La soledad de Macondo como herencia latinoamericana: Colombia, Brasil y México ante la encrucijada del imperio en decadencia
CE, Intervención y Coyuntura
En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez sentó una herencia trágica para los proyectos utópicos de la región latinoamericana, si entendemos que García Márquez hablaba de Colombia, pero como proyecto latinoamericano. Esta soledad trágica decanta en la intención de establecer un futuro anclado en el pasado de una tierra que, aunque marcada por la promesa de la abundancia, se mantenía en la insularidad, en el aislamiento, acosada por la inclemencia del paisaje que la rodeaba. Hoy ese paisaje, salido de aquello que Macondo trató de superar en Colombia, se extiende de manera amenazante hacia los proyectos de México y Brasil, tratando de expoliar sus capacidades productivas para regresarlos a la condición de Comala y de la región de Sertão.
Gane o no Iván Cepeda en Colombia, la soledad de México y Brasil parece consumarse. No porque ambos países estén fuera de las contradicciones que atraviesan a América Latina, ni porque hayan conquistado una soberanía plena frente a Estados Unidos, sino porque aparecen como los únicos Estados de la región con escala, proyecto político y capacidad institucional suficiente para intentar conservar algunos márgenes de autonomía.
A su alrededor, el continente se reordena bajo una nueva forma de subordinación. Ya no se trata solamente de apertura comercial, privatización o ajuste fiscal, como en el viejo neoliberalismo. Lo que se perfila es algo más agresivo: la conversión de los Estados latinoamericanos en plataformas de seguridad, reserva de materias primas, territorios logísticos y cadenas de suministro para la estrategia económica y geopolítica de Estados Unidos.
La nueva derecha latinoamericana ya no requiere tantas mediaciones. Su programa es explícito: alineamiento con Washington, disciplina fiscal, seguridad punitiva, guerra contra los movimientos populares, entrega de recursos estratégicos y subordinación diplomática. No promete integración latinoamericana, sino obediencia hemisférica. No promete soberanía, sino orden. No promete futuro, sino castigo.
En ese escenario, Colombia ocupa un lugar decisivo. Durante décadas funcionó como el principal bastión geopolítico de Estados Unidos en América Latina, una frontera militar y diplomática desde la cual se administró buena parte de la política contrainsurgente del continente. El ciclo abierto por Gustavo Petro alteró parcialmente esa posición. No la canceló por completo, pero sí introdujo una ruptura: reforma agraria, restitución de tierras, sustitución de cultivos, transición energética, ampliación de derechos sociales y una política exterior menos subordinada a los viejos alineamientos, especialmente frente a Israel y la causa palestina.
Por eso la disputa entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella no puede leerse como una contienda más entre izquierda y derecha. Lo que se juega es si Colombia mantiene abierta la posibilidad de una soberanía popular y territorial, o si regresa plenamente a su función histórica de enclave estratégico de Washington. Cepeda representa la continuidad difícil del proceso abierto por Petro. De la Espriella, en cambio, expresa la restauración del vasallaje: trumpismo, uribismo radicalizado, punitivismo, alineamiento con Estados Unidos e Israel, guerra contra la izquierda y promesa de orden autoritario.
Su figura revela la mutación continental de las derechas. Ya no se trata solo de políticos conservadores o administradores neoliberales. La nueva derecha quiere parecer antisistema mientras defiende los intereses más duros del sistema. Se presenta como outsider aunque esté vinculada con élites, aparatos jurídicos, redes empresariales, viejas estructuras partidistas y poderes fácticos. En su puesta en escena se reconocen los ecos de Trump, Bukele, Noboa y Milei.
Pero su peligro mayor no está solo en la retórica, sino en su carácter transnacional. La extrema derecha latinoamericana ya no opera como suma de fenómenos nacionales aislados. Tiene circuitos, lenguajes, financiamientos, centros simbólicos y plataformas compartidas. Miami y Madrid funcionan como nodos de articulación; Washington como centro de gravedad; las élites locales como administradoras del vínculo.
Ese es el sentido profundo de la soledad de México y Brasil. Ninguno de los dos está fuera de la presión norteamericana. México está atravesado por el T-MEC, la frontera, la migración, el fentanilo, la seguridad y la relocalización industrial. Brasil vive la tensión entre su peso regional, los BRICS, su relación con China, el agronegocio, las Fuerzas Armadas y una derecha bolsonarista que no ha desaparecido. Ambos forman parte de la misma disputa. La diferencia es que todavía conservan capacidad de negociación.
México y Brasil no son plenamente soberanos, pero aún disputan condiciones. No están fuera de las cadenas de suministro, pero pueden intentar negociar su lugar dentro de ellas. No están fuera de Washington, pero no han entregado por completo su capacidad de mediación estatal. Esa es su fuerza y también su soledad.
El contraste con Perú es elocuente. Allí la multiplicación de candidaturas, partidos y bloques no expresa vitalidad democrática, sino descomposición. Un sistema capaz de destituir presidentes de manera recurrente, modificar reglas desde el Congreso, bloquear proyectos populares y administrar la crisis como forma de gobierno funciona como maquinaria de reproducción oligárquica.
La ola que se nos viene no es simplemente derechista. Es profundamente oligárquica y neocolonial. Su horizonte no es América Latina, sino una América administrada desde el Norte. Las élites latinoamericanas no son víctimas pasivas de ese proceso. Son socias. Entregan soberanía a cambio de respaldo. Ofrecen recursos a cambio de protección. Transforman los Estados en ventanillas de negocios y las instituciones en mediaciones locales de una estrategia externa.
La soledad de Macondo latinoamericana consiste hoy en esto: los países que todavía tienen margen para resistir están obligados a hacerlo en un continente donde muchas élites ya decidieron entregar soberanía a cambio de poder interno. México y Brasil no están solos porque sean los únicos dignos; están solos porque son los únicos con suficiente tamaño para que su autonomía todavía importe. Pero la soledad, si no se convierte en estrategia, termina siendo aislamiento.
La pregunta decisiva es quién fijará la agenda. Si la fijan las élites, América Latina será cadena de suministro, frontera militar y reserva extractiva. Si la fijan los pueblos, todavía puede haber soberanía, integración y vida. México y Brasil tienen poco margen, pero lo tienen. Y en este momento histórico, tener margen ya es una responsabilidad.