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Un Manifiesto Europeo

Slavoj Žižek

Traducción de Nicol A. Barria-Asenjo

Algunos de nosotros todavía recordamos el famoso comienzo de El Manifiesto Comunista: «Un espectro recorre Europa: el espectro del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa han entrado en una santa alianza para exorcizar este espectro: El Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los espías de la policía alemana…» ¿No podríamos utilizar las mismas palabras para caracterizar la situación de «Europa» en la percepción pública actual? Un espectro recorre el mundo: el espectro del eurocentrismo. Todas las potencias de la vieja Europa y del nuevo orden mundial han entrado en una santa alianza para exorcizar este espectro: Boris Johnson y Putin, Salvini y Orban, antirracistas pro-inmigrantes y protectores de los valores tradicionales europeos, progresistas latinoamericanos y conservadores árabes, sionistas de Cisjordania y comunistas «patrióticos» chinos…»

Cada uno de los opositores a Europa tiene su propia imagen de Europa en mente: Boris Johnson impuso el Brexit porque ve a la burocracia de Bruselas como un megaestado que limita la soberanía británica y el libre flujo del capital británico, mientras que partes del partido laborista también estaban a favor del Brexit porque ven a la burocracia de Bruselas como un instrumento del capital internacional que limita la legislación y la política financiera que defendería los derechos de los trabajadores; los izquierdistas latinoamericanos identifican el eurocentrismo con el colonialismo blanco mientras que Putin intenta desmantelar la UE para fortalecer la influencia de Rusia incluso más allá de los países ex soviéticos; a los sionistas radicales les disgusta Europa por ser demasiado comprensiva con los palestinos mientras que algunos árabes ven la obsesión europea con el peligro del antisemitismo como una concesión al sionismo; Salvini y Orban ven la Unión Europea como una comunión multicultural que supone una amenaza para los auténticos valores tradicionales europeos, abriendo las puertas a los inmigrantes de culturas extranjeras, mientras que los inmigrantes ven a Europa como una fortaleza del racismo blanco que no les permite integrarse plenamente en ella… la lista sigue y sigue.

Esta postura crítica se dio la última instigación con la pandemia: Se culpó al individualismo europeo del elevado número de casos en Europa y se contrastó con el menor número en los países asiáticos con su mayor sentido de comunidad; se percibió a la UE como ineficaz, incapaz de organizar una vacunación rápida, y Europa sucumbió gradualmente al nacionalismo vacunal; al mismo tiempo, se acusó a Europa de privilegiar a su propio pueblo y descuidar la ayuda a los países empobrecidos del Tercer Mundo… Aquí, al menos, deberíamos decir que el retraso de Europa en la vacunación fue el precio que pagó por su postura de principios: La UE adoptó el principio de que las vacunas disponibles en la UE debían distribuirse por igual entre todos sus miembros.

También hay que tener en cuenta cómo los defensores de Europa se dividen en líneas similares: tenemos la visión «tecnocrática» de Europa como otro grupo eficiente en el capitalismo global, tenemos la visión liberal de Europa como el espacio de los derechos humanos y las libertades, tenemos la visión conservadora de Europa como una unión de fuertes identidades nacionales… ¿Cómo orientarnos en este lío? Es demasiado fácil distinguir entre los diferentes aspectos, los buenos y los malos, y que rechazamos la Europa que dio origen al colonialismo moderno, al racismo y a la esclavitud, pero apoyamos la Europa de los derechos humanos y de la apertura multicultural. Tal solución recuerda a un político estadounidense de la época de la prohibición que, al ser preguntado por su postura ante la bebida de la vid, dijo «Si por vid se entiende la bebida que hace tan maravillosa una velada con los amigos, estoy a favor, pero si se entiende por vid el horror que induce a la violencia familiar y hace que la gente se quede sin trabajo y se degenere, ¡me opongo totalmente a ella!». Sí, Europa es una noción compleja y llena de tensiones internas, pero tenemos que tomar una decisión clara y sencilla: ¿puede «Europa» seguir sirviendo como lo que Jacques Lacan llamaba maestro-significante, como uno de los nombres que simbolizan lo que representa la lucha por la emancipación?

Mi tesis es que precisamente ahora, cuando Europa está en declive y los ataques a su legado son más fuertes, hay que decidirse por Europa. El objetivo predominante de estos ataques no es el legado racista de Europa, etc., sino el potencial emancipador que es exclusivo de Europa: la modernidad secular, la Ilustración, los derechos humanos y las libertades, la solidaridad social y la justicia, el feminismo… La razón por la que debemos mantener el nombre de «Europa» no es sólo porque los rasgos buenos prevalezcan sobre los malos; la razón principal es que el legado europeo proporciona los mejores instrumentos críticos para analizar lo que salió mal en Europa. ¿Son conscientes los que se oponen al «eurocentrismo» de que los mismos términos que utilizan en su crítica forman parte del legado europeo?  

Obviamente, la amenaza más visible a este potencial emancipador viene de dentro, del nuevo populismo de derechas que pretende destruir el legado emancipador europeo: su Europa es una Europa de estados-nación empeñados en preservar su identidad particular -cuando hace un par de años Steve Bannon visitó Francia, terminó un discurso allí con: «¡América primero, vive la Francia!». Vive la France, viva Italia, viva Alemania… pero no Europa. Debemos estar atentos a cómo esta visión de Europa implica una cartografía totalmente diferente de nuestro espacio político. En una rara aparición de su marido en la campaña electoral, Melania Trump denunció la «agenda socialista» de Biden –¿y qué pasa con Kamala Harris, que suele ser percibida como más izquierdista que el moderado Biden? Su marido fue claro al respecto: «Es una comunista. No es una socialista. Es mucho más que una socialista. Quiere abrir las fronteras para permitir que asesinos y violadores entren en nuestro país». (Por cierto, ¿desde cuándo las fronteras abiertas son una característica del comunismo?) El hecho de tachar a Biden y a Harris de socialistas/comunistas no es una simple exageración retórica, Trump no sólo lo dice aunque sepa que no es cierto. Las «exageraciones» de Trump proporcionan un caso ejemplar de lo que se debería llamar realismo de las nociones: las nociones no son sólo nombres, sino que estructuran el espacio político y tienen como tal efectos reales. Desde el punto de vista de Trump, el centro liberal está desapareciendo -o, como dijo su amigo Viktor Orban, los liberales son sólo comunistas con un diploma, lo que significa que sólo hay dos polos verdaderos, los nacionalistas populistas y los comunistas.

¿Significa esto que debemos poner todas nuestras fuerzas en resucitar la democracia liberal? No: en cierto sentido Trump y Orban tienen razón, el ascenso del nuevo populismo es un síntoma de lo que estaba mal en el capitalismo liberal-democrático que fue alabado por Fukuyama como el fin de la historia. Con Trump y sus compañeros, la historia ha vuelto, y para salvar lo que vale la pena salvar en la democracia liberal, tenemos que movernos hacia la izquierda, hacia lo que Orban, Trump y sus compañeros perciben como «comunismo». En sus Apuntes para una definición de la cultura, el gran conservador T.S.Eliot señaló que hay momentos en los que la única elección es la que se da entre el sectarismo y la no creencia, cuando la única forma de mantener viva una religión es realizar una escisión sectaria de su cadáver principal. Esta es nuestra única oportunidad hoy: sólo mediante una «escisión sectaria» de la versión liberal-democrática estándar del legado europeo, sólo separándonos del cadáver en descomposición de la vieja Europa, podemos mantener vivo el legado europeo. Incluso un centrista como Biden se mueve en esta dirección: su secretaria del Tesoro, Janet Yellen, propuso un impuesto mínimo global para las empresas, una medida defendida también por Piketty.

Actuar de forma global y no centrada en Europa –ayudar a la India y a otros países con vacunas, movilizarnos globalmente contra el calentamiento del planeta, empezar a organizar la asistencia sanitaria mundial, etc.– es la única manera de ser un verdadero europeo hoy en día.

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