Tres lecciones de Venezuela

Tres lecciones de Venezuela

Carlos L. Garrido[1]

A estas alturas, todo el mundo ha leído sobre el secuestro criminal perpetrado por Estados Unidos contra el presidente venezolano democráticamente electo, Nicolás Maduro, junto con el bombardeo de Caracas, Venezuela. Aún se siguen revelando detalles sobre cómo se permitió que ocurrieran estos hechos. Sin embargo, quisiera reflexionar brevemente sobre tres enseñanzas que el Sur Global —los países que luchan constantemente contra el imperialismo estadounidense-OTAN-sionista— debe extraer de estos acontecimientos.

  1. Las armas nucleares son integrales para la soberanía:

Esta lección ya debería haberse aprendido en 2011, cuando el gobierno de Muamar Gadafi en Libia fue derrocado. En 2003, Gadafi anunció el abandono de su programa para desarrollar armas nucleares. Esto permitió un levantamiento temporal de las sanciones de EE. UU. y la Unión Europea, y una breve “normalización” de las relaciones. Esperar que dicha “normalización” fuera algo más que temporal fue una ingenuidad. El imperio estadounidense no se dedica a tratar a otras naciones como iguales. Sus fines son atraparlas en deudas, controlar activos y saquear recursos. No le importan el “derecho internacional”, ni los “derechos humanos”, ni la “libertad y la democracia”, aunque le encanta emplear estas consignas como fachada para el cambio de régimen.

¿Habría sido derrocado Gadafi si no hubiera interrumpido el desarrollo de su programa nuclear? ¿Habrían siquiera considerado Estados Unidos y la OTAN derrocar al Líder si hubiera contado con un arsenal nuclear como medio de disuasión? No creo que tengamos que especular aquí. La República Popular Democrática de Corea (RPDC), o Corea del Norte como la llaman los estadounidenses, estaba en la misma lista neoconservadora de países “peligrosos y malvados” que debían ser derrocados. Bajo los planes del Project for the New American Century, la RPDC bien pudo haber recibido el trato de Libia. ¿Cuál fue la diferencia de trato entre ambos países? Creo que un componente central fue que, a mediados y finales de la década de 2010, la RPDC había desarrollado el gran antídoto contra la agresión occidental a gran escala: las armas nucleares.

Libia fue derrocada y los enormes avances logrados en esta nación —que llegó a convertirse en una de las más prósperas de toda África— fueron demolidos. Poco después del derrocamiento, como todos saben ahora, la situación empeoró tanto que se instalaron mercados de esclavos en todo el país. La lección es clara: sin desarrollar un sistema de defensa, no se puede disuadir la agresión occidental. Hasta el día de hoy, la OTAN y Estados Unidos son muy cuidadosos con la forma en que libran su guerra contra Rusia. No pueden llevarla a cabo con la misma audacia que utilizaron en Libia. Necesitaron un intermediario —Ucrania— para no ser considerados formalmente como los sujetos que ejecutan el acto. Si Venezuela hubiera contado con el sistema de armas que el camarada Kim Jong Un exhibe, es poco probable que ese gigante de las Siete Leguas —como José Martí llamó al imperio estadounidense— hubiera sido tan descarado en sus ataques. No podemos olvidar lo que Mao nos enseñó: el imperialismo es un tigre de papel. Parece aterrador, pero si se le da una nariz sangrante, huirá.

  1. El “estalinismo” tenía razón:

La “izquierda” occidental, profundamente arraigada en lo que he denominado una perspectiva de “fetiche de la pureza”, prácticamente se ha definido a sí misma a través del rechazo de aquello que llama “estalinismo”. Sin embargo, tal cosa no existe realmente. Lo que sí existe es el marxismo-leninismo, un marco para librar con éxito la guerra contra el capitalismo-imperialismo. Lo que la “izquierda” occidental ha denostado como “estalinismo” son las prácticas realistas de proteger y construir un Estado revolucionario, capaz de defenderse de enemigos tanto internos como externos.

El filósofo Slavoj Žižek, él mismo anticomunista, no obstante realiza una observación aguda sobre la disposición de los marxistas-leninistas —así como de los conservadores— a rechazar el moralismo liberal y asumir la responsabilidad por las acciones difíciles que deben llevarse a cabo para defender un proyecto político. Como argumenta en The Ticklish Subject: The Absent Centre of Political Ontology:

“Lo que un verdadero leninista y un conservador político tienen en común es el hecho de que rechazan lo que podría llamarse la irresponsabilidad liberal de izquierda, es decir, abogar por grandes proyectos de solidaridad, libertad, etc., y luego escabullirse cuando el precio que hay que pagar se presenta en forma de medidas políticas concretas y a menudo ‘crueles’. Al igual que un conservador auténtico, un verdadero leninista no teme pasar al acto, asumir la responsabilidad por todas las consecuencias, desagradables como puedan ser, de realizar su proyecto político.”

La “izquierda” occidental ridiculizó a Stalin por su trato brutal hacia la oposición dentro del partido, ignorando siempre el contexto de agitación en el que esa oposición, a menudo traicionera, decidió desafiar el orden vigente del Estado revolucionario. En un momento en que se requerían compromiso y unidad incondicionales para la protección de la revolución, “dudar era traición”, como dicen hoy los revolucionarios chavistas. La historia ha demostrado que los Estados revolucionarios que sobreviven y prosperan son aquellos que están dispuestos a ensuciarse las manos y a ser tan brutales con la oposición interna en tiempos de crisis como sea necesario. Como argumentó recientemente el Presidente Ejecutivo del Partido Comunista Estadounidense, Haz Al-Din: “Venezuela demuestra que las medidas más brutales de las dictaduras comunistas para aplastar a los enemigos internos estaban 100% justificadas. Ignoren las lágrimas de cocodrilo por las ‘víctimas’. Duden, y ellos resoplarán/gruñirán victoriosos sobre el cadáver de su país.”

¿No es esta precisamente una de las lecciones centrales que debemos extraer de Venezuela, Bolivia, etc.? ¿Por qué se respeta de manera tan fetichista el formalismo ‘democrático’ burgués? Si tienes una oposición traidora que llama a la invasión de tu país por fuerzas sionistas, ¿cómo podrían caminar libremente por las calles de tu país? ¿Por qué un Juan Guaidó o una María Corina Machado pudieron caminar libremente por las calles de Caracas, viajar al extranjero y regresar, cuando era tan claro que no eran más que traidores a la patria de Bolívar—individuos que querían regresar a un tiempo en que los venezolanos blancos y ricos eran los esclavos domésticos privilegiados del imperialismo estadounidense? Esto no significa que no se permita la pluralidad, pero como enseñó Fidel Castro: dentro de la revolución todo, fuera de ella nada.

  1. Estamos en la era de los bloques civilizatorios:

Hoy, el Estado-nación está siendo superado como núcleo de la geopolítica por el Estado civilizatorio. En la actualidad, la geopolítica está determinada por bloques civilizatorios. Solo una unidad civilizatoria meta-nacional de pueblos que fueron divididos artificialmente en naciones tribales por el colonialismo occidental puede frenar la ferocidad de un superimperialismo estadounidense en declive. Ahora es el momento —más que nunca— para que América Latina retorne a la sabiduría de Bolívar, Martí y otros héroes revolucionarios que comprendieron el carácter esencial de una América Central y del Sur unida para disuadir el imperialismo estadounidense. En esto, por supuesto, los chavistas no son culpables. Todo su proyecto revolucionario tiene esta lección en su núcleo. Por lo tanto, este tercer punto está dirigido a aquellas otras naciones de la región que, de manera insensata, creen que pueden tener siquiera un atisbo de soberanía sin adoptar la unidad civilizatoria-bolivariana revolucionaria propuesta por los chavistas. Estos ataques contra Venezuela son ataques contra el principio mismo de la soberanía, y todos los países del hemisferio están en problemas si no se toman medidas serias para construir una unidad civilizatoria y revolucionaria panamericana.

Esta lección también debe ser atendida por nuestros camaradas antiimperialistas de todo el mundo —desde Asia Occidental hasta África. Aquí —al igual que los venezolanos— la Alianza de Estados del Sahel tiene la idea correcta. Como enseñaron Kwame Nkrumah, Thomas Sankara y todos los grandes revolucionarios africanos, solo a través de la unidad panafricana la madre patria africana puede ponerse plenamente de pie por sí misma y sacudirse de una vez por todas las cadenas del imperialismo y el neocolonialismo occidentales. En China, como sostiene el profesor Zhang Weiwei, el propio Estado es un Estado civilizatorio. Otros analistas han argumentado lo mismo sobre la Federación Rusa. En Asia Occidental —como en América Latina y África— los imperialistas han tenido éxito en dividir a pueblos que comparten una unidad civilizatoria común. Esa división de este polo civilizatorio esencial debe ser superada. En la era de los Estados civilizatorios y las alianzas metaestatales, el Estado-nación no está muerto en sí mismo; simplemente es reincorporado a una nueva interacción dialéctica en la que se sitúa como el aspecto secundario —como diría Mao— de la contradicción entre nación y civilización. Como producto de este período de transición, los proyectos nacionales deben elaborarse en armonía con, y siendo conscientes de, el contexto civilizatorio más amplio de unidad que debe crearse o enriquecerse.

Los países de América Latina deben extraer las lecciones correctas de estos acontecimientos que se desarrollan en Venezuela. En cualquier momento, ellos también podrían ser los siguientes. Si están solos y divididos, serán débiles. En un momento en que las fuerzas antiimperialistas de la región han sufrido duros golpes (la pérdida del partido Movimiento al Socialismo en Bolivia, la derrota de la izquierda en Honduras, el secuestro de Maduro, etc.), es más esencial que nunca volver a las enseñanzas de los grandes pensadores panamericanos, quienes comprendieron que, sin una unidad civilizatoria más amplia, la soberanía nacional siempre penderá de un hilo.

Resumen

Al ver desarrollarse los acontecimientos de la última semana, estos tres puntos clave han reaparecido constantemente en mi mente. Estás ideas están concebidas como opiniones y sugerencias camaraderiles —no como críticas severas ni condenas. Mi apoyo a la Revolución Bolivariana es inquebrantable, y si busco extraer ciertas lecciones que considero pueden aprenderse de momentos difíciles como estos, siempre es con el espíritu de proteger la revolución de la agresión imperialista y de los traidores internos, no de patearla cuando está en el suelo.

Me gustaría cerrar con una frase del poeta revolucionario cubano, Bonifacio Byrne:

Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día,
nuestros muertos, alzando los brazos,
la sabrán defender todavía.

Esta frase, repetida frecuente mente por el comandante Fidel Castro, capta el espíritu en el que se tiene que entender no solo a la patria nacional, sino también al contexto mas amplio de nuestra América.

 

[1] El Dr. Carlos L. Garrido es un profesor de filosofía cubanoamericano que recibió su M.A. y Ph.D. de la Universidad del Sur de Illinois en Carbondale. Se desempeña como Secretario de Educación del American Communist Party y como Director del Midwestern Marx Institute, el centro de estudios marxista-leninista más grande de los Estados Unidos. El Dr. Garrido ha escrito varios libros, entre ellos Marxism and the Dialectical Materialist Worldview (2022), The Purity Fetish and the Crisis of Western Marxism (2023), Why We Need American Marxism (2024), y dos textos próximos: Domenico Losurdo and the Marxist-Leninist Critique of Western Marxism (2026) y Hegel, Marxism, and Dialectics (2026–7). El Dr. Garrido ha publicado más de una docena de artículos académicos y más de un centenar de artículos en espacios populares en Estados Unidos, México, Cuba, Irán, China, Brasil, Venezuela, Grecia, Perú, Canadá, etc. Sus escritos han sido traducidos a más de una docena de idiomas. También escribe artículos breves para su Substack, @philosophyincrisis, y realiza programas regulares en YouTube para el canal del Midwestern Marx Institute.