García Linera y el Estado

Jaime Ortega

Han pasado ya varios lustros desde que la compilación titulada La potencia plebeya irrumpió en las bibliografías de las y los estudiosos latinoamericanos, mismos que encontraron a un autor cuya obra había quedado ensombrecida por la represión vivida en la Bolivia de finales de siglo. Rápidamente incorporado como una referencia en el arsenal teórico-político de la crítica al neoliberalismo, el nombre de Álvaro García Linera comenzó a circular más y más, como el de alguien que realizaba una función triple, al ser un político y un responsable técnico-administrativa, en ese momento bajo el nombre de Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, pero que dejaba ver, en no pocas ocasiones, sus capacidades como teórico de la política contemporánea.

Por supuesto, el descubrimiento latinoamericano de aquel nombre y su inclusión en bibliográfica implicó también abrevar del personaje. De a poco se fue descubriendo que era un autor-militante, de los que escasearon en el último tercio del siglo XX, cuando el marxismo logró acomodos institucionales en cátedras universitarias; García Linera iba a contracorriente, pues poseía la soltura y firmeza teórica con la experiencia política. Aquel autor-militante había escrito libros cuya difícil circulación había impedido su socialización más amplia por fuera de las fronteras bolivianas. Así, pronto Marx en las extremidades del cuerpo social capitalista, El fantasma insomne, Lenin, obreros y aymaras y Forma-valor, forma comunidad, títulos todos ellos que pronto se hicieron, algunos con mayor fortuna que otros, de reconocimiento.

Después, la pugna política global, regional y estrictamente boliviana dejó a García Linera ya no como el técnico-administrativo, sino como el pensador estratégico, es decir, un militante del proyecto histórico de emancipación y ya no de gobierno o partido en específico. Su incursión en torno a la problemática idea del Estado no fue repentina, ocupó más bien sus energías antes, después y durante su paso por el gobierno. A lo largo de los tres lustros pasados se le leía citando a Pierre Bourdieu, releyendo a Nicos Poulantzas, discutiendo de nuevo a Antonio Gramsci y, también, reinventando a V.I Lenin a partir de sus textos en la NEP. A diferencia de una buena parte del marxismo de la región no dejó ese sello identitario de apropiación contemporánea, sin teñirlo precisamente de un buen conocimiento de la obra de Karl Marx. Sobre esa obra iba y venía, lo trataba con el respeto que el teórico maduro hace: no como individuo infalible, sino como espacio teórico con el cual producir desde una época nueva.

Por ello El concepto de Estado en Marx debe ser considerado un punto de llegada, el producto del trabajo teórico de dos décadas en la línea de combate, pero de acuerdo a las especificidades del tiempo en el que se realiza la intervención práctico-intelectual. El libro es, además, un momento de síntesis de la experiencia práctica, tanto de la derrota revolucionaria previa a 1989, de la emergencia de las alternativas en el siglo XXI y del derrotero de quien problematiza la transición de nuestros días. No se trata de una novedad absoluta, en la medida que ha venido desarrollando las ideas contenidas en él, pero si de una intervención política en un momento de quiebre del paradigma político dominante desde la década de 1980. Su aproximación a Marx y el Estado corresponde tanto a una vena clásica, como al eje central de la discusión de nuestro tiempo, signado por la crisis liberal. Por ello, la necesidad de pensar al Estado e imaginar sus formas de vigencia va de la mano de la crítica de su tendencia monopolizante.

El objetivo específico de esta obra es discutir el Estado, lo cual hace en términos marxistas, es decir, desde perspectivas de lo que el encuadramiento y disciplinamiento académico considera como veredas filosóficas, antropológicas, históricas y políticas. La traza marxista se da, por supuesto en pensar la totalidad del orden social en su dimensión problemática, que considera tanto la forma social y un contenido material específico. Que contempla la “idea” y la materialidad; el entramado relacional y su punto de partida en tanto abstracción. Es decir, que piensa y actúa el Estado desde los ángulos posibles: con él, contra él y más allá de él.

A diferencia de otras teorizaciones, AGL no parte de escindir lo económico de lo político. En ese sentido su lectura de Marx no descansa exclusivamente en los “textos políticos” diferenciados de los “económicos”. Antes bien, establece la correlación necesaria entre las formas abstractas mercantiles de la dimensión del valor con la comunidad estatal. Porque no hay comunidad estatal sin comunidad económica, es decir, no hay vínculo político sin un vínculo que conecte los trabajos de manera abstracta. Estado y valor se necesitan tanto como pueden repelerse. Esto lo aleja de los interminables debates sobre el “derivacionismo”, donde capta, muy bien, una vieja tradición de la intelectualidad marxistas de colocarse por encima y más allá de la realidad.

El Estado es comunidad, vínculo universal, que, a diferencia de la economía, puede gestarse como acto vinculante, obligatorio, pero al tiempo, incapaz de interferir y modificar en lo esencial de la forma de valor. Es este el elemento clave para comprender la dimensión revolucionaria: el Estado es necesario porque la forma política de la comunidad, expresada en cierta universalidad ideal, pero es incapaz por su fisonomía propia de modificar a la comunidad económica de la forma de valor. No hay proceso de nacionalización o de expropiación que revierta, de hecho, la manera en que los seres humanos han organizado el acto productivo a través de intercambios abstractos.

Por ello, la obra de AGL resulta clave, al considerar el aspecto común del Estado y su dimensión monopólica en la gestión. En resumidas cuentas, nos entrega un diagnóstico del escenario en el que nos debemos de mover, pues la gesta vasalla de las derechas contemporáneas buscaran anular su dimensión común en favor de la dimensión monopólica, cosa que debe ser revertida como parte del ejercicio de las izquierdas.

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