¿ESTADIO? … ¡AZTECA! El profeta de la decadencia

Julio Muñoz Rubio

Fue allá a fines de 1962 cuando se anunció por primera vez el proyecto de construcción de un nuevo estadio en el entonces Distrito Federal, además de los ya existentes de la Ciudad Universitaria y el de la Ciudad de los Deportes.

Ese estadio se ubicaría en la entonces casi virgen zona de Santa Úrsula. Su edificación debe haber comenzado en 1964 y siguió todo 1965, para ser terminado en la primera mitad de 1966 e inagurado el 29 de mayo de aquel año, con un emocionante partido entre el América y el Torino, de Italia, que terminaría con un marcador de 2 a 2 y que prefiguró las grandiosas jornadas que durante décadas iban a efectuarse ahí.

La capacidad inicial del inmueble fue de 105 mil espectadores, “cómodamente sentados”, se decía (ver ilustración), y con un diseño, del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, muy original y audaz para la época. Era la carta fuerte de la Federación Mexicana de Futbol (FMF) para que la FIFA le otorgara a México se la sede del campeonato mundial de 1970, lo cual se logró en 1964.

En un inicio el estadio en cuestión no tenía nombre. Para decidir cómo se le bautizaría, la propia FMF lanzó la iniciativa: Una convocatoria abierta para que cada persona propusiera un nombre y ganaría el que tuviera mayor cantidad de votos, que fueron enviados por vil correo postal, en ausencia de correo electrónico o redes sociales. Y fue así como tiempo antes de ser inaugurado, se anunció la propuesta vencedora en tal consulta pública:

ESTADIO AZTECA.

Lo recuerdo muy bien. El beneplácito fue generalizado en toda la afición futbolera del país. Ese nombre era el reflejo de una firme identificación cultural del pueblo mexicano con sus raíces históricas. Era el producto, aunque fuera demagógicamente, de un ejercicio de participación popular. 

ESTADIO AZTECA: “EL COLOSO DE SANTA ÚRSULA”

Con esto no quiero defender ni reivindicar ni al sistema presidencialista mexicano, encabezado en aquellos días por Gustavo Diaz Ordaz ni a Emilio Azcárraga Milmo («soldado del PRI», como se autocalificaría años después), dueño del entonces Telesistema Mexicano (después Televisa) y del Estadio Azteca. Lo que deseo explicar es cómo esa hegemonía priísta –que incluía a Telesistema Mexicano– estaba, aunque fuera con fines manipuladores y enajenantes, identificada con los símbolos de la nación mexicana y los promovía. La historia de México era enseñada en todo el sistema de educación pública, desde 1º de primaria, y cada mexicano sabía, desde la infancia, la leyenda de las 7 tribus Nahuatlacas, desde que salieran de Chicomostoc (“lugar de las 7 cuevas”) hasta sus llegadas respectivas al Valle de México; sabía el origen del escudo nacional y de la civilización Azteca, con sus emperadores, desde Acamapichtli hasta Cuauhtémoc y la caída de Tenochtitlán.  

La naturaleza populista del Estado lo llevó a hacer esa consulta popular que dio nombre al estadio más célebre de México y con el tiempo, a uno de los más célebres del mundo.

El tiempo transcurrió. Fue en 1997 cuando falleció Guillermo Cañedo, por muchos años presidente de la Federación Mexicana de Futbol y bajo cuyo cargo la FIFA otorgó a México la organización de los campeonatos mundiales de 1970 y 1986. Absolutamente inolvidables futbolísticamente hablando. Con su fallecimiento se intentó cambiar el nombre del estadio Azteca, y fue en un partido de fútbol a estadio lleno cuando así, por las pistolas de Televisa, se anunció que a partir de ese momento el estadio se llamaría «Guillermo Cañedo».

La rechifla unánime del público fue ensordecedora.  Un grito aún más ensordecedor no se hizo esperar:

¡¡¡AZTECA, AZTECA, AZTECA, AZTECA, AZTECA…!!!

En esta ocasión no hubo mediación alguna ni consulta pública. La afición futbolera mexicana había expresado directamente su unánime voluntad, y como ya se había apropiado de su estadio desde tiempo antes, decidió reafirmarlo de ese modo.

Jurídicamente hablando, este inmueble era y es propiedad de Televisa, pero la subjetividad, la simbología, la historia y la pasión futbolera hicieron que el pueblo mexicano lo tomara para sí, se lo arrebatara a sus propietarios “legales”.   

Sin más discusión, la FMF guardó prudencia y silencio. El estadio se siguió llamado ESTADIO AZTECA.

Y el tiempo, inexorablemente, siguió su curso.

Para el campeonato mundial de 2026 se volvió a designar a México como país sede, esta vez junto con Estados Unidos y Canadá. Y de pronto, quien sabe de dónde, la FIFA y la FMF decidieron que el estadio Azteca cambiaría su nombre, se llamaría ESTADIO BANORTE.

¿BANORTE?

El más emblemático de los Estados mexicanos y, repito, uno de los más célebres del mundo, cuyo nombre era el de una de las culturas más importantes del continente americano y mundial, de pronto cambiaba al nombre de un banco privado, de una empresa financiera, de un símbolo del capitalismo más neoliberal. De ser un inmueble con un nombre que alude a la historia, a una formación socio-cultural trascendente, a la memoria colectiva, pasa a tener un nombre de una vulgaridad extrema, representante de la circulación de dinero y capital y por ello de la actividad más prescindible e innecesaria para el ser humano, y que en tiempos neoliberales se quiere erigir como lo esencial.

Hoy, en tiempos en los que la educación pública es dominada por el neoliberalismo y a nadie ya en las primarias se les enseña gran cosa de la historia de México. Hoy, cuando los nombres y emblemas de las empresas privadas abruman toda la existencia humana es cuando esa trapacería se quiere consumar. 

Y además, todo como producto de una decisión de la cúpula de la FIFA, hoy por hoy la peor enemiga del fútbol y de la convivencia humana sana y pacífica, que pasa por encima de una antigua decisión colectiva ratificada en muchas ocasiones.

Como parte del signo de los tiempos, el estadio Azteca, en el colmo de la indignidad, fue convertido en un búnker el pasado 28 de marzo, con motivo de su reapertura después de largas obras de remodelación.  Cercos policiales, vías de acceso cerradas a los automóviles. Estrictos controles de llegada y salida para impedir las protestas populares por la desaparición forzada de más de 130 mil personas en nuestro país y contra los proyectos gentrificadores a las afueras del estadio. Boletos a precios estratosféricos, inaccesibles para el pueblo, que antaño llegaba a hacer cola a las puertas del inmueble para adquirir sus boletos, sin más.

El punto no es trivial. El neoliberalismo ha construido un mundo (una hegemonía) en la que se busca extinguir toda la historia, se busca que la gente joven -y no tanto- piense que el mundo todo surgió hace 20, 30 o a lo más, 40 años, lo mismo en el arte, en el deporte, en la ciencia, la tecnología o la política. Un mundo que nació con internet, los teléfonos celulares, los algoritmos de tik tok y las pantallas de alta definición, un mundo de puro presente, en el que pensar en el pasado es sólo una aburrida costumbre de viejitos decrépitos.  Y un mundo así, sin memoria alguna, ni siquiera abarca la esfera de lo olvidado, pues solo se puede olvidar aquello del pasado que alguna vez se supo.

En la esfera del futbol, el neoliberalismo y su ariete, la filosofía posmoderna, han limitado la afición y el conocimiento de lo futbolístico a lo ocurrido a partir de las transmisiones por televisión en color y vía satélite, dejando de lado que este deporte se viene practicando desde los últimos años del siglo XIX, y que  se consolidó a escala mundial desde hace algo más de un siglo (el primer torneo mundial fue en la olimpiada de París, de 1924)  y que desde entonces, o incluso antes, fue escenario de grandes equipos, jugadores, partidos y torneos, de los que hoy nadie se ocupa ni toma en cuenta.

En el futbol mexicano nadie recuerda ni mucho menos aprecia la existencia de los “Prietitos” del Atlante, ni de “Los Once Hermanos” del Necaxa, de los años 20 y 30 del siglo XX. Ni quien sepa de esta formidable selección vasca que visitó nuestro país en los años 30 y aquí se quedaron ante el estallido de la guerra civil española (con figuras como Isidro Lángara, Emilín, Ángel Zubieta, Martín Vantolrá, Cilaurren y Luis Regueiro, entre los que el autor de estas líneas recuerda -sin googlear conste- de las lecturas hechas) ni del campeonísimo Guadalajara, de fines de los 50 e inicios de los 60. Y ya con mucho trabajo, algo vago quizás se sabe del América de los 60 y de la “Máquina Celeste”, el Cruz Azul de los 70. Lo más célebre y grandioso del futbol mexicano.

El cambio de nombre del estadio Azteca forma parte de ese ejercicio de desmemorización y producción de ignorancia que va más, mucho más allá del futbol. Y eso no lo podemos permitir. El pueblo mexicano tiene que levantar la voz y rescatar su historia y su cultura, que no es otra cosa que parte de la historia y la cultura mundiales.

Porque nunca será banal recordar que el Estadio Azteca vio a Pelé en 1970 coronarse tricampeón del mundo con ese formidable equipo de Brasil y a Maradona en 1986 ganar el bicampeonato para Argentina. El Estadio Azteca vio el “Partido del Siglo” entre Italia y Alemania, también en 1970. ¿Cuántos estadios pueden competir con el Azteca en estas memorables páginas futboleras? Al decir esto no existe ni sombra de una posición chovinista ni patriotera, sólo una irrefutable mención de hechos. Pero bueno, quizás el antiguo Wembley, el primer gran estadio del mundo, inaugurado en 1926 (e inexplicablemente demolido en los años 90), o Maracaná, donde se sabe y recuerda que el llanto, la tristeza y la debacle emocional son parte esencial del futbol, puedan equipararse al Azteca en su “curriculum vitae”.

Además, el Estadio Azteca es testigo de las glorias de muchos de los mejores equipos mexicanos: de nuevo menciónense al  América y al Cruz Azul, de los años 70, entre los más célebres y un interminable etcétera de grandes partidos, jugadores, jugadas, goles, fallas, pifias arbitrales (como la del inolvidable gol “de la mano de Dios” o la de la final olímpica de 1968, en la que Diego [Ciego] di Leo, el más imbécil y autoritario árbitro que haya pisado la grana del Azteca, echó a parder el partido Bulgaria – Hungría expulsando sin más a 3 jugadores búlgaros en el primer tiempo), y broncas, verdaderas madrizas como las de 1983 y 1986 entre el América y el Guadalajara, o la de 1971 (de la que fui testigo presencial) entre el América y el Atlante, o la del Atlético de Madrid contra la selección mexicana, en 1993, en la que el “Brody” Campos se agarró a chingadazos a todo ese equipo español, Luis Garcia incluido; todo lo cual sigue levantando polémicas y emociones como en el momento de haber ocurrido.

Hoy, con ese cambio de nombre al Estadio Azteca, todo aquello se quiere extinguir de la memoria y con ello borrar que el futbol es el patrimonio de los pueblos que lo practican y presencian, se quiere borrar el nombre de una civilización que es patrimonio cultural de la humanidad. Hoy ese despojo es parte de la conversión del futbol en pasarela de un comercialismo, elitismo y tecnificación ajenas a quienes lo hemos sostenido durante más de un siglo en todo este planeta. 

Porque el futbol, el verdadero futbol es el de los niños en el recreo, el de las retas, las coladeras, las cascaritas en la cuadra; el de los llanos o lodazales, el de las ligas amateurs, el de los barrios. El juego en el que no hay VAR, ni grandes sumas de dinero ni espectaculares marquesinas con vistosos anuncios en la orilla de la cancha… o bueno, ¿por qué no? También es el futbol de los grandes estadios llenos a tope, pero sin proyectos gentrificadores a su alrededor; sin hooligans ni grupos fascistas, estadios llenos de simples aficionados que, con chela en mano, acuden a admirar, aclamar, aplaudir, silbar e incluso insultar, sin censuras moralistas a futbolistas que juegan con pasión, decisión y verdadero amor a la camiseta, algo ya casi inexistente hoy en día; sin publicidad en sus uniformes y que establecen un vivo diálogo con la afición. Ese futbol que está siéndonos arrebatado por la FIFA día a día.

Debemos rescatarlo. Jugando y abandonando el relumbrón y la parafernalia del próximo campeonato mundial. No lo necesitamos. Los aficionados al futbol, de la edad y sexo que seamos, sólo nos necesitamos a nosotros mismos.

¡ESTADIO AZTECA POR SIEMPRE!

¡VIVA ETERNAMENTE EL FUTBOL, DEPORTE DE LOS PUEBLOS DEL MUNDO!

¡MUERAN LA FIFA Y SU PRÓXIMO CAMPEONATO MUNDIAL!