Salinas Pliego, los impuestos y el comunismo

 

César Martínez (@cesar19_87)*

… somos los primeros en desear que la riqueza nacional se reparta mejor, en plena paz, porque comprendemos lo que podrían ser las iras de los grupos inferiores, el día de las reivindicaciones y de los castigos.

Andrés Molina Enríquez

La dramática despolitización de las clases medias mexicanas ha creado bizarros personajes como Ricardo Salinas Pliego, cuyo discurso, según el cual el pagar impuestos es un sinónimo de plusvalía personal o productividad individual, se desvía completamente del significado histórico de la tributación en México: los impuestos en realidad han sido instrumento de Estado para mediar la relación entre clases sociales sin tocar el régimen de propiedad privada.

Esta discusión ha llegado a su clímax tras el enésimo ataque por parte del dueño de TV Azteca en contra del gobierno federal desde 2018 considerando las campañas contra el manejo de la pandemia COVID, contra los nuevos libros de texto de la SEP y contra la respuesta pública ante la devastación del huracán Otis en Guerrero. Con la gota que derramó el vaso, el presidente Andrés Manuel López Obrador finalmente denunció en público el secreto a voces de que Grupo Salinas adeuda aproximadamente 25 mil millones de pesos en impuestos. Se trata de una deuda longeva cuyo cobro fue postergándose durante los tres últimos sexenios neoliberales, de modo que el último y desesperado recurso de Salinas Pliego ha sido usar como abogado defensor a un ministro de la Suprema Corte de Justicia en vez de dirimir su querella en la jurisdicción correspondiente.

En su réplica al jefe de Estado en un video de seis minutos, Salinas Pliego eludió dar más detalles sobre su deuda privada; por lo que su defensa mediática sigue sosteniéndose sobre aquel maniqueísmo según el cual los individuos productivos que generan plusvalía y pagan impuestos no tienen por qué pagarlos para “mantener a gente floja que vive de las ayudas de gobiernos populistas.”

La demencial visión de Ricardo Salinas parte de ver a los impuestos como una relación arbitraria entre “gente muy trabajadora” y “gente muy floja”, cuando históricamente lo fiscal en México es una política de Estado cuyo objeto ha sido tolerar formas sumamente improductivas de concentración de la riqueza, tales como las grandes herencias que pasan intactas de generación a generación, la recolección de rentas usando bienes y/o servicios públicos, y la creación de oligopolios mediante el sistema financiero. Arnaldo Córdova, en su Ideología de la Revolución Mexicana, llegó a sugerir que la progresividad en el cobro de impuestos (paga más quien ingresa más) fue elevada a rango constitucional por el ingeniero Alberto J. Pani con la clara intención política de legitimar al Estado posrevolucionario a ojos de los desposeídos y evitar su afiliación a diversas corrientes comunistas.

Si he iniciado este texto con una cita de 1909 de don Andrés Molina Enríquez, diciendo en el ocaso del régimen porfirista que la riqueza nacional debía repartirse en plena paz para prevenir “el día de las iras y de los castigos”, es porque entre la intelectualidad mexicana del siglo 19 ya existía bien firme y extendida la idea de que la riqueza es obra de la sociedad en su conjunto. Que, por lo tanto, el Estado en su representación interviene para distribuir el ingreso con miras a garantizar la seguridad de la población, la credibilidad de la autoridad y la igualdad jurídica entre ricos y pobres.

Así pues, en México se adelantaron a Marx y a Engels diversos pensadores liberales como el doctor José María Luis Mora, quien asentó que el derecho de propiedad “es derecho de personas y no de corporaciones”, y Mariano Otero, en cuyo Ensayo sobre la Cuestión Social se vislumbra que los verdaderos productores de la riqueza eran los obreros y los campesinos: es decir, que el Estado debía gravar a las clases improductivas o consumidoras para levantar los servicios públicos necesarios para la vida digna de las clases laboriosas.

Si la híper concentración de la riqueza personificada por Ricardo Salinas Pliego es capaz de contestar la validez de los impuestos, lo hace por dos vías, la una ideológica y la otra política. Se habla de que es ideológica (o despolitizante) la primera porque, bajo la forma de un ingreso no-productivo que se pretende disimular, tal como las herencias, las rentas o ciertos tipos de salarios, la clase media posa su mirada en los de arriba para no ver a los de abajo. Tratándose de un fenómeno ideológico, esta confusión de intereses se da inconscientemente, pero cuando se lleva al terreno de la conversación sobre impuestos termina saliendo a la superficie en forma de estigmas socioeconómicos y raciales contra migrantes, comerciantes informales, personas en situación de calle y trabajadores de temporada.

La segunda vía usada por Salinas Pliego para cuestionar los impuestos es política y quizás a él mismo no le convenga explotarla demasiado: la crítica a los “gobiernícolas” (así llama él al aparato burocrático y partidista que ha encapsulado al presidente López Obrador), que aborda la patrimonialización del Estado. La patrimonialización se entiende como la corrupción de un Estado que va convirtiéndose en patrimonio de uno o varios grupos de interés sin vínculo real de representación con la sociedad. Siguiendo la misma definición de Salinas Pliego, los neoliberales que permitían la condonación fiscal y la privatización también eran “gobiernícolas” usando la autoridad pública para su propia agenda política/electoral.

Finalmente, el frustrado intento de chantaje de Ricardo Salinas Pliego contra el presidente López Obrador para no pagar 25 mil millones de pesos en impuestos habrá sido provechoso para la conversación pública en México, si consideramos la riqueza en su dimensión histórica: no como signo de valor personal, como signo de despolitización, sino como función de la sociedad en su conjunto. Ahora que, si alguien sigue aferrándose obstinadamente al echaleganismo, bastará este bochornoso episodio del “Tío Richi” para demostrar una vez más que entre la opulencia y la indigencia vividas en nuestro país siempre ha habido y habrá relaciones políticas.

*Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter.