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Estudiantes de derecha, vanguardia de la reacción (I)

Ismael Hernández

Siento comunicarte que no pienso acariciarte los oídos con elogios de la juventud: que si es generosa, que si es idealista, que si detesta los uniformes y la violencia. A cambio, tampoco te daré la barrila diciendo que los jóvenes de ahora ya no son como los de mi época, que han perdido el afán de cambiar el mundo y que sólo piensan en colocarse bien y ganar dinero. Entre los jóvenes hay de todo: los SS nazis que vigilaban los campos de concentración de Auswitz y Buchenwald solían tener dieciocho o diecinueve años; también eran de esa edad los que se enfrentaron a los tanques del gobierno chino pidiendo libertad en la plaza de Tiananmen o los que ahora mismo dejan voluntariamente sus casas para irse como cooperantes a los países más desfavorecidos. […] En todo caso, desconfía de quienes siempre tienen a la «juventud» en la boca, sea para elogiarla o para lamentar que haya traicionado su sagrada misión; una de dos: o no conocen a los jóvenes y entonces son bobos, o mienten hipócritamente para sacar algo de ellos y entonces son unos bribones.

Fernando Savater. Política para Amador

El mito del estudiante rebelde

Efectivamente, que los jóvenes y los estudiantes siempre se comprometen con las mejores causas es sólo un mito puesto que muchos son apáticos otros tantos, muy por el contrario, se comprometen con las causas más oscuras y criminales. Es un mito pero su surgimiento y persistencia tienen razones históricas. En el siglo XX, alrededor del legendario año de 1968, en muchos países, entre los que destaca México, la juventud y el estudiantado tomaron la vanguardia de la lucha popular; y desde entonces, han sido asociados a las mejores causas. Sin embargo, no se pusieron a la cabeza la izquierda nacional y mundial solamente por su ser tales sino por razones históricas y sociales particulares que ya han sido expuestas y analizadas por muchos estudiosos, como José Revueltas en el caso de nuestro país. En realidad no hay nada que haga a los jóvenes en sí mismos proclives a un lado u otro del espectro político o moral. Como bien señala Savater, entre los jóvenes hay de todo: sí, eran jóvenes y estudiantes quienes desafiaron al gobierno de Díaz Ordaz, pero también eran jóvenes los Halcones de 1971; eran jóvenes y estudiantes quienes lucharon férreamente por mantener la gratuidad de la educación superior en 1999, pero también eran jóvenes y estudiantes los porros del grupo 3 de marzo que mantenían amedrentada a toda la comunidad; en nuestro actual contexto encontramos jóvenes, casi niños, tanto en la policía comunitaria de Guerrero y en las rondas comunitarias de Cherán, como en los cárteles del narcotráfico.

Conclusión: hay jóvenes y estudiantes tanto de izquierda como de derecha. Un error teórico de la izquierda ha sido no asumir que siempre ha existido un movimiento estudiantil de derecha y catalogarlo simplemente como “grupos porriles”, lo cual dificulta su estudio y su comprensión plena. Otro error, ligado al anterior, ha sido el elogio acrítico a los jóvenes y estudiantes, el atribuirles todo tipo de virtudes libertarias pues siempre ha existido ese movimiento estudiantil de derecha, que ahora capitaliza y se apropia de esa aura de bondad. Desde una perspectiva marxista lo que debe indagarse es a qué clase social pertenecen los jóvenes y estudiantes y qué intereses de clase defienden; esa debe ser nuestra brújula.

En la década de los sesenta la coyuntura propició que los jóvenes y estudiantes fueran la vanguardia de las luchas revolucionarias en el mundo. Sin embargo, en el siglo XXI la situación económica y social ha provocado lo contrario, que los estudiantes de algunas universidades de élite se constituyan en muchas ocasiones como vanguardia de la reacción contra los gobiernos progresistas de América Latina.[i]

En el siglo XX los movimientos obreros y campesinos conquistaron una serie de derechos entre los que se encuentra la educación universal, pública y gratuita. De manera convergente, el avance tecnológico del propio capitalismo demandaba una mano de obra cada vez más calificada. Ambos factores provocaron que las universidades, que en el siglo XIX eran torres de cristal reservadas para una élite, se masificaran y abrieran sus puertas a los hijos de campesinos, obreros y pequeños comerciantes. Con ese cambio en su composición de clase se transformó su naturaleza, su cultura y su vida cotidiana, las universidades se impregnaron no solamente de los valores y modos de ser de la clase social de la que provenían sus nuevos estudiantes, sino también de sus formas de lucha. La huelga como arma política fue un evidente contagio del movimiento obrero al movimiento estudiantil cuando la universidad abrió sus puertas a los hijos de los proletarios.

Sin embargo, con el neoliberalismo la universidad regresó a la situación del siglo XIX, volvió a ser un lugar reservado para la élite, para los hijos de la burguesía y de los sectores más acomodados de la pequeña burguesía. Las universidades públicas, que en otro tiempo estuvieron abiertas a las masas, poco a poco fueron cerrando sus puertas al pueblo mediante el cobro de cuotas, exámenes de admisión (en nombre de la “calidad académica”) y otros mecanismos excluyentes, de manera que aunque conservaran el nombre y la forma legal de universidades públicas, terminaron siendo cotos de grupúsculos privilegiados. Y adicionalmente, en los años dorados del neoliberalismo cobraron especial relevancia varias universidades privadas. Los hijos de obreros, campesinos y pequeños comerciantes fueron relegados a escuelas técnicas, sin tradición ni condiciones para la lucha política; eso en el supuesto de que lograran llegar a la educación media o superior pues el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de la población provocado por las políticas de ajuste fue el principal mecanismo de exclusión. De sobra está decir que este proceso encontró resistencia y por ello en muchos países no se pudo llevar a su culminación, como es el caso de México y la lucha del Consejo General de Huelga (CGH) en 1999 por la gratuidad en la UNAM. Sin embargo, en términos generales, esta es la situación en América Latina en los primeros años del siglo XXI, cuando arribaron al poder los gobiernos progresistas.

En el siglo XXI, luego de décadas de neoliberalismo, las universidades, tanto públicas como privadas, se volvieron pequeñas torres de marfil habitadas por los jóvenes de la burguesía y pequeña  burguesía acomodada, y son precisamente ellos quienes ven amenazada su posición de privilegio con las medidas redistributivas tomadas por los gobiernos progresistas de la región.

Bolivia

En un esclarecedor artículo sobre las razones profundas del golpe de Estado de 2019 contra Evo Morales, su vicepresidente, Álvaro García Linera, dice que luego de 15 años del proceso de cambio la gráfica con la que se podría representar las diferencias y evolución del ingreso entre los diversos segmentos de la población de su país toma la forma de un elefante. Los más ricos han tenido un aumento notable de sus fortunas, pero también han tenido un aumento notable de sus ingresos quienes pertenecen al segmento más pobre de la población, lo cual se traduce en que millones de personas han salido de la pobreza y muchas de ellas han conformado una nueva clase media, con una historia diferente a la clase media tradicional, con otro lenguaje, otros símbolos, otras costumbres. Por su parte, la clase media tradicional prácticamente se ha estancado, sus condiciones de vida no han mejorado sensiblemente y además, ahora debe competir y compartir sus espacios con la nueva clase media emergente, lo que les parece intolerable.

Ahora citamos en extenso a García Linera:

Esta devaluación de la condición social de la clase media se vuelve tanto más visible si ampliamos la forma de medir los bienes de las clases sociales a otros componentes más allá de los ingresos monetarios y el patrimonio, como el capital social, cultural y simbólico.

Toda sociedad moderna tiene mecanismos formales e informales de regulación de influencias sociales sobre las decisiones estatales. Ya sea para debatir leyes, defender intereses sectoriales, ampliación de derechos, acceso a información relevante, puestos laborales, contratación de obras, créditos, etcétera, los partidos, pero también los lobbys profesionales, los bufetes de abogados y las redes familiares funcionan como herramientas de incidencia sobre acciones estatales. En el caso de Bolivia hasta hace 14 años, los apellidos notables, los vínculos familiares, los círculos de promoción estudiantil, las fraternidades, las amistades de residencia gatillaban una economía de favores en el aparato estatal.

Un apellido siempre ha sido un certificado de honorabilidad y, a falta de ello, el paso por determinados colegios, universidades privadas, lugares de esparcimiento o pertenencia a una logia desempeñaban el resorte de parcial blanqueamiento social.[ii]

El proceso de cambio trastoca estos mecanismos de influencia social y las posiciones que se consideraban “naturales” para cada individuo, con el gobierno de Evo Morales y los movimientos sociales los indios y los pobres en general irrumpen en espacios hasta hace poco reservados para las clase media y alta. No es que la clase media tradicional se haya empobrecido, de hecho ha mejorado un poco, sino que ahora tiene que competir y compartir sus espacios, influencia y estatus con una nueva clase media emergente, india, plebeya y rústica, a la que considera advenediza. Por tanto, dice Linera:

Para la clase media es el declive del individuo frene al colectivo, del buen gusto frente al cholaje que lo envuelve todo y en todas partes. […]

Otras apariencias más cobrizas, otros hábitos e incluso otros lenguajes ahora desplazan lo que siempre consideró un derecho hereditario. Y antes que racionalizar el hecho histórico, prefiere ahogarse en las emociones de una decadencia social inconsulta. El resultado será un estado de resentimiento de clase contra la igualdad que lo irradiará hasta sus hijos y nietos. Por eso su consigna preferida es resistencia. Se trata de resistir la caída del viejo mundo estamental. Y para ello el fascismo es su modo de encostrarse.[iii]

Esta clase media tradicional, que ve con horror cómo se desvanecen los espacios de exclusividad que le daban identidad y estatus, fue la base social del golpe de Estado de 2019, particularmente, los jóvenes, la joven generación de esta clase media decadente:

El que los hijos de esta clase media hayan sido la fuerza de choque de la insurgencia reaccionaria es el grito violento de una nueva generación que ve cómo la herencia del apellido y la piel se desvanece ante la fuerza de la democratización de bienes. Aunque enarbolen banderas de la democracia entendida como voto, en realidad se han sublevado contra la democracia entendida como igualación y distribución de riquezas.[iv]

Debido a su particular herencia colonial, en Bolivia más que en otros países las clases sociales son inseparables de la etnia y el color de piel y se encuentran distribuidas geográficamente; esto es, en el país andino existen ciudades claramente indias y ciudades claramente blancas, como Santa Cruz. Por ello, los fascistas se agruparon sobre todo territorialmente. Pero en otros casos, donde las clases sociales se encuentran disgregadas y mezcladas en el territorio nacional, fueron las universidades el foco de organización de estas clases medias tradicionales en decadencia pues las universidades públicas jibarizadas y las universidades privadas de élite funcionan como reducto de resistencia, como trinchera cultural y política contra el avance de la plebe, que con los gobiernos progresistas, todo lo invade. Tal fue es el caso de Venezuela.

Venezuela

En Venezuela, hasta antes de la crisis provocada por el bloqueo imperialista, también podíamos observar una evolución social como la que describe García Linera en el caso de Bolivia; de hecho, con diversos matices y grados de profundidad, esa parece ser la situación en todos los países con gobiernos progresistas.[v] La gran burguesía aumentó sus ingresos formidablemente montada en la abundancia de petrodólares; por su parte, los segmentos menos favorecidos se beneficiaron ampliamente de la acción gubernamental y, finalmente, las clases medias tradicionales se estancaron. De hecho, inicialmente apoyaron a Chávez pero no por tener ideales revolucionarios sino por sus propios miopes intereses:

El voto de protesta a favor de Chávez [por parte de la clase media en 1998] no se vio acompañado por cambio alguno en la ideología política ni en los valores básicos. Vieron a Chávez como un peldaño para superar su disminuido estatus y, paradójicamente, para refinanciar su estilo de vida “a la Miami” y lograr el acceso de nuevo al mercado consumidor estadounidense.[vi]

Con el neoliberalismo, las clases medias vieron mermadas sus condiciones de vida. Su apuesta era que con el gobierno de Chávez volvieran los años dorados de la “Venezuela saudita”, la de los años setentas. Cuando se dieron cuenta de que no eran la prioridad para el nuevo gobierno, sus expectativas se vieron frustradas y se volcaron hacia la oposición con gran resentimiento. Sin embargo, la derecha en general había sido arrasada por el huracán chavista, todos sus partidos habían colapsado y los políticos tradicionales estaban completamente desprestigiados. Luego del fracaso del golpe de estado del 11 de abril de 2002 contra Hugo Chávez, los más lúcidos opositores comprendieron que solamente una nueva generación de cuadros de derecha podría enfrentar al chavismo, necesitaban caras nuevas, que no cargaran con la responsabilidad del desastre neoliberal ni la corrupción, y se dedicaron con paciencia y cuidado a preparar esa nueva camada de jóvenes cuya propuesta era volver al pasado ya enterrado por la revolución.

En ese mismo año, 2002, el académico y empresario Gustavo Tovar Arroyo creó la Fundación Humano y Libre con el fin de formar a los jóvenes en la defensa de derechos humanos; en realidad, con el fin de preparar los nuevos cuadros que la derecha necesitaba. En 2005 se integró como docente a su alma mater, la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) pero no para cultivar las ciencias y las artes sino para coptar jóvenes estudiantes de las clases altas y formarlos como futuros dirigentes de la oposición. De hecho, desde entonces la UCAB ha sido el semillero de la derecha venezolana y uno de sus think tank más importantes. De esa cantera salieron varios de los dirigentes actuales de la oposición y protagonistas de los repetidos intentos de insurrección contra el gobierno bolivariano: Yon Goicoechea, Freddy Guevara, David Smolansky, Manuela Bolívar y Juan Guaidó.

Tovar es un empresario, académico y poeta con doble nacionalidad, mexicana y venezolana.  A principios de los noventa se mudó a México, donde trabajo para su tío, el empresario michoacano Pablo Arroyo. En el año 2000 regresó a Venezuela y en 2007 se radicó en los Estados Unidos. Tovar Arroyo es el gran lobbysta del movimiento estudiantil de derecha, el gestor de los contactos con personajes de la reacción mundial como Mario Vargas Llosa y Aznar, es el gestor de los recursos económicos y también su principal ideólogo. Podemos considerarlo un destacado exponente del pensamiento de Gene Sharp (a quien cita constantemente), el teórico de los golpes suaves y las revoluciones de colores promocionados por Washington contra sus enemigos. De hecho gestionó que los dirigentes de Otpor, el movimiento juvenil patrocinado por la CIA que derrocó a Milosevic en Serbia en el 2000, impartieran talleres a los estudiantes venezolanos; o dicho sin eufemismos, que los entrenaran en tácticas subversivas y terroristas.  

La primera acción política de estos estudiantes formados, organizados y financiados por Tovar Arroyo fue en 2007, cuando el gobierno bolivariano decidió no renovar la concesión de Radio Caracas Televisión (RCTV), televisora que había puesto su señal al servicio del golpismo y la subversión. Era una ocasión propicia para el debut de los estudiantes de derecha pues se ajustaba al nuevo lenguaje que Tovar Arroyo había confeccionado para ellos, el de la defensa de las libertades civiles. Aunque el Estado tenía todas la facultades legales para no renovar a una empresa privada la concesión sobre un bien público (el espectro radio eléctrico) y aunque dicha televisora no hiciera gala de un periodismo profesional y comprometido con la verdad y el derecho a la información, sino todo lo contrario, aunque fuera claramente un actor político golpista; la negativa a renovar su concesión podía presentarse ante el mundo como un ataque a las sagradas libertades de prensa y expresión, todo muy acorde con la caricatura que desde Washington hacen de los gobiernos socialistas como enemigos de la libertad, y eran precisamente los estudiantes los más propicios para librar la batalla en favor de esas honorables causas.

Los estudiantes formados por Arroyo, es decir, por Sharp –es decir, por la CIA–, salieron a las calles, de manera no muy pacífica, “en defensa de la libertad de prensa y de expresión”. Por supuesto que no lograron impedir la salida del aire de la señal de RCTV pero lograron hacerse visibles y mostrar capacidad de movilización y organización, por fin había aparecido la generación de relevo de la derecha venezolana.

Ese mismo año el comandante Chávez propuso una amplia reforma constitucional encaminada a instaurar el socialismo del siglo XXI, la cual sería sometida a referendo el 2 de diciembre. El principal actor de la campaña de la derecha contra dicha propuesta fue el recién aparecido movimiento estudiantil. Los jóvenes de derecha salieron a manifestarse siguiendo a pie juntillas el guion del golpe blando escrito por Sharp; de hecho copiaron hasta el símbolo de Otpor, una mano blanca, pero en lugar de empuñada, abierta. Las acciones del movimiento estudiantil, tales como sentones, o presentarse frente a oficinas públicas levantando los brazos y abriendo las manos pintadas de blanco o con la boca tapada con cinta adhesiva, más que de auténtica resistencia civil no violenta eran montajes cuidadosamente preparados para los medios de comunicación y para tener repercusión internacional. Finalmente, ganó el “no” a la reforma constitucional con cerca de un punto porcentual de ventaja. Esta derrota electoral, la única que sufrió Chávez en su vida, se explica por diversos factores; uno de ellos es sin lugar a dudas la emergencia del movimiento estudiantil pues “demostró que no solamente podía organizar disturbios sino además congregar y movilizar ciudadanos como fuerza política”. [vii] No es que la derecha venezolana no se haya movilizado antes y masivamente, no es que antes no tuviera base social combativa y resuelta a pelear; pero el movimiento estudiantil le daba un plus ya que

Ya no era la vieja aterrada porque Chávez le iba a quitar su apartamento a su perrito o enviar a sus hijos para Cuba, la que sale a la calle. Ahora se trata de sangre joven y apasionada, aparentemente sin miedo, que se devora con su arrogancia de clase las calles y las pantallas de televisión, gritando ¡libertad de expresión, abajo la dictadura, viva RCTV! Al igual que la “excelencia técnica” que demostraron en los años de la conspiración, en este caso supieron “fabricar”, utilizando con precisión los entramados mediáticos y comunicacionales que su misma posición de privilegios sociales les permitía adquirir y entrelazar, una juventud sinceramente contrarrevolucionaria para quienes lo más libertario y progresista es lo más reaccionario, apátrida y vendido a los intereses de las clases dominantes.[viii]

Luego de su triunfo contra la iniciativa de reforma constitucional, los estudiantes no se lanzaron directamente al derrocamiento de Chávez pues sabían que todavía no tenían la fuerza y todavía debían madurar. Buscaron hacerse un lugar entre los viejos políticos y los viejos partidos en el espectro opositor sobre todo a través del partido Voluntad Popular, entonces liderado por otro joven, pero de la generación inmediatamente anterior, Leopoldo López. Así varios de ellos fueron ganando puestos como asambleístas o alcaldes en las siguientes elecciones regionales. Estaban tomando posiciones para el asalto estratégico al poder, cuya próxima coyuntura eran las elecciones presidenciales de 2012, donde Chávez se jugaría su segunda reelección. Mientras tanto, por supuesto, siguieron con su tarea de desgaste del gobierno revolucionario mediante acciones puntuales pero constantes.

El candidato opositor, Enrique Capriles, perdió frente a Chávez en diciembre de 2012 pero, como es sabido, el Comandante falleció en marzo de 2013. Entonces la oposición pensó que, por fin, podría destruir la revolución; consideraban que sin su dirigente, se derrumbaría de inmediato. En abril de 2013 Capriles, otra vez candidato de la oposición, se enfrentó a Nicolás Maduro, quién ganó con cerca de un punto y medio porcentual de diferencia. Capriles hizo un llamado a sus seguidores a desatar la violencia y desconocer la elección pero no encontró el eco suficiente.

Luego de esta dura prueba, el chavismo se recompuso rápidamente. En las elecciones municipales de diciembre de ese mismo año conquistó 256 alcaldías mientras que la oposición sólo obtuvo 81 del total de 337 en disputa. Luego de estos comicios, sondeos demostraban que si Maduro sería ratificado en su cargo si fuera sometido a referendo revocatorio (mecanismo contemplado en la constitución de 1999 y que fue aplicado a Chávez en 2004, del cual salió no solamente bien librado sino fortalecido). En otras palabras, si se ceñía a la vía legal y electoral, la oposición tendría que sobrellevar el sexenio completo de Maduro y esperar hasta las próximas elecciones presidenciales para aspirar al poder. Eso le pareció intolerable a un sector de la oposición. En la derecha venezolana había (y sigue habiendo) dos tendencias claramente definidas, por un lado la de Capriles, del partido Primero Justicia, que apuesta a salir del chavismo por la vía electoral y está abierta al diálogo y la negociación con el gobierno revolucionario y, por el otro lado la de Leopoldo López, del partido Voluntad Popular, que apuesta por las vías violentas para lograr sus objetivos. Ésta última consideró que en 2013 Capriles había fracasado en arrebatar el poder al chavismo y que ahora seguía su turno, con sus métodos. A diferencia de 2002 ya no contaban con traidores y cómplices dentro de las fuerzas armadas, así que su fuerza de choque fue el movimiento estudiantil, debida y previamente entrenado por la CIA y sus organizaciones fachada, en combate callejero, tácticas subversivas, sabotaje y terrorismo.

La intentona subversiva de Leopoldo López fue bautizada como “La salida” y tuvo como arranque el 23 de enero de 2014. El gobierno bolivariano le dictó una orden de aprehensión a Leopoldo López y éste se entregó para construirse una imagen de mártir de la democracia y proporcionar una bandera y combustible a disturbios aun más violentos, tal como sucedió. La salida trajo el perfeccionamiento de la guarimba, una táctica subversiva consistente en el cierre de calles con todo tipo de objetos y el ataque a edificios públicos y la retirada de los manifestantes en cuanto se presentaban los efectivos de la Guardia Nacional; el movimiento ya la había utilizado en 2007 pero ahora lo hacía de manera más agresiva y en una escala mayor. La oposición no tenía ninguna posibilidad de derrotar a la Guardia Nacional (y mucho menos al ejército y al medio millón de milicianos chavistas, ni a los millones de ciudadanos chavistas dispuestos tomar las armas para defender su revolución); su objetivo no era militar sino político. Bastaba con generar disturbios focalizados en algunos puntos del país pero particularmente fuertes y siempre en presencia de los medios de comunicación para que estos presentaran ante el mundo la imagen de un país hundido en el caos y esto provocara o bien un desgajamiento en las fuerzas armadas que exigiera la renuncia de Maduro, o bien una intervención “humanitaria” por parte de Estados Unidos. Sin embargo, el gobierno resistió.

El plan no funcionó porque no logró la adhesión masiva de otros sectores de la población, el discurso tremendista de Leopoldo López, de que el país se encontraba en decadencia total, no tenía asidero en la realidad. Para lograr sus objetivos, la guarimba necesitaba condiciones propicias, era preciso destruir la economía venezolana y llevar al borde de la desesperación a millones de personas. Así, cuando los estudiantes volvieran a salir a la calle, serían secundados por multitudes hambrientas y el gobierno revolucionario colapsaría. Finalmente, la crisis llegó por una combinación de los errores del propio gobierno revolucionario, por circunstancias externas como la caída de los precios mundiales del petróleo y, lo más importante, por la guerra económica emprendida por el gobierno de Obama, una descarada intención de asfixiar a Venezuela solamente comparable con el bloqueo a Cuba.

Sin embargo, la primera oportunidad que tuvo la oposición de derrotar al chavismo ya en el contexto de la crisis y la guerra económica, fue en el terreno electoral: las elecciones parlamentarias de 2015. En esta ocasión la oposición obtuvo una amplia ventaja y ganó por un holgado margen la mayoría de las diputaciones, casi al punto de poder revertir leyes generales y reformar la constitución. Desde el primer momento la Asamblea Nacional en manos de la oposición declaró la guerra al ejecutivo, en manos de Maduro, y ambos poderes del Estado se desconocieron mutuamente y se enredaron en un largo litigio legal, así que en 2017 nuevamente la oposición se lanzó al tobogán de la insurrección con los estudiantes por delante. Nuevamente la guarimba se hizo presencia pero ahora de manera mucho más violenta, con la clara intención de llevar al país a una guerra civil y, como era parte del guion de Sharp y Tovar Arroyo, provocar acto seguido una intervención “humanitaria” por parte de Estados Unidos y sus aliados. En esta ocasión era aún más notorio que los guarimberos tenían entrenamiento paramilitar, que sus armas caseras no eran producto de la improvisación sino de una preparación cuidadosa y, como en las ocasiones anteriores, contaron con el respaldo de todos los grandes corporativos mediáticos internacionales, que presentaba a estos jóvenes como “héroes de la libertad”. Durante meses la oposición sometió al país a la violencia terrorista, decenas de personas inocentes fueron agredidas o asesinadas brutalmente por los “nobles” estudiantes. Con Leopoldo López en la cárcel la dirigencia del movimiento recayó en algunos de los estudiantes que emergieron en 2007 como Fredy Guevara (en 2015 electo diputado) y David Smolansky (para ese momento, alcalde). La guardia nacional los enfrentaba y las bases chavistas permanecían a la expectativa, preparadas y dispuestas para el enfrentamiento definitivo contra la oposición. Se debe a Nicolás Maduro y su habilidad política que en el país se haya conservado la paz y no se convirtiera en la Siria o la Libia de Sudamérica. Maduro desactivó la guarimba y anuló a la Asamblea Nacional opositora no con la fuerza militar sino con una iniciativa política, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente. Luego de las elecciones para la constituyente, la guarimba se disolvió poco a poco.

Maduro ganó cómodamente las elecciones presidenciales de mayo de 2018 pues enfrentó a una oposición desmoralizada y dividida. La facción más violenta llamó a la abstención y la más proclive a la vía electoral no logró construir una candidatura fuerte. Luego de un fallido atentado contra Maduro con drones cargados de explosivos, parecía que otra vez la oposición se quedaba sin opciones y tendría que resignarse a que el chavismo seguiría en el poder un sexenio más, hasta 2024. La facción más agresiva de la oposición y el imperialismo, ahora con Trump como nuevo César, no podían aceptarlo, así que intentaron, otra vez, provocar una guerra civil en Venezuela, y otra vez la punta de lanza de las acciones violentas y desestabilizadoras fue el movimiento estudiantil.

El 23 de enero de 2019 el presidente de la Asamblea Nacional opositora, otro estudiante que hizo su aparición en 2007, Juan Guaidó, se autoproclamó presidente de Venezuela. De inmediato fue reconocido como tal por una veintena de países, con Estados Unidos a la cabeza. Como en un país no puede haber dos presidentes, las condiciones para una guerra civil estaban dadas. La crisis producto de la guerra económica ya era una dolorosa realidad magnificada por los medios internacionales como crisis humanitaria. La supuesta negativa del gobierno de Maduro para recibir ayuda humanitaria era el pretexto para desconocerlo y colocar a un nuevo presidente que la gestionara efectivamente. La ayuda humanitaria entraría vía Colombia el día 23 de febrero pero en realidad se trataba de un caballo de Troya, de una verdadera invasión de paramilitares colombianos con el fin de abrir una cabeza de playa y tomar el control de una franja del territorio donde pudiera asentar Guaidó su gobierno. Los camiones con la supuesta ayuda humanitaria en realidad contenían insumos para las armas caseras de la guarimba, tal como quedó demostrado luego de que fueran incendiados. En los puentes que comunican colombiana con Venezuela se libró una verdadera batalla entre la guardia nacional bolivariana y el pueblo que la respaldó contra las fuerzas invasoras del paramilitarismo colombiano. Mientras eso sucedía, las fuerzas revolucionarias eran atacadas por la retaguardia por la guarimba que desde entonces ya no estaba compuesta solamente por estudiantes sino que había incorporados a delincuentes comunes de Caracas y otras ciudades. Al mismo tiempo Trump y los más altos funcionarios de su gobierno declaraban que Maduro debía renunciar y exiliarse o su destino sería la muerte. Una invasión estadounidense, fuera directa o por medio de Colombia, era casi segura. Finalmente, la nueva intentona fracasó por la heroica resistencia del pueblo venezolano, porque las fuerzas armadas se mantuvieron cohesionadas y leales a Maduro, y por el respaldo que éste recibió de los gobiernos chino y ruso, particularmente este último proporcionó a Venezuela los más modernos sistemas de misiles tierra aire, lo cual disuadió a Trump de una agresión directa. Sin llegar al dramatismo de la Crisis de Misiles de 1962, la situación de Venezuela de 2019 es lo más parecido que ha sucedido desde entonces.

[i] Con la notable excepción de Chile, donde son la punta de lanza del movimiento progresista que empezó en 2019 y que acaba de conquistar la presidencia con Gabriel Boric, ex dirigente estudiantil.

[ii] https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/02/08/curva-de-elefante-y-clase-media-alvaro-garcia-linera-4864.html

[iii] https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/02/08/curva-de-elefante-y-clase-media-alvaro-garcia-linera-4864.html

[iv] https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/02/08/curva-de-elefante-y-clase-media-alvaro-garcia-linera-4864.html

[v] Cabe anotar que esta situación provocada por los gobiernos progresistas, que si bien los más pobres mejoran su situación, en el otro extremo los más ricos acrecientan sus fortunas en igual o mayor medida que en el periodo neoliberal, pone de manifiesto los limites reformistas de tales proyectos.

[vi] Petras, James y Veltmeyer, Henry (2009). Espejismos de la izquierda en América Latina. México, Lumen. p. 350.

[vii] Duque, José Roberto. Venezuela crónica. Buenos Aires, Tinta Limón, 2020. p. 103.

[viii] Denis, Roland. Las tres repúblicas. México, Redez, 2012. p. 131

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