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Aduanas ideológicas y aprendices de la revolución: las izquierdas en Nueva York frente a la Cuba revolucionaria

Jaime Ortega

Reseña de: Rojas Rafael, Traductores de utopías: la revolución cubana y la nueva izquierda de Nueva York, México, FCE, 2016

Ha sido Bruno Bosteels quien ha señalado, recientemente, el desencuentro que existe entre América Latina y Marx (Si bien Aricó había apuntalado el proceso inverso hace casi cuatro décadas). Se trata de un conjunto de “lógicas del desencuentro”, según el título que el intelectual de origen belga sugirió para abordar la relación entre Karl Marx y José Martí, en donde explica la inscripción de dichas lógicas en el propio desarrollo de la sociedad capitalista y que lleva a consideraciones diversas sobre la emancipación humana.

Pero aquella lógica no sólo es privativa de los personajes decimonónicos aludidos, la historia de las izquierdas latinoamericanas con las europeas y norteamericanas también podría ser leída en clave de un conjunto de “lógicas del encuentro y del desencuentro”. A ello abona el más reciente título de Rafael Rojas, Traductores de la utopía. La revolución cubana y la nueva izquierda en Nueva York.

El trabajo de Rojas es exhaustivo, documentado y ordenado. Atañe a los distintos conjuntos sociales que se auto denominan de izquierda y nos muestra las formas en que actuaron las lógicas del encuentro y del desencuentro. A pesar de su diversidad, de la infinita posibilidad de matices, en general podemos decir existen estas dos grandes tendencias actuando de manera paralela. Por lógica del encuentro entendemos las posibilidades en que los códigos culturales de una práctica política empalmaban con los sucesos en Cuba: tanto liberales, como socialistas o comunistas, militantes de partidos que afirmaban la negritud o poetas vanguardistas de distintas tendencias que se identificaron en uno u otro punto con el despliegue de la revolución encabezada en aquel momento por Fidel y el Che y otros personajes que poco a poco fueron desapareciendo de la escena pública. Por “lógica del desencuentro” entendemos la manera en que una izquierda capaz de reconocerse en el centro del poder imperial mundial (la ciudad de Nueva York) evaluaba prácticas, tendencias y desplazamientos, intentando eregirse en gran medida en una aduana ideológica que certificaba la validez o invalidez del proceso revolucionario, según sus propias concepciones y escalas de acción. El libro de Rojas es una buena enseñanza de una inscripción del radicalismo de izquierdas a la “americana” (y aquí valdría la pena recordar a Bolívar Echeverría y su concepto de “americanización” de la modernidad como una lógica de totalización del conjunto cultural moderno). Además, el trabajo nos enseña de la pluralidad de voces que fueron interpeladas por los distintos sucesos en la mayor de las Antillas.

Así, el estudio de Rojas nos dice más de la multiplicidad de izquierdas que se congregaban en el espacio público neoyorkino que sobre la revolución cubana, aunque el autor marque constantemente los transcursos de ésta, según los interlocutores convocados en la ciudad norteamericana. Los debates que las izquierdas neoyorkinas vivieron corresponderon a una realidad que no les pertenecía, sobre la que no podían actuar sino tangencialmente y sobre la cual, sin embargo, intuyeron correctamente se jugaba algo muy relevante para el destino del mundo. Las discusiones que atravesaron la vida pública de la ciudad se vieron sobre determinadas en distintos momentos por el acontecimiento cubano: las agendas de discusión se modificaron, los tópicos del debate se vieron afectados y en general, no había manera de eludir los significados reales y posibles de la revolución en la isla del Caribe, ella abría puertas de posibilidades antes cerradas o finalmente clausuraba posibilidades anunciadas. La intensidad del acontecimiento cubano modificaba el panorama inmediato no sólo de quienes combatían en la isla, sino allende sus fronteras. Una tormenta (o en la expresión sartreana un “huracán”) cimbró al espacio público de una de las ciudades más importantes del mundo. El trabajo de Rojas reconstruye, con la minuciosidad del investigador, cada uno de los debates y posibilidades de cruces entre una izquierda plural y diversificada y un proceso que avanzaba sin detenerse a evaluar las consecuencias de todos sus actos, en medio de certidumbres de época, pero también de la contingencia de todo acto político.

Los términos de la “lógica del encuentro” se encuentran muy bien establecidos: todas las izquierdas apoyaron la gesta revolucionaria en contra de una dictadura que había violado la constitución, que era considerada un lastre para la democratización de la región y fomentaba una corrupción generalizada. Todas las izquierdas asintieron la posibilidad de que una nación, ataviada por el neocolonialismo, marchara violenta y triunfantemente a la conquista de su soberanía política. Todas las izquierdas aceptaron que una economía dominada por los monopolios extranjeros podía transformarse de raíz hacia un modelo más diversificado. Es decir, de alguna u otra manera quedaba claro que la revolución suponía una transformación del sentido que ese país había tenido en su estructura política y económica hasta el momento. Aquí, liberal-socialistas, comunistas y en general lo que se entiende en la constelación política de ese país como gente de talante democrático aceptaba, celebraba y difundía como una conquista, aún a pesar de la política del gobierno de su país o francamente en contra de ella. En ese sentido la reconstrucción de las reseñas periodísticas que Rojas hace es bastante elocuente: la izquierda que habitaba los medios de comunicación tuvo un feliz y efímero matrimonio con Dórticos, el Che y finalmente con Fidel. Matrimonio que devino en uno de los peores divorcios con el transcurrir de la radicalización de los cubanos y la cerrazón del gobierno norteamericano en turno.

La lógica del desencuentro sin embargo se encuentra planteada en otro tenor: adquiere dimensiones distintas en la medida en que convoca a actores diversos. Es aquí donde se muestra con mayor claridad no sólo la diversidad ideológica de la izquierda norteamericana, sino además un comportamiento distinto ante los mismos hechos. Las izquierdas liberales claramente se muestran más reacias a ver la raíz múltiple que tiene en su origen la revolución; privilegian el entendimiento de una sola de ellas que interpretaron habría sido traicionada. Aquí es donde se encuentra quizá la mayor dificultad, ya que cada sector de la izquierda “liberal-socialista” interpretó la predominancia de una raíz como más importante que la demás y ante el proceso de radicalización denunció la traición a un supuesto proyecto original. El problema del desencuentro se da cuando el árbol de la revolución creció y esa raíz dejó de ser tan visible: el gran debate se da en buena medida sobre la identidad o no identidad de los primeros esfuerzos de la revolución con respecto a la identificación comunista. La convergencia entre liberación nacional y transición socialista no entró nunca dentro de sus cálculos, aspiraciones y mucho menos en sus deseos. Una cosa era la soberanía nacional y el poner un cierto límite los intereses norteamericanos, otra muy distinta era el plan de nacionalización y buscar diversidad de vínculos, como por ejemplo con la Unión Soviética y después las “democracias populares” de Europa del Este. La “lógica del desencuentro” se centra en la supuesta perversión o traición de la “raíz original”, que sería siempre, por definición, no comunista: de esa diferencia se desprenderá, según el punto de vista desde el que se enuncie, el conjunto de divergencias.

De lo anteriormente expuesto y por cierto interés propio por reconstruir las diversas historizaciones del pensamiento marxista en su relación con las tradiciones de teorización latinaomericanas, que algunos capítulos de la obra de Rojas resultan muy útiles y sugerentes. El capítulo II trata de la obra de Waldo Frank, quien en un primer momento es contratado por el gobierno cubano para escribir un relato, pero cuya obra finalmente no aparecerá en Cuba. La divergencia de Frank es notable, pero no insalvable, la operación del famoso escritor es la de recorrer la historia cubana y vincularla con la norteamericana a partir del tema de la esclavitud. Se sumaba a un avanzado debate sobre la identidad positiva o no identidad de la revolución con el comunismo. Hombre de profundas creencias, para Frank este no es un gran problema y parece aportar una reconciliación ideológica. Rojas señala que a la postre su obra será leída, una vez consumadas novedosas alianzas con el campo socialista, como una justificación de ellas.

Otro capítulo muy relevante para la reconstrucción de los avatares del marxismo y el pensamiento social es el dedicado al papel de la revista Monthly Review, cuyos fundadores Paul Sweezy y Leo Huberman fueron piezas claves de una reconstrucción histórica de la revolución por la vía de la identidad comunista. A medio camino entre la “heterodoxia” y la “ortodoxia”, la revista es un artefacto ideal para observar a una izquierda más preocupada por aprender que por enseñar, comprometida con los procesos y debates que se daban allende las fronteras de norteamérica. Rojas señala con claridad que en 1959 la revolución pasa de “noche” en la publicación, cuyo eje sigue siendo la discusión sobre la cuestión China y los debates que se están generando a partir de ella. Sólo posteriormente aparecerá el tema ganando una amplitud tal que desplaza otras problemáticas y la vuelve central. De todas las discusiones que circularon por la publicación, quizá una donde tuvieron mucha injerencia fue justamente la del debate económico. Si ya en los primeros años de la revolución rusa de 1917 existió un gran debate sobre “la ley del valor”, en Cuba aquel debate también asomaría de manera sobresaliente. El peso de las categorías mercantiles en sociedades de transición, el papel de la planificación y el sector estatal, así como el proceso de nacionalización, abrían puertas para que la revista y sus animadores, reconocidos economistas, participaran abiertamente. Sin duda se trata de un grupo mucho más cercano al momento radical, que no niega que una de las raíces de la revolución fuera de identidad comunista.

Un capítulo más es dedicado a la obra de Wright Mills: se trata sin duda de un aporte sugerente, dado que localiza las coordenadas principales de producción de uno de los mayores intelectuales nortamericanos. El asedio que hace Mills lo coloca en un plano distinto, que él mismo no alcanzo a ver confirmado o negado, pues su temprana muerte impidió la continuación de su trabajo. De tal manera Escucha Yanqui, es sin duda uno de los materiales más ricos para pensar el carácter de la revolución en los primeros años, así como observar su posterior destino. El lugar de Mills sin embargo no es el de ser aduana ideológica, aprobar o desaprobar las acciones de la revolución, sino el de colocarla en el centro del debate, rompiendo el aparato mediático del imperio. Mills, por otra parte realizó un aporte en otro sentido que fue denotar que la raíz de la revolución es efectivamente socialista, aunque no pro-soviética. Este es sin duda un dato muy relevante y quedará marcado en gran parte de los influidos por Mills. El caso de Pablo González Casanova en México es una muestra de ello: el socialismo cubano es uno de tipo distinto, una creación original de un pueblo que se supo defender de las agresiones y que persistió en el empeño a pesar de los avatares.

El trabajo que Rojas presenta está preocupado por las fuentes, los cruces de discursos y la necesidad de volver a pensar el fenómeno cubano multidimensionalmente. Muestra también algunas de sus preocupaciones más recurrentes (como lo ha hecho en muchísimos artículso tanto académicos como periodísticos): por un lado captar la diversidad del espacio político e ideológico pre-revolucionario y de los primeros años (en este caso con respecto a los interlocutores neoyorkinos) por el otro señalar que esa diversidad se vio trastocada en su sentido originario. Es decir, Rojas muestra la necesidad de pensar que la revolución en su conjunto no fue una gran proceso anti-norteamaricano y anti liberal (como lo habría pensado la “historia oficial” posteriormente), pero reduce la diversidad ideológica a la oposición entre las matrices liberales y totalitarios. La segunda, de raigambre comunista, habría comenzado a ser visible a partir de los primeros años de la década de 1960, traicionando una supuesta esencia original  de corte liberal.

El trabajo que ahora reseñamos es sin duda un aporte valioso: muestra las obsesiones de sectores de izquierda, los límites e incluso las ansias iluministas de quienes aspiraban a influir en realidades distantes a las suyas y en contraposición las izquierdas que aprendieron, fueron influenciadas y reformularon posiciones tradicionales a partir del fenómeno cubano. El libro de Rojas enseña que la izquierda norteamericana fue más influida que influyente sobre el proceso latinoamericano. Demarca los debates, las obsesiones y los límites, en una época donde la la transformación del mundo no era una esperanza sino una realidad inmediata. La obra del historiador puede ser leída entonces para quienes se encuentren interesados por la historia de la revolución cubana, pero también es aleccionadora sobre las redes intelectuales, los debates trasnacionales y las influencias por parte de las izquierdas latinoamericanas sobre sus contrapartes del norte global.