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Dos mitos de la transición o Woldenberg al micrófono

Intervención y Coyuntura

Dos mitos articulan la narrativa de la transición democrática. El primero es aquel que se sustenta en el mágico año de 1968. Se trata del mito clasemediero de la democracia, en la cual, los sectores ilustrados, citadinos y de los sectores medios vencieron al malvado Estado corporativo. En este mito las insurgencias obrerasa y campesinas desaparecen del horizonte de representación. El borrado de la historia que acontece entre 1958 y 1968 es brutal, como lo es en cierta medida la vuelta del mundo sindical en la década de 1970. Poco se ha explorado el conjunto de demandas, movilizaciones, e irrupciones políticas y sociales en un sentido democrático. Como si la democracia solo pudiera venir por avenida Reforma y no desde los abigarrados paisajes de la nación. Ya fueran los campesinos de Mexicali que reclamaron por la contaminación de agua, los ixtleros y candelilleros, los mineros del norte, los insurgentes electorales en lo local que provenían del PCM o del PPS… en la narrativa clase mediera, todos éstos no son sino rémoras de un régimen corporativo, atrasado y demasiado nacionalista. El temor que tienen los transitólogos por la soberanía popular y nacional habla de su entronque discreto –a veces no tanto– con el neoliberalismo.

Al mito clase mediero que coloca en el centro de todo al 68, lo acompaña el de la transición como acuerdo de elites. Bajados los humos de la radicalidad, las elites fueron presionadas por seres puros intachables, técnicos modernos que provenían de las universidades, extranjeras o ellos mismos con algún apellido con esa resonancia. Clase medieros todos, por supuesto. Las instituciones electorales surgieron de ahí, de la cual el INE es la última creatura. Todo a partir de ese acuerdo de elites, arriba, lejos de la calle y la discusión pública. Basta leer a Rolando Cordera o José Woldenberg para entender que ellos entienden la transición como un acuerdo entre pequeños grupos de especialistas. La democracia neoliberalizada, la de los técnicos, acompañó el diseño económico de los expertos económicos.

Finalmente, Woldenberg cerró la marcha anti-AMLO del domingo 13 de noviembre amparado en abstracciones como “la defensa de la democracia”, la presencia del ¿intelectual? ¿profesor? Curiosamente fue una afirmación de aquello que él busca negar. Woldenberg tomó partido, como siempre lo ha hecho. No es un técnico, no es un especialista, es un político.

Woldenberg, sin quererlo o sin saberlo, cumplió la demanda de la reforma política: que los consejeros electorales no se muestren solo como supuestos especialistas, sino que asuman que toman partido. Tarde, pero Woldenberg hizo la campaña que en el acuerdo de elites no tuvo que hacer para llegar a ser presidente del IFE. A nada estamos de que don Pepe nos diga “La transición soy yo”.

La 4T, no sobra decirlo y lo hemos insistido aquí, no es otra cosa que el fin del régimen político de la transición, que se desarrolla en medio de un gran recambio mundial del capitalismo. Al iniciar el fin del neoliberalismo comienza el fin del régimen político que lo sustento y con ello sus representantes entran en un periodo de decadencia. El perfil de este nuevo régimen se moldeará en la recta final del sexenio. No será el desmontaje que hubiéramos deseado quienes apostamos por una política plebeya, pero sin duda no será más el reino de los especialistas y técnicos que han trabajo al servicio del gran capital durante los últimos 40 años. Y eso, es una gran ganancia.  

P.D. Según el portal de transparencia de la UNAM, donde Pepe el apóstol de la democracia gana un poco más de 80 mil pesos (http://www.transparencia.unam.mx/obligaciones). Según el sistema CLASE, de las últimas 20 publicaciones de don Pepe solo una es de investigación (es decir en una revista con evaluación) en el año 2019. Otros 19 textos son ¡en Nexos! Don Pepe no produce académicamente, aunque tiene un sueldo por encima de la gran mayoría de los académicos. Apenas da una clase según el sistema de servicios escolares de Ciencias Políticas. Así, 4 horas a la semana y un texto de OPINION al mes durante años. ¡Tremendo académico!