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La crisis capitalista, fascismo y guerra mundial

Fragmento del mural de Diego Rivera en el Instituto de las Artes de Detroit

Jonatan Romero

El capital es trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa

Marx

Bolívar Echeverría tuvo grandes aportaciones al pensamiento marxista, aunque intentó apartarse de esa categoría tan manoseada por el pensamiento mecánico y, por ende, su contribución es doblemente valiosa: 1) al margen del marxismo construyó tesis profundas sobre la modernidad capitalista y 2) el marxismo no puede dejar de lado sus escrito a la luz de los procesos sociales del siglo XXI. El pensamiento comunista deberá indagar un poco más en el proceso de sabotaje civilizatorio de la economía burguesa, ya que, por un lado, esta promete el reino de la abundancia, pero, por el otro, abre la posibilidad de mecanismos autodestructivos que no puede ser obviados.

A contrapelo de la narrativa burguesa, el discurso crítico de Marx muestra el carácter real de la forma mercantil capitalista que no puede desvincularse de las crisis cíclicas, debido a que en su corazón está instalada la forma estructural de la incertidumbre del mundo de los negocios. El capitalismo produce crisis, porque se construyó a partir de una sociedad que está destinada al fracaso. La particularidad estriba en la capacidad de producir en masa y en poner en estado de muerte al 90% de la población, porque estas no tienen ni medios de producción y tampoco medios de consumo solo les queda en última instancia someterse a un trabajo esclavizante para intentar sobrevivir.

El mercado capitalista coloca al mundo en un permanente estado de barbarie y destruye todo a su paso, tanto al ser humano como a la misma naturaleza. Mientras exista una sociedad basada en el lucro no existe posibilidad de imaginar y construir un mundo mejor para todos y todas. La lectura crítica debe indagar las diferentes dimensiones de la crisis burguesa, desde ahí, denunciar el carácter compulsivo de esta sociedad, porque, la barbarie capitalista está avanzando bastante rápido y todo es cuestión de tiempo. El futuro no puede dejarse al azar o a las buenas intenciones de los humanos que habitan este planeta, sino debe hacerse una pelea epistémica para indicar los peligros que acechan a la humanidad.

Las tres dimensiones clásicas de la crisis capitalista

Rosa Luxemburgo escribió una obra potente desde el marxismo ortodoxo que tituló La Acumulación de Capital, en donde recuperó la narrativa sobre el famoso paso de la muerte de la mercancía, es decir la venta. La mercancía debe convertirse en dinero, para transformar el plusvalor en ganancia para que el capitalista tenga un ingreso, porque, de otra forma, la inversión inicial no podrá regresar ni volver a invertir en el proceso productivo. Al final, la sociedad burguesa se encuentra en una encrucijada civilizatoria, ya que si la realización de la mercancía no se lleva a cabo, entonces la crisis capitalista aparecerá en una de sus formas: el subconsumo.

Jean Charles Sismondi fue el principal pensador en la historia del pensamiento económico que situó el problema en la capacidad de los trabajadores para acceder a los medios de subsistencia y explicó cómo la producción se desfasará del consumo. La transición de la mercancía al dinero se vuelve en un eje central de la misma acumulación de capital y ese dilema no se ha logrado solucionar. La cuestión marca de alguna manera que la solución está en corregir esa tendencia a la desarticulación entre las fases de la reproducción social específicamente burguesa.

Luis Hernández Navarro entrevistó a Alan Woods en el programa “Cruce de palabras” donde se discutió la cuestión de la crisis capitalista y, ahí, el marxista inglés identificó una dimensión particular de la misma crisis capitalista: la sobreproducción de mercancías. En este sentido, la sociedad burguesa es la única forma social que tiene la capacidad de producir en masa y las mercancías aumentan su presencia en el mundo de manera geométrica. La cuestión central no se centra en la escasez, sino, en todo caso, el exceso de riqueza aparece como el problema cardinal de la crisis capitalista.

Leóntiev escribió una reflexión sobre la crisis de la superproducción que colocó algunos elementos muy importantes para debatir ampliamente sobre este tema. La superproducción es una fase histórica social muy especifica que la economía capitalista marca un rumbo en dos direcciones: 1) la ganancia se muestra como el Alpha y Omega de la civilización burguesa, y 2) las mercancías no solo satisfacen necesidades humanas, sino que sirven para intercambiarse entre ellas mediante los productores. En ese sentido, los escases relativa marca el ritmo mismo de esta sociedad y la crisis ya no se presenta únicamente por la falta absoluta de riqueza sino por las condiciones específicas del beneficio.

Karl Marx definió una dimensión más sobre la crisis capitalista y ubicó el problema desde otro ángulo que llamó la caída de la tasa de ganancia. El socialismo científico dio en el clavo, ya que, sin desconocer los otros dos niveles, el corazón de la inestabilidad económica está en la misma base de las relaciones sociales de producción especificas de la sociedad burguesa y, por lo mismo, la crisis es inherente a la reproducción del beneficio. El capital necesita que el dinero se transforme en capital y, por eso, la reproducción misma está saboteada desde su misma génesis y estructura.

La tasa de ganancia está contrapuesta con la misma tasa de plusvalor, es decir, por un lado, la burguesía necesita explotar a la clase trabajadora para obtener un tiempo de trabajo no pagado más alto, pero, por el otro lado, la tasa de beneficio necesita incorporar no solo la relación del capital de la variable con la masa de tiempo de trabajo excedente, sino, además, debe incorporarse el valor de los medios de producción y en especial el capital constante en su forma fija. Entonces, la sociedad burguesa necesita de incrementar la inversión del capital fijo para explotar mejor a la clase trabajadora y, desde este mirador, la tasa de ganancia bajará de manera inevitable. La crisis no es una fase cíclica, sino se encuentra en la misma raíz de la civilización pecuniaria moderna.

Karl Marx y la crisis de la sobreacumulación de capital

Friedrich Engels publicó el tomo tercero de El Capital, reconociendo la dificulta de tal empresa, al mismo tiempo que el libro captó la esencia de los planteamientos de Marx. En la sección tercera, por lo general, se toma en cuenta los capítulos sobre “la ley en cuanto tal” y “las causas contrarrestantes” y se deja de lado el capitulo quince. Los investigadores se pierden de una fuente de conocimientos revolucionario cuando pasan por alto “las contradicciones internas de la ley”, ya que ahí está desplegada la particularidad de la crisis económica en la sociedad burguesa según Marx.

Frente al diálogo con los demás marxistas, la crítica a la economía política debe plantear en el primer plano que la crisis de acumulación de capital está atada a la tendencia estructural de la caída de la tasa de ganancia. Es decir, las crisis cíclicas dependen en todo caso que, en primer lugar, las inversiones en capital constante suplementarias crecen en un tiempo dado y, en segundo, el beneficio decrece conforme aumenta el dinero en capital fijo. El rumbo civilizatorio no es otro que el derrumbe de una fase histórica del sistema capitalista, porque la crisis no viene de un lugar externo, sino su fecundación deviene del mismo sistema burgués.

Ahora, el sistema mercantil capitalista intenta superar sus crisis cíclicas mediante un mecanismo bastante ingenuo, puesto que la razón instrumental dicta en este proceso que si las inversiones suplementarias no dan mas réditos entonces se necesitan regresar a niveles de adelanto de dinero previos al de la caída de la tasa de ganancia. En pocas palabras, en tiempos de incertidumbre financiera, el modelo burgués no invierte más y trata de apagar su capacidad productiva y, de esta manera, una parte del capital fijo queda en estado ocioso, es decir, no se ocupa para nada. La finalidad se centra en la búsqueda de un nivel de beneficio aceptable que, en el pasado, obtuvieron gracias a un nivel especifico de inversión en capital constante y variable.

Karl Marx deja dos conclusiones bastantes interesantes para comprender la tendencia histórica del capitalismo, las cuales son las siguientes: 1) la sociedad burguesa no podrá encontrar niveles de ganancia estables y altos, aunque intente regresar a estadios productivos que le aseguraban una cuota alta de benéfico, y 2) la sociedad burguesa destruirá el capital con tal de poder comenzar de nuevo el proceso de producción capitalista y asegurar una tasa de ganancia alta. En ultima instancia, la modernidad burguesa necesita de la guerra no solo para conquistar nuevos mercados, sino para consolidar su forma tanática por excelencia: la destrucción de capital en todo el planeta. Allí se encuentra la raíz del verdadero colapsó civilizatorio y el mundo pecuniario no promete para nada un desenlace feliz bajo los apotemas y reglas del mundo capitalista.

La función económica del fascismo: la guerra mundial y el mundo apocalíptico

Los marxistas han cuestionado desde diferentes miradas la historia misma del fascismo, aunque sus planteamientos son muy ricos y ofrecen una gran variedad de perspectivas en el tema, no han llegado a descifrar su función económica. En ese sentido, el análisis debe retomar el último elemento en el cual fue inserto el debate sobre el capital ocioso, entonces, al no encontrar forma alguna de recuperar la tasa de ganancia previa, la economía burguesa necesita volver a detonar la planta productiva, pero, ahora, mediante la organización militar y enfocando sus energías a la producción armamentística.

El fascismo no sólo es una forma cultural o política que toma la economía capitalista, sino que busca reactivar la totalidad de las fuerzas productivas técnicas y naturales mediante el complejo industrial militar. La guerra total se convertirá en el eje de salvación de las potencias económicas, por que su crecimiento económico crecerá en tiempo récord y las cifras serán sorprendentes, pero a costa de buscar en ultima instancia un conflicto bélico a escala mundial. La economía planificada encontrará su polo opuesto en el fascismo, ya que, en esta segunda, el estado toma el control de las relaciones sociales de producción y estas fuerzas se ponen al servicio de la producción de armas. El destino final no puede ser otro que convertir al mundo en un cementerio.

Aquí, la cuestión es central dentro del debate internacional entre el marxismo del siglo XX y XXI, porque se han difundido algunas tesis de la inevitabilidad del derrumbamiento del capitalismo, pero, algunos analistas han cometido el pecado de creer que este proceso puede ser mecánico y no toman en cuenta que, en ultima instancia, el derrumbe burgués puede degenerar en un genocidio colectivo. Antes de llegar al socialismo o comunismo, la sociedad burguesa optaría por una guerra que destruya toda capacidad de producir vida en este planeta. La cuestión no puede reducirse tan fácilmente en este punto, debido que el regreso del fascismo no solo atiene a las cuestiones culturales, sino que se pone en peligro a la vida misma.

La teoría del derrumbe capitalista no puede simplificarse a una cuestión mecánica en donde, por sus propias contradicciones inherentes, la sociedad burguesa tienda a la desaparición y, por ende, a que la construcción de una nueva sociedad sea solo cuestión de tiempo. Los marxistas deben ser muy serios en este tema y dejar muy en claro el carácter tanático de esta sociedad compulsiva por el dinero que da más dinero, porque de algo debe estarse seguro: los burgueses y terratenientes estarán dispuestos a destruir el planeta antes de que compartan un porcentaje pequeño de sus réditos. El fascismo viene a ser la última advertencia de la llegada de la barbarie moderna; el apocalipsis dejó de ser una extraña profecía para convertirse en una promesa civilizatoria.