La Gran América del Norte y las soberanías latinoamericanas
Carlos San Juan Victoria
El 5 de marzo de 2026, en la Conferencia de las Américas Contra los Carteles en Doral, Florida, el secretario de Guerra Pete Hegseth presentó la doctrina de la «Gran Norteamérica», un nuevo mapa estratégico que integra a todos los países soberanos al norte de la línea ecuatorial bajo el «perímetro de seguridad inmediato» de Estados Unidos. Estaban presentes los ministros de defensa de 12 países latinoamericanos, la mayoría con sus presidentes que luego se fueron a jugar golf a Mar-a-Lago con Trump.
Se trata no de una política formal o de un concepto jurídico, sino de una ambición geopolítica que pretende “tomar” una cuarta parte del territorio del mundo, de Groenlandia a Ecuador, como su “espacio vital”, una geografía de recursos, infraestructuras y gobiernos, sujetos a sus requerimientos de “seguridad nacional” aunque esa geografía es también un conjunto de estados soberanos. Así aparecieron dos asuntos hasta entonces poco reflexionados. La soberanía como privilegio de los fuertes y el combate por su espacio vital.
Tras del personaje locuaz, contradictorio, soberbio y en constante improvisación llamado Trump aparecen, por un lado, las razones sólidas de la potencia: la soberanía es un privilegio del poder duro, el del dinero y de las armas. Las otras son invenciones formales que no se respetan. Y por otro lado, que en su ejercicio puro esa soberanía se apropia y construye su espacio vital. Todo el edificio del derecho internacional y de las organizaciones multilaterales cae por tierra. Se regresa a la ley de la selva. ¿Cómo se llegó a esto?
Globalidad unipolar con poder blando y duro
De Bill Clinton a Barac Obama, bajo control de los demócratas, hubo un diseño de la globalización, luego del quiebre del bloque soviético, que combinaba la expansión de Occidente para articular al mundo en cadenas de valor, recubierto por el poder blando de expandir valores como la democracia, los derechos humanos y mercados cargados de progreso. Y sin ningún rubor con invasiones de la OTAN en los territorios rebeldes y sanciones financieras y comerciales a los enemigos.
De los años noventa del siglo XX hasta la primera década del siglo XXI, “Occidente”, EUA y sus aliados europeos y asiáticos, crecieron y se expandieron sin rival a la vista, pero desde el 2013 con el anuncio oficial de China de su Trazo y Ruta de la Seda y las líneas rojas de Rusia para frenar la expansión de la OTAN en Europa central, se empezó a dibujar no solo el nuevo “enemigo” que requiere siempre USA, sino un rival formidable que, desde la globalización misma, le disputaba espacios, relaciones y otro sentido de globalidad: el de la cooperación y el beneficio mutuo, esbozado ya desde antes en el derecho internacional y en organismos como la ONU.
La Unipolaridad Dentada
Bajo esta presión, desde Obama y Biden se acentuó el lado más agresivo de esa globalización bajo control de Occidente, primero contra Rusia, pero Trump en sus dos periodos le afiló todos los dientes y prefirió primero morder y luego hablar, la unipolaridad se desnuda como arma.
- Se reconoce a China como su principal enemigo y se reactualiza la ambición de unipolaridad, pero a la defensiva. Ya no se trata, por lo pronto, de expandirse, sino de preservar las zonas del mundo bajo su influencia.
- Se desconoce el orden institucional de la globalidad (desde la ONU hasta la OMC) y se impone una política de fuerza, que desmantela al poder blando, para preservar su “globalidad”.
- No hay hegemonía como dirección cultural, no hay una oferta de poder blando, lo que hay es miedo a ser desbancado y una reacción violenta de discursos agresivos, de aranceles defensivos, intervencionismo grosero y de presencia militar intimidante.
Desde su primer periodo (2017-2022) Trump ya había delineado aspectos de esa política. Sólo que ahora, a partir del 2025, los convierte en políticas definidas, expresadas sobre todo en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de 2025. Este documento redefine las prioridades geopolíticas, económicas y de seguridad, priorizando la defensa del territorio nacional, la autosuficiencia industrial y el control del hemisferio occidental frente a la competencia de potencias como China y Rusia.
La Gran América del Norte.
Las políticas gringas se orientan por la inmediata creación de ese “perímetro de seguridad” que abarca de Groenlandia a Ecuador, es decir, brinca de la frontera sur de México, obsesión desde Obama, Biden y Trump, la línea roja que bloqueara a la inmigración sudamericana; al Caribe concebido como su Mediterráneo, incluido el “Golfo de América”; hasta aterrizar en la riqueza de recursos de la región norte de Sudamérica.
El gran Gendarme que vigilaba al mundo, ahora, sin dejar de echar ojeadas a todo él, se concentra en levantar una gran fortaleza donde China no pueda infiltrarse, como si no llevara a más de 20 años de penetración en ella. Los gobiernos progresistas de América del Sur en sus dos oleadas (2000 -2015 / 2018 – 2025) no hubiesen sido posibles sin la presencia activa de China en la región en la compra de materias primas, la creación de infraestructuras y la explotación de recursos estratégicos como el litio.
La imaginaria Gran América del Norte, descrito como una reactualización de la Doctrina Monroe y la «Defensa de la Cuarta Esfera» (la militarización de América bajo su mando realizada en la Segunda Guerra Mundial), incluye desde Groenlandia hasta Ecuador de norte a sur, y desde Alaska hasta Guyana de occidente a oriente, un territorio donde USA no acepta “enemigos”, sólo diversos grados de alianza con las naciones “soberanas” incluidas en ese trazo, sin mediar un acuerdo jurídico internacional y sin establecer pactos políticos y económicos explícitos. Pinta así su raya con el llamado «Sur Global». Los objetivos centrales son:
- Establecer un dominio militar y político de facto sobre el hemisferio norte para contener la influencia de potencias rivales como China y Rusia.
- Convertir la guerra contra los cárteles de droga en su punta de lanza para alinear a todos los gobiernos.
- Establecer una gradación de alianzas posibles: a) los más cercanos, gobiernos como el de Argentina, República de Ecuador, República del Salvador, inscritos plenamente en esta dirección: b) los que lo resistan y logren mantengan sus diferencias pero que tienen que renunciar a toda colaboración con China o Rusia, como si ya se hubiese desatado la Tercera Guerra Mundial, como México; c) la exclusión de regímenes como Cuba y Nicaragua, “bajo dictaduras” y de la primera potencia latinoamericana, Brasil y si hay continuidad progresista en Colombia, ésta iría en el paquete.
En más de un año de su segundo mandato, Trump mostró sus cartas para avanzar de inmediato sobre América Latina (LATAM). Un menú amplio de opciones para alinear al continente y que suprima la ambición de una soberanía política plena. Por ejemplo, subir aranceles y acelerar la guerra contra el narco y convertirlo en narcopolítica, las alianzas con gobiernos alineados en el Escudo de las Américas, imposición como prioridad de gobiernos de su concepción militar de Seguridad interna, los juegos de guerra en el Caribe y la captura de Maduro en Venezuela, el acoso y bloqueo a una Cuba en crisis de energía y de alimentos, una redoblada presencia mediática y guerras cognitivas (control de las mentes pues), y la descarada intervención en procesos electorales para apoyar agendas, partidos y candidatos afines.
Afronta sin embargo un grave problema estratégico: las tres economías y sociedades más potentes (Brasil, Colombia y México) no están alineadas y es difícil aplicarles la fórmula venezolana de invasión y captura de su presidente. Ahí se requiere otra receta ya conocida: desatar procesos que les debiliten, no golpes fulminantes. Que carcoman la legitimidad de los poderes electos, que impongan desestabilizaciones y alarmas sociales, que ganen la opinión en la vida pública movilizando el poder mediático, de encuestas y de redes; y que preparen relevos de partidos y gobiernos que logren un cambio de régimen, no por la intervención descarada, sino por elecciones disputadas. Si en el despliegue de ese menú aparece una “Revolución de Primavera” con la sociedad civil quemando edificios de gobierno, pues entonces, se puede abreviar la ruta.
La espiral que regresa: súbditos o soberanos plenos
En la apresurada invención del “espacio vital” de USA (Lebensraum diría Hitler) Trump y sus asesores echan mano de la historia. Desde la doctrina Monroe para dibujar su vecindario exclusivo, hasta la Defensa de la Cuarta Esfera (el continente americano) para militarizarlo.
Olvidaron que en esa misma historia también se registran sus 57 intervenciones militares ocurridas de 1950 (Puerto Rico) a 2026 (Venezuela). La historia tiene sus riesgos, por ejemplo, volver otra vez a mostrar un asunto que como una espiral recorre a las repúblicas latinoamericanas.
La soberanía no es sólo un discurso, un artículo constitucional o una condición jurídica reconocida en el derecho internacional. Es, en la experiencia republicana de LATAM, un campo de lucha permanente, una agenda siempre inconclusa, una aspiración que tan pronto parece cristalizada en la mano, como un vapor que se escapa.
Son ejercicios de poder duro y blando, donde no hay mas garantía que la resistencia de los pueblos ante el hecho implacable de que en este continente americano surgió la potencia del siglo XX que quiere sobrevivir e imponerse en este siglo XXI. Y que como una enorme esfinge interpela a cada nación con este enigma de la Gran América del Norte. Si se equivocan, serán unas soberanías domesticadas a los apetitos de la gran potencia en declive.