No hemos hecho nada
Orlando Sánchez
La vida los trajo entre empujones y tropiezos. Los arrastró de mala gana, como a esos restos de maleza que la lluvia recia empuja por las trochas del campo, pero que, de uno u otro modo, no se quedan atorados en la maraña de arbustos o apretados en el barro, sino que siguen dando tumbos hasta llegar a algún lugar.
Así habían llegado ellos y así seguirían, sin certezas ni horizontes, llenitos de ausencia por todos lados, pero empujados por lo mismo: el inconformismo.
Nadie sabía de dónde venían ni cuándo habían llegado, pero, dado que aparecieron casi al mismo tiempo, todo el mundo supuso que andaban juntos. Además, así se la pasaban: uno a pocos pasos del otro sin hablarse ni mirarse, como dos sombras sin cuerpo. Tal vez por eso, y dado que de alguna manera había que identificarlos, los apodaron los Gemelos.
Ni siquiera eran familia. Tampoco se conocían. Eran, como tantos otros, unos desconocidos que la fortuna había decidido juntar mientras habitaban en silencio, uno al lado del otro.
Así duraron varios días, desde que se vieron por primera vez en Tenosique cuando lograron agarrarse del tren, hasta unas semanas después cuando los detuvieron del otro lado. Habían llegado por el desierto, como algunos otros, pero, como todos, sin ganas, con el ánimo roído y la esperanza muerta por el calor, la soledad y el desconsuelo.
De manera que, cuando los cogieron, ahí mismo, en la mitad de esa brasa por la que habían caminado tanto, nadie intentó nada, menos ellos, pues nada había que intentar.
—Ángel, ¿vos para dónde te vas? —preguntó la hermana.
—¿Yo? A ningún lado.
—¿Y la mochila?
—¿Cuál mochila?
—La que tenés debajo de la cama.
—No te metás.
—¿Vas a volver?
—Cuando pueda vuelvo. Por vos.
El puñado sumaba unas veinte personas y, aun a la distancia, se notaba que les faltaba todo. Los ojos siempre entrecerrados, las frentes cuarteadas y sudorosas, las manos apretadas en algún lado. En la ropa —vestidos, blusas, camisas, pantalones— llevaban marcadas todas las noches a la intemperie; todos los suelos en los que, de alguna manera, cayeron para encontrar el sueño. Igual, a todos los requisaron.
—All of you, get on —dijo el oficial cuando vio llegar la camioneta blanca.
Ahí mismo todos se levantaron, todos se subieron y a todos se los llevaron.
—¿Adónde nos llevan? —preguntó Hugo, uno de los Gemelos.
—A la hielera —respondió el Torcido, un hombre joven cuya cojera lo había hecho popular desde que apareció corriendo al lado del tren y logró subirse antes que muchos otros.
—¿A la hielera? ¿Y qué es eso?
—Otro infierno.
—¿Y vos cómo lo sabés?
—Ya estuve ahí.
—¿Y ahí ya nos dejarán ir?
—¿Ir adónde? Ahí lo que toca es no rajarse.
—Yo no soy de esos.
—Ya veremos.
La camioneta anduvo otro tanto por ese camino irregular, ondulante y polvoriento antes de alejarse y tomar una carretera pavimentada que los apartaba del desierto. A los niños pronto los venció el sueño. A todos menos a uno: uno que, sentado en el regazo de una mujer, alternaba la mirada entre la inmensidad de la carretera y un muñequito que tenía apretado en una descolorida bolsa de tela. Los adultos, algunos despiertos, buscaban algo con la mirada. Miraban mientras buscaban de dónde agarrarse. Otros venían ya con los ojos apretados. De vez en cuando los abrían, pero los cerraban tan pronto se encontraban con los ojos de otro.
—Karen, esta noche me voy. Te digo a vos para que sepás y no andés con cuentos —dijo Ángel a su hermana.
—¿Y cuándo le decís a mi mamá?
—¿Decirle qué? Si a ella no se le puede decir nada.
—Yo igual le digo.
—Si fueras más grande, hasta te llevaría conmigo.
A través de las ventanas de la camioneta se observaba con claridad cómo el cielo azul se confundía en la distancia con el verde tenue de las montañas más lejanas. Del mismo modo, las chumberas y las jojobas, apostadas de manera regular a lado y lado de la inagotable vía, daban la impresión de estar suspendidas. El único sonido que acompañaba y enrarecía esa simetría natural era el constante paso del aire acondicionado que brotaba en abundancia por las salidas de ventilación.
«Y afuera ese calor que mata hasta los cactus», pensó Ángel mientras el frío empezaba a colarse por las botas del pantalón y las mangas de la camisa.
—Wake up! Everybody off! —La irrupción inesperada tomó por sorpresa a la mayoría, incluso al del muñequito, que no tuvo tiempo de agarrarse y terminó perdiéndose por debajo de los asientos de adelante.
—¿Llegamos?
—Eso parece.
—¿Adónde?
—A saber.
—¿Usted les entiende?
—Algo.
—Yo no.
—Si le preguntan, no diga nada. Aquí nadie nos va a venir a cachimbear.
—Me llamo Ángel, Ángel García. ¿Y usted?
—Dígame Hugo.
Uno a uno se fueron bajando y, ya con los pies en el suelo, la luz del pleno día les colmó los ojos de tal forma que se sintieron ciegos y perdidos.
—Is that your kid? Is that your mom? Who’s with you? Who’s that one there?
Las preguntas iban y venían sin que la mayoría pudiera entender bien qué les preguntaban o qué debían responder.
—You! Come here! You too! You! Next line! —Solo las mamás agarraban fuerte a sus niños y estos se movían detrás de ellas como sombras. Los otros obedecían los gestos y las señales de los oficiales yendo y viniendo según los entendían.
—My brother —respondió Hugo.
—I didn’t ask you. I asked him! —lo reconvinieron.
—He’s my brother —insistió.
—Is he your brother? —preguntó el oficial.
—Yes —asintió Ángel.
—There! —Apuntó el oficial y le señaló la última fila.
—Next!
Pronto hubo tres filas: hombres o mujeres sin niños, mamás o papás con hijos y jóvenes solos.
—You, follow him! —dijo el oficial mientras le indicaba a la primera fila seguir a otro oficial.
Entonces, Hugo tuvo tiempo de buscar la camioneta que los había traído. Ya no estaba. En cambio, pudo reconocer en la distancia la carretera interminable por la que habían llegado. Recorrió con los ojos, de uno a otro lado, tan lejos como se lo permitieron las mallas de alambre, esa extensión infinita por la que iban y venían tantos autos. Todos de colores distintos, todos muy brillantes, todos indiferentes. Luego encaró la gigantesca estructura de ladrillo en la que ya se habían adentrado los primeros. La recorrió de lado a lado un par de veces y, de arriba abajo, otro tanto. Lo hizo hasta convencerse de que no tenía ventanas ni rejas ni nada. Solo unas claraboyas en la parte más alta.
—¡Hugo!, ¿dónde te habías metido, alerito? ¿No te han dicho que te ando buscando? —dijo el Pulgoso, un jornalero que se ganaba la vida haciendo trabajos de albañilería y pintura.
—Sí, por ahí me dijeron —respondió Hugo mientras seguían caminando calle abajo.
—Ah, bueno. ¿Y entonces? Mirá que por ahí me salió una chambita buena, pero toca empezar ya.
—Gracias. Pero va a tocar que le des la chambita a otro.
—¿Cómo que a otro? ¿Y eso? ¿Tenés otra mejor y no me habías dicho?
—Eso no. Me voy.
—¿De dónde? ¿Del barrio?
—De Tegucigalpa. Me voy para la frontera —y señaló con un movimiento de la cabeza a qué se refería.
—¿Y tu hermano?
—Al cipotico se lo encargo a la Virgen.
—¿Y tu mamá?
—Qué mamá ni qué nada. Esa se juntó con un chele y ahí mismo se volvió una esclava.
—Igual, pensalo, Hugo. Para arrancarse también hay que ser bien cabrón.
De uno en uno fueron entrando. Cuando alcanzaron el primer pasillo, ya no había rastro de los que habían ingresado primero. Ni ruido, ni maletas, ni niños. Nada. Parecía como si nunca hubieran llegado. Las luces en el techo acentuaban la infinitud aparente de ese pasillo, mientras cada tanto convergían otros pasillos idénticos, deshabitados y fantasmales. Solo el ruido de sus propios pasos rompía esa afonía mortal, mientras el frío penetraba sus ropas raídas y sin lavar. Muros, cerraduras, rejas y más muros.
—All of you, keep going that way —dijo el oficial mientras abría una puerta apenas visible.
Habían desembocado en una sala en la que las paredes superaban los diez metros. El suelo de color gris y las paredes blancas resaltaban las rejas del centro: unas celdas de gran tamaño que separaban a los recién llegados de acuerdo con los grupos conformados anteriormente. No obstante, a la distancia, las celdas lucían iguales. Hombres y mujeres sentados con la espalda contra la reja, otros de pie en algún lado, mientras otro tanto yacía en el piso.
—¿Por qué hace tanto frío? —preguntó Ángel.
—Por lo mismo que no hay ventanas, ni relojes ni un carajo: para quebrarnos —respondió el Torcido.
—Pero si no hemos hecho nada.
—¿Y eso qué? A nadie le importa.
—¿Y vos de dónde venís?
—Eso tampoco importa.
—Yo vengo de Matagalpa.
—Así viniera de la misma Managua, aquí no somos nada.
Lo poco que les quedaba en las mochilas y las bolsas lo vaciaron en unas canecas a la entrada de las celdas. Los fueron metiendo mientras les pedían sus nombres y el lugar de donde venían, y lo entendieron clarito porque el oficial que ahora les preguntaba sí hablaba español. Todos creyeron que les diría algo más. No fue así. Terminó de preguntarles y se marchó. Luego silencio.
—Pues, Huguito, mijo, ahí sí no le puedo decir —había dicho don Justo, el dueño de la Finca, una tienda que mantenía la esperanza en aquel barrio plagado de calamidades—. Las dos son bien cabronas —continuó—. Ahora, lo que dicen los que han ido y vuelto es que la de Tamaulipas es más chingona. Allá, antes de echárselos, les quitan todo. Incluso llaman a las familias y les hacen reunir el dinero de un rescate que nunca llega. La otra, la de Celaya, es más larga, y dicen que son más los que al final sí cruzan. Pero no crea, las pandillas andan por todas partes.
—Bueno, pero hay que arriesgarse, ¿no?
—Pues, como le digo, mijo, puede que hasta a alguien joven como usted todo le salga bien, pero hay que entrarle con toda. Ya ve que mi jefa solía decir que sin ganas no se llega ni a viejo, y mire que ella pasó de los noventa y pico.
—Pues así ya estuvo. Si puede, don Justo, vea por mi hermano. A lo mejor, algún día hasta puedo mandar por él.
Nadie sabía con certeza cuánto tiempo había pasado desde que los habían entrado. Lo que sí sabían es que los males se acentúan cuando no se hace nada. Tanta quietud, tanto silencio y, sobre todo, tanto frío habían intensificado el maltrato causado por las magulladuras. Algunos habían podido dormir, pero, al despertar, el desconsuelo era mayor.
—¡Por favor, denos algo de comer! ¡Tenemos hambre! ¡Tenemos sed! ¡Necesitamos un baño! ¡Hay niños!
Nada: a los gritos solo los seguía más silencio.
—A ustedes ni se les ocurra decir nada —dijo el Torcido a los Gemelos—. A los que piden los dejan de último. Así que, bien machitos, cabrones.
—Pero hay que hacer algo —repuso Ángel—. ¿O nos tenemos que quedar tan mansitos?
—Ya le dije: aquí no se puede hacer nada. Solo aguantar.
—¿Aguantar qué? —preguntó Ángel de nuevo.
—Todo —respondió Hugo.
—Eso —dijo el Torcido—. Aguanten como machitos, que ya en un rato nos dejarán ir al baño.
Así fue. El oficial que hablaba español se acercó a una de las celdas y pesadamente se armó una fila. De a poco fueron saliendo, uno a la vez, para regresar unos minutos después.
—¡Fórmense! —dijo el oficial cuando llegó a la celda de los Gemelos.
—Oficial, ¿no nos pueden dar agua, algo de comer o unas cobijas para el frío? Aquí la estamos pasando muy mal —preguntó uno de los de la fila.
—Esto no es un hotel —respondió—. Nadie los invitó.
—Pero es que tenemos mucha sed —insistió otra mujer.
—Si tienen mucha sed, tomen agua del inodoro —repuso el oficial.
Todos fueron y volvieron. Todos igual de desanimados, pero ya sin la urgencia del cuerpo que gritaba en silencio. Ahora solo había que seguir esperando, sostenidos por la imagen que se habían hecho del futuro cuando decidieron ir en busca de ese espejismo del que muchos hablaban, pero del que hasta entonces no había rastro. Pero, milagrosamente, aun entre esos vestigios, había quienes todavía creían, quienes seguían a pesar de esa realidad dolorosa e innegable que les caía de todas partes.
—Hey, ¿y vos cómo te llamás? —preguntó Ángel.
—A mí me dicen el Torcido.
—Sí, pero ¿vos cómo te llamás?
—Eso a usted no le importa.
—¿Y de dónde venís vos? —insistió.
—¿Por qué le interesa saber tanto?
—Porque cuando vea a mi hermana le quiero hablar de ustedes.
—¿La tienen acá?
—No. Ella sigue del otro lado, en Matagalpa.
—Ah, sí. Ya recuerdo. ¿Eso es Honduras?
—No, Nicaragua. Pero ¿de dónde venís vos? —volvió a preguntar.
—De Coatetelco, en Morelos.
—¿Y vos también tenés familia allá?
—No. La mía está acá. Mejor dicho, está arriba.
—¿Y por qué no estás con ellos?
—Porque estos chingones se la pasan devolviéndome. Pero no le hace. Ellos me regresan y yo me les vuelvo a cruzar.
—¿Y tiene hijos?
—Pero qué chingón tan preguntón.
—¿Tenés?
—Una chamaquita de cinco.
—Oíme, Torcido, ¿y de aquí qué sigue? —intervino Hugo, quien hasta ese momento solo había escuchado.
—¿Ustedes tienen a alguien aquí a quien puedan llamar?
—¿Cómo llamar? ¿Llamar para qué? —preguntó Ángel.
—Pues parece que nos van a dejar salir. Pero hay que tener a alguien, alguien a quien uno pueda llamar por teléfono y que viva acá y que diga que puede tenerlo a uno mientras lo llaman de una corte.
—¿Qué pasa si uno no tiene a nadie? —inquirió Ángel de nuevo.
—Pues se lo llevó la chingada —repuso el Torcido—, porque ahí mismito lo deportan.
—No se raje, cabrón —interrumpió Hugo—. Tengo a alguien que a lo mejor te da una mano a vos también.
Al fin apareció de nuevo el oficial. Se detuvo frente a la celda en que se encontraban el Torcido y los Gemelos. Sacó una hoja de un sobre y empezó a leer nombres.
—Bueno, chingones —dijo el Torcido—; ahora sí nos tocó. Que Dios me los ayude y ya saben: no se rajen.
Pronto la fila se hizo larga. Otros oficiales acompañaron al que acababa de llamar. Algunas veces, el que habían llamado regresaba; otras, el oficial volvía solo y se llevaba a alguien más.
—Hey, ¿y el Torcido? —inquirió Ángel.
—Se lo llevaron a otra celda. Más bien, agarre este número —dijo Hugo mientras le entregaba un papel—. Cuando le llegue el turno, llame y pregunte por Aníbal, y dígale que está con Hugo Aníbal Fernández en Texas. Cuéntele todo. A lo mejor y de esta también nos salvamos los dos.
—¿Y vos a quién vas a llamar?
—No pregunte bobadas y haga lo que le digo.
Al fin lo llamaron. Caminó con el oficial hasta un cuarto pequeñísimo, con una mesita en la que descansaba un teléfono. A través de una ventanita, otro oficial le acercó un formulario.
—Fill it out!
Ángel completó el formulario y se lo devolvió al oficial a través de la misma ventanita.
—Get the phone and make your call!
Eso hizo. Luego, otro oficial lo llevó a otra celda. Allí había otros que, como él, buscaban en vano algún rostro familiar. Nada. Unas horas después, varios oficiales los guiaban afuera. En la fila eran como cincuenta. El sol, tan abrasador como el del desierto de hacía unos días, lo reanimó como un bálsamo. Los ojos, en cambio, le ardieron. Se obligó a mirar la estructura en la que habían estado. Volvió la cara hacia atrás y le pareció mucho más alta. Caminaron un poco más hasta llegar a un autobús.
—Get on!
Cada uno escuchó su nombre y, sin más, se subieron. Aun por la ventana, Ángel seguía buscando, escudriñando los rostros de unos y otros. Miraba a los que ya estaban con él en el autobús y a los que aún seguían de pie, esperando ser llamados. Finalmente, este se puso en marcha, dejando atrás los ladrillos, las rejas, los alambres y el frío.
Aunque lo intentó varias veces, no pudo dormir. El tiempo se le fue recordando y reconstruyendo a la mamá, a la hermana, a Hugo, al Torcido. Incluso, tenía la imagen del niño en la camioneta el día que llegaron. El recuerdo de los inmigrantes con quienes se había cruzado le causó una pesadez incómoda que le apretó el pecho. Luego de un rato, el llanto se acomodó al fin, primero en espasmos leves e involuntarios, luego, a borbollones. Escondió el rostro en las manos y lloró sin consuelo. El dolor de todo ese tiempo se había descongelado al fin y sintió que no iba a parar de llorar nunca.
Horas después, cuando el autobús se detuvo en la estación de Reynosa, en el estado de Tamaulipas, Ángel decidió que no volvería a casa. Se quedaría en México. Ahorraría lo necesario y lo intentaría varias veces más. Siempre preguntándose por el Torcido, por Hugo. Pensando mucho en su hermana, en su rostro que le parecería ver muchas veces entre los cientos de inmigrantes con quienes se cruzaría durante los otros intentos, antes de que el río —como había hecho con tantos otros— se quedara con su nombre.