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Reforma democrática: partidocracia, feudo de la clase media

Cesar Martínez

(@cesar19_87)*

Habiendo caminado las frías pero concurridas calles de Petrogrado durante octubre y noviembre de 1917, el periodista estadounidense John Reed vio claramente que el choque entre los dos bandos confrontados del Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Rusia –los bolcheviques contra los mencheviques– era en realidad la lucha del Pueblo contra el viejo régimen y contra la clase media. “Este país está frente al dilema de lograr un cambio político… y detenerse ahí, como quiere la clase media; o realizar una transformación política, social y económica, como lo anhela el Pueblo”, escribió Reed en su clásico libro Los Diez Días que estremecieron al Mundo.

La clarividencia de Reed consiste, en primer lugar, en haber presentado la polarización política no como el melodrama de la presunta “falta de unidad”, sino como la contradicción histórica y material entre el partido político que se concibe como órgano de la consciencia y praxis de clase; y el partido político que se concibe como aparato ideológico para conservar el status-quo. Se trata del debate que en pleno siglo XXI sigue sin resolverse entre optar por la democracia participativa o seguir en la democracia encadenada a la representación.

De modo que, en segundo lugar, la clarividencia de Reed consiste en explicarnos que la consciencia de clase es la actitud individual y grupal ante quienes están debajo nuestro en la estructura social: “A pesar de decirse de izquierda, progresistas, demócratas e internacionalistas, los mencheviques desconfían de la madurez del Pueblo y creen que el Pueblo es ignorante. Por eso, ellos solo quieren el cambio político; y por eso necesitan aliarse con los potentados más de lo que los potentados los necesitan a ellos.”

Los Díez Días resultan pues una crónica imprescindible sobre cómo una partidocracia termina defendiéndose como aparato ideológico –es decir, cayendo en contradicciones– cuando el Pueblo demuestra la madurez y el conocimiento que sus adversarios de clase media suelen negarle. Así es que Reed continúa ofreciéndonos importantes claves a desarrollar para un México donde el Pueblo, aquí y ahora, debe aprovechar el empuje histórico del 2018 para acabar con décadas del monopolio de clase media sobre la representación política a partir de la reforma democrática que está por venir.

Mientras en Petrogrado, hoy San Petersburgo, los bolcheviques y los mencheviques llevaban a cabo su confrontación política, mediática, militar y urbana, en Querétaro los legisladores constituyentes proclamaban la actual Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, cuyos principios populares y democráticos fueron ignorados y violados casi inmediatamente, de acuerdo al ensayo Mitos y Realidades de la Clase Media en México de Gabriel Careaga publicado en 1973: “A partir de 1917 la clase media emergente va a ser la conciliadora, manipuladora o la principal integrante de los nuevos partidos políticos… No es que la Revolución Mexicana haya sido de clase media, la Revolución fue un movimiento popular que fue desviado y traicionado, en beneficio de la clase media emergente y la nueva burguesía.” (221-222)

La gran tesis de Careaga nos señala que el carácter supuestamente “apartidista” de una clase media obsesionada con la sensación de seguridad material –es decir, francamente miedosa– la ha llevado históricamente a crear instituciones de acceso restringido con el fin de legitimarse frente al Pueblo y frente al gran capital. Estas instituciones son la burocracia pública y privada, los medios de comunicación, las dependencias gubernamentales, las universidades y –por supuesto– todo organismo de representación donde la gente del Pueblo es discriminada bajo la excusa de que no tiene un título académico o de que no habla con propiedad –tales como los partidos políticos, las así llamadas organizaciones de la sociedad civil, los parlamentos y los congresos.

Desprovista entonces de mayor recurso que la promoción de su propio estilo de vida y la intolerancia frente a formas distintas de ser, la clase media termina alimentando un poder impersonal y un Estado autoritario que otros eternamente manejan en su nombre. Careaga cita una frase de Alexis de Tocqueville según la cual el espíritu de la clase media solo es activo y creador cuando se inspira en el Pueblo o en “la aristocracia de la burguesía”, dado que por sí mismo dicho espíritu cobarde y corrompido solo engendra gobiernos mediocres y sin virtud.

Al imponer su propio estilo de vida como forma de violencia política y cultural contra el Pueblo, las personas de clase media renuncian al desarrollo de una auténtica individualidad y por lo tanto se dice que caen en un proceso de despersonalización, de debilitamiento del “yo”. Resulta fascinante comparar el libro de John Reed junto con el libro de Gabriel Careaga y hallar los mismos episodios de prepotencia y provocación que resultan cuando una persona de clase media confronta a alguien proveniente del Pueblo. Curiosamente o no, a menudo es la narrativa de la “formación educativa” la más usada por la clase media para agraviar a quienes juzga inferiores: en este sentido no tiene desperdicio la narración de Reed sobre cómo un estudiante universitario insulta y agrede a un soldado bolchevique, quien resiste estoicamente sin empuñar su bayoneta. “Sí, ya sé –replicó el soldado, goteándole el sudor por la frente– que usted es un hombre instruido, eso se ve. Yo no soy más que un ignorante.”

El vínculo teórico y práctico que une la forma de ser –caracterología, diría Careaga– en la clase media con sus preferencias políticas (aunque de dientes hacia afuera las niegue), es la ideología definida como enmascaramiento de las relaciones de poder. De ahí que solo cuando Careaga agota la explicación de la conducta basada en el servilismo o la lambisconería hablando del “arribista” del sector privado (“la forma más evidente y eficaz de conformidad es seguir la conducta según la modele el superior”, p. 170), él pasa a ocuparse del “arribista” dentro de los partidos políticos; lo cual da pie a la gran paradoja de la clase media: usar el mundo de la política para darse golpes de pecho por hábitos que cotidianamente existen en sus relaciones interpersonales.

En conclusión, la partidocracia en México seguirá su rumbo de simulación, servilismo y palabrería mientras continúe siendo el feudo de una clase media sin principios ni ideales que desde 1917 ha construido su estilo de vida menospreciando y burlándose del Pueblo. Dice Gabriel Careaga: “Y a pesar de que tiene en sus manos todo el aparato cultural, es incapaz de entender la historia”. Por ello, ante aquellas personas de clase media que son la excepción que confirma la regla, valdría parafrasear a John Reed sobre el carácter del Pueblo, que no es violento, ni dogmático ni tonto. Es el Pueblo que no ignora la existencia de las personas de otras clases, pero que solo les pide una cosa: que se definan, que sean valientes.

*Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura Estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía

Careaga, Gabriel (1973) Mitos y Fantasías de la Clase Media en México, Joaquín Mortiz.

Reed, John Silas (1919) Ten Days that shook the World, Seawolf.