Hospital

Ana C. Gómez

Llegar a un hospital enorme, casi vacío un domingo a la tarde, puede ser una secuencia, y sin exagerar, de pequeños dislates. Puertas vidriadas que están cerradas. La cuestión es encontrar la única puerta que permite entrar. En la Guardia, una persona con un chip en la cabeza “Espere un momento”, corrobora que las cosas se desenvuelven por la inmanencia del movimiento. El momento se hace largo. El tiempo de la espera es elástico y se conecta a un estado de ánimo. Viene a mi cabeza el duree de Bergson, aunque es un tema complicado. Me acerco y por segunda vez la persona repite lo mismo. Vuelvo a sentarme; cuento baldosas, miro mis uñas, la punta de mi calzado, miro el teléfono y con mirada vacuna observo el exterior a través de las ventanas hasta que la paciencia se agota. Me pongo de pie como un resorte y en cámara lenta la persona que me atendió pregunta cuál es mi urgencia. Le cuento que voy por un paciente. Me dice que espere, que averiguará sobre la persona que busco. Pasan los minutos. Hace una seña para que me acerque, le doy la hora y el motivo del ingreso. Trato de explicar con la claridad del caso. Toma el teléfono y me catapulta a la espera de la salida de un médico por una de las cinco puertas que están en uno de los pasillos. Espero sentada, atenta a la aparición del médico y uno de ellos sale, pregunto y me dice “ya le averiguo en Internación de la Guardia.” El profesional desaparece. Me visto de “prepo” para ingresar por esa puerta con cartel de “Espere a ser atendido” que hace treinta minutos se abrió y se cerró inmediatamente. La abro. En cada box hay un paciente y dos médicos hablan en voz baja con algunos de los enfermos. No hay urgencias porque no hay apariencia de desbordes. Será, supongo, parte de la anamnesis, un tramo de la secuencia de la búsqueda. Me miran. Doy el nombre de la persona y responden qué no se encuentra en la Guardia, que está en el segundo piso y desconocen el número de la habitación. Si no hubiera entrado por mi cuenta todavía estaría esperando. Tomo el ascensor y no cierra la puerta. Uso el de al lado y cuando funcionan las cosas es asombroso. En el segundo piso camino por un corredor largo con varias puertas de vidrios que conducen a pasillos donde están las habitaciones. El lugar es limpio. Es la hora de la siesta y dos o tres visitantes que veo desde mi posición “panóptica” son puntos oscuros como moscas –perdón, pero es la distancia que existe entre el segundo piso y la planta baja que parece un transatlántico. Es una construcción con una superficie y altura considerables. En un hospital están los pacientes y vos te volvés otro: debes ser paciente. Sigo, camino por el corredor y donde este termina veo un mostrador. No hay nadie. Espero de nuevo. Me pregunto si vale la pena continuar. Si vale la pena que esa persona esté allí, en un cuarto de hospital. “¿Cuál es el límite de dolor que el cuerpo puede soportar?” reflexiono. Lo concreto es que allí debería estar la persona que me informa sobre los internados del piso, pero no está. Por fin aparece mi salvador. Es amable y vuelve el ánimo como quien encuentra el faro guía para avanzar en el océano. Le digo el apellido y dice que no lo tiene registrado. Confirma sus palabras al mostrarme el registro en papel y la posibilidad de constatación con mis propios ojos: no está el apellido de la persona que busco. Empiezo a dudar si no será una broma con un desajuste detrás de otro. Insisto que no puede ser. Insisto que se comunique con la Guardia pues de allí me derivaron a este lugar. Insisto que desde las 15 horas estoy preguntado. Atiende mi insistencia y le confirman que el paciente está en la habitación X. “¿No lo tenían antes?” pienso. “La persona que busca…” el hombre interrumpe la frase. Tengo ganas de apostar a ese número porque una se vuelve fetichista. El guardián me acompaña hasta uno de los ingresos y la puerta- al no ser horario de visitas- está cerrada. Me dice que debo esperar hasta las 17 y son las 15:45. Insisto. Perdí la cuenta de las insistencias y a la habitación me la imagino distante. Me acomete la idea de ceder al flujo de los obstáculos cuando el guardián se aleja o, en la oscilación, desistir y ahuecarme sentada y esperar. Luego regresa con una tarjeta y una mirada de condescendencia. Apoya la tarjeta sobre una tecla que está al lado de la puerta. El portal se abre como el Mar Rojo y es un milagro. Las persistentes peripecias se esfuman. Ingreso rápido y ubico la 203. Me aferro a los barrotes de la cama y me siento náufrago al que le tiran un bote.

 

— ¡Lo que me costó poder encontrarte!”— no pronuncié en voz alta — contame, ¿qué sucedió?

Levanta una mano que parece un pájaro y la deja caer lánguida sobre la cama. Al ver esa caída sospecho que mi raid hospitalario es más corto que la vuelta al perro. La escucho.

Me puse la solera amarilla. El espejo me reflejó linda para la fiesta. No fui en mi automóvil y pedí un taxi. Pensé en el regreso por alguna copa que pudiera tomar y en un eventual control de tránsito. Estuvo animado; cotillón, tragos, baile y sudor. Entre los invitados estaba Marcos. Cuatro años que no lo veía y hablamos por demás. No, nunca se cortó esa conexión entre los dos. Claro que se ofreció a llevarme a mi casa y acepté. Espera, te cuento porque si no entro en detalles no vas a entender nada. Caminamos hacia donde estaba estacionado el automóvil y en un trecho, la calle era pantanosa. No te dije, pero se hizo en la quinta de Mary. Cuando llueve un poco el lugar es intransitable. Para que no se arruinaran mis sandalias de tacos me levantó en sus brazos. Observé a milímetros de distancia su mismo perfil, la misma mandíbula en ángulo recto con el cuello y sentí su fuerza. Nos caímos ¡Que puedo decirte! un desastre al rodar en el barro. El cabello, mi solera, la camisa de él estaban pintadas de lodo y mis sandalias de tiritas, inservibles. Nos empezamos a reír. Reímos sobre el charco marcado con las huellas de las ruedas de los pocos autos que pasaban y que nosotros, en el jolgorio, no veíamos. Con tropiezos pudo erguirse y al querer ayudarme, grité. Eran mis tobillos. Cuando los tocó creo que aullé y vi la transformación de su cara. Habló de máscaras, de corridas por techos, del carnaval de Río, de reuniones en las sierras, de nuevas tribus en Córdoba y de pestes lejanas procedentes de África. Justo en ese lugar inadecuado con efectos de una tormenta de verano me contaba esto. No entendí muy bien. Es verdad, estábamos un poco mareados. No puedo explicarte el efecto que provocó verlo así. Con un gesto nuevo en la boca no era el Marcos de antes –aunque me dieron ganas de zamparle un beso– y un jopo con restos de brillantina de cotillón que le caía sobre la frente. Fue el colmo de mi angustia. Olvidé mi dolor de tobillos porque presentí que lo que estaba a punto de perder era incalculable. A él, segura, y otra cosa más que aún no sabía. Luego comprendí su urgencia por contarme. No fue por soledades, amores y esas yerbas. Quiso ayudarme de verdad, con la flamante tarjeta de presentación de un hombre con el que Marcos, y por prejuicios, no estaba cómodo. Llamó a la ambulancia y aquí estoy. Lo que me molestó de Marcos es la confesión al final de la fiesta. Fue tirar agua al mismo barro sin considerar lo que me faltaba; un resto patógeno cerca de la alcantarilla. A veces pienso que después de la declaración sintió vergüenza y no quiso mirarme de frente. Es mi debate entre las dos posibilidades.

— ¿Quién estaba en la ambulancia además del chofer y la enfermera? — pregunté intrigada siguiendo el gesto de ella hacia el extremo de su cuerpo.

—Solo yo.

La mirada se nubló.

— ¿Cuándo llegaste al hospital?

En sus ojos vi la saña de la lluvia que golpeaba los vidrios de la ventana.

—Hace mucho tiempo, pero no quise avisarte antes.

Las enfermeras pasaban. Se miraban de reojo y anotaban lo que decía. Por momentos se demoraban en cuestiones de atención. Era para escuchar y escribir el parte médico: el relato de un hecho, que sucedió hace más de veinte años, era por demás espontáneo. Pero el diagnóstico de paciente psiquiátrico era un efecto colateral.

 

Corrí la manta que la cubría. Los tobillos eran dos muñones y le faltaba uno de los pies. Oculté el asombro, pero no la indiferencia. Mis ojos iban desde lo que no tenía hacia la cara de ella. Entendí porque mi amiga, tanto en verano como en invierno, calzaba botas de media caña. Por su equilibrio no usaba tacos altos. No pregunté nunca para no ponerla incómoda y hasta supongo que ella lo agradecía.

 

 

 

 

 

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