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El Jesús jacobino [1]

Paulo Leminski

Traducción Victor Hugo Pacheco Chávez

¿Jesús, reformador o revolucionario? Esas categorías son bastante modernas, hijas de las Revoluciones francesa, rusa, mexicana, china y cubana, tal vez las únicas, hasta ahora, dignas de ese nombre. La toma del poder por las clases oprimidas raras veces (¿alguna?) ocurre en la Historia. La doctrina de Jesús, sin embargo, tomó el poder en el imperio Romano sin disparar un tiro, es decir, sin lanzar una flecha o levantar una espada.

Eso es un hecho.

Como es un hecho que fue la burguesía quien inauguró la idea de las revoluciones, con esa revolución francesa, que Lenin y Trotski, padres de Rusia, llamaban La gran revolución. En ella, la actuación más radical fue la del Partido Jacobino, de tendencia moderada (1793-1974).

Durante la breve dictadura de los jacobinos, millares de cabeza rodaron por la guillotina, condenadas por la máxima justicia revolucionaria (las revoluciones no suelen destacarse por su amabilidad o sus buenos modales). Robespierre y los jacobinos querían la pureza máxima del ideal revolucionario: democratización, republicanismo, secularización, en una palabra, el racionalismo de la burguesía iluminista, moldando la sociedad a la imagen de sus intereses y la semejanza de sus negocios.

Robespierre puede parecer el paralelo más inadecuado para Jesús. Ningún símil entre quien salvó a la adultera de la lapidación, contra las leyes de Moises, y el que abogó que, 1790 años después, condenó a muerte, implacable, a sus propios compañeros de Partido y de militancia, con el rostro de piedra de un Rey asirio. Sin embargo, Jesús y Robespierre tienen algo en común. Ellos quieren exagerar la pureza del principio.

En eso, son revolucionarios. Apenas los métodos difieren.

Es un error pensar que Jesús vino a suavizar los rigores farisaicos de la religión de Israel. Vino a agudizar las exigencias de esa fe.

Tradición revolucionaria

Uno de los puntos esenciales de su doctrina es la interiorización de los ritos. De ahí, su hostilidad constante contra el exhibicionismo de la piedad de los fariseos. Jesús los detesta porque ordenan que se toque la trompeta a la hora de ir a depositar la limosna en el templo, para que todos sepan que respetan la ley.

Los fariseos le devuelven el rencor en la misma medida, clase ideológicamente dominante (el poder romano era demasiado inteligente como para meterse con la religión de sus innumerables súbditos, puntualmente pagadores de impuestos, ¿a quién le importa que no rindan culto?). Influencias esenciales, contacto con Juan el Bautista, Jesús acelera al máximo esa tendencia de interiorización de los ritos judaicos, que habían comenzado con los profetas, en el siglo VII a. C. El dentro y afuera comienzan a desaparecer: exterior e interior tienden a encontrarse en un punto infinito.

Jesús está inventando el alma: el súper signo de que todos estamos “dentro”. Esa, tal vez, fue su revolución, la más imperceptible de todas.

Jesús ocupa un lugar fundamental en la lista de los Cromwels, Robespierres, Dantons, Zapatas, Villas, Lenins, Trotskys, Maos, Castros, Guevaras, Ho-Chi-Mins, Samoras Machel. Tal vez, sea inadecuado aplicar a la irradiación de la doctrina de Jesús el calificativo de “revolucionario”; al final, una categoría política esencialmente moderna, con implicaciones no sólo ideológicas sino, sobre todo, económicas, administrativas, sociales y pedagógicas. Y bélicas. Una categoría esencialmente laica.

La saga de Jesús sólo tiene sentido en el interior de un mundo de una máxima intensidad religiosa, como el judaísmo antiguo, donde las motivaciones de la fe comandaban todos los aspectos de la vida. Una existencia inimaginablemente más rica que esta jungla sin grandeza que es la vida de las grandes masas en las megalópolis abortadas por la Revolución industrial. Sólo un energúmeno pediría a un profeta de Galilea, en la época de Augusto, programas concretos de reforma agraria, proyectos de participación en los beneficios de las empresas o estrategias de posesión de alto poder a través de la organización militar de las masas.

Sin embargo, nadie que conozca los Evangelios puede dejar de ver el carácter violentamente utópico, negador (las utopías son negaciones del orden existente: lo imaginario es subversivo), prospectivo y no regenerado(r) de la predicación de Jesús. Tampoco vamos a subrayar el tenor popular de su doctrina.

Imposible superar esta bienaventuranza:

Felices los pobres,

Porque de ellos es el reino de los cielos.

La contradicción (binaria) pobre–rico, es la más elemental de todas las que Jesús vio. Y fulminó, brillantemente:

Es más fácil

Que un camello entre

Por el ojo de una aguja,

Que un rico

Entre en el Reino de los cielos.

El profeta era radical:

No se puede servir

A dos amos

A Dios y a Mammon.

Mammon, la divinidad cananea, adorada por los comerciantes, que recibían buenos negocios y fortuna en dinero. Con Mammon, Jesús no quiso participar. Más que el populismo, este pauperismo de Jesús parece tener raíces en la tradición judía. Jesús presenta rasgos ebionitas. Ebion, en hebrero, es “pobre”.

Los ebiones constituían una secta judía, una habhurah, anterior a Jesús, que se convirtió en una de los centenares de sectas judeocristianas que proliferaron por todo el Mediterráneo tras la muerte del profeta. Su credo fundamental consistía en afirmar la santidad esencial de pobreza, de la penuria de bienes, de la frugalidad, una doctrina contra el tener.

El tema ebionista fue modulado muchas veces en la historia del cristianismo, siempre con implicaciones subversivas y utópicas: Francisco de Assis, en uno de sus mejores momentos. Concilio Vaticano II. Iglesia de los pobres, en el Tercer Mundo. La esencial subvertividad (“negatividad”) de la doctrina de Jesús se revela, después, en la propia realidad que el anunciaba, al unísono con los profetas de Israel: el inminente advenimiento de un Reino. El Reino de Dios.

Un momento de atención en la palabra “reino”, vocablo político, con implicaciones de poder, autoridad y mando. Jesús no inventó la expresión en el tema. Ya parece en Abdias, el más antiguo de los profetas (siglo VII a.C.).

Antiimperialismo

El Reino de Dios era la restauración de la autonomía nacional del pueblo hebreo. Sobre ello, la autoridad romana no se equivocó, al clavar al profeta en la cruz, tortura ejemplar con la que los latinos advertían a los rebeldes del pago en pena de su insurrección. Ese soporte material, socio-económico-político, de la prédica de Jesús, de un (nuevo) Reino, un (otro) poder.

En esa traducción/traslación de lo material a lo ideológico, Jesús proporcionó un modelo utópico para todos los siglos venideros. Las dos grandes revoluciones, la francesa y la rusa, están cargadas de trazos mesiánicos de extracción evangélica.

Ambas prometieron la justicia, la fraternidad, la igualdad, en fin, la perfección, el ideograma de lo acabado proyectado en el torbellino de las metamorfosis.

Es natural que sea así. Al final y al cabo, las utopías son nostálgicas, un echar de menos Shangrilá o Passárgada, un estado de excelencia que hubo en el pasado, una Edad de Oro, una comunidad de bienes en la horda primitiva, antes del pecado original de la división de la sociedad en clases, plenitud primitiva, paleolítica, intrauterina, antes de la pesadilla llamada Historia. Apokatástasis pánton, locución griega, recogida en los Hechos de los Apóstoles, expresa la esperanza de Jesús y de la iglesia (de las iglesias) primitiva. “Restauración de todas las cosas”, pero también “subversión integral de todas las cosas”: apocatástasis.

La revolución y el apocalipsis, el Juicio final de una orden y de una clase social: el cristianismo primitivo creció a la sombra de la expectativa de la segunda venida, cuando Jesús, victorioso sobre la muerte, volvería apocalípticamente, a juzgar. El que fue juzgado y condenado por las autoridades: el retorno de lo reprimido, la venganza, el ajuste de cuentas entre los miserables de la tierra y sus prósperos opresores y explotadores.

Ninguna de las religiones de la tierra fue construida alrededor de un mito tan fuerte, tan profundo, tan básico. La única excepción, tal vez, sería el budismo. Al final, el budismo y el cristianismo tienen un lugar para dialogar sobre el asunto del dolor. Sobre la nota de la solidaridad. De la simpatía, de la compasión. De ese modo, el budismo y el cristianismo, también pueden conversar sobre el comunismo, cuyos objetivos y mitos tienen muchas similitudes con las experiencias más fundamentales de un príncipe de Nepal llamado Buda y de un “rabino” hebrero, hijo de un carpintero, llamado Jesús.

Sin embargo, la fuerza política de la idea de Jesús se encuentra en el establecimiento de un llamado que exige ir más allá de nosotros mismo para imitarlo:

¿Amar a tus enemigos?

¿Vender todo y dárselo a los pobres?

¿Ser “sabios como serpientes y sencillos como las palomas”?

El programa de vida propuesto por Jesús es, rigurosamente, imposible. Ninguna de las reglas que vinieron después invocando en su nombre y rindiendo culto a su doctrina lo consiguió.

La religión fuera de Jesús no podía haber producido las Cruzadas, la Inquisición, los pogromos y las guerras de religión entre católicos y protestantes que ensangrentaron Europa en los siglos XVI y XVII. El programa de Jesús es una utopía.

Es curioso que en la profusa bibliografía sobre los socialismos utópicos, la doctrina de Jesús no aparezca como una de las más radicales.

[1] Este texto es el capítulo 7 del libro de Paulo Leminski, Jesus a.C., São  Paulo, Brasiliense, 1983. Se publicó recientemente en Jacobin Brasil, a quienes agradecemos por el permiso de traducción. https://jacobin.com.br/2020/12/o-jesus-jacobino-de-paulo-leminski/?fbclid=IwAR1v0Dq5pIIwbFYLXORB2m08dOEvQcg4cr6dWyFbFKerALZqSk40_uIsigI

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