Gritamos Cuauhtémoc y ahora podemos escribirlo
Jaime Ortega
Escribió Manuel Marcué Pardiñas, el legendario editor de la revista Política y preso político en 1967, que la carrera política de Cuauhtémoc Cárdenas empezó cuando el pueblo dejó de gritar «¡Cárdenas!» y comenzó a corear «¡Cuauhtémoc!». Dejo estas notas porque abrevan en la memoria de un tiempo político que es, a la vez, individual y colectivo.
Pero, como en todo ejercicio de memoria, hay traiciones y olvidos. Ahora no sé si era 1994 o 1997, pero a casa de mi medio hermano llegó un periódico, La fuerza del sol, que anunciaba el cierre de campaña en el Zócalo. Cuando vi aquello, me entusiasmé y le pedí a mi papá que me llevara. Él, un economista marxista con pasado maoísta, descreído de las elecciones (murió sin credencial para votar), lo hizo. Nos llevó a mi medio hermano y a mí a un Zócalo abarrotado, con banderas amarillas y miles de personas. Recuerdo haber escuchado al ingeniero Cárdenas ahí: bautizo de fuego. El corazón está a la izquierda y lo popular es la categoría fundante de cualquier política contemporánea.
La frase era «Democracia ya, patria para todos». Solo hoy la entiendo mejor y me parece una gran síntesis de lo nacional-popular: no hay soberanía nacional sin soberanía popular. O, para decirlo sin conceptos: no hay independencia ni dignidad de un país sin una democracia lo suficientemente extendida como para acabar con la oligarquía. Patria es revolución. No hay tercera vía ni socialdemocracia posible.
Unos años después, aún sin poder votar, acudí a dos mítines más. Uno fue el de Ciudad Universitaria, en 2000. Aquello era ya un ritual en las campañas del ingeniero, una demostración de que un sector ilustrado lo apoyaba. En el templete estaba Jorge Carrión, quien había formado parte del viejo grupo Estrategia. Hoy me sorprende que la militancia cuatrotera desconozca la profunda y bella historia que conecta al cardenismo con el socialismo en sus distintas variantes y que, con ello, olvide a figuras como Carrión, Fernando Carmona o Narciso Bassols. Aquel fue un mitin frustrado. Todavía con fuerza, el CGH lo boicoteó. Aquella huelga plebeya tenía tintes irracionales, fantasiosos y extremadamente sectarios. No se puede culpar a los desheredados de su desheredamiento, pero sí de su incapacidad para mirar la profundidad y diversidad de la política.
El otro fue durante una visita de Cárdenas a Nezahualcóyotl. Neza fue uno de los pocos lugares donde el ingeniero triunfó en 2000. En mi ignorancia, no alcanzaba a comprender por qué se daba el triunfo a Fox si en las casillas de Neza, en todas, el ingeniero se imponía. Tardé un poco en dimensionar la cuestión de clase detrás de este fenómeno. Casi al concluir la campaña, «robé» un pendón con la cara de Cárdenas y los colores de la alianza, que incluía a los viejos excristeros del Partido Alianza Social, al Partido del Trabajo y al Partido de la Sociedad Nacionalista.
Volví a tener noticias del ingeniero Cárdenas durante mis estudios de licenciatura en Ciencia Política en la UAM-I. Fue mi profesor Telésforo Nava, un cercano colaborador suyo. Fue Telésforo quien me habló de cómo Cárdenas le gritaba a Bartlett en tono de orden. Por eso, las fantasías sobre el poblano como artífice del fraude hablan más de la ignorancia de los comentaristas que de la realidad. Cárdenas tenía un linaje al que Bartlett no llegaba. Eso explica su reconciliación en 2003. El poblano, pese a todo, es uno de esos nacionalistas de los que desearíamos tener más.
En esos años, los del colectivo «Tiempos Modernos» en Filosofía y Letras, comenzamos a dejar de mirar únicamente la experiencia venezolana, que nos había cautivado en exceso, y elucubramos distintas maneras de intervención. Intentamos llevar a Cárdenas a Filosofía en 2005, con el pretexto de presentar el libro Un México para todos. Lo intentamos, pero no lo logramos.
Vi por última vez al ingeniero en persona durante una marcha en 2014. Recién ocurrido el crimen de Ayotzinapa, una pequeñísima manifestación demandó claridad frente a una información entonces nebulosa. Ahí, para sorpresa del sector más ultra, que era casi toda la marcha, se hizo presente el ingeniero. Marchó discretamente, junto a Adolfo Gilly, hasta que uno o varios manifestantes lo agredieron. La irracionalidad de la ultraizquierda, siempre al margen de las mayorías, siempre incapaz de comprender la dimensión profunda de la realidad, condujo a esa situación. Cárdenas y Gilly salieron ensangrentados. No había ningún tipo de protección para ellos; estaban ahí ejerciendo su derecho a manifestar su preocupación.
En 2025, tras publicar La raíz nacional-popular, me propuse escribir algo sobre 1988. Me sorprendió el vacío bibliográfico sobre aquel año, así como su poca o nula presencia, y la de aquel liderazgo, en la cultura de masas. Revisé a fondo las discusiones de la izquierda, pues, en distintos momentos, diversas personalidades políticas habían comentado el impacto de aquel año: «Llegó Cárdenas y nos barrió». Me fascinó cómo el alma plebeya del pueblo, tras un líder que era historia y mito, pudo reorganizar el cosmos de las izquierdas. La valoración de aquello no me interesa tanto como el hecho de que sucediera.
Revisé también la «literatura de campaña» que eclosionó en 1988. Descubrí, leyendo periódicos como 6 de Julio o Motivos, que la izquierda impulsó como nadie la idea de transición a la democracia: esta era entendida como una soberanía popular que respaldara la soberanía nacional. Tras seguir documentos y discusiones cotidianas, puedo decir, sin ningún matiz, que Roger Bartra y Enrique Krauze mienten en sus columnas sobre la muerte de Cárdenas. No entienden nada porque solo ratifican sus prejuicios.
El libro, cuya edición física está próxima a aparecer, ha sido referido amablemente en Masiosare, tanto por José Luis Lezama y Elisa Godínez como por Karla Motte. Estoy orgulloso de ese libro, pese a las erratas normales. Creo que es una contribución académica y política. No hay nada parecido en el «mercado» en este momento. Es resultado de un trabajo profundo con fuentes diversas, plantea hipótesis y ofrece una revisión detallada. También tiene defectos, múltiples. Pero es un libro que se gestó para contribuir a fortalecer el proceso de transformación, y haber podido escribirlo es algo que considero un honor y un privilegio. Ojalá sirva a las nuevas generaciones.
Para descargar el libro: