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60 años del MLN

Eduardo Sabugal

A fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta el proletariado mexicano vivió una vida de lucha y de activismo político muy intensa que fue acompañada de una represión brutal, semejante a la que había sufrido el movimiento de los mineros al inicio de esa misma década. Los trabajadores buscaban dignificar la clase obrera y al mismo tiempo exigir un sindicalismo autónomo. La lucha la protagonizaron ferrocarrileros, telegrafistas, trabajadores de las metalúrgicas, petroleros, telefonistas y maestros. En el campo, cientos de campesinos también se movilizaron en varios estados del país debido a una reforma agraria inconclusa e insuficiente que se venía arrastrando desde tiempos posrevolucionarios. Como respuesta a esas formas de lucha social, muchos líderes y militantes fueron asesinados, perseguidos o encarcelados por su activismo político de origen agrario, obrero, magisterial, comunista, periodístico o artístico, casi siempre acusados del delito de disolución social y tratados como delincuentes comunes. El crimen de Estado perpetrado contra el líder agrario, activista político y guerrillero, Rubén Jaramillo, y su familia, esposa e hijos, ocurrido el 23 de mayo de 1962, cimbró a la opinión pública y acrecentó el rencor contra un régimen represivo y autoritario. La crueldad de la ejecución, hizo que el asesinato de Jaramillo se convirtiera en un símbolo de lo que representaba en esos momentos oponerse a los planes entreguistas del gobierno. En palabras de Fernando Benítez; “Eso no fue una ‘ley fuga’, sino una orgía de sangre; no fue siquiera un ‘mátalos en caliente’, sino una matanza terrorista que lleva el sello de los nazis o del ejército secreto argelino” (Castellanos 61). Justo una de las primeras manifestaciones públicas del Movimiento de Liberación Nacional fue la organización de un mitin de enérgica condena a ese asesinato ocurrido en la llamada Operación Xochicalco. Dicho mitin de indignación y rabia lo encabezó emblemáticamente el general Lázaro Cárdenas. Jaramillo, antes de decantarse por la lucha armada, había intentado defender el ejido y los derechos de los trabajadores cañeros, por todos los medios legales y legítimos, desde la creación de una cooperativa, la realización de huelgas en el ingenio de Zacatepec, hasta la fundación del Partido Agrario Obrero Morelense, pero todo había resultado inútil frente a la intransigencia de los gobiernos del PRI. Trágicamente, le fueron cerrando todas las vías para transformar la realidad de miles de campesinos que sucumbían ante una política de dependencia con los Estados Unidos de Norteamérica y eran testigos de un agravamiento de las condiciones de miseria en las que se encontraba el campo mexicano. Carlos Fuentes en Radiografía de una década: 1953-1963, da cuenta del germen multifactorial que dio origen al MLN, mencionando entre otras causas, “la corrupción radical del movimiento obrero durante el alemanismo, las luchas obreras de 1958 y 1959, la represión brutal contra el sindicato ferrocarrilero de Demetrio Vallejo, [y] el asesinato del dirigente campesino Rubén Jaramillo” (Fuentes 86-87). Cabe recordar que Jaramillo, que se había levantado en armas en 1943, 1946 y 1952, ya en 1958 había dejado la clandestinidad por el supuesto indulto de López Mateos y llevaba una vida pública y en franca disidencia política, sin embargo, en los años posteriores, Gustavo Díaz Ordaz, entonces secretario de Gobernación, había ya dado señas de la alta traición que se terminaría cometiendo contra Jaramillo, al mostrar sus métodos fascistoides y su cerrazón a cualquier tipo de diálogo, no sólo aniquilando el movimiento legítimo de los ferrocarrileros, sino también minimizando la movilización popular en Guerrero que terminó en la matanza de la plaza de Chilpancingo en diciembre de 1960 y en septiembre del año siguiente embistiendo duramente el movimiento cívico del doctor Salvador Nava Martínez, candidato independiente a la gubernatura de San Luis Potosí.  

Pero el dolor que significó la muerte de la causa jaramillista y el rostro antimperialista de la izquierda nacional, no fue la única causa de la gestación del MLN. A nivel latinoamericano la reciente victoriosa Revolución Cubana, encarnaba casi la única resistencia posible al imperialismo norteamericano y había vuelto a poner en la agenda el internacionalismo proletario y el antimperialismo como grito de guerra latinoamericano. La creación en 1961 del Movimiento de Liberación Nacional, tuvo pues, ese doble componente, la afrenta nacional que fue el asesinato de Jaramillo y el impulso internacional y solidario que provocó la Revolución encabezada por Fidel Castro.

Originalmente en el MLN, estuvieron representados “la mayoría de los partidos socialistas existentes (el PCM y el PPS) y una gran parte de las personalidades intelectuales, políticas y culturales que podían llamarse «cardenistas», «progresistas» o «liberales»” (Carr 236). Sus integrantes, representantes de una gama muy amplia de posturas y perspectivas de izquierda, iban desde Narciso Bassols Batalla, militante independiente, pasando por el famoso escritor Carlos Fuentes, el carismático catedrático y doctor en filosofía, defensor del materialismo dialéctico en las aulas Eli de Gortari, hasta personalidades como el ingeniero veracruzano Heberto Castillo posteriormente encarcelado en 1969 en Lecumberri por haber integrado la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior, en el movimiento estudiantil de 1968, y fundador en 1971 del Partido Mexicano de los Trabajadores PMT, al lado de Demetrio Vallejo y Luis Villoro.

La importancia de la Revolución Cubana en la conformación del MLN, no sólo puede rastrearse en la inspiración guevarista de muchos movimientos armados de izquierda en nuestro país, desde 1959, sino también en las relaciones políticas y abiertamente bilaterales que se suscitaron inmediatamente después del triunfo de la revolución. Baste citar, como botón de muestra, que en El Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes, celebrado en La Habana en 1961, en la representación mexicana, participó el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, “tanto la mayoritaria ala oficialista como la disidencia encabezada por Othón Salazar” (Illades 104).  En el mes de marzo de 1961, a iniciativa de Lázaro Cárdenas, en la Ciudad de México, se reunieron 16 delegaciones de todo Latinoamérica, representantes de la URSS, de China y de países africanos, en la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz. La conferencia, casi de una forma profética, convino en arropar la Revolución Cubana frente a posibles agresiones estadunidenses, y en efecto, un mes más tarde, el 17 de abril de 1961, ocurrió la invasión imperialista a Bahía de Cochinos en Playa Girón. La solidaridad con el pueblo cubano fue espontánea y enérgica, incluso se dice que “el general Cárdenas trató de alistarse entre los voluntarios que irían a combatir en la isla, aunque lo regresó del aeropuerto el presidente López Mateos” (Illades 104).  Ese ataque consistió en la incursión, en cielo cubano, de aviones norteamericanos que lanzaron decenas de paracaidistas para la toma de una cabeza de playa, y bombarderos B-26 que habían camuflado con insignias cubanas. Poco después unos mil quinientos mercenarios, ex soldados del ejército de Batista e hijos de terratenientes, entrenados por la CIA, complementaron el ataque; y en alta mar, buques de guerra norteamericanos siguieron paso a paso el plan invasor. Para los cubanos, como lo cuenta el propio Fidel Castro: “era muy difícil contraatacar porque había que ir por dos únicas carreteras atravesando diez kilómetros de ciénaga. Eso convertía a cada una de esas dos carreteras en una especie de paso de las Termópilas” (Ramonet 235).  Sin embargo, en menos de setenta y dos horas el ejército cubano logró repeler y acabar con la invasión norteamericana, después de una encarnizada batalla en donde murieron, pese a la heroica victoria, más de ciento cincuenta cubanos.     

Precisamente casi cuatro meses después de ese ataque a Playa Girón, el 4 de agosto de 1961, Cárdenas fundó el Movimiento de Liberación Nacional (MLN)[1]. Aunque podría pensarse que esa fue la principal causa de su formación, el MLN no sólo cumplía con respaldar a Cuba y solidarizarse con la revolución que estaba en marcha en aquel país hermano, sino que al mismo tiempo proponía un programa amplio y ambicioso. Se exigía la libertad para los presos políticos, incluyendo los líderes ferrocarrileros Campa y Vallejo, se demandaba justicia social que debería traducirse en reparto de la riqueza (algo que durante el sexenio de López Mateos evidentemente aún seguía sin ocurrir), se defendía la soberanía nacional no sólo en términos políticos sino también económicos y en el manejo de los recursos naturales, y se exigía bienestar y democracia real para todo el pueblo, pues las reformas revolucionarias se habían aplazado y las condiciones laborales y en general de vida, se habían deteriorado dramáticamente.

A la distancia, no resulta extraño que haya sido el general Lázaro Cárdenas quien apareciera como aglutinador de las diversas fuerzas que intentaron confluir en el MLN. El movimiento de alguna manera, casi nostálgica, recordaba la ideología del Frente Popular antifascista de la Internacional Comunista, que en 1937, había implicado respaldar la política nacional desarrollista de Lázaro Cárdenas, vincularse con organizaciones obreras, solidarizarse públicamente con las luchas proletarias y posicionarse contra el fascismo en cualquiera de sus expresiones, nacionales o internacionales, así como fomentar la organización y la unidad de la clase trabajadora. Lo que exigía Cárdenas a López Mateos, de alguna manera, era algo que él sí había realizado 25 años antes, pues conviene recordar que hacia 1935 el general Cárdenas había liberado a los líderes obreros encarcelados, legalizado al PCM, y hasta levantado la prohibición contra la circulación del periódico El Machete, que había sobrevivido e incluso soportado “las persecuciones de los años 1929-1933, bajo la forma de un pequeño periódico ilegal” (Taibo II 380).

Contra los oportunistas y “revolucionarios” de mentiras, Lázaro Cárdenas, desde su estatura moral, que era muy alta, se propuso lograr mediante el MLN, una organización que hiciera posible un bloque ideológico capaz de oponerse al avance del imperialismo a escala mundial y a las alianzas burguesas de las derechas locales. Lo intentó, según Carlos Fuentes, “sin dejarse deslumbrar por los caminos fáciles; y fiel a su naturaleza de frente popular, pensó que acaso vencería, al exponerlas con franqueza, las diferencias entre grupos de izquierda y superaría, al desvirtuarlos con la acción, los sectarismos” (Fuentes 87). Desgraciadamente eso no fue así, y la existencia relativamente efímera del MLN colapsó debido justamente a las diferencias y sectarismos, cáncer permanente, al parecer, de las izquierdas.

Pese a su fugaz intervención, la importancia del MLN se entiende por la reacción de la derecha al interior del país, que mediante la fórmula clásica consagrada por Ruiz Cortines y López Mateos, pretendía mantener “la ficción de que en México no hay intereses de clases, sino intereses nacionales encarnados en el PRI y en el gobierno de la unidad mexicana” (Fuentes 87), una derecha mexicana que furibunda se mostraba en esos años anticomunista sin reconocerlo abiertamente, y que lo mismo buscaba combatir los libros de texto gratuitos que la libertad de cátedra en las Universidades. Al mismo tiempo, como ya se mencionó, el nacimiento del MLN tiene importancia por razones exógenas, en el marco de la tensión geopolítica mundial, pues después de la frustrada invasión de Playa Girón, Kennedy impulsó el bloqueo económico a Cuba, los ataques piratas y la guerra sucia, al tiempo que elaboraba un programa político de reforma social y de supuesta “ayuda” económica para América Latina a través de la mentada Alianza para el Progreso, cuyo objetivo final era desactivar los procesos revolucionarios en la región. Como bien la describió José Revueltas en ese momento, esa Alianza para el Progreso era “simplemente un plan de soborno en gran escala dirigido a las burguesías nacionales de nuestros países, y de otro lado un plan de garrote para aquellos que no quieran dejarse sobornar” (Revueltas 561). En el tablero geopolítico del continente Cuba se había convertido en un territorio de resistencia y en “centro de gravedad de la lucha histórica universal por el rescate y la vigencia del internacionalismo proletario, por la aplicación y observancia creadoras del marxismo-leninismo” (Revueltas 614).

La disolución del MLN no sólo tuvo que ver con cierto sectarismo heredado de los grupúsculos de la izquierda tradicional mexicana, como ya se dijo, sino también con la inestabilidad como coalición en sí, al existir diferentes intereses en su conformación. Un ala del movimiento no sólo se planteó defender la independencia y la soberanía de nuestro país frente a la política injerencista norteamericana, sino que intentó ir más lejos al impugnar al estado y la hegemonía ejercida por el PRI y las organizaciones de masas que controlaba y que le servían de apoyo, muchas veces mediante el soborno. Por otro lado, como lo explica Barry Carr, otra ala parecía estar en desacuerdo con ese planteamiento e incluso tirar en sentido opuesto, el PPS, Lombardo Toledano y el nuevo diario El Día, por ejemplo, “se esforzaron por aplacar cualquier radicalismo excesivo que pudiera amenazar la hegemonía del PRI. Las batallas sectarias entre el PPS y el PCM por reclutar conversos en las filas del MLN también contribuyeron a debilitar a la nueva organización” (Carr 237). Además de intentar llevar cada uno agua para su molino[2], el principal motivo, sin embargo, para el derrumbe definitivo del MLN, tuvo que ver con el proceso electoral de 1964, pues por un lado el Partido Comunista lanzó al viejo militante comunista Ramón Danzós Palomino, a través del Frente Electoral del Pueblo, y por otro lado el general Cárdenas decidió, desafortunadamente, apoyar a Gustavo Díaz Ordaz como candidato a la presidencia de la república.

Las dos enseñanzas del MLN en la coyuntura actual del país, parecen las siguientes. Por un lado, que un Movimiento con M mayúscula, que busque el verdadero interés de la nación y la fraternidad con los pueblos del mundo, puede estar compuesto de muy variadas corrientes y extracciones ideológicas, sin encontrar en ello una falla de origen, albergando y defendiendo diferentes luchas, teniendo una composición multiclasista y multiétnica. Y por otro lado que la fragilidad y debilidad de una coalición así, de izquierdas, no sólo corre el riesgo de ser abatida por las fuerzas de la derecha que optan por la restauración de los viejos regímenes, tanto a nivel internacional como nacional, sino por la propia fragmentación y sectorización de las fuerzas progresistas, que impiden, como lo han demostrado los procesos históricos, tener miradas de largo alcance. Ser cortos de miras, implica no estar preparados para un relevo, para una continuidad del movimiento mismo, que permita ir más allá de los cuatro o seis años. La corta duración del MLN, que por unos años logró congregar lo mejor de la izquierda de este país, en gran medida por la imantación de un personaje carismático como el general Cárdenas, es una enseñanza contundente, se debe salvaguardar la permanencia, la larga duración de los movimientos. La coyuntura histórica que vivimos, a 60 años de la conformación del MLN, la transformación que se vive actualmente en el país, exige un gran esfuerzo de todos los sectores progresistas, mucho trabajo político, de base y cupular, mucho trabajo militante y de formación, que garantice la continuidad de esta liberación nacional, para que no ocurra un embate de la derecha nuevamente, para que la reacción no interrumpa bruscamente este movimiento transformador, plural y diverso, y resucite el viejo fantasma del diazordacismo.

Bibliografía

Carr, Barry. La izquierda mexicana a través del siglo XX. México, D.F.: Era, 1996. Impreso.

Castellanos, Laura. México Armado 1943-1981. México, D.F.: ERA, 2007. Impreso.

Fuentes, Carlos. Tiempo mexicano. México, D.F.: Editorial Joaquín Mortiz, S.A., 1971. Impreso.

Illades, Carlos. El futuro es nuestro. Historia de la izquierda en México. Ciudad de México.: Editorial Océano de México, S.A. de C.V., 2017. Impreso.

Ramonet, Ignacio. Fidel Castro. Biografía a dos voces. México, D.F.: Random House Mondadori, S.A., 2006. Impreso.

Revueltas, José. Obra política, tomo3. Ciudad de México.: ERA, 2020. Impreso.

Taibo II, Paco Ignacio. Bolcheviques. Historia narrativa de los orígenes del comunismo en México. México: Editorial Planeta, 2019. Impreso.

[1] El MLN fue fundado en una asamblea a la que acudieron 180 delegados de una veintena de estados. Según la investigación de Carlos Illades, el comité nacional del MLN lo formaban Alonso Aguilar, Ignacio Aguirre, Clementina Batalla de Bassols, Narciso Bassols Batalla, Martha Bórquez, Enrique Cabrera, Guillermo Calderón, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Jorge Carrión, Fernando Carmona, Heberto Castillo, José Chávez Morado, Carlos Fuentes, Ignacio García Téllez, Enrique González Pedrero, Eli de Gortari, Mario H. Hernández, Jacinto López, Francisco López Cámara, Braulio Maldonado, Manuel Marcué Pardiñas, Manuel Mesa Andraca, Guillermo Montaño, Arturo Oroná, Rafael Ruiz Harrel, Carlos Sánchez Cárdenas, José Siurob, Manuel Terrazas y Adelina Zendejas. 

[2] Prueba de ello es lo que escribe Barry Carr: “En 1960 el Partido Popular adoptó formalmente el marxismo-leninismo y cambió su nombre por el de Partido Popular Socialista. A pesar de esa «radicalización», el PPS se fue volviendo cada vez más oficialista y hostil al PCM.  […] Atacó las aspiraciones radicales de la «izquierda» del MLN (y expulsó a aquellos de sus miembros que permanecían en la organización, como el doctor Jorge Carrión y el propietario y director de Política, Manuel Marcué Pardiñas)” (Carr 257).

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