Otra heroicidad es posible: convocar a las fuerzas inmanentes [1]

Roque Farrán

El éxito de Milei es tenernos a todos contestando las imbecilidades que dice en lugar de pensar cómo desatar el nudo de servidumbre imaginaria que nos ata a los argentinos: el estar sujetos al valor del dólar y sus manipulaciones incesantes; o lo que es lo mismo: el carecer de una estructura de valor propio y referentes confiables. Esto se traduce rápidamente en todos los órdenes de la vida porque es la racionalidad político-económica que nos domina; la consecuencia inmediata es el desorden, la inestabilidad, la falta de previsibilidad. El Otro no existe, sabemos, pero lo que hace sus veces de representante se encuentra asediado por redes informático-comunicacionales que repiten incesantemente los mismos mensajes alienantes: distraen, manipulan, idiotizan.

Mi hipótesis es la siguiente: el modo de subjetivación que promueven las redes sociales es sumamente débil, sujeto a la expresión más burda y la necesidad de refuerzo constante; no es extraño entonces que se compense con un imaginario fuerte y la necesidad de proyectar en alguien que dice barbaridades la impotencia vivida a diario. Por otra parte, no hace falta redundar en el malestar real que nos embarga, sean pandemias o guerras, colapso ecológico o inseguridad ciudadana, siempre habrá motivos de sufrimiento. Lo real es lo imposible que nos desborda a todas luces. El asunto es cómo anudamos los registros de la experiencia, y el problema mayor que hoy atraviesa a todas las clases sociales es la extrema pobreza de lo simbólico en red y el exceso imaginario que es su correlato. No estamos ante una mutación antropológica, estamos ante la dificultad de producir una nueva modalidad de subjetivación. El problema es que no nos estamos dando los medios adecuados para transformarnos.

Parte del problema que nos aqueja es tratar de explicarlo o refutarlo todo; el régimen de la explicación está agotado, es lo que nos muestra la efectividad de los videos explicativos en la red más popular: Tik Tok. Un sonido bobo, replicante como una gota electrónica. ¿Cómo recuperar el sonido de la palabra que retumba en el cuerpo, que conmueve, que hace pensar y actuar en consecuencia? Que cuando diga carro, un carro pase por mi boca; que cuando diga cortar el nudo, un temblor recorra todo el cuerpo. Parte de nuestra responsabilidad en este lío es haber dejado que el sujeto se pierda entre gráficos y algoritmos, en simplezas argumentativas y sofismas de opinión. Sensacionalismos. No hay interpelación del sujeto a asumir una verdad que lo forme y transforme, entonces hay redes repletas de agujeros, vacíos de la palabra ocupados por imágenes reproducidas infinitamente. No importa, aun al borde del abismo seguiremos insistiendo en romper el encantamiento y hacer sonar otra cosa.

¿Qué hacer? Como escribí en La razón de los afectos: populismo, feminismo, psicoanálisis (Prometeo, 2021): la estrategia es el conatus, seguir el contento de sí, aumentar la potencia de obrar. Debemos aprender de Spinoza al menos tres cosas.

1) Que la base de la sociedad son los afectos (deseo, alegría, tristeza) y que todas las prácticas (económicas, ideológicas, políticas, técnicas, éticas) se orientan en función de ellos. Por tanto, la cuestión es bien simple: o bien se apunta a incrementar la potencia de actuar y se generan afectos alegres, o bien se disminuye y limita la potencia, con lo cual se generan afectos tristes, resentimiento y odio. Siempre hay que partir de situaciones y prácticas concretas, de los materiales y recursos disponibles al caso, para hacer y potenciar lo que se viene produciendo y no insertar modelos abstractos e ideales que exigen esfuerzos extras, sacrificios y promesas de cumplimiento o recompensas a futuro. El aumento de la potencia es en acto, es ahora mismo no mañana.

2) Que las prácticas se conectan a través de un continuum que es la causa inmanente de todas las cosas, todos nos encontramos afectados (afectamos y somos afectados) y por eso mismo no hay límites a priori sobre lo que pueden los cuerpos y las mentes al componerse. No hay jerarquías de valor ni evaluaciones externas o trascendentales sobre lo que incrementa nuestra potencia de actuar: desde el uso de los placeres hasta la sofisticación de los saberes y pensamientos, son accesibles a cualquiera que lo desee y pueden producirse en cualquier situación. Las preparaciones, formaciones, transformaciones y desarrollos son singulares y se retroalimentan conjuntamente. No es necesario responder a demandas de utilidad inmediata, fines y objetivos instrumentales, pero tampoco consentir extravagancias y superespecializaciones eruditas. La clave de la diferencia está en el modo de gozar, en el despliegue de la propia potencia, y no en el menoscabo o la falta de los otros. Afirmarse en la propia potencia es lo que contagia virtuosamente y multiplica. Deberíamos saberlo y practicarlo en consecuencia.

3) Que es necesario llegar a desplegar la máxima potencia del pensamiento y practicar la libertad con conocimiento de causa acerca de lo que nos determina, transformar los afectos pasivos (pasiones) en afectos activos (acciones) depende esencialmente de concebirnos como causa adecuada de lo que nos afecta, es decir, entender cuál es nuestra singular naturaleza, de qué materia estamos hechos, y a partir de ahí indagar cada cosa que se nos presente con total franqueza. Mientras más conocemos cada cosa singular a partir de nuestra propia singularidad, más conocemos el conjunto y nos sentimos parte responsable.

La gente no vota contra sí misma, vota contra el Otro que supone existe y le roba su goce. Si el correlato de esa mala lectura le lleva a lo peor, es otra historia. Probablemente el fin de la historia. Pero en un mundo donde la estructura se basa en la promesa de un goce diferido, que nunca llega, esa respuesta es absolutamente lógica. Todos estamos locos. Lo peor es encontrar un representante cabal de esa locura.

Estamos al filo de un abismo difícil de sondear, no es un momento más en la historia de nuestro país, lo que se está jugando es la supervivencia del conjunto.

Dar sentido

La película La sociedad de la nieve es realmente muy dura, pero resulta necesario verla para entender de qué materia estamos hechos. Trata sobre la supervivencia del equipo de rugbiers cuyo avión cayó en la cordillera de los Andes en 1972. La película presenta una visión materialista de la vida humana, de la resistencia, del coraje, del cuidado, de los afectos, de la relación con los muertos, y de ese irreductible instinto de conservación que puede ser aún más terrible que la muerte. El hecho de que esté relatada desde el punto de vista de uno de los muertos es un gran acierto, porque nos muestra la indistinción que se produce en situaciones extremas: no sabemos realmente quiénes están de un lado u otro.

Hay tres momentos de la película que me resultaron significativos, es decir, me afectaron y me dejaron pensando la causa. Por supuesto están entrelazados y hacen a la idea que deseo transmitir, pero los presento sucesivamente.

El primero es una reflexión de uno de los heridos, que había quedado inmovilizado, y habla de la situación en la que están y la naturaleza del Dios que le permite sobrellevarla. Arturo, le dice a Numa: “No te rías de mí pero mi fe, discúlpame Numa, no está en tu Dios, porque ese dios me dice lo que tengo que hacer en mi casa, pero no me dice lo que tengo que hacer en la montaña. Lo que está pasando acá no se puede ver con los ojos de antes. Numa, este es mi cielo -toca el techo del avión- y yo creo en otro Dios, creo en el Dios que tiene Roberto en la cabeza, cuando viene a curarme las heridas, en el dios que tiene Nando en las piernas, para salir a caminar sin condiciones, creo en las manos de Daniel, cuando corta la carne, y Fito cuando la reparte, sin decirnos a qué amigo perteneció, y así podamos comerla sin tener que recordar su mirada. Yo creo en ese Dios. Yo creo en Roberto, en Nando, en Daniel, en Fito, y en los amigos muertos”. Al poco tiempo él muere, como lo hará también Numa, por una herida infectada.

El segundo momento es cuando los rescatan, y una madre visiblemente emocionada por el reencuentro le dice a su hijo: “se hizo el milagro, se hizo el milagro”, a lo que el hijo responde abatido, mientras se deja abrazar por ella: “¿qué milagro mamá, qué milagro?”.

El tercer momento, a continuación del anterior, expone sobre el final por qué no se trató de ningún milagro. Mientras aparecen imágenes del reencuentro de los sobrevivientes con sus familiares en que se dejan lavar los cuerpos, se abrazan, les cortan la uñas, el pelo, los peinan, como si fuesen niños, la voz de Numa relata: “Los periódicos hablan de ‘los héroes de los Andes’, los que regresaron de la muerte para reencontrarse con sus padres, sus madres, sus novias, y sus hijos. Pero ellos no se sienten héroes, porque estuvieron muertos como nosotros, y sólo ellos regresaron. Y al recordarnos se preguntan ¿por qué no volvimos juntos? ¿Qué sentido tiene? Denlo ustedes el sentido. Ustedes son la respuesta. Sigan cuidándose unos a otros y cuéntenle a todos lo que hicimos en la montaña.”

Nos interpela directamente a los espectadores a encontrar un sentido en medio de tanto dolor. En situaciones extremas como esta es posible entender la cruda materialidad de la vida humana, donde lo escatológico que le es propio no puede ser rechazado ni idealizado, no se trata de milagros o fuerzas del cielo, sino de un precario modo de existencia apenas incrustado en la naturaleza, que es implacable y absolutamente indiferente a nuestra suerte, y el sentido que le damos a todo depende de nosotros, solo de nosotros. Esa es la idea de inmanencia.

No se trata de algo abstracto o absolutamente complejo, sino de un conocimiento práctico sobre la naturaleza de las cosas y la materia de la que estamos hechos: gestos, afectos, pulsiones, técnicas, dispositivos, relaciones de poder, modos de subjetivación, etc.

 

Comprender

El muy sabio Spinoza había sugerido que antes de burlarse, lamentarse o detestar, conviene comprender. Nietzsche había tratado de mostrar que el conocimiento emerge del entrelazamiento de esas mismas pulsiones, no de su represión o denegación. Agregaría que hoy no sólo tenemos que entender las pasiones mencionadas, pensarnos atravesados por ellas in situ, sino también trabajar en torno a otras como el miedo, el catastrofismo o la derrota. Varias cuestiones a tener en cuenta.

Primero, entender que los mecanismos de poder actuales ya no son sólo disciplinarios o de control, sino que se encuentran vinculados a la modulación e incitación de la autoagresión: aprovechan el mismo deseo de autopreservación para volverlo contra sus agentes (las técnicas de policía que provocan la resistencia física para producir asfixia son un ejemplo cruel y dramático). Como plantea Dorlin: “No hay peligro de muerte mayor que este tipo de situación en la cual nuestra potencia de actuar se convierte en un reflejo auto-inmune. Ya no se trata solamente, entonces, de poner trabas directamente a la acción de las minorías, como en el caso de la represión soberana, ni de dejarlas simplemente morir, sin defensa, como ocurre en el marco del biopoder. Aquí se trata de llevar a ciertos sujetos a aniquilarse como sujetos, excitar su potencia de actuar para presionarlxs mejor, llevarlxs al ejercicio de su propia pérdida, producir seres que, cuanto más se defienden, más se dañan.” (Dorlin, 2018, 22)

Segundo, entender que el poder real ya no depende de estructuras fijas, localizables o identificables, sino que es ubicuo y escapa al control de sus mismos agentes: las castas y corporaciones son puestos menores respecto al gobierno algorítmico que hoy impera (la creación de las plataformas digitales o la IA brindan un claro ejemplo de ello). Esto que es un diagnóstico compartido entre los teóricos críticos contemporáneos, ya había sido señalado por Deleuze en el “Post-escriptum a las sociedades de control” (1990), incluso antes de que proliferara el capitalismo de plataformas y la IA.

Tercero, entender cómo responden a este estado desesperante de la situación global modos de subjetivación improvisados que apelan a imágenes, consignas o significantes pobres, limitados, anacrónicos y específicos de cada lugar, que pueden infundir temor o esperanza pero que están totalmente desconectados de sus materialidades históricas (por ejemplo, las amenazas a partir de la circulación de imágenes de los “falcón verdes” que pertenecían a grupos operativos del ejército durante el terrorismo de Estado, o agitar palabras como “comunismo” o “socialismo” en un contexto donde solo existe el capitalismo). Es necesario pensar situación por situación cómo se infunden temores a partir de manipulación de imágenes y consignas vacías, porque no operan de la misma manera las lógicas del poder en cada circunstancia. La emergencia de las nuevas derechas y ultraderechas ha sido abordada abundantemente por la literatura crítica actual, pero se suelen detener en problemas relativos a la nominación precisa: neofascismo, postfascismo, autoritarismo democrático, etc., en vez de indagar la modulación histórica singular que adoptan en cada caso.

Nada de lo señalado en estos puntos debe ser subestimado, por supuesto, pero tampoco sobrestimado; resulta necesario entender cuál es su efectividad real y cómo responder en cada caso. Cada diagrama de poder operante (soberano, disciplinario, empresario, algorítmico), en cada plano (ideológico, político, ético, teórico), en cada lugar, tiempo y subjetividad. Poder deslindar eso será clave de aquí en más. Necesitamos organizar nuestro pesimismo, y sobre todo entender nuestra potencia de obrar.

Ejercitarse

Suelo proponer una serie de ejercicios prácticos que ayuden al entendimiento, que contribuyan a liberarse de las significaciones comunes y apunten a modular la singularidad de cada quien junto a otros. El problema no es la “crisis de la narración” como dice Han, o la “imposibilidad de la crítica” ante la ausencia de lectores ilustrados, como dice Berardi; el problema es que los ejercicios de lectura y escritura, cualesquiera sean su forma o extensión, no ayuden a transformarse, no hagan cuerpo el pensamiento, ni del pensamiento una genealogía singular que haga suyos legados y tradiciones. Si las fantasías de omnipotencia contemporáneas alimentan el mito de los superhéroes, como dice Dessal, para sobreadaptarse a un sistema que permanece incuestionado y replica cada vez más el sufrimiento, en lugar de rechazar toda heroicidad y dificultad de las instrucciones, propongo cultivar otro tipo de ethos.

Es una tentativa que vengo sosteniendo hace tiempo, expuesta en libros como Leer, meditar, escribir (La cebra, 2020), Militantes, ¡ocúpense de sí mismos! (Red editorial, 2021), El giro práctico (CIECS, 2022). Un modo de encarnar el pensamiento que no pasa tanto por la explicación o comprensión sino por el ejercicio, la meditación y la interpelación. Creo que es un ethos de la escritura que compartimos entre varios, por ejemplo, amigas como Helga Fernández o Silvana Vignale. Otra amiga, Natalia Romé, me preguntaba con justa razón por qué no escribí “Militantes, ¡ocupémonos de nosotros mismos!”. Por supuesto que podría haberlo hecho, porque me incluyo en esa interpelación: hago de la inquietud de sí una tarea urgente y cotidiana, una filosofía militante. Pero la interpelación socrática directa es más efectiva al sostener el lugar de enunciación desde un afuera interior, extimo o problemático, en vez de diluirlo en un nosotros identificatorio que resta siempre por constituirse, que no se da por hecho. La interpelación directa nos pone en movimiento y despierta, digamos, crea una escena que es el reverso del clásico ejemplo de la interpelación: un transeúnte distraído, ocupado en sus asuntos privados, que responde al llamado del agente policial por sentirse en falta o infracción respecto a la ley; mientras que la interpelación filosófica llama a quien pretende ocuparse de los asuntos públicos, en plenitud de sus supuestas intenciones, que atienda en cambio a sí mismo, que reconozca que no estaba en posesión de sus facultades tanto como creía. No se trata de poner en falta o remitir a la culpa, sino de despertar lo mejor de sí en la tarea colectiva que se empeña en cada caso: la reflexividad ética y crítica.

Necesitamos propiciar un gesto de heroicidad que solo puede sostenerse en el pensamiento del nudo solidario que nos constituye. Escuchar, leer, escribir, pensar, interpelar a los demás a hacerlo en función de lo que aumenta la potencia de obrar: podemos hacer más cosas y podemos hacerlas mejor en la medida en que otros participan y el contento en sí mismo se afianza, aún si el pronóstico resulta funesto. El relato siempre está en crisis para quienes no lo toman como algo natural o dado, porque encuentran las condiciones materiales para ejercitarse y transformarse en el uso de los saberes. Están los ‘saberes sabidos’ y los ‘saberes no sabidos’, el reparto entre lo consciente y lo inconsciente, pero también están los ‘saberes ejercidos’ en función del precio absolutamente singular que se ha pagado para acceder a una verdad. Una verdad que transforma es siempre singular y colectiva, histórica y ontológica al mismo tiempo: desea ser transmitida para que cada quien encuentre su modo.

A la locura individualista de la autorrealización a expensas de los demás, responde en espejo el llamado a la eterna modestia del que debe confesarse a sí mismo su impotencia o su falta, volverse un hermeneuta del sufrimiento y un explicador omnisciente de los motivos, en lugar de afirmarse en aquello que le produce un verdadero contento, a partir de lo cual puede empezar a contagiar a otros. Hay momentos históricos que conllevan un peligro de tal magnitud para la existencia en común que llaman a juntarse para elaborar una respuesta entre todos, donde cada uno importa, no desde una igualdad formal sino desde el punto singular donde puede ejercer su importancia porque no se la cree en absoluto. Hay una heroicidad en marcar la diferencia que vale cuando no hay patrón de medida común sino anudamiento solidario de cada parte. El peligro de disolución del conjunto es lo que interpela a cada uno a asumir su lugar en la trama y el desenlace: entender lo que está en juego y jugar su parte.

Responder con cuidado

En definitiva, Milei ganó porque logró instalar la idea de que la casta es el Otro, es decir, cualquier otro que no sea el poder real que lo sostiene. Y si esa interpelación funcionó tan bien fue porque se instaló una desconfianza radical entre los argentinos facilitada por el desconocimiento y desprecio respecto de lo que hace el otro, agravada además por el malestar que ocasionó la pandemia; el otro en cuestión: el que trabaja en educación, en cultura, en ciencia y técnica, en los servicios públicos, en las pymes o los sindicatos, etc. Nos enteramos luego que votaron a Milei empleados del Banco Nación, de las embajadas, músicos y artistas, investigadores, docentes, etc. Para cada uno de ellos la casta es el Otro, y el recorte sólo iba a caer sobre el otro imaginario que lo representa, pero resulta que el recorte del loco de la motosierra no hace distinciones y recae sobre todos menos sobre el poder real.

Ya es tarde para recriminaciones, no supimos transmitir el nudo común que nos constituye, pero estamos a tiempo para hacer notar -antes que todo se hunda de nuevo en la nada- el goce que nos lleva de las narices cada vez que no nos hacemos cargo de nuestro deseo. Interpelar a cada uno, a cada sector: ¿Qué tienes que ver tú con el desorden del cual te quejas? Acaso, ¿quieres lo que deseas? ¿Entiendes lo que te une a otros en un lugar donde todavía es posible la vida? ¿Un país donde hay recursos naturales, históricos, simbólicos invaluables? ¿O realmente prefieres que todo se vaya al demonio y el sufrimiento embargue a tus hijos, a los hijos de tus hijos y a generaciones enteras? La lucha es con otros, nos gusten o no, y es ahora. El NO tiene que ser masivo y público, después veremos cómo organizamos de nuevo el nudo que nos constituye, donde la libertad tiene que entenderse rigurosamente desde la implicación material y no desde la autodestrucción.

Tomemos nota de esto con suma urgencia: Argentina está siempre a la vanguardia en los experimentos de gubernamentalidad. Y el dispositivo de poder ha mutado: No hace falta decidir un estado de sitio o estado de excepciónsiquiera para que la muerte sea una posibilidad cierta, inducida por asfixia o inanición de individuos o poblaciones. Entonces resulta fundamental que las luchas sean sostenidas y acompañadas con prácticas de cuidado, que entendamos la articulación virtuosa entre lo individual y lo colectivo, entre la ética y la política.

Desde que ganó el macrismo, y todavía más con el incipiente mileirismo, sostengo que ha sido un error de nuestra parte oponer lo individual a lo colectivo: las derechas o ultraderechas tienen sus ideas tanto sobre el individuo como sobre lo colectivo, trazan sus propias conexiones históricas y sus legados precarios, expresan sus afectos de temor y esperanza, etc. No se trata de oponer conceptos ni de refutar historizaciones, porque sus ideas no funcionan a un nivel científico o racional; se trata de interpelaciones ideológicas: un individuo que es llamado a constituirse en empresario sufrido de sí, que se resigna a todo y autoexplota, pero que aspira a una sociedad de competidores igualitaria donde triunfa el más esforzado sin trabas del Estado. Es una fantasía, claro, porque cualquiera que se detenga dos segundos a pensar puede darse cuenta que las condiciones nunca son igualitarias; pero tal fantasía no por eso deja de ser efectiva y aglutinante de una comunidad ilusoria entre tanta discordia e incertidumbre. Una comunidad basada en grupos de WhatsApp y charlas de ocasión. A ello tenemos que responder con propuestas ético-políticas que apunten al cuidado de sí, que apelen a los afectos que aumentan la potencia de obrar, que pongan en valor saberes de uso que nos permitan transformarnos y no quedarnos repitiendo frases vacías que exudan culpa y sufrimiento, llaman a martirologios y sacrificios. La cura siempre ha sido filosófica, incluso si la praxis de base es política.

He escuchado a gente decir: “No podemos ya nada”. Y a otros insistir: “Esperemos un poco más”. La evaluación de un buen gobierno, como la vida misma, en un punto es muy simple: ¿Podés más o podés menos que antes? La potencia de obrar se evalúa en acto, en el pasaje de un estado a otro: si disminuye, porque se ve perjudicada, entonces adviene la tristeza; si aumenta, porque se ve favorecida, entonces adviene la alegría. La complejidad medial en que vivimos no anula esta evaluación imprescindible, sino que muestra una serie de dimensiones donde uno puede más o menos, según la situación, pero en definitiva tiene que haber un balance adecuado del conjunto de fuerzas y afecciones que nos solicitan. Es algo bien concreto, corporal, afectivo y generador de una idea adecuada de las cosas. No tiene que ver con valoraciones discursivas, ideológicas, teleológicas, etc., que enredan y confunden la apreciación más importante: ¿Te dan ganas de seguir viviendo bajo estas condiciones o no? Hay mucha gente que ha perdido la conexión con su cuerpo, sus afectos, no puede generar pensamiento porque no puede siquiera plantearse esta pregunta esencial. Necesitamos escuchar y leer mejor lo que nos sucede.

Escrituras

Leyendo sobre el yo en Descartes y en Montaigne, el papel de la escritura y la imprenta en su época, luego un post de Lidia Ferrari que advierte que no hemos comprendido cómo se constituyen las subjetividades frente a las pantallas, etc., pienso que son cuestiones que venimos desplegando entre varios hace tiempo. El problema es que no somos efectivos: podemos teorizar perfectamente sobre la causa que induce la subjetivación (o desubjetivación) por las redes y que eso no le llegue a casi nadie porque la modalidad de transmisión privilegiada ya no es la letra sino el meme. Quienes nos hemos formado en la antigua cultura escrita ¿acaso tendríamos que ingeniárnosla para hacer memes? No lo creo, aunque no está mal hacerlos. Sí considero que tenemos que modificar las formas de escritura en función de las nuevas tecnologías, o aceptar críticamente cómo su uso transforma nuestra escritura: no podemos aspirar a producir grandes tratados sistemáticos, o repetir explicaciones en extensas cadenas causales, sino proponer enunciados prácticos que interpelen a constituirse a sí mismo en situaciones cotidianas, de vida y muerte, cuya sistematicidad responda al entrelazamiento conjunto de lo existente y la asunción de una forma de vida que se muestra andando, deseando, errando, anudando. El yo es histórico por definición, producto del anudamiento de relaciones sociales y dispositivos varios, el problema hoy es que no terminamos de asumir eso mismo que sabemos de sobra para convertirlo en saber de uso.

Necesitamos practicar nuevas escrituras. Escrituras de nacimiento, escrituras de aprendizaje, escrituras de agradecimiento, escrituras de deseo, escrituras de duelo, escrituras de lucha, escrituras de pensamiento, escrituras de sueño, escrituras de encierro, escrituras de libertad. Necesitamos escrituras simples, directas, sentidas y pensadas que vayan al hueso de lo real, que permitan ejercitarnos en lo que nos pasa efectivamente. Porque la escritura es una tecnología fundamental para constituirnos a nosotros mismos. Toda la estupidez, crueldad y miseria de este mundo en descomposición está promovida fundamentalmente por la lógica algorítmica que desintegra los lazos de formación a pura fuerza de ceros y unos. Esta economía de la miseria y la chatura a todo nivel no sería posible sin el aplanamiento del intelecto general que promueve la algoritmización de la vida. No necesitamos grandes sistemas de pensamiento, no necesitamos elocuentes y enaltecedoras frases de autoayuda, necesitamos entender que el gesto de escritura hace cuerpo y pensamiento, tramándose con legados y tradiciones que responden por lo real en juego, cada vez: vida, muerte, deseo, alegrías y tristezas. Escrituras sensibles, sin duda, pero también inteligentes.

¿Cómo evaluar una inteligencia que responde a lo real? Por la capacidad de captar el sentido de un orden dado, secuencial, jerárquica y lógicamente estructurado, al mismo tiempo que el punto de inversión sintomática, interrupción y pliegue, que permite empezar a trabajar de otro modo los elementos en juego. Una inteligencia material no solo puede sostener dos puntos de vista contrastantes y hasta antagónicos, sino que encuentra el vacío o punto de extimidad por donde hacer pasar el anudamiento que muestra sus respectivas irreductibilidad y solidaridad. Lo encuentra porque lo hace, lo es y lo asume en el mismo acto; pero no se queda en eso. La posibilidad de contar hasta tres es lo que nos da siempre la templanza necesaria para continuar anudando, lógica y afectivamente, la cosa.

La escritura nos permite anudar pasiones y pulsiones con una inteligencia material. Hay que pensar las pulsiones como tendencias ineluctables que nos atraviesan, no como instintos naturales. La pulsión erótica tiende a componer, la pulsión tanática a descomponer, el conatus a preservar. Si solo existiera una de ellas no sería posible la vida tal como la conocemos: si solo hubiese tendencia a la composición, suma o multiplicación, no sería posible hacer lugar o espacio para lo nuevo, todo se saturaría y volvería cada vez más inhabitable; si solo hubiese tendencia a la descomposición, retorno a lo inorgánico o la estabilidad absoluta, el universo se congelaría y sería igualmente inhabitable; si solo hubiese perseverancia en el ser, cada ente estaría chocando con otros, disputando espacios y oportunidades, pero no serían posibles la destrucción ni la composición. ¿Cómo se entrelazan estas pulsiones? El conatus requiere asistencia tanto de eros como de tánatos: no hay perseverancia en el ser si no se destruye lo que se contrapone a ello y si no se compone con lo que aumenta la potencia de actuar. Pero también eros necesita que haya perseverancias que componer y destrucciones que liberen nuevos componentes. Por último, tánatos exige composiciones a las cuales descomponer y persistencias a las que acabar definitivamente. En el medio, nosotros, inventando dispositivos que privilegian unas por sobre otras, que agudizan o cronifican tendencias. Podemos explicar la estupidez humana o la banalidad del mal cuando una se impone sobre las otras y el armado resulta altamente empobrecedor.

Solemos privilegiar el deseo, por ejemplo. Al repasar mis deseos para fin de año encuentro cierta repetición que va en ese sentido: habitualmente deseo que los demás deseen, que se multipliquen los deseos, que nos encontremos más seguido deseando, etc. Pero he notado que puede haber una trampa allí: no se puede desear a cualquier precio, a cualquier costo, en cualquier circunstancia. La fantasía del libre mercado elevado a regla general, medida de todas las cosas, es un delirio absoluto que incluso se sirve del deseo como esencia del ser humano: perseverancia en el ser. Hay que estar dispuestos a morir también: asumir el fin ineluctable de cada cosa, cada instante, cada día, cada año, el fin de una civilización entera o el universo, para tasar el precio absolutamente singular del deseo de vivir que se tiene, y si se está dispuesto a sostenerlo. Porque es de esa indeterminación objetiva del deseo que se prende y nutre este parásito insaciable que llamamos capitalismo. Ocuparnos de nosotros mismos es, en primer lugar, estar dispuestos a pagar un precio único por acceder a la verdad de nuestro deseo; y, en segundo lugar, interpelar a los demás a que también lo hagan con urgencia porque si no la vida en común se torna cada vez más insoportable. Sobre todo, si se promociona como lo más lógico una vida de libremercado y deseos desatados que solo pueden conducir al suicidio colectivo. Les deseo entonces que deseen, sí, pero sabiendo exactamente el precio que están dispuestos a pagar para seguir viviendo con otros. Allí nos encontraremos.

Mientras les dejo un deseo textual acerca de la escritura que invoco:

 

Un texto hermoso como una Katana Samurai que nos ayude a cortar el nudo imaginario de todas las servidumbres voluntarias.

Un texto potente que movilice los cuerpos para que juntos armen una Gran Muralla de resistencia ante la imbecilidad y cobardía moral que desbordan desde el poder real.

Un texto delicado como una flor que perfume el ambiente saturado de sudor, pólvora y gases lacrimógenos.

Un texto militante que ayude a volver sobre sí mismo en los momentos más difíciles y darle ánimo a los compañeros con el ejemplo.

Un texto multicolor fabricado con todas las hebras de las vidas y muertes que nos componen.

Eso necesitamos: escribir nuestra propia historia en un momento de alta y generalizada descomposición social.

Ahora y siempre, compañeros.

Córdoba, 1 de enero de 2024.

[1] Este texto se ha tramado de otros textos publicados anteriormente.