Convertirse en el fantasma: memoria, tragedia y resistencia en Entra el fantasma de Isabella Hammad
Francisco Javier Sainz Paz
El fantasma vuelve porque encarna una experiencia histórica irresuelta. En Hamlet, el espectro del padre introduce una fractura en el orden político y simbólico del reino. El presente queda subordinado a una deuda transmitida entre generaciones y la tragedia surge de la imposibilidad de restaurar plenamente la ley quebrada. El pasado invade continuamente el presente y destruye cualquier ilusión de estabilidad.
Entra el fantasma, de Isabella Hammad, traslada esta estructura hacia la experiencia palestina contemporánea. El espectro deja de pertenecer exclusivamente al héroe individual y adquiere una dimensión colectiva ligada a la ocupación, la memoria y la transmisión histórica. Palestina aparece como una comunidad atravesada por ausencias persistentes: ciudades transformadas, generaciones desplazadas, muertos que continúan formando parte de la experiencia cotidiana y una historia que se resiste a ser clausurada.
La disputa alrededor de Palestina nunca ha sido únicamente territorial. La ocupación implica también una lucha por la narración, por la legitimidad histórica y por la construcción de memoria. El sionismo ha necesitado producir un relato donde Palestina aparezca como vacío, amenaza o residuo histórico. La continuidad palestina debe fragmentarse para volver posible la legitimidad del proyecto colonial. La destrucción espacial, la separación de familias, los desplazamientos y la reorganización permanente del territorio no sólo modifican la geografía: producen una experiencia histórica quebrada.
La tragedia clásica organizó este problema alrededor de la transgresión y del límite. En Edipo Rey, el conflicto emerge a partir del incesto y el homicidio, mientras el destino conduce al héroe hacia el reconocimiento de una verdad insoportable. Hamlet desplaza parcialmente esta estructura hacia la duda, el deseo y la fractura de la ley. Como ha señalado Enrique Kozicki, la tragedia shakespeariana se articula alrededor de la inversión simbólica entre padre e hijo y de una deuda imposible de resolver plenamente. Sin embargo, la experiencia trágica continúa concentrándose en una subjetividad individual.
La modernidad política modificó esta estructura mediante la irrupción de las masas como sujeto histórico. Buena parte de la novela revolucionaria y proletaria del siglo XX desplazó el conflicto hacia experiencias colectivas de transformación social. El llamado del fantasma dejó entonces de dirigirse únicamente al individuo para adquirir una dimensión histórica compartida.
Hammad retoma esta tradición desde la experiencia palestina contemporánea. La ocupación atraviesa toda la novela como una estructura que organiza el espacio, la movilidad, la percepción y la memoria. Los personajes viven separados por fronteras, permisos, desplazamientos y regímenes legales distintos. No existe una experiencia palestina homogénea, sino múltiples formas de relación con el exilio, la resistencia y la vida cotidiana bajo ocupación.
La familia de Sonia funciona como un microcosmos de esta condición. Algunos miembros viven en Londres; otros permanecen en Cisjordania; otros mantienen relaciones distintas con la idea misma de resistencia. Sonia regresa a Palestina sintiéndose simultáneamente perteneciente y ajena. Su experiencia está marcada por una constante oscilación entre reconocimiento y extrañamiento.
La narración en primera persona resulta decisiva para construir esta perspectiva. La conciencia de Sonia nunca aparece completamente unificada. Participa de la experiencia palestina y, al mismo tiempo, se observa desde cierta distancia producida por la diáspora y por la discontinuidad de su relación con el territorio. La novela organiza así un proceso de descubrimiento donde la conciencia narrativa se transforma mediante el contacto conflictivo con otras voces y otras formas de vivir la ocupación.
Por ello la fragmentación palestina no funciona únicamente como contenido temático. Se convierte también en principio organizador de la propia narración. La percepción de Sonia aparece atravesada por tensiones, contradicciones y desplazamientos que impiden cualquier síntesis armónica. Los momentos de reconocimiento surgen entonces como pequeñas epifanías afectivas que permiten recuperar, aunque sea de manera momentánea, el espesor humano de una realidad constantemente sometida a procesos de deshumanización.
La puesta en escena de Hamlet en Cisjordania adquiere, en este contexto, una dimensión profundamente política. Shakespeare reaparece atravesado por la experiencia de la ocupación. La tragedia deja de funcionar como reflexión abstracta sobre la duda individual y se convierte en una interrogación acerca de la memoria histórica, la violencia y la persistencia del pasado.
La representación en árabe intensifica este desplazamiento. Hammad construye una lectura contrapuntual en el sentido propuesto por Edward Said: el canon occidental es intervenido desde la experiencia de los sujetos históricamente desplazados por el imperialismo. Hamlet deja de pertenecer exclusivamente a la tradición europea y se transforma en un dispositivo para pensar la experiencia palestina contemporánea.
El teatro ocupa por ello un lugar central dentro de la novela. No aparece como refugio frente a la política, sino como un espacio donde las tensiones históricas se vuelven visibles. La presencia de soldados israelíes, primero como irrupción material y después como representación escénica, destruye cualquier separación estable entre escenario y realidad. El teatro intensifica la experiencia política en lugar de suspenderla.
La vigilancia constituye otro de los mecanismos fundamentales mediante los cuales la ocupación penetra la vida cotidiana. El ocultamiento alrededor de Wael, la posibilidad de que la participación de Salim desencadene procesos represivos y el descubrimiento de Yael como figura de espionaje producen una atmósfera permanente de sospecha. La ocupación deja de aparecer únicamente como estructura militar exterior y se instala dentro de la subjetividad de los personajes mediante formas de cautela, autovigilancia y ansiedad cotidiana.
La amenaza no irrumpe de manera excepcional; permanece integrada a la experiencia ordinaria. Los vínculos afectivos, familiares y amorosos se desarrollan bajo la conciencia constante de una posible interrupción. La precariedad histórica se convierte así en una condición permanente de existencia.
Frente a esta situación, la solidaridad adquiere una importancia decisiva. Los vínculos afectivos, culturales y familiares aparecen como formas de continuidad colectiva capaces de resistir la fragmentación producida por la ocupación. El teatro no elimina la violencia ni suspende el conflicto, pero permite construir espacios de reconocimiento y transmisión donde la experiencia palestina permanece viva.
Las relaciones entre las mujeres muestran con particular claridad la complejidad de esta condición. Hammad evita construir una identidad palestina homogénea. Sus personajes femeninos sostienen posiciones diversas frente al arte, la política, el deseo y la resistencia. Algunas expresan agotamiento frente a los discursos heroicos; otras continúan creyendo en la necesidad de la resistencia cultural. La conciencia política aparece así ligada a experiencias afectivas profundamente contradictorias.
El movimiento más importante de la novela ocurre, sin embargo, alrededor de la figura del fantasma. Hammad reformula la tragedia shakespeariana desplazando la pregunta central. El problema ya no consiste únicamente en escuchar el llamado espectral, sino en convertirse en el fantasma mismo.
La figura adquiere aquí una resonancia política particular. Marx recurrió a ella para nombrar al comunismo en la apertura del Manifiesto Comunista. Derrida observó posteriormente que el espectro designa aquello que una época declara derrotado o inexistente, pero que continúa regresando para interpelar al presente. El fantasma no pertenece simplemente al pasado; encarna una deuda histórica que permanece abierta.
Algo semejante ocurre en la novela de Hammad. La existencia palestina se convierte en aquello que el relato colonial intenta borrar, fragmentar o transformar en ausencia. Sin embargo, Palestina continúa reapareciendo bajo la forma de memorias familiares, ciudades ocupadas, generaciones desplazadas y prácticas de resistencia cultural. En este sentido, el palestino se convierte en el fantasma del sionismo: una presencia que retorna constantemente para recordar el origen violento que el proyecto colonial intenta ocultar.
Allí donde el discurso oficial busca producir normalidad y legitimidad histórica, el espectro palestino reaparece para mostrar las huellas del despojo sobre las cuales se edificó ese orden. Su persistencia impide la clausura de la historia.
Convertirse en fantasma significa entonces asumir la transmisión de una experiencia colectiva que se niega a desaparecer. La memoria deja de ser únicamente recuerdo para transformarse en forma de resistencia. Frente a la vigilancia, la fragmentación y el miedo permanente, la cultura, la solidaridad y la transmisión de experiencia mantienen viva una presencia que el poder no ha conseguido exorcizar. El fantasma palestino continúa regresando porque la historia permanece abierta.