Antinomias del Gobierno Mediante el Caos: Trump y los Peregrinos de la Nada
Alain Brossat[i]
En la mitología griega, el Caos es el estado primordial que precede a la aparición de los dioses. Un vacío abismal, un no-tiempo originario anterior al florecimiento de la luz, condición necesaria para el surgimiento de la vida. Para evocar el origen de los dioses, es preciso remitirse al Caos (como lo hace la Teogonía de Hesíodo en el siglo VIII a.C.). El Caos antecede a Gea (la Tierra) y a los elementos primigenios: el Cielo, las Tinieblas, la Noche, el Día, la Luz… Es una masa informe e inerte; acaso, un abismo.
En la teología política de Carl Schmitt, el gobierno moderno de los vivos transpone profanamente este relato fundacional. El estado de naturaleza hobbesiano es el Caos griego; el Soberano es el heredero de los dioses que conjura la recaída en la guerra civil. El gobierno (más que el reinado) consiste, ante todo, en la producción de un orden que, si bien siempre es singular en su forma, tiene como premisa irrenunciable la revocación del caos. En las sociedades modernas, las disciplinas y racionalidades foucaultianas ordenan las formas de vida. El caos pervive como aquello que amenaza perpetuamente con resurgir si el gobierno fracasa, revelando el pacto estructural entre el saber y las apuestas del poder.
Para producir orden, el Estado exige el monopolio de la violencia; sin embargo, la violencia está intrínsecamente habitada por el desorden, el peligro y la muerte. Maquiavelo subraya esta paradoja: instaurar un orden duradero requiere de un desorden calculado, destinado a generar efectos de estupefacción o parálisis en los pueblos. De igual manera, la expansión imperial transita por el desorden paroxístico de la guerra para alcanzar una paz más favorable, siendo la paz la figura suprema del orden. Así, una complicidad secreta entrelaza el orden y el desorden, donde este último actúa como un subproducto calculado, un eufemismo o una reactualización parcial del caos originario.
La violencia armada opera como una excepción temporal orientada a forjar un nuevo orden estructural. La terrorífica planificación de la Solución Final, por ejemplo, fue ejecutada por los nazis como una operación obsesiva de ordenamiento y purificación, fundamentada en una racionalidad instrumental minuciosamente articulada. Todo conquistador —desde Napoleón hasta los imperialismos clásicos europeo y estadounidense— ha instrumentalizado el desorden temporal y calculado como estrategia para cimentar un nuevo orden a largo plazo.
Trump, no obstante, marca una ruptura radical: el hilo dialéctico que unía las disrupciones violentas con los objetivos geopolíticos estratégicos se ha quebrado. La ofensiva que lidera la banda de Trump opera como un OVNI político-histórico. Está urdida a base de continuos pasajes intempestivos y voluntariosos al acto, y exabruptos improvisados, muy lejos del cálculo racional de intereses. La política exterior estadounidense se asemeja hoy a un desquiciado boxeo de sombras en un cuadrilátero a oscuras. Cuando la desproporción entre la capacidad de una famigliade corte mafioso para desatar el infierno y la vaguedad de sus verdaderas intenciones se torna tan flagrante, nuestras coordenadas intelectuales tradicionales para pensar la política internacional simplemente se desvanecen.
Somos intuitivamente sensibles a la irrupción de un novum de una extrañeza tan perturbadora que nos deja sin palabras para nombrarlo. Estábamos acostumbrados a mandatarios que defendían cálculos estratégicos legibles y a largo plazo. En la configuración actual, lo que prima no es el cálculo, sino el goce (jouissance): una exhibición hiperviolenta de omnipotencia, catalizada por la Inteligencia Artificial y la connivencia del Pentágono con Silicon Valley. Los gobernantes hacen un espectáculo de su poder decapitando adversarios, sin la menor idea de qué hacer el día después de estas sanguinarias demostraciones de fuerza. Cuando de lo que se trata es de gozar de la capacidad instantánea de producir caos, en lugar de materializar un objetivo que se traduzca en un orden estable, la filosofía política se adentra en terra incognita.
No estamos ante conquistadores o colonizadores ordinarios. Son, fundamentalmente, niños psicóticos que encuentran un placer perverso, abyecto y declaradamente nihilista en sembrar el terror y desatar el caos. Lo que “quieren” escapa a la formulación misma del deseo, puesto que es el caos: la regresión a un punto anterior a cualquier orden posible.
Las primicias de este tránsito —de la estrategia hegemónica al goce derivado de la producción del caos— ya se vislumbraron durante la segunda guerra de Irak. La guerra ya no persigue la simple derrota del enemigo, sino la instauración de un caos generalizado en sus espacios vitales. Se manifiesta como una regresión histórica, un colapso cultural y una tanatopolítica cuyo fin es devastar toda infraestructura vital y minar los cimientos mismos de la existencia poblacional.
La camarilla de Trump hizo escuela, inicialmente, bajo la tutela de los líderes israelíes. La conducta del sionismo hacia los palestinos se ha enfocado menos en reprimir la resistencia que en socavar, de forma implacable, el sustrato mismo de su existencia colectiva. Ejerce un desgaste permanente de una intensidad tal que empuja la vida, sin tregua, hacia los márgenes de una precariedad y supervivencia perpetuas. La Nakba continua es precisamente este proceso ininterrumpido que expone al pueblo palestino a una necropolítica de intensidad variable. Opera como una biopolítica invertida, la gestión de una categoría de vivientes etiquetados como una especie gravosa y superflua, con el propósito de impedirles hallar su lugar entre los pueblos del mundo.
Sin embargo, ya no resulta evidente qué propósitos persigue esta jauría salvaje congregada en torno a Trump, ni a qué obedece esta manufactura de inestabilidad generalizada. La retórica propagandística de exportar la democracia a punta de fusil se vuelve obsoleta cuando se bombardea a quienes se afirma liberar. Esta inestabilidad endémica ha venido a sustituir las prácticas del imperialismo clásico. Lejos de instaurar Estados títeres o imponer intercambios económicos asimétricos, este régimen emula el cambio climático: una caótica sucesión de tifones, sequías y plagas que funge como el modelo insospechado de una superpotencia a la deriva.
La producción del caos como fin en sí mismo revela una alteración profunda en el sentido de la realidad del clan Trump. Nos enfrentamos a una psicosis político-histórica —una amalgama de esquizofrenia y paranoia— donde la realidad es puramente alucinada. Es imperativo distinguir entre los errores de cálculo de los gobernantes del pasado y este pasaje absoluto al plano de lo imaginario. La Operación Barbarroja en 1941 fue un lance de dados de un riesgo infinito, contaminado por la megalomanía hitleriana; con todo, seguía siendo analizable bajo la óptica racional de fines y medios. Hoy no ocurre lo mismo con la administración estadounidense, cuyas intervenciones internacionales se caracterizan por una opacidad absoluta. Un día prometen la liberación del pueblo iraní y, al siguiente, amenazan con reducir su civilización a cenizas[ii].
La política, por definición, se despliega en el ámbito de lo posible. La racionalidad política ordinaria se asienta asumiendo la finitud como su ecosistema. No obstante, desde la óptica de la Casa Blanca de Trump, estas coordenadas parecen haberse evaporado.
Cuesta asimilar que el discurso público de la primera potencia mundial haya mutado en una suerte de delirio, plagado de flagrantes afrentas a la verdad, trivialidades obscenas y bravuconadas de taberna, en lugar de articular intenciones programáticas reales. Cuando se promete transformar Gaza en una Riviera para petromillonarios o comprar Groenlandia, asistimos a la destitución absoluta de la realidad por parte de un potentado que levita en estado de ingravidez. Este régimen hiperpresentista, hecho de intensidades y fotogramas aislados sin concatenación alguna, lo erige como la encarnación patológica de una enfermedad de nuestra época.
Así las cosas, la principal virtud del Secretario de Estado, Marco Rubio, radica en su pericia para zurcir los fragmentos dispersos de la política internacional trumpista. Rubio asegura a la prensa que, tras los vaivenes, subyace un plan de acción milimétricamente calibrad[iii]. Sobra decir que estos destellos de racionalidad estratégica son meras fabricaciones a posteriori. Su labor se reduce a prestar el servicio posventa de una campaña errática, en un intento por encubrir un secreto atroz: la verdadera matriz de esta política es el caos mismo.
Los líderes europeos de 1914 —a quienes los historiadores han tildado célebremente de sonámbulos[iv], fueron arrastrados a la vorágine del conflicto por un encadenamiento de circunstancias, más que por una elección deliberada, espoleados por la ideología estructurada del Estado-nación y un crudo realismo. Trump y su jauría, por el contrario, han desertado por completo del terreno de la ideología. La palabra efímera ha usurpado el lugar del discurso. Es el imperio del hiperpresentismo. Gestionar la política exterior a golpe de tuit ofrece a esta administración una ventaja formidable: constriñe la complejidad geopolítica a una dicotomía esquelética: los buenos (EE. UU.) contra los malos. El drama de esta simplificación radical es que aniquila toda capacidad de anticipación.
El mayor peligro de que los gobernantes pierdan contacto con el suelo de la realidad es que su travesía al otro lado del espejo genera efectos devastadoramente tangibles. Aquello que las masas creen o fantasean es parte constitutiva de la realidad, precisamente porque produce efectos reales. En el caso de los psicóticos políticos del cuño de Trump, la realidad objetiva es una construcción íntegramente fantasiosa. El MAGA deviene una alucinación ideológica en la que el cálculo geopolítico se esfuma, dejando el tablero global a merced de los caprichos volátiles de una superpotencia subsumida en su propio imaginario destructivo.
El concepto de una “estrategia del caos” encierra una tensión insalvable. Toda estrategia exige un fin coherente y la regulación sistémica de la conducta humana. Si gobernar a los vivos es la antítesis del caos, postular que la administración Trump se vale de tal estrategia supone aceptar una hipótesis radical: han claudicado definitivamente en el empeño de hacer del mundo un lugar gobernable.
El vacío dejado por la figura moderna del gobierno es ocupado por la guerra de los mercados. El caos, desalojado por la puerta de la gubernamentalidad biopolítica, se cuela de nuevo por la ventana de la tiranía de los mercados. A medida que los gobernantes mutan en el brazo ejecutivo del mercado, el gobierno de los vivos pasa a garantizar la subordinación absoluta de la vida humana a sus dictados. Las racionalidades clásicas capitulan ante un poder que es, a un tiempo, tiránico, errático y esencialmente ingobernable.
No gobiernan; pretenden reinar. Restauran así una modalidad arcaica de dominación donde la hybris del monarca ocupa el centro del escenario. El despotismo trumpista se moldea a imagen y semejanza del mercado, operando como un monarca absoluto cuya impronta es la imprevisibilidad. En tiempos donde el capital financiero ejerce su soberanía indiscutida, la desmesura del poder político se limita a mimetizar y engalanar la desmesura de los mercados.
Cuando la interpretación estratégica de la realidad es desplazada íntegramente por fantasmagorías, los gobernantes ceden el paso a déspotas cultivados en el estercolero de una democracia representativa en fase terminal. Existe un vínculo inocultable entre este desquiciamiento de la política y el despliegue caótico de la fuerza, entre esos estallidos discontinuos de hiperviolencia y el arrastre de una pulsión de muerte desbocada.
Estos arrebatos de violencia, lejos de evidenciar la omnipotencia imperial, delatan su fragilidad. El amok que esgrime su kris y masacra cuanto halla a su paso es un psicótico que arrastra al mundo a su espiral delirante, impulsado por un aliento mortífero de apariencia incontenible. Condenadas a la repetición incesante, estas embestidas son el síntoma de la huida hacia adelante de una potencia global cuya trayectoria conquistadora y hegemonía languidecen agónicamente.
No hay terapia clínica capaz de sanar esta patología geopolítica; solo una fuerza externa que neutralice sus efectos fácticos puede detenerla. Movido por este impulso furibundo, Trump ha fulminado la diplomacia, reemplazando la negociación articulada por la extorsión, el ultimátum y los alaridos vacuos de victoria.
La diplomacia se sustenta en reconocer la irreductibilidad de la pluralidad y la alteridad. Trump y los suyos, sin embargo, son peregrinos de la nada, militantes fanatizados de lo absoluto y lo unívoco. Son providencialistas de pacotilla y neomesiánicos cuya teología política es el calco geopolítico del evangelismo fundamentalista. En el fondo, la supresión de la diplomacia saca a la luz un síntoma aún más agudo: han desaprendido el arte de la palabra. Su interlocución con el mundo es unidireccional, un remedo del trato que los amos de la antigüedad dispensaban a sus esclavos. El habla genuina exige una interlocución sometida al rigor del reconocimiento mutuo. Las soflamas de Trump operan como una parodia incesante del Verbo divino, donde decir equivale, sin fisuras, a hacer.
En plena era de la inteligencia artificial, las máquinas pueden ser programadas para dialogar, pero carecen de la prerrogativa humana del reconocimiento auténtico o del “ser-para-el-otro”. El verbo de la subespecie trumpista es de matriz maquínica: es radicalmente regresivo precisamente por ser hipermoderno. El único rasgo estructural e indefectiblemente previsible en el discurso de este aparato ejecutivo es su absoluta imprevisibilidad.
La política del caos instrumentada por Trump representa la fase histérica y terminal de la desregulación neoliberal, extrapolada ahora a la arena internacional. El código fuente de esta ideología es el imperativo de dinamitar normas y reglamentos. Sobre el terreno, las políticas de flexibilización regulatoria se traducen, sistemáticamente, en desgarros sociales y catástrofes estructurales. Pese a ello, el dogma neoliberal sigue cautivo del fetiche del desorden catártico, saludado por sus feligreses como un estallido de fuerzas vitales y la restitución de la libertad individual.
Trump trasplanta este ethos económico a las relaciones internacionales. Su urgencia por sacudirse el yugo de la diplomacia y su desdén por el derecho internacional desnudan la afinidad estructural entre desregulación y caos. Esta exhibición impúdica de fuerza bruta marca el retorno a un mítico estado de naturaleza. El mundo es concebido como una inmensa tierra de frontera, huérfana de leyes, donde el hombre fuerte dicta sentencia a punta de puños y pistolas. Semejante figura apocalíptica se alimenta de una imaginería bíblica regurgitada y de un timbre vengativo y letal, evidenciando claros vasos comunicantes con la instrumentalización existencial del mito operada por el nazismo.
Esta carrera enloquecida por restaurar grandezas menguadas catapulta a sus artífices de lleno al imaginario, suplantando cualquier asomo de realismo frente al presente por la mitificación de los orígenes. Esta parálisis de la capacidad de previsión en la cúspide militar del planeta invoca el espectro del Accidente General: un cataclismo que cercena el curso ordinario de la historia. En la memoria europea, ese parteaguas lleva grabado a fuego el nombre de Sarajevo. En la era Trump, donde el frenesí de la reconquista imperial cabalga a lomos de la IA y las pulsiones bélicas se retroalimentan con tecnologías militares automatizadas, la irrupción del Accidente General se dibuja con nitidez como una reacción en cadena detonada por la colisión de estos elementos altamente volátiles. Cuesta creer que nuestros sonámbulos contemporáneos vayan a despertar en un escenario que no sea el del desastre sistémico. Estos autómatas políticos juegan con el caos como niños excitados manipulando fósforos. Su papel en la historia ya ha sido fallado: son los pirómanos exaltados de una era de cenizas y ruinas que ya se atisba en el horizonte.
[i] Es profesor de filosofía en la Universidad de París VIII y activista de larga trayectoria.
[ii] Sobre este punto, ver Benoît Bréville, “Une journée comme une autre”, Le Monde diplomatique, mayo de 2026.
[iii] Le Monde, 8 y 9 de mayo de 2026.
[iv] Christopher Clark: The Sleepwalkers, 2012.