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Dostoyevski: el amor al pueblo y la velocidad de la historia

César Martínez (@cesar19_87)*

El pueblo será el salvador de Rusia… la salvación vendrá del pueblo, de su fe, de su humildad. Padres míos, preserven la fe del pueblo. No estoy soñando. Siempre me ha impresionado la enorme dignidad de nuestro gran pueblo.

Stárets Zósimo

Durante sus largos años de lucha de oposición, Andrés Manuel López Obrador dejó perplejos a sus adversarios al hablar de su proyecto para México como una república amorosa fundada sobre el amor al prójimo, el amor a la familia, el amor a la naturaleza, el amor a la patria y el amor a la humanidad citando la Cartilla Moral de Alfonso Reyes. Desde luego hubo quien jamás creyó y quien jamás admitirá dicho planteamiento, ya que el discurso político moderno es un discurso “progre,” cuyo sentido de la historia está puesto en el final y no en el principio: es la idea hegemónica de que la mujer y el hombre vienen al mundo a emanciparse con sus propias fuerzas e intelecto, lo cual rechaza la posibilidad teórica de que ella y él llegan al mundo ya siendo dignos y libres, por el simple hecho de ser personas, independientemente de fenómenos históricos contradictorios como la pobreza y el privilegio.

Paradójicamente o no, fue en la Rusia del siglo XIX, el país más retrasado según los estándares culturales de la Europa moderna, donde esos inmortales de la literatura universal León Tolstói y Fiódor Dostoyevsky lucharon por recuperar a partir de la narrativa la dimensión filosófica/metafísica del poder. En Los Hermanos Karamázov de Dostoyevski, podemos leer una crítica acertada hacia su compatriota Mijaíl Bakunin, pionero del progresismo actual e ídolo de la extrema izquierda, alrededor de las implicaciones de la existencia objetiva de una condición humana definida virtuosamente en términos de libertad, razón y amor: se trata del debate más importante para la intelectualidad rusa de aquella época sobre la inmortalidad del alma humana. “No hay virtud sin inmortalidad,” escribió Dostoyevski.

En un primer momento, la confrontación de ideas entre Dostoyevsky y Bakunin es una discusión acerca de si el pueblo está dotado con la dignidad para ser el protagonista de la historia; y en un segundo momento, acerca de cuál debe ser la velocidad del cambio histórico habiendo reconocido el derecho del pueblo a tomar el destino en sus manos.

“La libertad individual no es, según ellos,” cuestiona Bakunin a quienes él llama idealistas, “una creación, un producto histórico de la sociedad. Pretenden que [la libertad individual] es anterior a toda sociedad, y que todo hombre la trae al nacer, con su alma inmortal, como un don divino” (p.110). Bakunin ataca pues la idea de la inmortalidad del alma definida como la dignidad natural de la persona previa a cualquier interacción social, ya que él la concibe como una mentira manipulada por un poder explotador representado por Dios y el Estado. La inmortalidad del alma que supuestamente nos dignifica por igual, explica Bakunin, contiene una contradicción entre la libertad moral para decidir el carácter de nuestras relaciones con el prójimo y la dependencia material que nos obliga a usarnos los unos a los otros para satisfacer nuestras necesidades biológicas. Así, la inmortalidad del alma se antoja como un mal chiste en un mundo dominado por “el hombre, animal feroz, primo del gorila” en que todos (en grados distintos) explotan a todos.

Para Bakunin, la libertad no es el punto de partida, sino la meta última:

En el sistema de los materialistas, el único natural y lógico, la sociedad, lejos de aminorarla y de limitarla, crea, al contrario, la libertad de los individuos humanos. Es la raíz, el árbol, y la libertad es su fruto. Por consiguiente, en cada época el hombre debe buscar su libertad, no al principio, sino al fin de la historia, y se puede decir que la emancipación real y completa de cada individuo humano es el verdadero, el gran objeto, el fin supremo de la historia (Bakunin, 2009: 118).

Vemos cómo el fin de la historia propuesto por Bakunin es el precursor ideológico tanto del fin de la historia propuesto por el neoliberalismo, como del fin de la historia propuesto por el progresismo contemporáneo en la medida en que la historia es narrada a través de un maniqueísmo entre libertad individual y orden político. A pesar de presumirse materialista, Bakunin huye de cualquier análisis del feudalismo en Rusia, concentrando sus ataques en aquellos pensadores defensores de la soberanía popular: “no caigamos en la ficción liberticida del bien público,” dice él sobre Jean-Jacques Rousseau.

Entonces nosotros tenemos que, en su ideario, Bakunin logra despojar a la política de su dimensión filosófica al desplazar la antigua idea de la humanidad universal (la inmortalidad del alma) en favor de la novedosa idea del progreso histórico sobre la promesa de una libertad personal extendida hasta el infinito. Si hablamos que esto es un logro de Bakunin, es porque en él surge la deshonestidad intelectual que perdura todavía hoy entre los fanáticos del progreso quienes al mismo tiempo son odiadores del pueblo y de la gente humilde.

Efectivamente, Bakunin fue un gran odiador del pueblo al preguntarse y responderse:

¿Cuáles son las causas de esta lentitud desoladora y tan próxima al estancamiento que constituyen, según mi opinión, la mayor desgracia de la humanidad? Esas causas son múltiples. Entre ellas, una de las más considerables, sin duda, es la ignorancia de las masas. Privadas general y sistemáticamente de toda educación científica, gracias a los cuidados paternales de todos los gobiernos y de las clases privilegiadas, que consideran útil mantenerlas el más largo tiempo posible en la ignorancia, en la piedad, en la fe, tres sustantivos que expresan poco más o menos la misma cosa, ignoran igualmente la existencia y el uso de ese instrumento de emancipación intelectual que se llama la crítica, sin la cual no puede haber revolución moral y social completa (Bakuni, 2009: 135).

En contraste a esto, y con esa capacidad extraordinaria de leer a las personas y a sus ideas que únicamente surge del trato directo con el pueblo, Fiódor Dostoyevsky consiguió identificar el atractivo estético de la teoría política de Bakunin –esto es, poner a la libertad como si fuera un acto caprichoso de rebeldía individual– para convertirlo en un personaje literario: Iván Karamázov, cuyas reflexiones sobre la inexistencia del alma inmortal le llevan a concluir que ninguna ley natural obliga al amor a la humanidad, que aun el canibalismo es justificable, y que el egoísmo elevado a grado de perversidad puede llegar a ser algo bello y noble.

Justo como Bakunin quien en ciertos momentos incluso exalta “la causa justa y humana del proletariado”, Iván Karamázov también es capaz de aparentar compasión con las víctimas inocentes de la crueldad humana: Iván cuenta historias terribles de niños siendo torturados por soldados turcos para estremecer a su hermano menor Alekséi. Y es que tanto Bakunin como Ivan Karamázov utilizan la existencia del mal para validar sus propias convicciones individualistas sosteniendo cuán inútil es amar al prójimo y tratar con respeto al pueblo en vista de que, para ellos, el pueblo ignorante es tan débil que no puede ejercer por sí mismo la libertad y encima permite la comisión de atrocidades en su nombre.

Iván precisamente pretende chantajear a Alekséi, seminarista en un monasterio de cristianismo ortodoxo, contándole su ya famoso poema El Gran Inquisidor, en el cual un poderoso líder del Santo Oficio encarcela a Cristo Jesús y en la celda le dice que su muerte en la cruz fue en vano:

Procediste, pues, como si no quisieras a los seres humanos, Tú que viniste a dar la vida por ellos. Aumentaste la libertad humana en vez de confiscarla, y así impusiste para siempre a los espíritus el terror de esta libertad. Deseabas que se te amara libremente, que los hombres te siguieran por su propia voluntad, fascinados. En vez de someterse a las duras leyes de la antigüedad, el hombre tendría desde entonces que discernir libremente el bien y el mal, no teniendo más guía que la de tu imagen, y no previste que al fin rechazaría e, incluso, pondría en duda, tu imagen y tu verdad, abrumado por la tremenda carga de la libertad a escoger (Dostoyevksi: 2016:209).

Aquí, nosotros podemos apreciar un concepto de libertad distinto al de Bakunin: es una libertad que está al inicio y en el centro de la historia; haciendo de la libertad un medio para alcanzar fines más elevados, y no un fin en sí mismo. Si en el concepto del progresismo contemporáneo el fin de la historia es la libertad personal extendida al infinito sin consideraciones ni escrúpulos morales de ninguna índole, en el concepto de Dostoyevski la libertad como capacidad intemporal de discernir el bien y el mal regenera la humanidad universal, extraviada entre las doctrinas de moda usadas para faltarle al respeto al pueblo. Afortunadamente, desde que Alekséi Karamázov nos es presentado como el héroe de la novela en sus primeras páginas, se nos explica que él cree en la virtud: “Apenas se hubo convencido, tras largas reflexiones, de que Dios y la inmortalidad del alma existían, se dijo que quería vivir para alcanzar la inmortalidad.”

Sin embargo, Dostoyevski tuvo el cuidado de abstenerse de narrar la confrontación entre Alekséi e Iván como una lucha de poder por el poder entre un idealista y un materialista, un soñador y un crítico, un ingenuo y un cínico. En realidad, sabemos que Dostoyevski cortó con la misma tijera a ambos personajes cuando leemos que tanto Alekséi como Ivan son jóvenes ávidos de verdades, necesitados de realizaciones inmediatas sin la capacidad de sacrificar varios años de sus hermosas juventudes en el servicio de la verdad. Lo que está de fondo, en otras palabras, es saber quién de los dos logra desarrollar la autoridad moral, la paciencia y la perseverancia de no desfallecer, para sufrir el juicio de la sociedad con la vista puesta en el juicio de la historia.

Por eso Dostoyevski introduce a un personaje moldeado a imagen del Jean-Jacques Rousseau defensor de la soberanía popular tan repudiado por Bakunin; un personaje que profesa una libertad común –más grande que la suma de libertades individuales– hecha posible gracias a un contrato social acordado entre seres nacidos dignos y libres. Es un campeón del pueblo. Se trata del starets Zósimo, quien comprende mejor que nadie cómo el progresismo moderno desde hace 200 años ha reemplazado la consciencia del bien y del mal, esencial para darle peso a la libertad humana, por un egocentrismo disfrazado bajo reivindicaciones políticas y sociales.

Zósimo nos explica:

Según dicen, es muy raro que el criminal extranjero se arrepienta, ya que las doctrinas contemporáneas confirman su idea de que el crimen no es un crimen, sino un simple acto de rebeldía contra un poder que le oprime injustamente. La sociedad lo excluye con una fuerza que se le impone de un modo puramente mecánico, y a esta exclusión añade el odio. Así, por lo menos, se cuenta que ocurre en Europa. Y además de añadir el odio, lo acompaña de la mayor indiferencia y de un olvido absoluto por el destino ulterior del culpable (Dostoyevksi, 2016: 59).

Ya podemos comprender que la fuerza palpitante detrás de Los Hermanos Karamázov, consiste en explorar el maniqueísmo que opone libertad individual contra orden político: Alekséi e Iván han nacido iguales, pero sus profundas diferencias en cuanto a la práctica de la libertad quedan demostradas por sus formas completamente distintas de sentir la experiencia del tiempo. Recordemos que el gran inquisidor de Iván describe la libertad-don universal de discernir el bien y el mal como un peso excesivo, “la tremenda carga”; de modo que Iván opta por la libertad-atributo personal de rebeldía cuando confiesa a Alekséi su incapacidad de amar al prójimo, ufanándose y presumiendo su necesidad de gratificaciones inmediatas. Es exactamente la misma forma de sentir el tiempo exhibida por Bakunin al señalar que la ignorancia de las masas y la bestialidad del pueblo es la causa de la “lentitud desoladora y del estancamiento de la humanidad.” Hallamos, pues, en Iván Karamázov y Mijaíl Bakunin, personificaciones clásicas del pensamiento reaccionario vigente, obsesionado por el fin de la historia y desesperado hasta la violencia por darle velocidad.

Dostoyevski comprende perfectamente que la deshonestidad intelectual de las élites feudales y burguesas está precipitando a la Rusia de aquel tiempo en la decadencia y la corrupción; y resuelve que la salvación solo puede germinar desde la sencillez y simpleza del pueblo ruso en palabras de Zósimo, el gran maestro de Alekséi. Colocando al pueblo como el sujeto digno de la historia, Dostoyevski extiende al máximo posible los límites narrativos del tiempo y del espacio para posibilitar la fe de Alekséi en la inmortalidad del alma humana: él resiste voluntariamente burlas y humillaciones por amor al prójimo, a la familia, a la patria y a la humanidad.

Así, este inmortal ruso de la literatura nos ha heredado un arte cuya honda consciencia política nos advierte que la velocidad es la gran obsesión de los frágiles y los desesperados. Y que quien ama al pueblo sinceramente como el inteligente Alekséi sabe resistir y caminar con el pueblo de la mano respetando su sabiduría y su dignidad. Porque tonto es el que piensa que el pueblo es tonto.

*Maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía:

Bakunin, Mijaíl, Dios y el Estado, Diario Público: 2009.

Dostoyevksi, Fiódor, Los Hermanos Karamázov, Mirlo: 2016.

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