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El plagiador que hizo de su vida una obra de arte. Rodrigo Núñez A. como lector de Foucault

Carlos Contreras

Durante las últimas semanas del 2022 el escándalo de la tesis plagiada de Yasmín Esquivel inundó las redes sociales, y al menos entre ciertos académicos, así como universitarios, comenzaron los debates sobre lo fácil que es plagiar una tesis en México y titularse. Es evidente que el caso de Esquivel explota en un momento en el que la reacción usa todos los recursos a su alcance para impedir las reformas populares, pues de otra manera nadie se hubiera enterado de su plagio.

Sin embargo, es bien sabido que el caso de Esquivel no es el único, y que en México hay varios casos sonados de plagio, incluso al más alto nivel de instituciones educativas muy respetadas, como la UNAM o el COLMEX por ejemplo. Menciono esto porque es de suma importancia el hacer memoria y recordar uno de los casos más emblemáticos, como lo fue el de Rodrigo Núñez Arancibia, historiador chileno que recibía apoyo del Conacyt, que tenía un alto grado en la UMSNH, pero que un buen día fue descubierto como plagiador, y lo perdió todo, el prestigio, su honor, e incluso el COLMEX le quitó su grado de doctor.

Es un hecho que Núñez actuó mal, no sólo copió textos que otros académicos se habían esforzado en investigar, sino que basó gran parte de su éxito académico en el plagio. No obstante que en estos tiempos posmodernos, en donde la moral se encuentra relativizada, se menosprecia a la razón, llama la atención que la academia de humanidades haga excepciones y condene el plagio como algo grave (que lo es), pero por el otro pareciera estar a favor del relativismo y del nihilismo, lo que demuestra que en realidad las humanidades (y las ciencias sociales) se manejan con un discurso esquizofrénico, pues por un lado parece apreciar la sinrazón, pero por el otro condena a quienes como Núñez les siguen el juego posmoderno.

Si hay un autor demasiado citado en las humanidades es Michel Foucault, y precisamente hay partes del pensamiento de Foucault que nos sirven para entender acciones como las de Núñez y se vuelvan comprensibles. No se trata de defender a Núñez, pues al menos para quien escribe este artículo es indefendible; más bien se trata de mostrar como el modo en el que se maneja la academia de humanidades permite las acciones de Núñez. De hecho, los autores en boga como Foucault y toda la ola de nihilismo y posmodernidad son lo que posibilitaron las acciones de Núñez.

Entre las tesis más sostenidas por Foucault está la del fin del hombre, que aunque la idea ya venía desde el siglo XIX, no obstante, él la llevó hasta sus máximas consecuencias. Y es que si el hombre es apenas una creación reciente, entonces no es necesaria su existencia, por lo que pronto desaparecerá. Pero ¿qué sucede con el autor? La figura de autor ¿también desaparecerá? Pues si la figura de hombre es propia de la modernidad, entonces la de autor también de acuerdo a Foucault:

Cómo se individualizó el autor en una cultura como la nuestra, qué estatuto se le dio, a partir de qué momento, por ejemplo, empezaron a hacerse investigaciones de autenticidad y de atribución, en qué sistema de valoración quedó atrapado, en qué momento se comenzó a contar la vida ya no de los héroes sino de los autores, cómo se instauró esa categoría fundamental de la crítica: «El hombre-y-la obra», todo esto merecería sin duda alguna ser analizado. (Foucault, 1969:5)

No siempre se le ha dado al autor la importancia que tiene en nuestros tiempos modernos, de hecho, muchas obras literarias clásicas carecen de autor. Es decir, si Rodrigo Núñez hubiera hecho sus plagios en ese entonces quizás a nadie le hubiera importado; de hecho, quizás ni sería considerado un plagio lo que hizo. Pero en un momento eso cambió, y se le dio una enorme importancia a quien escribe una obra, tanto de historia, como de literatura o de ciencias naturales. Y es aquí donde Foucault nos aclara que no es lo mismo la persona que el autor:

(…) si descubro que Shakespeare no nació en la casa que hoy se visita, tenemos aquí una modificación que, desde luego, no va a alterar el funcionamiento del nombre de autor; pero si se demostrara que Shakespeare no escribió los Sonetos que pasan por suyos, he aquí un cambio de otro tipo: no deja indiferente el funcionamiento del nombre de autor. (1969:7)

Es decir, un autor se supone es quien escribe un texto, pero hay una diferencia entre ser la persona y ser el autor, pues la persona a pesar de ser un plagiador de textos seguirá siendo la misma persona, pero si se descubre que una persona no escribió realmente un texto, en automático deja de ser el autor, y eso deviene un problema, sobre todo de orden legal, y eso es justo lo que le sucedió a Rodrigo Núñez. Y es aquí donde el análisis de Foucault se torna interesante:

Los textos, los libros, los discursos comenzaron realmente a tener autores (distintos de los personajes míticos, distintos de las grandes figuras sacralizadas y sacralizantes ) en la medida en que podía castigarse al autor, es decir en la medida en que los discursos podían ser transgresivos.(1969: 8)

Es decir, la figura de autor sirve sobre todo para castigar, para sujetar, es una relación de poder en donde hay control sobre el autor de un texto. En este caso Rodrigo Núñez forjó una relación de poder en donde se suponía que era el autor de sus textos, y solo podía evadir la posibilidad de castigo mientras no se descubriera que él no era el autor. Pero se descubrió que no lo era, y ahí fue que se le castigó.

Y es que quien escribe inevitablemente se somete al criterio de otras personas que juzgan sus escritos, si tienen la calidad suficiente, si no la tienen. Tanto las revistas y las casas editoriales tienen poder sobre el autor, lo sujetan, lo controlan, lo juzgan etc. Quien quiere escribir sabe que será criticado, y a partir de sus textos se dirá si es alguien de calidad o no lo es. Pero si se descubre que es un plagiario la sujeción se torna en castigo, y se le exhibe, tal y como sucedió con Rodrigo Núñez. Así pues es un arma de doble filo la escritura, pues en un santiamén acaba con el autor, y deja en la vergüenza a la persona.  

Sin embargo, el propio Foucault aclara que el autor no es necesariamente una sola persona de carne y hueso, sino que: “(…)puede dar lugar a varios ego de manera simultánea, a varias posiciones-sujetos, que pueden ocupar diferentes clases de individuos.”(10-11) ¿No es acaso eso lo que sucedió con Rodrigo Núñez? Todos los autores que él plagió ¿no eran esos egos simultáneos de los que habla Foucault?  Lo que hizo Núñez fue simplemente unir sus trabajos bajo su propia autoría.

Muchas veces hay personas que escriben bajo seudónimos, y no quieren ser reconocidos como los autores de ciertos textos, pues de alguna manera u otra podría ser perjudicial. Pero también existen casos de gente que finge ser autor de algo, pero no lo son, les pagan por fingir. En ambos casos la persona no quiere ser identificada con un texto, por lo que lo cede a otro sujeto. Ninguno es el caso de Rodrigo Núñez, el más bien se asumió como el autor cuando no lo era, y eso fue lo que acabó con su carrera.

Hasta el momento se ha tratado de comprender los plagios de Núñez como propios de una época en la que el autor se asume como propietario de su texto, y que puede ser castigado por no serlo de verdad. Con ello el autor se vuelve blanco del poder y es dominado por éste. Pero además los plagios del ex historiador chileno se pueden comprender desde la filosofía foucaultiana como acciones de resistencia frente a una academia de humanidades y su poder. De hecho considero que de alguna forma u otra éste, con sus plagios, hizo de su vida una obra de arte, que desde la óptica de Foucault es resistencia:  

En los tiempos de la repetición biopolítica, el arte es un mecanismo que nos permite plegar un nuevo afuera en medio de nuestra sociedad de control y sus subjetividades moduladas. Esto lo hace mediante un gesto muy simple, la entrega de sí mismo, el regalo de dar, el regalo de experimentar con la vida con el fin de darle un futuro indeterminado y de contarle una verdad compleja. Lo anterior no es para acelerar formas dadas de subjetivación, sino para situar entre éstas, un mecanismo capaz de trasvalorar la vida como experimentación. Tampoco se trata de poner el arte en la vida, en el sentido de la vanguardia tradicional, sino todo lo contrario, más bien de vivir de tal manera que la vida devenga encarnada en el arte, y así se repita en todas sus diferencias genéticas. (Zepke,2014:111)

Con sus plagios Núñez retó el poder de la academia, así como su pretensión de controlar los discursos, de sujetar a los estudiantes y a los académicos. Al plagiar textos Núñez escogió el camino de la incertidumbre, del caos, de lo dionisiaco, todo con el fin de mostrar la falsedad de una academia que valora más la cantidad que la calidad. Además, Núñez no se pone como un ejemplo a seguir, como un deber ser, sino que se refugió en su subjetividad, y desde ahí actuó contra la academia, él tuvo:  el compromiso cínico y ético de experimentar con los modos de subjetivación y de ofrecernos en la obra de arte ese proceso crítico y genealógico. (2014:112)

Evidentemente que el ex historiador chileno fue un cínico por haber robado los textos de varios de sus colegas, y precisamente eso es algo que la filosofía de Foucault celebra. Con su cinismo creo un dique de contención frente a la academia de historia, se burló de ellos, y mediante eso los exhibió como una institución que no vigila a quien contrata, que no revisa los trabajos publicados, y que incluso puede darle un puesto alto a un plagiador serial.

En su novela El Fin de la Locura, Jorge Volpi nos relata la historia de Aníbal Quevedo, un intelectual mexicano que en Francia conoció a Michel Foucault, y al escribir sobre éste en una revista dice lo siguiente:

(…) yo también he querido oponerme a los poderosos, desafiar las normas, someter mi cuerpo a los estragos del dolor, gozar en medio de las tinieblas, trascender los límites, rozar la lucidez al hundirme en la desmesura de la sinrazón. (…) reconozco que éste ha sido mi camino; no es ni bueno ni malo, pero es el mío, del que ya no me arrepiento y que ya no oculto. (Volpi, 2003: 441)

¿Acaso no podríamos imaginarnos a Rodrigo Núñez diciendo lo mismo? Sí, salvo que Núñez sí se arrepentía de su comportamiento, pero salvo eso, él se opuso a los poderosos de la academia, los retó, sufrió y padeció la locura así como la depresión debido a sus acciones. No se duda que, a pesar de actuar con cinismo, sufrió, pero en eso consiste hacer de la vida una obra de arte, es el precio de desafiar al poder.

En una entrevista posterior a su caída, Núñez afirma que se encontró con un profesor de su alma mater y que éste le: “(…) aconsejó que fuera al psiquiatra y que pidiera disculpas”.( Opazo, T. Zunino, N: 2015) El punto es que Núñez siempre fue consciente de cómo iban a terminar las cosas, pero de todos modos insistió con sus plagios: “Yo sabía que iba a chocar como un tren contra una pared, haciéndome pedazos. Y eso fue lo que pasó”, afirma.(2015)

Además del cinismo, hay en la personalidad de Núñez cierta aura trágica, como de quien sabe que será fusilado, pero no le importa, continúa. Es en ese punto que pareciera que Núñez deseaba su autodestrucción, pero ¿para qué? ¿con qué objetivo? No se puede ignorar cierto instinto de muerte en el ex historiador chileno, al grado de que su vida como obra de arte se fue tornando oscura y depresiva: 

Según él, la mentira se fue convirtiendo en una mochila insoportable. Dice que pasaba el tiempo entre las clases y encerrado en su oficina. Apenas conversaba con sus colegas. Dormía mal, tenía crisis de angustia. “Yo todo esto lo viví solo. Nunca he estado en pareja, tenía pocos amigos. Empecé a ir al psiquiatra y a tomar medicamentos. Me detectaron depresión crónica. Me dedicaba al trabajo, pero estaba perdiendo el juicio”.(2015)

Y es en este punto donde se puede cuestionar, no sólo a Núñez, sino también a Foucault y sus seguidores, pues debe de quedar claro que se puede intentar hacer de la vida una obra de arte para resistir, pero que el poder ahí sigue, vigilando, esperando que se cometa un error para castigar. Núñez era empleado de una universidad, y en ésta operan:

(…) los medios del buen encauzamiento, y (…) mediante la sanción normalizadora, el régimen de premios y castigos, la vigilancia permanente y el examen, la escuela misma es productora de subjetividades.(…) Y la escuela funciona, sigue funcionando, a partir de un microsistema de penalidad, cuyo fin es que todos se asemejen. (Vignale, 2012:322)

Cualquiera puede intentar hacer de su vida una obra de arte, pero el problema es que el poder ahí sigue, pero de eso pareciera que se olvidan los seguidores de Foucault,sino que le pregunten a Núñez, quien hizo de sus plagios una obra de arte, hasta que lo descubrieron y lo castigaron: “Cuando me avisaron, me sentí completamente desnudo. Hay una cuestión de arrepentimiento no menor. Perdí toda mi vida, todo lo que había desarrollado. No hay más”, dice Núñez. 

Pero a pesar de lo que se les critique, los seguidores de Foucault seguirán insistiendo en el hacer de la vida una obra de arte como la respuesta ante el poder:

(…) la necesidad de encontrar formas de subjetivación, que no sean la sola sujeción del individuo al poder. La experiencia de sí mismo es el encuentro entre la sujeción al poder y la subjetivación que por medio de las técnicas de sí hace el sujeto sobre sí mismo. (2012: 322)

El problema de tal postura radica en que no se fijan que al final es el poder, como el del gobierno o el de una universidad, el que se terminan imponiendo, y que quienes con la experiencia de sí mismo pretenden resistir al poder terminan igual que Rodrigo Núñez, solos, deprimidos, y sin honor.

Evidentemente que varios críticos dirían que casos como el de Núñez no ejemplifican lo que es el hacer de la vida una obra de arte, y que quien escribe esto está malinterpretando las cosas, pues en eso no pensaba Foucault cuando trató ese tema. Pero a ellos se les responde que Núñez con sus plagios desafió al poder, actuó de forma cínica, sufrió, casi cae en la locura, hasta que el poder lo descubrió y lo castigó; en eso radica el hacer de la vida una obra de arte, en desafiar al poder y luego terminar de forma terrible. Se puede decir que Núñez fue foucaulteano sin saberlo.

Pienso que la filosofía de Foucault es nihilista, y que inevitablemente guía a la perdición, así como a quienes siguen su ejemplo, como Núñez. Si bien éste exhibió a la universidad, a sus propios colegas así como a sus alumnos, considero que lo que requiere la universidad, y en especial la academia de humanidades (y también la de ciencias sociales) es de una reforma profunda que no sólo evite los plagios, sino que de verdad le sirva a los alumnos, a los profesores, pero sobre todo a la sociedad, de modo que casos como éste no se repitan. Pero mientras la academia siga premiando la cantidad por encima de la calidad es probable que el lamentable caso del ex historiador chileno se repita.

Bibliografía.  

Foucault, M. (1969) ¿Qué es un autor?

Opazo, T. Zunino, N. (2015) Confesiones de un plagiador. Nexos. https://www.nexos.com.mx/?p=25896

Vignale,S .(2012)  “Cuidado de sí y cuidado del otro. Aportes desde M. Foucault para pensar relaciones entre subjetividad y educación”.Contrastes. Revista Internacional de Filosofía, vol. XVII , pp. 307-324.

Volpi, J. (2003) El fin de la locura. México. Seix Barral.

Zepke, S.  FOUCAULT Y EL ARTE: DEL MODERNISMO A LA BIOPOLÍTICA Nómadas (Col), núm. 40, abril, 2014, pp. 100-113 Universidad Central Bogotá, Colombia