image_pdf

De élites y movimientos: 10 años del #YoSoy132

Intervención y Coyuntura

Se han cumplido 10 años desde la aparición del movimiento denominado #Yosoy132 en México. Su aniversario nos permite plantear algunas hipótesis sobre el vínculo entre espacios de poder y movimiento en la sociedad. Planteamos algunas hipótesis generales sin pretender realizar una evaluación exahustiva ni última. El análisis de los movimientos estudiantiles es toda una rama académica y sin demeritar esos trabajos, planteamos una lectura más política y menos sociológica o académica del tema.

Lo primero que habría que señalar es que los movimientos generados a partir de las universidades se han convertido en un semillero de élites y esto resulta particularmente importante para países con un capitalismo “intermedio”, en donde las clases obreras son débiles o se encuentran controladas por aparatos diversos y en donde la vida urbana se torna central después de intentos de industrialización. Usamos aquí esta expresión –élites– para referirnos a grupos compactos que, en determinadas ocasiones y en diversos espacios, ocupan puestos de cierta relevancia, pero cuya trayectoria se encuentra a partir de vínculos y relaciones. Espacios de poder que están en el conjunto de la sociedad y que pueden ir pasando de la diversidad periférica a la centralidad. Es un uso laxo el que asumimos, por supuesto que élites hay variadas y de diversas clasificaciones.

El movimiento estudiantil de 1968. La incorpoación a las élitess por parte de antiguos participantes en el movimiento estudiantil surgió de alguna manera en 1968. Se trata del primer movimiento masivo y más cercano a las clases medias. A diferencia de las movilizaciones previas –sobre todo en el Politécnico– cuyo componente era esencialmente plebeyo, el de 68 es parte de la ruptura de un sector de las clases medias con el Estado corporativo mexicano. Sus logros inmediatos fueron magros, pues el pliego petitorio no fue cumplido y la represión fue una constante; la cárcel e incluso un breve exilio de algunos “líderes” parece indicar poco de su incorporación a ciertas élites. Esto se dio más tarde, cerca de tres décadas después, cuando al calor de la configuración del discurso de la “transición”, el 68 quedó enmarcado como el gran –y a veces el único– momento. Se borró la insubordinación obrera de 58-59 y la rebeldía campesina de 1960-1965. Así, las clases medias quedaron como las gestoras de la transición pactada. La incorporación discursiva tuvo un lento goteo de algunos cuadros que fueron incorporados al Estado neoliberal –Guevara Niebla– o desde una oposición que ganó algunos espacios –Martínez De la Roca, Pablo Gómez, Álvarez Garín. La incorporación fue más narrativa que efectiva, aunque la hubo, y tuvo en el 2018, con la apropiación de la élite universitaria que controla la UNAM su punto máximo: se volvió celebración del poder universitario.

El CEU 1986-1987. La rebelión anti neoliberal de finales de la década de 1980 generó un nuevo sector que, al coincidir con el regreso del nacionalismo revolucionario en la candidatura de Cuautémoc Cárdenas, logró ser incorporada a un espacio político en lento crecimiento. Buena parte de quienes formaron el PRD y nutrieron el gobierno de Cárdenas en el Distrito Federal venían de la experiencia de 86-87 de alguna forma. Para nadie es un secreto y está plenamente reconocido que ahí se reencontraron con antiguas generaciones de las izquierdas. El movimiento entregó a la “nueva izquierda” –mezcla extraña de variadas composiciones– cabezas de segundo orden, pero cabezas al fin y al cabo. Podría decirse que este sector fue incorporado lentamente y su logro ha sido finalmente reconocido en 2018 con el triunfo de Claudia Sheinbaum y la gestión plena en el gobierno de la Ciudad.

La huelga plebeya: 1999. Como ningun otro movimiento de la época, la huelga estudiantil de 1999 muestra la atrofia de la sociedad que el neoliberalismo gestó. Una huelga “salvaje”, “plebeya”, incapaz de ser incorporada en las narrativas del poder universitario, que en su maximalismo entendió la derrota como una victoria. Si les reprimían era porque no querían negociar y si no querían negociar es porque los iban a reprimir: no había otra salida que resistir y esperar lo inevitable. Un movimiento que transformó a sus aliados en enemigo, terminó logrando algunas medidas inmediatas visibles, aunque impidiendo su desarrollo más allá de su propia vida efímera. A diferencia de 68 y de 86-87; la de 99 no es incorporable. Es una movilización anti elitista por naturaleza y definición y su destino es permanecer así, como signo tanto de su capacidad de sostenerse como posición no negociable como de sus límites para avanzar políticamente.

#YoSoy132. El movimiento tiene la característica de tener dos grandes narrativas. Una, la encabezada por los apellidos de renombre, que saltó a la TV y a gestión de gobierno rápidamente, cuyo centro fueron las universidades privadas. Otra, la de un sector que buscó darle un contenio plebeyo, aunque sin una base real de ello, afincada en universidad públicas (cada vez más asaltadas por las clases medias aspiracionales). Aunque la segunda ronda en espacios académicos, parece ser pequeña frente a la primera. Quizá la nota más clara es que un sector muy definido de #YoSoy132 pasó rápidamente a la élites gobernante. En un segundo renglón quizá, por ahora, pero que ya está incorporada y es reconocible. Mientras que los movimientos anteriores tuvieron que esperar décadas, la inclusión de este núcleo fue veloz, lo que causa suspicacía entre quienes vieron a figuras claves sostener dos posiciones antitéticas en menos de 4 o 5 años. Nada raro en realidad y salvo los baños de pureza, esta generación reconoció que el país cambió y que su lugar podía estar en la renovación de las élites que gestionan el Estado. Como movimiento estudiantil tuvo poco sedimento, prácticamente no dejó tradición y puede ser considerado el caso más claro de incorporación de un movimiento efímero a las instancias de gestión, aunque su narrativa se perdió en el mar de la década y de cambios mucho más grandes. El componente de clase, es quizá, lo que explique esta situación.

Este punteo no obvia que existen vivencias desde las “bases”, desde quienes no se asumieron como “líderes”. Es claro que este componente existe en todo movimiento. Pero en su vector más político, las movilizaciones de la sociedad logran ser efectivas cuando en un mediano o largo plazo incorporan a sectores de la sociedad en la gestión. Es el caso del movimiento estudiantil, tan romantizado por los “activistas”. Más allá de las narrativas épicas y gloriosas, la Universidad (pública o privada) es semillero de grupos de élites, ya sea por la ritualidad de cierto poder (las neoliberales) ya sea por la ruptura momentánea con el orden (como en el caso de las anti neoliberales).