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El obrador colectivo

Adrián Velázquez Ramírez

La doctrina del movimiento

¿Tiene el obradorismo una filosofía política que le es propia? La cuestión dista mucho de ser trivial o especulativa. Dar una respuesta afirmativa a esta pregunta significa asumir el compromiso de precisar cuáles son los principios y las premisas que orientan esta filosofía. En otras palabras, significa encarar una pregunta por la identidad, pues inevitablemente termina siendo una conversación sobre aquello que se presume compartido.

Y es precisamente porque se asume como compartida que, de existir, esta filosofía debe encontrarse ya operando. Digámoslo de una vez. Esta filosofía no puede ser el resultado premeditado de una reflexión sin un anclaje real en las bases del movimiento, ni tampoco la creación artificial de un comité especializado, sino que debemos buscarla viva en las propias prácticas, en las discusiones, en la trama histórica del lenguaje empleado y en los rituales de militancia. Y, sobre todo, debemos encontrarla en las demandas que ya enarbola el movimiento.

Desde este punto de vista, la tarea intelectual parece limitarse a la de ensayar proyectos de codificación que muestren la integralidad de esa filosofía implícita en el habitus del movimiento. Se trataría de devolverle al movimiento un retrato hablado de lo que en realidad ya es. Se entiende por qué esta filosofía se parece más a un libro colectivo que hay que aprender a leer que a una invención teórica fabricada en un aula universitaria.

El objetivo de estas líneas es ofrecer algunas coordenadas generales que nos permitan interrogar ese libro vivo del movimiento que es su doctrina.

Por el bien de todos, primero los pobres

¿Por dónde empezar? Casi siempre la respuesta a esta pregunta es: por el principio. Desde su aparición en el espacio público, la consigna “por el bien de todos, primero los pobres” funcionó como santo y seña de una pluralidad de grupos que hicieron de esas palabras un punto de encuentro. La frase se convirtió rápidamente en parte de la mística del movimiento ¿Qué fue lo que encontramos ahí que nos pareció digno de empuñar como bandera?

Analicemos brevemente. El sentido fundamental de la consigna no es sólo que se toma posición por los humildes, sino que plantea que el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases desfavorecidas coincide con el interés de la sociedad como un todo. El progreso de la sociedad se debe medir por su capacidad para garantizar una vida digna a la totalidad de sus grupos, empezando por aquellos que han sido excluidos e ignorados por el sistema. El lema establece por lo tanto un criterio de justicia, una proporción de cómo debe ser la relación entre el todo y las partes.

“Por el bien de todos”, es decir: la sociedad o el pueblo en su conjunto; “primero los pobres”: dentro de ese todos, una parte debe ser prioridad y su mejoramiento de vida es el patrón de medida del progreso del conjunto. ¿Por qué la opción por los pobres coincide con el bien común? ¿Qué es lo que hace que el interés particular de una clase sea al mismo tiempo válido como interés general? Son todas preguntas que debemos de hacernos para aproximarnos al núcleo de esta filosofía.

De este principio de justicia se desprenden las más diversas consecuencias éticas, políticas, jurídicas e institucionales. Es desde este dictum que el gobierno siempre debe ser gobierno socialmente justo, es decir, que tiene como objetivo cuidar la relación entre las partes y el todo velando por el interés de los más desfavorecidos. La orientación de empuje del movimiento debe dirigirse a asegurar las condiciones para que esta mejora se logre y se sostenga en el tiempo, es decir, conseguir darle una expresión institucional que le dé un carácter concreto. Los nuevos derechos constitucionales que obligan socialmente al Estado son tan sólo una de las puntas de este nudo que hay que desenmarañar. 

Fraternidad nacional

¿Por qué lo que le suceda a una clase particular resulta del interés de todos? Una posible respuesta la encontramos en el carácter nacionalista del movimiento. Lo importante aquí es precisar qué es “la nación” desde esta filosofía política. Es falso que la apelación a este singular colectivo sea una reificación xenófoba o producto de un chauvinismo cultural. Para el movimiento, la nación es un conjunto de solidaridades, muy diversas, pero unidas por un lazo social común. La nación es entonces una solidaridad de solidaridades, un grupo de grupos. Lejos de ser la negación de lo diverso es la condición para que lo diverso entre en comunicación, base fundamental de toda praxis política. De la suerte de los humildes depende la suerte de todos porque estamos ya ligados entre sí: su destino es el de todos. Esa ligación es lo que nosotros llamamos nación.

Este mismo reconocimiento de la pertenencia a un todo común (la nación) la podemos encontrar en la base conceptual en los apoyos a la tercera edad y las becas. Un conjunto de dispositivos de justicia social que ya no pasan por la relación salarial sino por el hecho de pertenecer a una comunidad determinada, llamada México. Son derechos y obligaciones que se desprenden de la solidaridad nacional. La pertenencia a un todo debe ser reconocida por las partes, traducida a obligación jurídica y convertida en vector de instituciones.

El Estado es solidaridad organizada

Tal vez el gran legado de esta primera etapa de la transformación sea que se inició el camino para recuperar el Estado y emanciparlo de su servidumbre al poder económico. Sólo con un Estado autónomo del poder económico y con capacidad para actuar eficientemente se puede cumplir con el principio de justicia y buen gobierno. Una tarea titánica y que llevará tiempo pues va desde recuperar la capacidad de regulación en distintos ámbitos de la vida social hasta retomar la rectoría del Estado en la administración de recursos esenciales. La penosa situación de seguridad pública y la crisis de derechos humanos deben situarse como parte de este proceso y sin duda una de las deudas que todavía tenemos.

Reconstruir la autoridad del Estado no significa concederle capacidad para imponer arbitrariamente una voluntad, ni mucho menos la eliminación de contrapesos, sino el reconocimiento de su legitimidad para actuar como esfuerzo colectivo organizado, es decir, como instrumento de una aspiración de justicia socialmente compartida. “Nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho” es la herencia que retumba del juarismo en el movimiento. Para el obradorismo el Estado es solidaridad organizada, es capacidad de acción colectiva, garante de la fraternidad social de la nación y por lo tanto un aspecto central de la política.

La democracia como forma de vida del pueblo

¿Qué papel tiene la democracia en esta secuencia? Si la democracia es algo más que un medio para conseguir los objetivos del movimiento debemos preocuparnos por ofrecer una fundamentación que explique porqué considerarla como un fin en sí mismo. Una posible dirección de respuesta es la que traza un vínculo interno entre nación y democracia.

La democracia es la forma de vida que le corresponde a una nación en tanto comunidad que ha hecho de la participación en la creación común su único criterio de pertenencia. La democracia es coextensiva a la nación en tanto permite distribuir y organizar el esfuerzo colectivo de todas las partes que participan de lo común. De esta manera, la vida pública democrática es la expresión de una comunidad que trabaja, reflexiona, disputa y exige en común. Los conflictos internos a esta comunidad sólo pueden encontrar una resolución productiva –es decir, sólo pueden convertirse en dínamos de cambio social- si se tramitan de una forma democrática: representar nuestras disputas en el gran escenario de la democracia es también socializarlas, conectarlas a efectos concretos y dilucidar sobre soluciones. Desde este punto de vista la democracia es la nación organizada políticamente y su concreción real debe ser una aspiración central del movimiento.

Para cerrar

Vayan estas líneas con el único objetivo de promover el debate sobre la filosofía política del obradorismo. En este sentido, los tópicos sólo aspiran a establecer algunas coordenadas generales de una conversación necesariamente colectiva.