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Tres fantasmas de la verdad: "El hombre que amaba los perros" de Leonardo de Padura

Javier Sainz Paz

Los fantasmas son presencias que nos acompañan de diversas formas; marcan y develan ciertas verdades que se esconden en un aparente olvido, entre lo objetivo y la remembranza. Es de este modo que en la novela El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura emergen tres espectros que rondan el espacio narrativo: León Trotsky, Ramón Mercader e Iván Cárdenas Maturell.

Más allá del carácter histórico de la novela, o tal vez gracias a él, cada una de estas presencias da cuenta de un discurso que es constante: la utopía comunista se ha pervertido y no sólo ha sido responsabilidad de ciertos dirigentes, individuos o situaciones, sino de todos aquellos que callaron, que se conformaron y que dejaron de soñar. Así, Padura reúne a una gran cantidad de personajes, víctimas y victimarios, que transitan por demarcaciones en donde la utopía comunista constituyó un horizonte inmediato de posibilidad, lo cual implicaba definiciones claras y el destierro de cualquier titubeo: la Segunda República española, el México cardenista, la Cuba del periodo especial, la Unión Soviética de los Procesos de Moscú y la posterior al XX Congreso del PCUS, por mencionar algunos. Asimismo, recorre diversas temporalidades que nos conducen por los exilios de Trotsky previos a su llegada a México, hasta los primeros años del siglo XXI, en donde Iván recupera la historia de Mercader.

En todo este relato de largo aliento, las presencias de Trotsky, Mercader e Iván se nos muestran como puntos que colectan diversas contradicciones, arquetipos que dan cuenta de una larga tragedia, de un destino cíclico y maldito que pasa de generación en generación. A través de estos espectros trágicos, de estos Ulises que luchan por volver a Ítaca, Padura muestra que en ellos ha caído un destino, que se manifiesta en un percibir al mundo como una cárcel que se presenta como incomprensión, como miseria, como persecución y como exilio. Asimismo, a estos tres Ulises los une el cariño hacia los perros, seres en quienes se deposita la confianza plena, el reconocimiento de que, a pesar de todo, se sigue siendo humano. De esta manera, los borzoi se convierten en un tótem que acompañarán a nuestros espectros.

En el personaje de Trotsky, convergen el deseo y la no renuncia por la construcción de la utopía; una necedad que no puede ser detenida a pesar de todo el sufrimiento, de la muerte de sus hijos, del cerco y aislamiento político y, sobre todo, de la conciencia de que Stalin lo estaba conduciendo lentamente hacia donde deseaba, que por ello lo habían dejado vivir y que toda su familia sería perseguida o al menos tendrían que cargar con su presencia, la cual siempre los marcaría. Conciencia también de lo que él significaba para Stalin: un enemigo que podía destapar el pasado, “el genocidio de la colectivización de la locura asesina de sus obras y sus campos de concentración” (394-395) y por ello “tenía que matar a todos los que conocieron a Lenin, a los que conocieron a Liev Davídovich y, por supuesto, a lo que conocieron Stalin” (394). De esta manera, Los Procesos de Moscú se muestran como un acto que condenó al siglo XX, en donde nadie escapa sin culpa, ni los verdugos, ni los condenados, ni los espectadores.

En ese mismo sentido, la construcción de Ramón Mercader va más allá del perfil del traidor, del asesino político irreflexivo; al contrario, nunca es el mismo, pero siempre es Mercader: un preso del fanatismo, del dogmatismo, del engaño y de la verdad. Desde el joven comunista que desea hacer cualquier cosa por el triunfo de la República española, su aceptación de la táctica del asesinato de compañeros de ruta –como Andreu Nin–, su ardua preparación como asesino político, su acercamiento al “pato” –nombre clave dado a Trotsky–, la experiencia carcelaria en México en donde leerá a Trotsky, su vida en la Unión Soviética –luego de 1968– que se le revela como “fruto de las profecías de Trotski […] y la fábula futurista e imaginativa de Orwell en 1984 [que] terminó convirtiéndose en una novela descarnadamente realista. Y nosotros sin saber nada… ¿O es que no queríamos saber?” (651). En todo este recorrido, vemos a un Ramón que ha pasado de la fe ciega a algo muy cercano al arrepentimiento, para terminar de compartir el aislamiento de aquel que asesinó y quien terminó salvándole la vida al no permitir que lo ejecutaran luego de arremeter con todo su dogma con un piolet.

“—Óigame bien, Jacson, si alguna vez tiene un borzoi, nunca se olvidará de mí —sentenció el viejo y miró su reloj” (610). Y así fue, el Ramón Mercader de Padura cargó con Trotsky y con todos los asesinatos políticos que Kotov, su maestro, le contó, maldición que transmitió a Iván, joven escritor cubano que tras la censura experimenta las manifestaciones homofóbicas del socialismo cubano con la desaparición de su hermano, así como la pobreza y miseria a la que ha sido sometida por tantos años la valiente isla. En medio de esas tribulaciones conoce a Jaime López y a sus borzoi, Ix y Dax, con lo cual comienza una serie de encuentros que le revelarán a Iván su verdadera identidad, y con ello a sentir compasión por aquel asesino político, verlo como un soldado que cumplió ordenes, una víctima y un verdugo:

–[…] sentí asco. Pero también sentí compasión por él, por el modo en que lo habían usado, por la vergüenza que le provocaba ser él mismo. Ya sé, era un asesino y no merece compasión, ¡pero todavía yo no puedo evitarlo, cojones! […]. Ni quemándose todo el cuerpo se podía quitar su historia de encima, ni creyéndose que era otro… Pero a pesar de todo, a mí me daba lástima saber cómo había terminado, porque siempre había sido un soldado, como tantísima gente… Y esa compasión lo hace sentirse a uno sucio, contaminado por el destino de un hombre que no debería merecer ninguna piedad, ninguna pena. Por eso me niego a creer que lo haya matado su misma gente: de alguna forma, eso lo haría un mártir… (752-753)

La mirada que se construye de Iván pretende “representar a la masa, a la multitud condenada al anonimato, y su personaje funciona también como metáfora de una generación y como prosaico resultado de una derrota histórica” (760). De esta manera, Padura plasma en Iván la terrible contradicción que considera llevó a muchos cubanos a sólo percibir “el cansancio histórico” y la “utopía pervertida”.

Este biombo de figuras espectrales, presencias de un pasado que nos acosa, dan cuenta de las terribles tribulaciones del siglo XX, que permanecen y se disgregan por diferentes geografías, creando una línea de reflexión que tiende lazos con la necesidad de regresar a aquellas heridas aún abiertas que significó el estalinismo, para redimensionarlas.

En ese sentido, una de las posibles lecturas de El hombre que amaba a los perros se puede realizar desde la idea de “novela de la decepción” de Lukács, en donde “todo el valor está colocado del lado del protagonista derrotado quien, por hallarse al borde de la muerte, rebosa en belleza y juventud lacerada, mientras al tiempo se le atribuye la aspereza, la severidad, la falta de ideas” (Lukács, 2010, p. 120). Así, nuestras figuras espectrales, Trotsky, Mercader e Iván, en su derrota, representan una cara de la verdad, una que se ha tratado de ocultar, uno de los ríos profundos del hombre, pero que termina por emanar de cara a la muerte.

Los procesos de Moscú siguen siendo muestra de cuan cruel se puede caminar en la construcción de escenarios utópicos, de cuánto puede cegar la fe. José Revueltas, en su novela Los errores, había abordado esta temática y lanzado una interrogación al mundo: ¿el siglo XX será el siglo de la Revolución de Octubre, o el de los Procesos de Moscú? Me parece que Padura sigue en esta línea de reflexión, conduciéndonos por diferentes ramificaciones de esta problemática, adentrándose en una de las peores caras del socialismo real: el cinismo que permeó en los comunistas al callar ante la ignominia.

Bibliografía.

Lukács, Georg. Teoría de la novela. Buenos Aires, Ediciones Godot, 2010.

Padura, Leonardo. El hombre que amaba a los perros. 15ª. reimp. México, Tusquest, 2019.

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