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¿Una revolución o transformación por tiempos?

Rodrigo Wesche (Twitter: @Roddwes97)

Tesista de la Licenciatura en Filosofía en la FFyL de la UNAM y Pasante de la Licenciatura en Historia por la ENAH

 

La revolución mexicana en ningún momento fue un proyecto político de contornos claros. Basta con recordar que Francisco I. Madero ni siquiera buscó al principio un levantamiento armado ni la promulgación de una nueva Constitución. De hecho, él pensaba que el problema de México era que no se hacían respetar las leyes escritas. También habría que recordar que los programas políticos de las distintas facciones involucradas en la Revolución Mexicana pronto se revelarían incompatibles. Quizá no tanto por el contenido, pero sí por las formas y, sobre todo, por los tiempos que correspondían a cada acción. Las demandas agrarias del zapatismo no podían esperar frente a la paciencia que Madero les pedía a todas esas comunidades que sufrían los abusos de los hacendados en Morelos. 

Una lectura que se ha hecho de este proceso es que Madero traicionó a las clases subalternas. Sin embargo, otra lectura podría pensar que Madero tuvo lidiar con otros poderes fácticos que ni de lejos desaparecieron tras la renuncia y el exilio de Porfirio Díaz, y que entonces aún no era tiempo de cumplir con todas las demandas agrarias, porque aún no eran posibles. Volviendo al presente, quiero insistir en una idea que el presidente de México no se cansa de repetir: “la política es tiempo”. ¿Pero de qué es tiempo la política?

En las últimas semanas se ha dado a conocer la agrupación “Sí por México”, liderada por Claudio X González. Congrega intelectuales, empresarios y partidos políticos que comparten una animadversión por AMLO y el proyecto político que encabeza. Si rastreamos la trayectoria de muchos de sus simpatizantes podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que gran parte de su rechazo se basa en la pérdida de privilegios o la afectación de ciertos intereses, ya sean políticos o económicos. 

Lo fundamental es el hecho de que todos esos actores políticos han comprendido que la única manera de detener la transformación que vive el país es a través de una alianza para lograr quitarle la mayoría a Morena en el Congreso, además de arrebatarle la posibilidad de construir, con nuevos gobernadores y congresos locales, nuevas condiciones que atenten contra los grupos locales de poder que parecen sanguijuelas aferradas a sus cotos de poder. En resumen, tienen claro que es tiempo de anteponer su proyecto de saqueo, por vías legales e ilegales. Ciertamente este tipo de alianzas son de corta duración, pero para llegar al próximo año y disputar la hegemonía política es más que suficiente. 

En frente se encuentra un partido político paralizado. La gente respalda al presidente y su gobierno, pero no necesariamente a Morena. Mientras la oposición buscó organizarse sin éxito en torno a distintos medios de comunicación, grupos y personajes, el partido se enfrascó en luchas sobre quiénes eran la izquierda más pura o la más pragmática. Ya no tiene sentido seguir haciendo “leña del árbol caído”, porque no se puede retroceder el tiempo y finalmente hay una nueva dirigencia: Mario Delgado es el nuevo Presidente y Citlalli Hernández es la nueva Secretaria General. Probablemente no sea la dirigencia ideal para ninguno de los grupos que apoyó a cada uno, pero es la existente y con base en ella se tiene que colaborar, en primer lugar, para impulsar la transformación política del país que ha sido abandonada en los municipios y los estados. El presidente está caminando solo y eso lo ha obligado a invertir atención a problemas que el partido tendría que resolver. En segundo lugar, para disputarle a las oligarquías de este país las elecciones del próximo año, tanto Claudio X. González como Gustavo de Hoyos, dos de sus representantes, han declarado que buscan sacar a Morena con votos y por eso echarán toda la carne al asador para las próximas elecciones. 

En estos momentos lo que se revela como tarea urgente es unirse. La oposición lo está haciendo. Es tiempo de que simpatizantes y militantes del obradorismo y Morena hagan lo mismo. Después será tiempo de discutir cómo ahondar más las transformaciones, si las condiciones son favorables. De lo contrario, por apuntar a la diana más lejana se corre el peligro de dejar en manos de esos oligarcas la posibilidad de acertar en el blanco más cercano, lo que se traduciría en un retroceso difícilmente capaz de remontarse en el corto plazo.

Recordando la Revolución Mexicana, no olvidemos que tras haberse fragmentado el triunfante bloque (heterogéneo) revolucionario vino el golpe de Estado de Victoriano Huerta. Si bien es fácil juzgar después de los acontecimientos y con la distancia de los años, valdría la pena preguntarnos si de haberse mantenido unidas las facciones revolucionarias se habría podido evitar el ascenso de Huerta y el intrincado derrotero que tomaron los sucesos hasta la presidencia de Álvaro Obregón o incluso la de Plutarco Elías Calles. Quizá en ese momento era tiempo de apoyar el gobierno de Madero y no romper con él. Nunca lo sabremos. Lo que sí podemos considerar es que ahora es tiempo de unidad y no de divisiones. La transformación, a diferencia de la revolución, ya no puede ser abrupta, tiene que hacerse por tiempos: tiempos de unidad y acción, y tiempos de utopías e imaginación. Atendamos los primeros, para asegurar tener los segundos.