El antimperialismo en La historia me absolverá

Mario Mencía[1]

Transcurría la noche del 31 de diciembre de 1958 cuando Fulgencio Batista hizo reunir a un limitado grupo de personeros de su régimen en el campamento militar de Columbia. Supuesta razón: un brindis por el nuevo año 1959. Motivo real: el anuncio de su precipitada e inmediata salida del país. Tres aviones se encontraban listos para despegar en una pista cercana. Poco después de las dos de la madrugada, las tres aeronaves repletas alzaban vuelo rumbo al este hacia la protección del déspota dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Muy pocos quizás hubieran podido deducirlo entonces, pero la imaginaria línea que trazaban en lo oscuro las intermitentes luces de aquellas tres aeronaves en fuga, más que la escapatoria del último tirano, iba a fijarse en esa noche como un corte en nuestra historia que marcaría el desencuentro definitivo de lo peor de nuestro pasado con lo mejor de nuestro futuro.

Esa misma noche se desarrollaba con el mayor secreto una reunión en el Pentágono, Washington. El almirante Arleigh Burke, jefe del Estado Mayor de la Marina de Estados Unidos, con la aquiescencia del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Allen Dulles, y de Robert Murphy, subsecretario de Estado, argumentaba que Castro no era el hombre indicado para Cuba (Thomas Hugh, 1973, p. 1320)

Simple anécdota más en la rutina de una sesquicentenaria política intervencionista, nuevamente a 90 millas al norte de La Habana se pretendía pautar el destino de Cuba. Había que “hacer algo” para que Castro no llegara al poder. Aunque con urgencia, pensaban ellos, todavía quedaba algún tiempo para impedirlo. Sin embargo, los acontecimientos que habrían de desencadenarse iban a encauzar el futuro cubano por un derrotero no exactamente previsto en toda su magnitud por la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado. Muy pronto se vio que 1959 no era 1898 ni 1933.

Seis meses antes, el 5 de junio de 1958, Fidel se encontraba en Minas de Frío, un empinado paraje del macizo montañoso de la Sierra Maestra donde longitud y latitud se cortan en los grados 20 y 77, a mil metros de elevación sobre el nivel del mar, en el oriente del país. Como máximo líder del Movimiento 26 de Julio y Comandante en Jefe del Ejército Rebelde, dirigía las fuerzas revolucionarias en el decimonoveno mes de la guerra por él alentada, organizada y reiniciada.

Si ese día Fidel hubiese caído en combate, en la dialéctica de la historia ideológica de la Revolución Cubana tal vez se habría producido un segundo 19 de mayo, porque el 19 de mayo de 1895, al caer en Dos Ríos José Martí, la Revolución Cubana quedaba pospuesta. Un día antes, como se sabe, había dejado escrito para la posteridad: “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin” (Martí, José, 1973, p. 167)

Y, de la misma manera, si el 5 de junio de 1958 hubiese caído Fidel, la culminación de la Revolución Cubana tal vez se hubiera pospuesto una vez más. Ese día Fidel Castro Ruz, herencia y coincidencia de elevada cumbre en la vertiente martiana, también dejaba escrito para la posteridad: “Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los [norte]americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero.” (Catro, Fidel, 1958)

Voluntarismo no, aprehensión vanguardista de uno de los problemas cardinales a resolver para poder iniciar el camino hacia las soluciones perdurables en el ámbito de la necesidad social. Inevitable toma de posición clasista a escala internacional, resultante de una excepcional comprensión de la contradicción principal en nuestro caso para la liberación del pueblo. Lo que para Martí fue el reconocimiento del objetivo fundamental de cuanto hizo y haría, para Fidel ha de ser la certidumbre de su destino verdadero.

Ni voluntarismo ni mágica irrupción en nuestra historia de mitológicos semidioses modelando a su antojo la sociedad. Algo mucho más sencillo, más objetivo, al decir del propio Martí: “No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre.” (Martí, José, 1971, p. 251)”

Por eso, cayó Martí en el 95, pero vivo Fidel en el 59 —en tanto que ambos interpretan las necesidades nacionales y representan los intereses de su pueblo— cuanto Martí no pudo hacer en su tiempo comenzaría a lograrlo Fidel en el suyo, en concordancia con las características de un nuevo tiempo histórico.

Frustrada de momento la Revolución Cubana el 1ro de enero de 1899, el 1ro de enero de 1959 marcó el cambio hacia el futuro —por el camino de la completa independencia, de la libertad, y hacia el pasado, nítido tajo de luz—, el fin de los sesenta años por donde transitó en rebelde agonía antiimperialista la incontenible Revolución Cubana. Y en silencio ya no tendría que ser. A viva voz pública, con voz de pueblo, a todo el pueblo y a todos los pueblos, en la madrugada del 2 de enero de 1959, Fidel acusaba, advertía y proclamaba: Esta vez no se frustrará la Revolución. Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad a su término; no será como en el 95, que vinieron los [norte]americanos y se hicieron dueños del país; intervinieron a última hora y después ni siquiera a Calixto García, que había luchado durante treinta años, lo dejaron entrar en Santiago de Cuba; no será como en el 33, que cuando el pueblo empezó a creer que la revolución se estaba haciendo vino el señor Batista, traicionó la revolución, se apoderó del poder e instauró una dictadura feroz; no será como en el 44, año en que las multitudes se enardecieron creyendo que al fin el pueblo había llegado al poder y los que llegaron al poder fueron los ladrones. Ni ladrones ni traidores ni intervencionistas; esta vez sí es una Revolución! (Castro, Fidel, 1959).

Ya el 16 de octubre de 1953, en un pequeño local del hospital “Saturnino Lora” de Santiago de Cuba, fuertemente custodiado por guardias con bayonetas caladas, Fidel había hecho uso de su derecho a la autodefensa ante el tribunal que lo juzgaba por los sucesos del 26 de julio de ese año. No fue una defensa personal, fue una acusación rotunda. Y no fue solamente una acusación al régimen de oprobio y crímenes del 10 de marzo, sino a todos los responsables de las injusticias y males padecidos por el pueblo desde el surgimiento de la república ahorcada por el imperialismo yanqui.

El antiimperialismo en su letra

En la letra de La historia me absolverá el antiimperialismo se expresa indirectamente, emerge tácitamente a lo largo del alegato. Por interpretación extensiva se detectan sus esencias. No serían estas rápidas referencias lo capital del documento, pero algunos atisbos de este aspecto saltan a un primer plano.

En su autodefensa, Fidel define el asalto al cuartel Moncada como “la batalla por la libertad”, y está claro que en quien, como él, manejaba crecientemente algunos aspectos de la teoría marxista-leninista, ese término no podía reducirse al estrecho sentido de las aparentes libertades personales e institucionales burguesas. Él mismo lo afirma: “se está debatiendo algo más que la simple libertad de un individuo: se discute sobre cuestiones fundamentales de principios, se juzga sobre el derecho de los hombres a ser libres, se debate sobre las bases mismas de nuestra existencia como nación civilizada y democrática” (Castro, Fidel, 1993).

Es evidente que, en este caso, no se lograría esa libertad con el simple derrocamiento de una dictadura interna, sino también con la derrota de las clases sostenedoras del sistema que la había engendrado. Esto estaba claramente previsto en el proyecto revolucionario de Fidel. La batalla por la libertad que se inició en el Moncada no era solo la batalla contra el despotismo resultante del 10 de marzo de 1952, era el inicio de la guerra contra los males del 9 de marzo y era la guerra contra imperialismo sustentador y usufructuario principal de los 9 y de los 10 de marzo.

Cerca de la décima parte de La historia me absolverá está dedicada a codificar el carácter espurio del régimen batistiano desde los puntos de vista moral, legal e histórico, y a establecer el derecho inalienable del pueblo a su soberanía y felicidad. Para ello recorre en rápida incursión las normativas en que basa sus argumentos a través de la historia del pensamiento político y jurídico, y finaliza demostrando la legitimidad del derecho del pueblo a rebelarse contra la tiranía.

La panorámica es abarcadora. Desde las antiguas civilizaciones china, india, griega y romana, hasta los tiempos modernos. De Juan de Salisbury, en la Edad Media, a José Martí, en el ocaso decimonónico americano, pasando por Tomás de Aquino, Martín Lutero, Felipe Melanchthon, Juan de Mariana, Francisco Hotman, Stephanus Brutus, George Buchanan, Juan Althusius, Milton, Locke, Rousseau, Montesquieu; la Declaración de Independencia norteamericana y la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre.

Pero, ¿a quién apuntaba en realidad su índice acusador al condenar el despotismo y proclamar —con los iluministas— que “cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para este el más sagrado de los derechos y el más imperioso de los deberes”? ¿Solamente a Batista, simple marioneta circunstancial; o al imperialismo yanqui, principal causante de los males en Cuba y gran elector de gobiernos siervos en aquella república de las frustraciones populares?

¿Será acaso necesario repetir una a una las 387 palabras con las que Fidel hace coincidir concluyentemente el concepto de pueblo con las clases y grupos sociales humildes, de gente desposeída, explotada, hambrienta y secularmente engañada? ¿Contra quiénes iba dirigida esta definición, por omisión? ¿Quién encabezaba la lista de los desposeedores, los enyugadores, los engañadores de ese pueblo al que Fidel llama a luchar con todas sus fuerzas para que fueran suyas la libertad y la felicidad? ¿Contra quiénes llama Fidel a luchar a ese pueblo?

En la enumeración de “las cinco leyes revolucionarias que serían proclamadas inmediatamente después de tomar el cuartel Moncada” está implícito, forzosamente, el carácter antiimperialista de La historia me absolverá, pues todas, en mayor o menor grado, afectarían directa o indirectamente los intereses imperialistas.

No voy a fatigar con interminables nominalizaciones la afectación que a esos intereses ocasionaría cada una de esas leyes. Existen precisos datos en las recopilaciones estadísticas, y algunos de estos aspectos intervencionistas en la economía y en la política cubanas han merecido tomos enteros de información, análisis y denuncias.

En la primera se vindicaba el derecho del pueblo a su soberanía, a la implantación efectiva de la voluntad popular y la verdadera justicia. En la segunda se concedía la propiedad inembargable de la tierra a los que la trabajan. En la tercera, el derecho de los obreros a usufructuar un treinta por ciento de las utilidades de las empresas. En la cuarta se aplicaba una medida equivalente a los colonos abastecedores de caña a los centrales azucareros, garantizando sobre todo los intereses de los pequeños colonos. En la quinta se ordenaba la confiscación de bienes a todos los malversadores.

Se declararía, además, “una política cubana en América” cuyos beneficiarios y cuyo enemigo fundamental son fácilmente identificables. Esa política “sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente”. En ella se proclamaría “que los perseguidos políticos de las sangrientas tiranías que oprimen a naciones hermanas, encontrarían en la patria de Martí, no como hoy, persecución, hambre y traición, sino asilo generoso, hermandad y pan”. Y anticipaba que Cuba sería “baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo”.

Otras leyes a adoptar seguidamente afectarían también la dominación económica, política y hasta cultural de Estados Unidos en nuestro país. Cualquier sector que se afectara con una disposición revolucionaria lastimaba sus esferas de dominio.

Las próximas medidas serían “la reforma agraria, la reforma integral de la enseñanza y la nacionalización del trusteléctrico y el trust telefónico, devolución al pueblo del exceso ilegal que han estado cobrando en sus tarifas y pago al fisco de todas las cantidades que han burlado a la hacienda pública”.

En la argumentación acerca de la necesidad de dictar esas leyes Fidel llega más lejos, ofrece otras menciones di para ser comprobada. A diferencia de quienes hasta este momento habían hecho profesión de fe antiimperialista en sus programas y discursos políticos para después olvidar lo que debió ser sagrado compromiso, en Fidel la legitimidad de su antiimperialismo está consagrada en su cumplimiento futuro.

El antiimperialismo en su esencia

Síntesis de la historia de nuestras frustraciones y rebeldías, La historia me absolverá emerge como el programa mínimo para reencauzar el proceso de la Revolución Cubana sobre bases realistas, posibles, hacia su culminación definitiva después de casi un siglo de esfuerzos inconclusos.

Vista de esa manera, en tanto que propuesta para un proyecto de continuidad de la revolución en un país bajo la dominación extranjera, La historia me absolverá, íntegramente, por su contenido estratégico es, simultáneamente, el primer programa antiimperialista que con absoluta eficacia pudo culminar en éxito a lo largo de nuestro dilatado proceso de liberación.

Analizar el documento solamente en su letra reduciría la perspectiva de su significado. Justamente una de las peculiaridades de la praxis política de Fidel Castro era ya en aquel momento su realismo táctico. De ahí que en la letra de La historia me absolverá no aparezcan expresados literalmente los objetivos esenciales de su proyecto revolucionario; aunque no los niega ni renuncia a ellos en aras de una coyuntura, pues el sentido táctico en Fidel nunca implicó concesiones en los principios. Su talento político lo llevaba en todo instante a cuidarse de innecesarias teorizaciones o desfasados pronunciamientos que, parafraseando a Martí, de proclamarse antes de tiempo en lo que eran, hubieran levantado dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin.

Algunas de nosotros, aún antes del 10 de marzo —ha dicho propio Fidel— habíamos llegado a la íntima convicción de que la solución de los problemas de Cuba tenía que ser revolucionaria; que el poder había que tomarlo en un momento con las masas y con las armas, y que el objetivo tenía que ser el socialismo. (Castro, Fidel, 1973)

Este fragmento transparenta los distintos momentos del proyecto revolucionario diseñado por Fidel. Para solucionar los problemas de Cuba (dependencia, subdesarrollo, injusticia social) se requería la revolución. La revolución había que desarrollarla con las masas y con las armas, para asumir el poder cuyo objetivo era el socialismo. Pero no al socialismo, ni siquiera a la independencia real, a la autodeterminación, a la plena soberanía podía arribarse sin la liquidación de la dominación imperialista. Así pues, el antiimperialismo era un contenido indudable, permanente en todo ese proyecto, cuya expresión programática inicial es La historia me absolverá.

En la misma ocasión que divulgó sus ideas, Fidel expresó: ¿Pero ¿cómo llevar en esa dirección a las masas que en gran parte no estaban conscientes de la explotación de que eran víctimas y creían ver solo en la inmoralidad administrativa la causa fundamental de los males sociales, y que sometidas a un barraje incesante de anticomunismo recelaban, tenían prejuicios y rehusaban el estrecho horizonte de las ideas democrático-burguesas?

Y, en directa alusión a La historia me absolverá, dejaría definido en otra oportunidad: Cualquiera que lea lo que nosotros expresamos en aquella ocasión, verá que muchas cosas fundamentales de la Revolución están expresadas en ese documento. Que es un documento, además, escrito con cuidado suficiente para exponer una serie de puntos fundamentales evitando, al mismo tiempo, hacer planteamientos que pudieran dar lugar a que el campo de acción dentro de la Revolución quedara limitado, que hiciera que el movimiento que nosotros creíamos que podía llevar al derrocamiento de Batista quedará muy reducido y muy limitado. Es decir, que había que tratar de que ese movimiento fuera lo más amplio posible.

Si nosotros no hubiésemos escrito ese documento con cuidado, no hubiese sido un programa más radical —aunque aquí es lo cierto que mucha gente era un poco escéptica en materia de programas y muchas veces no les prestaban mayor atención—, desde luego que el movimiento revolucionario de lucha contra Batista no habría adquirido la amplitud que adquirió y que hizo posible la victoria. Cualquiera que lea el manifiesto, el discurso de aquella ocasión, se da cuenta de cuáles eran las ideas fundamentales (Catro, Fidel, 1961).

El método, además de leninista, revelaba por otra parte un claro perfil martiano. Liberación nacional y lucha antiimperialista resumían los propósitos en tono mayor de Martí cuando cae en Dos Ríos. Concentrados sus esfuerzos en el primero, no entendía oportuna proclamación del segundo, aunque ya actuaba en esa dirección.

En Fidel, esta discreción estaba destinada a rendir su saldo más positivo. Permitiría acumular el mayor número posible de fuerzas en la etapa anterior a la toma del poder, y neutralizar otras, especialmente a las representadas por varios consorcios y algunas esferas gubernamentales estadounidenses, porque de haberse percatado las clases dominantes —de adentro y principalmente de afuera— del rumbo hacia el cual marcharía el proceso insurreccional cubano encabezado por Fidel, habrían utilizado en su contra todos los recursos que movilizaron con posterioridad, cuando ya era tarde. Ya en el poder, el Movimiento Revolucionario 26 de Julio y el Ejército Rebelde, junto a las demás fuerzas que coadyuvaron al derrocamiento de la tiranía y al triunfo de la insurrección, y contando con el apoyo de la inmensa mayoría del pueblo, la revolución resultaba invencible.

Enmarcado armónicamente en su medio, el lenguaje de Fidel en La historia me absolverá expresa las frustraciones y esperanzas de nuestro pueblo y traduce literalmente sus necesidades, sin términos artificialmente trasplantados y, en consecuencia, ajenos a la idiosincrasia del cubano y la cultura política popular. Empleaba su interpretación de la metodología leninista para la toma del poder, pero sin traslucirla en vocablos que despertaran suspicacias, en cambio, utilizaba su legado político autóctono cubano y latinoamericano, cuya raíz más fecunda se sintetizaba —y sintetiza— en la ética, en la gestión revolucionaria y el pensamiento de José Martí.

Aparente coincidencia temporal, los precisos instantes de conmemorarse el centenario del natalicio de Martí, el movimiento creado por Fidel resultaba históricamente la segunda organización secreta que surgía en Cuba con el fin de promover la revolución liberadora y antiimperialista, utilizando como vía su genuina concepción de la insurrección armada popular.

La coincidencia deviene realmente vital por la coincidencia ideológico-práctica que se manifiesta ostensiblemente en un hecho: en la autodefensa de Fidel, José Martí es la más reiterada evocación:

“Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!”

Al promover en el pueblo la acción insurreccional, la Juventud del Centenario reencauzaba por derroteros realistas la Revolución Cubana, con todo su contenido liberador nacional, antiimperialista y vindicador de la justicia social.

La historia me absolverá y todos los documentos y pronunciamientos públicos de Fidel Castro antes del triunfo de la insurrección el 1ro de enero de 1959 fueron hechos con un especial cuidado de vigilancia sobre tres objetivos tácticos: captar al pueblo para el desarrollo de su proyecto revolucionario y, al mismo tiempo, de una parte sumar unitariamente a todas las fuerzas posibles en esa dirección, y de la otra, neutralizar a las demás para que no actuaran en su contra.

De ahí que, en general, en La historia me absolverá el antiimperialismo se exprese indirectamente, a través de una serie de medidas que serían adoptadas por la revolución triunfante contra determinados intereses particulares y empresariales. Esas medidas, de una u otra manera, también habían formado parte de la plataforma de unos pocos grupos políticos que las insertaron demagógicamente con fines electorales, y de algunas organizaciones más o menos revolucionarias. Pero, como nunca se hicieron verdaderos esfuerzos por llevarlas a la práctica, y en los contados casos en que así ocurrió fueron fácilmente desactivadas, ya no despertaban recelos mayores en las clases dominantes.

El proyecto revolucionario de Fidel Castro, como el de José Martí en su tiempo, fue mantenido en secreto en su aspecto esencial estratégico: revolución liberadora nacional, antiimperialismo, socialismo. En tanto que la formulación programática inicial de ese proyecto está sintetizada en su autodefensa ante los tribunales el 16 de octubre de 1953, La historia me absolverá, de conjunto, equivale por intención y resultado al primer programa antiimperialista que pudo transformarse en realidad en el dilatado proceso de la Revolución Cubana.

Castro, Fidel (1958). Carta a Celia Sánchez Manduley, Minas de Frío, 5 de junio de 1958, fragmento. Original en archivo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado de la República de Cuba.

Castro, Fidel. (1959). Discurso pronunciado en el Ayuntamiento de Santiago de Cuba ante una multitud congregada en el Parque “Céspedes”, la madrugada del 2 de enero de 1959, Diario Revolución, La Habana, 5 de enero de 1959.

Castro, Fidel. (1961) El Partido Unido de la Revolución Socialista, Nuevo Ciclo de la Universidad Popular. Obra Revolucionaria, No. 46, 1ro de diciembre de 1961. Imprenta Nacional de Cuba.

Castro, Fidel. (1973). Discurso del 26 de julio de 1973 en Santiago de Cuba. Ediciones COR, La Habana, 1973.

Castro. Fidel. (1993)-La historia me absolverá, edición anotada, edición y notas de Pedro Álvarez Tabío y Guillermo Alonso Fiel. La Habana: Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana.

Martí, José. (1971). La Fiesta de Bolívar en la Sociedad Literaria Hispanoamericana. En Obras Completas, La Habana: Editorial Nacional de Cuba.

Martí, José, (1973). “Carta A  Manuel Mercado del 18 de mayo de 1895, fragmento. En Obras Completas, La Habana: Editorial Nacional de Cuba, La Habana.

 

Thomas Hugh, (1973). Cuba, la lucha por la libertad, 1762-1970. Barcelona: Ediciones

 

 

 

 

 

[1] Doctor en Ciencias Históricas, profesor de La Universidad de La Habana e investigador de la Oficina de Historia del Consejo de Estado. Autor de más de veinte títulos relacionados con la última etapa insurreccional de la Revolución Cubana.

 

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