Bajo el cielo de diamantes
Ana C. Gómez
Algo nace, se prueba y sabe bueno/todo no podía ser desilusión: tiene que haber, Dios sea
loado, una certeza/ sino de bien amar al menos de no amar/ y esto es verdadero luego de la derrota permanente.
Dylan Thomas
Una cama con un colchón de unos diez centímetros de alto sobre el que descansa como faquir, tres bidones de agua -a punto de vaciarse el último- tres sillas, la radio a pilas, una palangana, algunas tazas, platos de distintos tamaños y libros. Poco más, poco menos, la medida exacta para una vida como la de Celso Ramírez
Toca el cuchillo que lleva en el bolsillo de la bombacha de campo. Siempre afilado. Es muy hábil para usarlo, pero pocos lo saben; solo la Delia, su amigo el Lolo Cruz y el dueño.
Celso sonríe al recordar cuando los dos festejan sus destrezas: cae al suelo como él quiere que caiga. La hoja acerada con la velocidad de sus manos es un molino de viento que también puede rozar un cuerpo para amedrentar y sin dejar marcas.
La casa de la estancia está a doscientos metros. Mucha tierra, mucho verde y, sobre todo, mucha agua para mantener ese paraíso. Todos los días, al atardecer, el camión aguatero de la Intendencia de Aminga recorre cinco kilómetros y descarga en los jardines de los Figueroa Walker. Un lugar donde el agua es escasa.
En la parte trasera de la casa están los faisanes, los pavos reales y un espejo de agua artificial rodeado de plantas con cisnes blancos y negros. Los tesoros de Elisa Vernet de Figueroa Walker.
Celso Ramírez conoce la respuesta, pero vuelve otra vez con la pregunta.
–Señor, el agua que uso es cara comprarla en el almacén… -y agrega- ¿Usted no puede darme unos bidones más para aguantar mejor el calor?
Espera con un nudo en el estómago la respuesta del dueño de la palabra; la enésima negativa hiere de muerte la dignidad de Celso. La ve derramarse en los pisos que son espejos.
-Vea hombre, el agua es cara para todos, usted recibe su paga para solventar los gastos. No es la primera vez que se lo digo. Pero un vaso de agua no se le niega a nadie.
A una orden aparece Isidro con un vaso de agua para Celso. Toma despacio el agua fría y su mirada, por segundos, mide la de Adolfo Figueroa. Ambos se conocían bien. Pero Adolfo Figueroa insistía con la imprudencia. Insistía con el olvido de aquel ruego para que pusiera su nombre y la compra de su silencio.
—Es todo por hoy, Ramírez.
—Disculpe señor, buenas tardes.
La cara de Celso está roja y en las sienes sintió dos corazones desbocados. Toca levemente el cuchillo que es una prolongación de la mano y hasta de sus deseos. Está tranquilo como lo está Adolfo Figueroa Walker en las fiestas con amigos.
—Prepare el automóvil Isidro. Salimos con mi esposa en una hora.
—Este cielo debe de ser uno de los más hermosos del mundo -dice Adolfo a su regreso—. Todas las constelaciones parecen juntarse en Aminga.
En el interior hay otras constelaciones por la disposición de cosas que no son celestiales. . Cuentan la historia con cuadros, muebles, platerías, premiaciones, fotos de familia, retratos de felicidad congelada. Alguna cabeza de jabalí y cuernos de ébano son recuerdos de cacerías lejanas y exotismos.
Las cortinas, que apenas dividen la intimidad entre el interior y el exterior de galerías con arcadas, interrumpen el circuito donde la vida transcurre plàcida. Lo “inmutable” es valor y un derecho que se adquiere sin cuestionar los procedimientos. . Esos telones que hacen globos con la brisa, dejan ver otras muertes no menos exóticas que dan cuenta de historias más cercanas: los cuerpos mutilados de los cisnes, los tesoros de Elisa Vernet, desparramados por el pasto.
Las cabezas blancas y negras boyando en el agua de la pileta cada vez más roja. Otros conservan los cuellos largos y golpetean como anguilas sobre el filo de los escalones de la galería. Parecen signos de pregunta en un escenario de horror.
Celso Cruz sonríe con el As de espada secreto en su cabeza. Desde su casa, a doscientos metros del lago artificial, mira un exilio de plumas ascender hacia el cielo. También lo mira Adolfo desde la galería.