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Otra vez Zapata*

Enrique González Pedrero

¡Como ha progresado nuestro país! Lejos están aquellos tiempos en que nos devorábamos unos a otros: Madero, Zapata y Villa, Carranza, Obregón; sin meternos en otros «pormenores» que tantas páginas maestras han dado a la litera tura mexicana. ¡Optimistas! Y de repente, en un acto de salvajismo, desgraciadamente con muchos precedentes en nuestra historia, Rubén Jaramillo fy su familia, son fusilados (con tiro de gracia inclusive) a escasos cien kilómetros de la capital de la República.

Para mí este asesinato sin nombre es peor aún que todos los anteriores. Aquéllos, con todo lo bárbaro e injustificables que fueron, daban todavía en un marco revolucionario violento. Se cumplía, ciertamente «a la mexicana», la famosa «ley» que condena a los iniciadores de un movimiento revolucionario a sucumbir en el proceso. Pero en este caso no ha habido tal. Sólo un monstruoso asesinato en masa, sádico, cruel y de falta de humanidad infinita.

No hubo un solo periódico que diese una información congruente. Puras conjeturas y vaguedades; fotos y anécdotas de las luchas del líder agrario suficientemente adobadas con adjetivos. Unos hablaron de una orden de aprehensión dictada por la Procuraduría General de la República. Otros se referían más bien a la del estado de Morelos o a la militar, pronto, como en las ferias, nadie supo «dónde quedó la bolita». Sólo un hecho cierto: Rubén Jaramillo y su familia fueron bárbaramente sacrificados.

Cinco mil campesinos, consignaba Excélsior –duplique el lector la cifra, para acercarse a la realidad–, acompañaron a su viejo líder. En estos tiempos en que «cinco mil» auténticos campesinos y, sobre todo, un líder auténtico, son tan difíciles de encontrar. Campesinos para quienes la Revolución Mexicana no se ha realizado, para los que el progreso de que tanto nos vanagloriamos los capitalinos no ha contado. Campesinos que siguen muriéndose de hambre: «cinco mil» en Morelos. ¿Cuántos en Guerrero, en Guanajuato, en Jalisco?

Muy fácil sería llevar este artículo a su conclusión lógica: la crítica de la Revolución Mexicana, la tremenda frustración y la burla de más de un millón de muertos casi en vano. Pero no puedo. La imagen de la barbarie me vuelve a la cabeza. El crimen es demasiado sórdido. La mujer de Jaramillo estaba a punto de dar a luz. Ni ella ni sus hijos quisieron abandonarlo: «Si se lo quieren llevar, iremos todos con él». Les importó un comino: en lugar de un hombre, cinco. En lugar de ocho cartuchos, 40. Fusilados. Pero ¿por qué? ¿Acaso se trataba de un secreto estado de emergencia? ¿En qué estado de guerra nos encontramos? ¿Desde cuándo desaparecieron las garantías constitucionales? Inútil preguntar. Nadie sabrá (y todos supondrán) que fue lo que sucedió.

He oído preguntar muchas veces: ¿Por qué no se hace nada? ¿Quiénes son los culpables? Los culpables somos todos. Quienes ordenaron el salvaje homicidio y quienes sólo nos limitamos a clamar justicia. Algunos quizá de buena fe; otros, en el peor de los casos, para salvar su buena conciencia. Pero la justicia, como tantas otras cosas, no se pide: se conquista.

En el futuro se levantarán nuevas estatuas a Emiliano Zapata. La leyenda seguirá extendiéndose por el mundo entero. La conocerán en Suecia, llegará a Finlandia. Pero en México, los campesinos, los que produjeron a Zapata y a Jaramillo, tendrán que seguir forjando nuevos Zapatas y nuevos Jaramillos, hasta que uno de ellos se salve de Huitzilopochtli y logre realizarse.

“Si el Estado los mató, que el Estado los entierre» –declararon a la prensa los hermanos del dirigente campesino… Gracias a la «gentileza» del presidente municipal de Jojutla, que dio una fianza de 1,200 pesos para la compra de cinco ataúdes, y al obsequio que el ayuntamiento de Tlaquiltenango hizo del terreno, Rubén Jaramillo y su familia reposan hoy en el cementerio de aquel lugar.

*Política, No. 51, Vol. III, 1 de junio de 1962.