Una sucinta caracterización del gobierno que viene para Colombia
Esteban Morales Estrada
Historiador y Magíster en Historia
Docente
Poco a poco, al pasar los días, se va conociendo un poco más el entramado político de lo que viene para Colombia en el próximo cuatrienio. A la falsa promesa de que iban a gobernar los “nunca”, y que han resultado ser los mismos de siempre, se han sumado todo tipo de anuncios estrafalarios como la idea de que la posesión presidencial sea en una instalación militar o la iniciativa de cerrar múltiples embajadas sin ofrecer argumentos sólidos, más allá de caprichos pasajeros e irreflexivos. Se habla de una cacareada “austeridad”, pero de manera simultánea el señor de la Espriella se inventa cargos y hace pataletas infantiles, para que sea el Congreso quien se desplace a otro lugar, fuera de la capital, a su posesión, gastando una gran cantidad de dinero. Cuatro casos particulares, de nombramientos de nuevos ministros para la “Patria Milagro”, son dicientes de lo que vendrá y vale la pena mencionarlos aquí: Viviane Morales en el Ministerio de Educación, quien promete “sacar a Marx de la educación y meter a Dios”, dando una voltereta que nos ubica en debates decimonónicos; Omar Bula Escobar en la Cancillería, el cual difunde un discurso propio de la Guerra Fría, sumado a una extrema sumisión a EEUU y el sionismo; Juliana Gutiérrez en el Ministerio del Deporte, cuyo único mérito es ser la hermana del parroquial Alcalde de Medellín (segunda ciudad más poblada de Colombia) Federico Gutiérrez, un alfil de las tendencias reaccionarias; y Paola Holguín, en el Ministerio de Cultura, cuya experiencia está asociada al sector de la seguridad y defensa, y no parece tener mucho que ofrecer para ningún ámbito cultural.
A los funcionarios que hemos enunciado se suma el despliegue militarista, por darle alguna denominación, de Abelardo y quienes lo acompañan, los cuales no pierden oportunidad de hacer un repetitivo saludo militar en cada aparición pública, y pronunciar el insoportable estribillo patriotero de “Firmes por la Patria”. Pero otros elementos se suman a la perspectiva de militarización del debate público: la idea de traer a Colombia las mega-cárceles como solución definitiva para los problemas de inseguridad, la permanente legitimación de la violencia como la solución frente a diversas problemáticas sociales, el anuncio del regreso de las fumigaciones contra los cultivos ilícitos (sin tener en cuenta las graves afectaciones que esto han producido y los pírricos resultados), la estigmatización de la izquierda y sus manifestaciones diversas, y el regreso del ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios), que implica la represión de la protesta y la movilización popular.
Después de presentar este poco alentador panorama, parece que no es claro para Abelardo, que la mitad del país apoyó a su contradictor político, Iván Cepeda, por lo cual, es virtualmente imposible imponer una agenda de recorte de derechos, y suprimir la movilización social que esto produciría, sin que se presente un gran Estallido Social 2.0, que emule lo ocurrido en Colombia, en 2021, frente al desastroso gobierno de Iván Duque, y que en muchos aspectos explica la llegada de Petro al poder en 2022, como manifestación política de la indignación de la población. Cepeda por su parte, ha propuesto al país que lo apoyó la desobediencia civil pacífica como una ruta, y continúa poniendo en duda la capacidad de gobernar de Abelardo de manera autónoma, frente a los designios de un Trump interesado en fortalecer su control y poderío sobre América Latina, y teniendo en cuenta que de la Espriella tiene nacionalidad estadounidense.
El proyecto de la nueva derecha colombiana retoma muchos elementos del uribismo, pero los actualiza con aspectos de la llamada “nueva ola reaccionaria global”, y cuenta con el solidario apoyo y respaldo de amplios sectores de la tecnocracia criolla (dispuesta a plegarse a cualquier proyecto político a cambio de puestos, vendiendo la idea de la falsa neutralidad de la teoría económica), así como de la clase política tradicional. La narrativa de vender miedos se sumó a un anti-petrismo recalcitrante e irracional, que fue rematado por una agresiva espectacularización de la política, con confusos, pero eficaces mensajes que calaron en muchas personas: la idea del tigre, del Mesías, de la mano dura. Cabe señalar, como adenda, que hay serias dudas en torno a la trasparecía del proceso electoral y la influencia que tuvo en dichas votaciones la red reaccionaria que han configurado EEUU e Israel, cuyos objetivos estratégicos pasan por retomar un férreo control de países como Venezuela, Ecuador, Argentina, Chile o Perú.
Para Miguel Urbán, en su libro Trumpismos. Neoliberales y autoritarios. Radiografía de la derecha radical, el populismo punitivo ha tenido dos representantes recientes en el mundo: Duterte y Bukele. En cuanto al primero, es imposible no relacionar sus declaraciones escandalosas con la idea de Abelardo de “destripar a la izquierda”, teniendo en la mira que el político de Filipinas, al igual que de la Espriella, no se vieron perjudicados por dichas apreciaciones, y, por el contrario, les otorgaron una gran popularidad. Pero también el caso de Bukele es pertinente, teniendo en cuenta que hay muchas similitudes con lo que estamos viendo en la Colombia de la actualidad: “Bukele se vendía como una figura fresca, alejada del pasado político de El Salvador y, por un muy fugaz momento, pudo haberlo sido, pero cualquier duda se despejó desde que al asumir el cargo despliega una personalidad mesiánica y aun peor, de aspiraciones profundamente autoritarias” (Pág. 125).
Más allá de los ejemplos de ambos líderes políticos, Urbán define el populismo punitivo como una tentativa de “crear una sensación de emergencia y de alarma social para convencer a la mayoría de la población de la necesidad de medidas excepcionales para combatir la inseguridad ciudadana” (pág. 120). Este tipo de asuntos se ven claramente en el relato abelardista respecto al “caos petrista” y la situación “gravísima” que han encontrado en el país, que está supuestamente al borde del abismo, y que viene acompañado de la idea implícita de justificar medidas fuertes y correctivas, que además refuerzan la perspectiva mesiánica de los que llegan al poder como virtuales “salvadores”, que tendrán que tomar medidas “drásticas”. Por lo anteriormente expuesto, el entrante gobierno de Abelardo de la Espriella parece ubicarse en torno a la tipología de gobiernos populistas punitivos, ya que como advierte el mismo Urbán, dicho mal “no es una enfermedad que aqueje a un solo país, sino que es un rasgo genético de esta nueva ola reaccionaria global” (pág. 121).
La implementación de dichas perspectivas, sumadas a la historia de violencia de Colombia, es poco menos que preocupante para amplios sectores que no ven con buenos ojos lo que representa el proyecto abelardista, y permanecen a la expectativa de lo que vendrá después del día 7 de agosto, pero que muy seguramente consistirá en una particular simbiosis entre neoliberalismo, sumisión frente a Trump y apelación a la violencia (simbólica y práctica).
Es difícil hacer un pronóstico, pero más allá de un panorama difuso y contradictorio, parece ser que la figura central del gobierno entrante será José Manuel Restrepo, el vicepresidente, que se encargará de las cosas “técnicas” y ha pretendido transmitir la idea de que ha llegado a hacer un gobierno “serio” luego del supuesto desbarajuste propiciado por Petro, asunto que es más discursivo que real. Al tiempo, Abelardo surge como una figura decorativa que hace declaraciones grandilocuentes y superficiales, pero evidencia todo el tiempo su desconocimiento profundo del manejo del Estado, asunto que pretende disimular por medio de unos gestos chovinistas y una voz impostada.
Hemos analizado a lo largo de este texto lo que le espera a Colombia, según las señales que se han observado en el escenario reciente, pero desde la otra orilla, queda una gran tarea para el progresismo del país, que debe hacer una oposición muy inteligente, buscando aprender de errores diversos que se han cometido, y tratando de construir estructuras más sólidas y democráticas al interior del proyecto. Los ideales progresistas tienen que trascender la figura de Gustavo Petro, y no pueden apegarse a dicho liderazgo como única forma de expresión política. Se deben llevar a cabo autocríticas serias y contundentes en torno a los cuatro años de gobierno progresista y a la campaña de Cepeda, con el fin de construir un amplio frente de fuerzas democráticas y progresistas (retomando la idea de Francisco Mosquera) más sólido, depurado y coherente, que aglutine a múltiples sectores que pretendan oponerse a una administración, que sin posesionarse aún, continúa mostrando una cara peligrosamente marcada por tendencias regresivas, que son propias de una derecha reaccionaria y cavernaria que quiere confundir a las personas por medio de una variada amalgama de elementos superfluos y baladíes, como “la mano dura” o el “anticomunismo”, y que busca encubrir un régimen neofascista que tendrá como herramienta central la continua configuración de espectáculos mediáticos, en torno a la “seguridad”, y la aplicación irrestricta del populismo punitivo en Colombia.