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El cemento y la flor

Luciana Salazar Plata

Cuando se piensa en Haití, además de evocar una isla del mar Caribe, se piensa en un país pobre y azotado por los desastres naturales y sangrado por la dictadura duvalierista.

Haití es el país más empobrecido de América Latina y el Caribe, es la deuda que el colonialismo francés le impuso por haberse sublevado, por haber roto las cadenas de la esclavitud y  por haber establecido la primera República Negra en el mundo.

Así como un terremoto que convulsiona la tierra, así entró Haití a la cronología del siglo XIX, como referencia insurreccional en la región. Casi un siglo más tarde, otro terremoto azotaría la isla, esta vez los medios de comunicación se encargarían de continuar con la imagen de un país pobre, olvidando las causas de su empobrecimiento. El cerco mediático que se presentó del pueblo haitiano, dista mucho de lo que describe Dany Laferrière[1] en su libro Tout bouge autour de moi. La llegada de nuestro narrador responde al encuentro de escritores que tendría lugar en Port-au-Prince, la literatura estaba en el aire, reemplazando el discurso político.

La referencia temporal empieza a las 16:53, vamos siguiendo la narración como un guión de corto-metraje que nos sitúa en un no-espacio. Sacudidos por un sismo de 7.3 grados, los personajes van apareciendo paralelamente a la ruta que el escritor toma para el mismo, entender ça. Eso, que si no lo nombra la gente, tal vez no exista y sea sólo una pesadilla. Más adelante vemos como eso, va tomando forma y personalidad hasta llegar a ser Goudougoudou. Después de 40 sacudidas, Goudougoudou, fue el bautizo popular que recibió el ruido que hacía la tierra al temblar, y así surge el personaje silencioso que recorre el relato  y que pareciera cuestionar la función de su aparición en la isla:

On craignait le vent avec les cyclones, l’eau avec les inondations et voici que la terre elle-même se révèle un adversaire implacable. Que veut Goudougoudou?[2]

Los grandes edificios cayeron con las sacudidas y las humildes casas de teja resistieron, el cemento se derrumbó y la flor resistió. De entre los escombros, surge una posibilidad junto con la naturaleza. La caída física de las instituciones ironizada por la pluma de Laferrière ilustra el sueño de una revolución, de esta posibilidad que puede ser esta catástrofe para construir un país nuevo.

El vacío que dejó la caída de un edificio, o del Caribbean Market, se va llenando ahora de referencias a esos espacios que sigue significando aún en el caos que enfocan las cámaras del sabotaje mediático. Desde otro enfoque, el de aquel que sabe que la vida siempre sigue nos señala la imagen de la “marchande des mangues” sentada en el camino que lleva hacia Pétionville, a la espera de algún comprador. Ante esto, es inevitable pensar en el personaje de los cuentos Compére Lapin,  el cual representa precisamente la cultura de la supervivencia en las islas por medio de la astucia. Leemos la voz en off del escritor que nos termina de erizar ante la escena:

Ces gens sont tellement habitués à chercher la vie dans des conditions difficiles qu’ils porteront l’espérance jusqu’en enfer.[3]

La metaforización de la vida diaria haitiana, sería una definición tentativa para el relato de Laferrière, y me permito decir tentativa, dada la poética de la energía de la gente que se solidarizó y se organizó para compartir lo poco que les quedaba en este escenario descrito también por Alejo Carpentier.

Laferrière responde con sensibilidad y conocimiento de su pueblo, de su origen, narrando la energía increíble que los hombres y las mujeres radiaban digna y valientemente al ayudarse entre ellos. A pesar de la escasez de alimentos, de gasolina, del caos vial, de la falta de atención médica, de la incomunicación, la gente siguió su vida. Esta gente que hizo lo que pudo, entre los cascos azules y el río de organizaciones no gubernamentales que aparecían como salvadores de todos estos pobres. De la misma manera que han aparecido a lo largo de la historia, numerosos rostros de humanidad que sólo disfrazan los eternos intereses capitalistas.

El dolor del pueblo se orienta hacia la espiritualidad, y no con un Dios oficial, cuando ya no queda nada de que agarrarse, sigue la esperanza. Aunque ante este escenario derrumbado hubo también los que trataron de sacar provecho para juzgar lo que el pueblo hizo mal para ser castigados de esta manera. Laferrière escribe sobre este punto : « Les protestants et les catholiques les ont déjà pointés du doigt. Pour ces deux derniers groupes, c’est le diable qui opère. »[4]

Salir de esa etiqueta impuesta por Occidente sobre la maldición que recae en Haití, que pareciera otra vez que algo hizo mal. Mientras que los prêtres du vaodou se contuvieron de lanzar enseguida un juicio, dado que fuera el que fuere, conocen el eco de su palabra en el pueblo. Se puede no creer en el vaudou, pero no se puede ignorar su fuerza.

No podemos dejar de lado, los episodios históricos que ha sufrido el pueblo haitiano. Dentro de una dialéctica de lucha que ha sido fuertemente castigada. Por esta razón, después de los traumas históricos, durante un tiempo, el pueblo y los  intelectuales deciden hacer tabula rasa y otros como en este nuevo episodio, decidieron describir el fenómeno. Si bien el silencio ya fue traumático durante la dictadura, ahora se tiene que decir, hablar, escribir. Es así que la naturaleza y el artista encuentran un diálogo estético para contrarrestar lo que los medios de comunicación transmitieron al mundo.

Cabe recordar que el Indigenismo haitiano, postulado por Jean Price Mars y Jacques Roumain, fue una reacción intelectual y estética a la ocupación estadounidense de 1915. Consistió en la búsqueda de la historia del origen y el desarrollo de la sociedad haitiana para concretar los elementos de la cultura nacional. Tal vez, esta nueva ocupación de organizaciones altruistas catapultada por los medios de comunicación pudieran ser la activación de un nuevo renacimiento cultural haitiano.

Ahora hay otras posibilidades de sanar esas heridas, de borrar estereotipos, es momento de apostar al arte y a la cultura, una vez más. Ante el vacío y desencanto de lo político, lo económico y lo social se ha sublimado hacia la cultura. Recordemos el momento en que Mackandal fue castigado y que sus hermanos también esclavos observan, cómo se salva, transformándose.

Entre las grietas de la historia, surge una conciliación, aquella posibilidad de la reconstrucción. 

Sobre este punto, Laferrière,  nos señala otro punto interesante desde el título de su crónica “L’art nouveau”. Hace preguntas sobre cuál de las disciplinas artísticas se disputará la primera imagen. Lanza otra pregunta sobre la escritura, ¿qué será primero la poesía o la novela? ¿quién será primero? ¿el ya clásico de la literatura haitiana como Frankétienne o un novelista joven? Además este clásico ensayaba un texto sobre un terremoto que azota Haití cuando Goudougoudou se manifestó con toda su fuerza. Laferrière cuestiona también sobre el tono de lo que será escrito. Y de este tono dependerá la censura misma de las obras. Pregunta también sobre ¿quién será el que empiece la censura? ¿El Estado o la Iglesia? Luego, surge la pregunta inevitable sobre la identidad de los artistas, ¿serán los que viven en las islas? ¿los que estaban en la isla? ¿o los que viven fuera? Y si son estos últimos ¿tendrían la legitimidad de hacerlo?

De esta manera, me parece, se hace una mise en abyme, de la búsqueda identitaria que ha servido durante años para cuestionar el movimiento interno y el diaspórico del archipiélago. La cual conforma un corpus de estudio y que es donde precisamente Dany Laferrière vuelve a tomar su lugar para inscribirse en el continuum de la palabra en las letras antillanas.

Esta crónica interna es una crónica histórica de la isla.

[1]Dany Laferrière es un escritor haitiano  nacido en Puerto Príncipe el 13 de abril de 1953. Es criado por su abuela Da, quien figura en muchos de sus relatos así como sus tías. Dado que su padre fue perseguido político por François Duvalier, el famoso Papa Doc, su madre lo envía  a Petit-Goâve, para protegerlo de las represalias de la dictadura. Esta experiencia marca su devenir narrativo que lo lleva desde la adolescencia a escribir en un periódico y que años más tarde lo hace exiliarse de su isla. El asesinato de uno de sus grandes amigos, el periodista Gasner Raymond. En 1976 llega a Montreal, asustado, hambriento, sin dinero a enfrentar el invierno quebequense y la burocracia asistencial en su estatuto de migrante. Todas estas peripecias las narra en sus crónicas impregnadas del aroma e imaginario voudou acompañado de risas, sarcasmos, denuncias y críticas políticas. Después de haber trabajado en diferentes fábricas, la obra que lo lanza a la fama en Montreal, en 1985 es el emblemático libro “Cómo hacer el amor con un negro sin cansarse” que fue llevado a la pantalla grande en 1989  por Jacques Benoit y traducida a varios idiomas. Ha trabajado como cronista y editorialista. Ha vivido en Miami y París donde no ha dejado de analizar, escribir,  reírse y hasta dibujar pero sin olvidarse de las injusticias sociales que azotan continuamente su isla.

[2] Dany Laferrière. Tout bouge autour de moi. Le livre de poche, Paris, 2015, p. 142

[3] Dany Laferrière. Tout bouge autour de moi. Le livre de poche, Paris, 2015, p.32

[4] Ibidem, p. 142

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