalia – Revista de Psicología de la Academia, 39(39), 9–18. https://doi.org/10.25074/07198051.39.2385
Spinoza, B. (2000). Ética demostrada según el orden geométrico. Trotta.
Žižek, S. (1992). El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI.
[1] Versión corregida y ligeramente aumentada del texto original publicado en Substack: https://marxismoypsicoanalisis.substack.com/p/la-ontologizacion-del-capitalismo
[2] Docente en la Universidad de Guadalajara. Editor en Materialismos. Cuadernos de Marxismo y Psicoanálisis. Miembro del GT Marxismo y Psicoanálisis (Redippol). Miembro del GT Historia y Coyuntura: perspectivas marxistas (CLACSO)