Liturgia poética y corporal de Ale Pastore

Raúl Soto

  1. He recibido el último poemario de Alessandra María Chávez Maggi —sí, de Ale Pastore— donde versos tersos, tensos y viscerales van alternando a lo largo del texto. La bella edición de Golpean campanadas en la catedral de San Patricio(2025) es obra de ella misma y del poeta Miguel Ángel Zapata. El sello Códice no solo publica a poetas hispanohablantes, sino también la renombrada revista homónima que se difunde en Lima y Nueva York. El título del poemario resonó en mí y me trajo a la memoria Por quién doblan las campanas: la trágica novela sobre la Guerra Civil Española del inefable Hemingway, pero hasta ahí llegó la conexión.

En los poemas de Pastore el discurso reticente de la voz poetica se expresa mayormente en versos cortos que fluyen gracias al encabalgamiento y las anáforas:

                        Me ofreció una toalla,

                        como si limpiarse el cuerpo

                        fuera borrar la historia.

 

                        Desde entonces,

                        he tomado cada trozo.

                        Los escondí en cajones,

                        Los más dignos de resistencia:

                        los que guardan polvo,

                        los que fueron casa

                        y ya no habito.                                                           (19)    

Estos versos del segundo poema que abren la sección «Desde Franklin Square» —un barrio apacible de Long Island, NY— van dirigidos indirectamente al ¿amado?, sin usar el apóstrofe. Aquí Pastore establece dos de los ejes temáticos del libro: el exilio —y tiene poca importancia si es forzoso o voluntario— y la fisicidad de la poética del cuerpo. La clave para el primero es el paratexto de Hölderlin: «¿Debo errar sin reposo y sin meta / de un lugar extranjero a otro?». Encontrar una nueva casa y establecerse es un acto fútil porque siempre nos sentiremos fuera de lugar en el destierro —como lo instauró el gran palestino Edward Said—, y también en nuestra propia patria cuando retornamos temporalmente. En este caso, la hablante clama usando una prosopopeya: «esta casa mía / se ha ido para siempre» porque conserva su casa perdida en la memoria. Ese espacio protector no fue cerrado ni opresivo como La casa de Bernarda Alba, pero la orfandad por la falta de refugio en su nuevo hábitat persiste. Y esta casa puede estar vacía o ser «la casa de los mudos»: el útero donde habitan los nonatos. Entonces entendemos que el cuerpo femenino también es una casa que nos ampara. Un espacio que se desdobla: cuando una mujer da a luz («Nací de carne fragmentada, / y en ella te parí»);  y en el acto de ser alumbrada, como lo expresa la poeta al hablarle a su madre («Tu maternidad me arranca, / y la sala se acribilla de luz»).  

  1. La sección central de Golpean campanadas en la catedral de San Patricio se titula «Liturgia del cuerpo» y va conectada con la poética de Pastore. Cuerpo femenino y arte poetica se fusionan. Parafraseando a la voz implícita: ella escribe con el útero fértil:

                        Desde aquel día, frente a ti,

                        las razones me llagan

                        intentando vertebrar lo que escribo,

                        cosiéndolo a la corola de mi área genital,

                        desafiando la expectativa de lo más íntimo:

 

                        el lado adorable.                                                        (46)

Sin duda, ahora sí le habla al amado y no a su padre, al que Pastore le dedica el libro. Y la poética del cuerpo se hace evidente en «Manual de combustión»:

                        Soy yo el poema,

                        cháchara, hueso.

 

                        Soy poeta

                        y costilla rajada,

                        en víspera del milagro.

 

                        El lingüista,

                        arde.

                        La RAE,

                        arde.

                        Los preceptos,

                        la gramática,

                        los ojos

                        arden.                                                                         (39)

Es evidente que la auto ironía va dirigida a la irreal academia de la lengua y, de refilón, a los esteticistas y formalistas. César Vallejo es quien traza, para la poesía peruana y universal, esta línea de arte poetica que conjuga el cuerpo y sus funciones con el acto de la escritura. Lo dice en «Un hombre pasa con un pan al hombre…»:

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

            Además, esta sección del libro enfatiza diferentes aspectos de la condición y la mirada femeninas. El fuego ardiente que produce su sexo —«el paraíso oculto»— expresado a ritmo de sinestesia: «Sé el sonido errante / que exhuma mi sexo». El paso de los años: «Cubrir mis canas / con un velo». El cuerpo femenino que es de alguna manera inmortal: «La sangre cede / pero no se va». La acción de otro órgano, de otro ser en su cuerpo: «Fue preciso seguir tu lengua, / prosaica, / valiente,». Y por supuesto ya nos hemos referido a la maternidad propia y ajena.

  1. «Catedral de San Patricio» contiene los versos que dan título al libro y es un poema de reafirmación en la fe en Dios, a pesar de los avatares de vivir en el exilio. La poeta recorre Manhattan para tratar de asir su nueva tierra, echar raíces en su nuevo entorno y acostumbrarse a las cuatro estaciones, tan marcadas en el hemisferio boreal. Ella admira la ciudad y el rio Hudson que sesgadamente atraviesa la isla. Toma el tren a Montauk, al extremo de Long Island —The End— para disfrutar del otoño y sus colores. ¿Todo esto le sirve de algo para mitigar ese vacío, esa sensación de estar fuera de lugardel destierro inclemente?

            Ale Pastore completa el círculo de la nostalgia y cierra Golpean campanadas en la catedral de San Patricio con dos textos que titula usando un símil: «El poema como casa». La metonimia casa —en este caso la ausente— está representada por la inevitable figura patriarcal y no por la materna:

                        Mi padre camina bajo el lomo de este libro,

                        y yo, que parto y regreso,

                        sigo buscando la oración posible

                        que el mundo me ofrece desde afuera.                      (71)

La casa presente, que habita ahora, es el amado, aunque la alienación causada por el exilio ha descentrado geográfica y emocionalmente a la voz poética. En «Romance sonámbulo», Federico García Lorca ya había anticipado este vacío existencial y espacial: «Pero yo ya no soy yo, / ni mi casa es ya mi casa». Ella, por su parte, le increpa al amado la falta de un espacio que pueda sentirlo propio, donde se sienta útil. Una casa compartida que no solo sea un poema escrito por ambos:

                        Y yo que me quedo arrimada,

                        yo que inmóvil

me froté las patas

                        de mil maneras,

                        que aparecí y excavé

                        las lágrimas de tus costas prohibidas,

                        deteniendo tu ladito mudo,                                        (72)

            Ale Pastore profesa en los poemas de Golpean campanadas en la catedral de San Patricio una liturgia poética y profana, tanto del cuerpo como del destierro y del amor.

Pawling, NY, marzo 2026

(Publicado en POESÍA 96, Valencia, Venezuela, marzo 2026)