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Del nacionalismo revolucionario a lo nacional popular. A 60 años de la fundación del Movimiento de Liberación Nacional.

CE, Intervención y Coyuntura

El Movimiento de Liberación Nacional (MLN) cumple en 2021, 60 años de haber sido fundado. Coalición amplia de energías que dio pie al esfuerzo unitario más importante desde la época del “Frente Popular”, durante el mandato de Lázaro Cárdenas, que colocó a México en la palestra mundial por su apoyo a la asediada República de España, así como su el papel frente a la invasión fascista a Etiopía. Sin embargo, a diferencia de aquel turbulento periodo en la fundación del MLN la fuerza social que articulaba el programa político se encontraba por fuera del poder del Estado. ¿Qué puede decirnos hoy y qué podemos decir de la historia del pueblo mexicano tras esas décadas? ¿Será sólo la evaluación de sus escasos resultados lo único que podamos mirar del MLN?

En Intervención y Coyuntura, sin ánimo de agradar a historiadoras e historiadores profesionales (aunque considerándoles), sostenemos que el MLN es un punto muy significativo en la estela construida durante el siglo XX por las luchas del pueblo mexicano para constituirse en determinante de la relación entre el Estado y la sociedad. La nuestra es una interpretación política, a la luz de la Cuarta Transformación, de aquel fenómeno político. Es una visión partisana.

A diferencia de la mayor parte de los académicos que han desentrañado la densidad del significado histórico del PRI –por ejemplo, el profesor del COLMEX Rogelio Hernández, cuyos trabajos son una fuente importante para complejizar la interpretación y abandonar los lugares comunes–, pensamos que la corriente asociada al nombre de Lázaro Cárdenas no debe ser leída en clave de un “nacionalismo revolucionario”, sino más bien como parte del trayecto de lo “nacional-popular” en México.

La ambigüedad puede imponerse como brújula. Hernández ha demostrado como el nacionalismo revolucionario es menos una ideología y más una construcción de instituciones que abandera la “justicia social” o la “rectoría del Estado”. Pero, a diferencia de él, consideramos que el “nacionalismo revolucionario” es una persistencia de la historia latinoamericana, evocada bajo distintos nombres, triunfante en algunas naciones (Argentina, Bolivia) y débil en otras (Chile, Ecuador). Más que una ausente coherencia ideológica, el “nacionalismo revolucionario” ha sido la forma política concreta de la sociedad capitalista tras periodos de movilización popular y subalterna en países “periféricos”. Su existencia se debe justo a esta imposibilidad de soberanía plena dentro de la economía mundial y recurre a artefactos técnicos: instituciones que repartan la riqueza, búsqueda de la mayor soberanía posible del Estado, la construcción de una élite política y una económica, a veces tomadas de la mano, a veces en aceras opuestas. Entendemos, entonces, al “nacionalismo revolucionario” como un trayecto dentro de las historias del Estado y el poder, que en su búsqueda soberanista recurren a las alianzas con sectores medios o “nacionales” de los sectores adinerados (las antiguamente llamadas burguesías nacionales). Así, el “nacionalismo revolucionario” ocupa un lugar en la historia del PRI, pero lo excede por mucho. Es una persistencia no sólo en el poder, sino también en sus vínculos con sectores sociales.

Sin embargo, la formación del MLN significa, para nosotros, una disrupción en esa lógica. Un recordatorio de algo que estaba ahí escondido, no sujeto al poder, sino por fuera de él, aunque en su búsqueda. Pensamos que ni Cárdenas en esa década, ni el MLN significan un reforzamiento del “nacionalismo revolucionario”, sino una versión alterna, subterránea, hasta un punto oculta. Comprendemos ese momento como un proyecto “nacional-popular”.

Nombramos con “nacionalismo popular” a los proyectos que han buscado determinar la forma estatal a partir de la participación política de las grandes mayorías, de la transformación del sentido común y de la aceptación de que la emergencia de una estatalidad soberana se afinca en la posibilidad de que las clases subalternas se asuman como la determinación de la nación. René Zavaleta escribió que en el corazón de lo “nacional-popular” se encontraba la disputa por el excedente y eso es, justamente, lo que permite realizar una línea de demarcación frente al “nacionalismo revolucionario”. Porque en este segundo lo importante son la presencia de instituciones, burocracias y mediaciones, en tanto que en el primero, lo significativo se juega en el factor de la sociedad movilizada. Movilización plural, diversa, siempre histórica, que toma pausas, da pasos adelante.

Celebramos la aparición del MLN como una persistencia que toca siempre a la relación estatal –de hecho, tiene sus momentos cumbre cuando se encarna en él–, pero lo diferenciamos de la rutina burocratizada del “nacionalismo revolucionario”. Esa persistencia se expresó en 1938 con la expropiación petrolera, sufrió un revés en 1948 con el giro autoritario en los sindicatos, reapareció violentamente en 1958-1962 con el movimiento ferrocarrilero, el MLN y la trayectoria de Rubén Jaramillo; encarnó después en el intento aliancista de los comunistas en 1979-1981 y, de nuevo fue marea social en 1988. Es, sin embargo, con la Cuarta Transformación, que con su triunfo histórico activó y cristalizó la memoria –80 años después de la gesta nacional por el Petróleo– de lo nacional-popular, como una corriente subterránea, permanente y viva. La emergencia, por periodos, expresa la vitalidad y la energía de la sociedad y su búsqueda por construir entornos democráticos.

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