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Los poderes fácticos y el pueblo instituyente. Una lectura desde Aguascalientes

Adrián Rodríguez[1]

 Nada en México será diferente en esencia al periodo neoliberal si no logramos que, a mediano plazo, una parte del poder que concentra el Estado, y que se encarga de tomar decisiones en nombre del pueblo, pase a las mismas manos del pueblo o de sus organizaciones. El primer paso para lograrlo es conquistar el Estado como acción de un anhelo popular de ponerlo al servicio de la comunidad. A partir de ahí se requiere reinventar la política para que ese anhelo se convierta en acción continua. La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República ha dado un primer paso decisivo en la apertura de una nueva imaginación política para la organización estatal y social, como hace mucho no se veía. Sin embargo, en la coyuntura electoral actual, los procesos locales toman una importancia estratégica como laboratorios para ensayar nuevas formas de acción para articular el partido-movimiento. Porque estoy seguro, que “el pueblo instituyente”, tal como la plantea Adrián Velázquez Ramírez, en un reciente texto, es la respuesta a muchos males que se sufren en municipios, estados y diputaciones locales, en donde la corrupción y la injusticia han permeado. No obstante, la idea plantea múltiples problemas.

El secuestro estatal

 Para nadie es nuevo que en Aguascalientes la potencia del neoliberalismo, aunado a una cultura conservadora histórica, ha generado un auténtico desmembramiento de la función del Estado. Este ha sido fraccionado por los que muchos conocemos (o llamamos por comodidad) “poderes fácticos”. Prácticamente en la administración estatal de Aguascalientes, en todos los niveles, quien gobierna son los intereses eclesiásticos, empresariales y de los medios de comunicación. La oposición representada por Morena en el Congreso local es mínima y no ha buscado nunca realmente una reinvención de la política y sigue actuando a la vieja usanza.

Los ejemplos de cómo los “poderes fácticos” han gobernado en Aguascalientes sobran: desde el voto en contra de los programas de gobierno de la Cuarta Transformación (la legislatura de Aguascalientes fue la única que votó en contra en todo el país), hasta la privatización del agua, el cobro inconstitucional de un impuesto en el recibo de la luz, el aumento del transporte colectivo, la aprobación del PIN Parental y, más reciente, la iniciativa antiderechos de las mujeres, conocida como “candados a la protección a la vida”. Conforme a esta lista, es claro que los poderes eclesiásticos, empresariales y los medios de comunicación cuentan con sus propios representantes en el Congreso y en puestos estratégicos institucionales. El Estado es algo peor que una marioneta de intereses ajenos al interés general: es una marioneta descuartizada por ellos.

La estrategia popular

 Ante tal panorama la propuesta de un “pueblo instituyente”, es decir, de una forma de gobierno donde el pueblo sea “acción permanente de gobierno”, se ve como el único camino para darle al Estado un carácter rector, que venga a reconstruir los pedazos del mismo para volverlo más funcional para la comunidad.

El reto, en primer lugar, es conquistar espacios en los puestos institucionales: diputaciones, regidurías, presidencias municipales. Sin embargo no lo es todo. Precisamente, el planteamiento de un “pueblo instituyente”, me parece que anima a pensar una estrategia desde antes de la toma del poder. Si, como dice Adrián Veláquez, no se trata de gobernar en nombre del pueblo, sino de gobernar con el pueblo, no se puede llegar a una institución para después articular y organizar eso que llamamos “pueblo”. Este, de alguna manera, ya debe existir organizado o con atisbos de ello, desde antes de la toma del poder.

Precisamente, yo ya veo en Aguascalientes a un conjunto de sectores organizados autónomamente, que se ha constituido a contrapelo de los poderes fácticos que han secuestrado el Estado. Son organizaciones que ya están haciendo valer en la práctica los derechos que el Estado ha dejado olvidados. Son organizaciones que ya están luchando, colectivamente, por los derechos de las mujeres, por derechos de un transporte digno, por el derecho al agua, por el derecho a la educación, con o sin siglas A.C. Con ciertos matices conceptuales, estas organizaciones son parte de ese sujeto social con potencial de convertirse en “pueblo instituyente”. Sin embargo, con una revisión de conjunto, es posible ver críticamente que la mayoría de estos colectivos no buscan conquistar espacios de representación popular para dar el paso que siempre falta.

En esta coyuntura, es que varios integrantes de estos colectivos e integrantes  del partido, que también pertenecen a estos, hemos empezado a construir un mecanismo que viene a romper con las lógicas de los colectivos tradicionales: armar una Red de Colectivos que sistematice una inercia de trabajo colaborativo que ya existe, pero que también se proponga luchar en la medida de sus posibilidades por espacios institucionales. Me parece que aquí ya estamos poniendo la semilla de un “pueblo instituyente”, que incluso podría ser muy diferente en su hechura y acción al que ha construido por López Obrador y el obradorismo. No sólo porque responde a una circunstancia local, sino porque precisamente la Cuarta Transformación ha disparado la imaginación para de la praxis política; su naturaleza de hecho es desdoblarse en constantes propuestas, nuevas e híbridas, para que el pueblo sea “acción permanente de gobierno”.

El otro “pueblo”

 Ahora bien, la semilla de un “pueblo instituyente” se debe enfrentar a los mecanismos de mediación de participación política creados localmente. No me refiero sólo a instituciones o organizaciones autónomas, que son usadas como satélites del prianismo, sino a otras instancias que incluso ignoran muchos que buscan el cambio verdadero. Veamos.

En octubre del año pasado el Gobierno del Estado de Aguascalientes censuró una imagen de Antonio Helguera (una virgen catrina), usada en una publicidad por su brazo cultural (el Instituto Cultural de Aguascalientes), bajo la presión del Consejo de Laicos de la Diócesis de Aguascalientes. Con ello el entramado de los poderes fácticos que operan en nuestro estado se desnudó por completo. La carta que pedía de manera violenta el retiro de la imagen de Helguera (haciendo referencia a los acontecimientos recientes de Niza), era firmada por un empresario que también formaba parte del susodicho Consejo de Laicos. Investigando un poco, el mismo empresario es parte del Consejo de la Ciudad, extensión institucional del municipio de Aguascalientes.

¿Qué es el Consejo de la Ciudad? Creado desde 2011 por la administración panista, se describe así mismos como: una instancia pública en la que las autoridades locales y los sectores de la sociedad debatirán y acordarán temas estratégicos de desarrollo de la ciudad; un foro de encuentro para que los asuntos públicos sobre el desarrollo de la comunidad sean tratados de manera plural, organizada y democrática, y una herramienta fundamental de interrelación entre las autoridades de Gobierno Municipal y los ciudadanos aguascalentenses.

Claro que este mecanismo crea participación, formando un espacio extralegislativo para escuchar y proponer una agenda. Pero no es exactamente al pueblo a quien se atiende ahí. Revisando quiénes lo conforman, uno puede encontrarse todo tipo de AC, nombres de sectores privilegiados y de familias añejadas que gobiernan desde hace años. La cuestión es que, de alguna manera, con esta instancia el panismo está duplicando funciones legislativas, evitando que los regidores se acerquen con las necesidades planteadas por la gente en la calle y, además, erogando gasto en su misma conformación. Su función, me parece, es dar salida a inquietudes de la ciudadanía organizada, pero manteniéndola alejada de los espacios de representación popular, reservada a cuotas personales o de grupo. Al final, muchos sujetos con capacidad de ser pueblo instituyente, terminan en las garras de este mecanismo tramposo, que sólo alimenta la latencia.

A nivel local, la idea de un pueblo instituyente me parece que debe superar a la forma de un Consejo de Ciudad como mecanismo de participación. Primero, porque el pueblo instituyente plantea un acercamiento estrecho con los representantes llegados por la vía de la elección popular. El pueblo instituyente trabaja con quien apoyó en la conquista del espacio institucional y se involucra hasta cierto punto en las tareas burocráticas, pero sobre todo, es tratado como adulto para la toma de decisiones, además de que no deja de trabajar en la comunidad. Segundo, porque la formación de un pueblo instituyente no requiere más que la participación activa, organización y difusión de las tareas. Es decir, se trata de una voluntad colectiva. Entre menos burocracia, mejor. Con ello, se puede mantener el interés general: con sana autonomía de las organizaciones que apoyan, sin que dejen de tener representación política en la práctica.  

Nota final        

En esencia, la historia, en este momento de la Cuarta Transformación, puede dar el giro que nosotros le demos, aunque puede tomar formas inesperadas. Nada está dicho. Un ejemplo: en los años treinta del siglo XX, cuando el mundo atravesaba por la experimentación de nuevas formas de gobierno (república, comunismo, socialismo, democracia, fascismo, populismo), en Aguascalientes el gremio de los ferrocarrileros llegó a conquistar la presidencia municipal. Lo hicieron en nombre del anarquismo. Se decían anarquistas y llevaban a cabo auténticas asambleas populares sobre temas de interés general. Nada está dicho, repito.      

[1] Historiador, profesor, militante.