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La 4T: el partido histórico y el partido efímero

En un significativo trabajo, que ya cumple una década de haber sido publicado, Elvira Concheiro –Reencuentro con Marx (2011)– desarrolló la presencia de dos concepciones sobre el partido político en la obra de Karl Marx y Frederich Engels: la noción de partido histórico y la de partido efímero. El marco conceptual otorgado por la socióloga, extraído de una minuciosa lectura en clave política (y no sólo de la llamada “obra política”) de Marx y Engels, resulta pertinente para analizar la actual coyuntura mexicana. Es decir, la que se abrió tras la victoria del 1 de julio de 2018 y que consagra la posibilidad de grandes transformaciones bajo el nombre de la 4T.

            ¿Por qué resulta pertinente este marco conceptual? Concheiro despliega bajo la noción de “partido histórico” el movimiento general de una época en pos de la conquista de derechos y libertades, el “movimiento real”, como le gustaba decir a Marx. En tanto que, bajo el mote de “partido en sentido efímero”, se designaban las organizaciones y asociaciones que aparecían y desaparecían al calor de los múltiples combates.

En el marco del siglo XIX ni Marx ni Engels se afanaron por conservar el nombre de una organización, por más relevante que haya sido en su trayecto o en la del movimiento social de la época. Ni la Liga de los Justos, ni la Liga de los Comunistas, menos aún la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT o Primera Internacional) les motivaron nostalgias. Aunque todas ellas fueron organizaciones claves en la construcción del movimiento social, no merecieron mayor defensa cuando se encontraban desfasadas. Lo importante ha sido y será siempre el “partido histórico”. Y ello no como una opción voluntarista, sino como el reconocimiento de que los esfuerzos y conquistas que pueden encabezar determinados personajes son solo parte de un gran movimiento de época.

Esta lección fue aprendida, consecuentemente, por la dirección colectiva del Partido Comunista Mexicano después de 1960, encabezada por Arnoldo Martínez Verdugo. A ojos de quienes han fetichizado la existencia de las organizaciones –pensando que por sí misma la existencia de partidos y otras formas organizativas “en sentido efímero” es un objetivo por si mismo– la disolución del PCM en 1982 y su transformación, no fue más que un acto de “liquidación” o “traición”. Por el contrario, siguiendo la lección política de Marx y Engels, en aquel momento se comprendió que las siglas (y todos sus elementos identitarios que conforman un horizonte simbólico) no eran lo que daba sentido a la lucha histórica de los comunistas desde 1919. No se trataba de una pérdida, sino de la entrega y reconocimiento de la trayectoria del “movimiento real”. Es por ello que, a diferencia de otras geografías, no existió melancolía en la rememoración del centenario del PCM, sino todo lo contrario, su reconocimiento como una raíz del árbol que es la 4T.

Ahora bien, si entendemos que entre las múltiples raíces de la 4T se encuentra el comunismo, podemos bien señalar el hilo de continuidad que configura nuestra proposición. Lo que hoy llamamos la 4T es la expresión del “partido en sentido histórico”, es decir, de los trayectos, combates y pugnas que han encabezado sectores democráticos de la sociedad. La 4T es el “partido en sentido histórico”, porque más allá de gustos, filias y fobias –o voluntarismos– ésta ha sido la forma concreta y real en las que el pueblo mexicano se ha conformado como la clave de determinación de la política, particularmente la que incumbe al Estado y al gobierno. No es actualmente, por supuesto, la única forma de la política, pero si es la única que ha desarrollado su conversión como pueblo victorioso.

En este sentido Morena no es sino una expresión significativa e importante del entramado de la 4T, pero no es su identidad. Morena es la expresión de ese “partido en sentido efímero”. En su seno se amalgaman un conjunto de corrientes que han aprendido a constituirse junto al pueblo. Ellas, a veces encontradas, a veces caminado juntas, han permitido la existencia de ese partido “en sentido efímero”, sin embargo, su fuerza y posibilidad se encuentra en el movimiento general de la época. Es efímero por la simple y sencilla de razón que en algún momento tendrá que transformarse. Habrá quienes continúen ahí, quienes salgan y aquellos que construyan algo más.

Esto nos debe alertar, pues en la coyuntura, los árboles impiden observar la grandeza del bosque. Lo que se puede considerar errores o aciertos del partido en “sentido efímero” son siempre temporales. No hay batalla última y definitiva, sino acumulación de fuerzas y experiencias (de victorias como de derrotas). Abandonar el tono apocalíptico es un buen recordatorio de la metodología de la transformación efectiva y no sólo imaginaria. Si bien hay aciertos y errores más importantes uno que otros, ninguno, por si solo, es decisivo.

Todo esto no niega el hecho de que el “partido en sentido histórico” encontró en López Obrador una voluntad que lo encarnó. La dirigencia política es importante, más aún en naciones como la nuestra. AMLO es y ha sido un pedagogo, un líder y, quizá más importante, el dirigente que entendió que en la aritmética política los números nunca cuentan igual. Ha dado pasos adelante, atrás y hacia los lados, según observó el devenir de las relaciones de fuerzas y de las debilidades. Su objetivo de transformación –eso que aquí llamamos el “partido en sentido histórico”– no lo ha encerrado en principios abstractos. Sino que asumió la tarea de construir y conquistar mayorías, con flexibilidad y respeto de líneas generales. Su triunfo es, sin duda, el de una parte significativa de la sociedad, la del pueblo constituido como determinante de la configuración del orden socio-político.