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Reseña de "Populismos. Una defensa de lo indefendible" de Chantal Delsol

Chantal Delsol, Populismos. Una defensa de lo indefendible, tr. de María Morés, Ariel, México, 2016, 185 pp.

Adrián Rodríguez

Historiador y político de calle

Este libro, redactado por la filósofa liberal Chantal Delsol, podría considerarse una buena introducción sobre algunos aspectos de ese fenómeno conocido como “populismo”, aunque en esencia la autora busca revalorarlo dentro del espectro político. Los méritos del libro van en ese sentido, pero vamos primero por aquellos detalles que consideramos deficiencias.

Por una parte, en la edición material del libro por parte de la editorial Ariel hay un juego de mercado. En español el libro se subtitula c“Una defensa de lo indefendible” y lo acompaña una portada de un hombre con una venda en los ojos. La idea que se desprende de tal decisión editorial es precisamente convertir al libro en algo controversial para fines exclusivamente de venta. Pero también abona a la confusión del lector. Por una parte, en el libro hay una intención de revalorar al populismo más allá de conocidos prejuicios. Sin embargo, me parece exagerado llamarlo “una defensa”. Pero de ello no es culpable la autora. El subtítulo original de su libro es “Les demeurés de I’Historie”, algo así como “los estadios de la Historia”, lo cual ya de entrada da una idea clara de que se está ante un estudio de índole histórica.

Ahora bien, en otro orden analítico, la propuesta de dotar al populismo de un marco histórico (desde la cultura clásica), es interesante, pero no deja de caer en la pretensión o el prejuicio del “ídolo de los orígenes”, como lo llamó Marc Bloch. Es decir, la obsesión de que los orígenes de algún fenómeno explican todo su desarrollo o proceso histórico, lo cual realmente lo que hacen es descontextualizar. Pero bueno, es la manera común como se entiende el estudio de la historia, y Delsol no es historiadora. Lo que es incomprensible, es que la autora en su estudio no cite a otros autores que por demás son conocidos dentro del debate populista. Ya no se diga a Ernesto Laclau, sino incluso a Chantal Mouffe. Por lo mismo, este trabajo parece más un ensayo que un estudio concienzudo del fenómeno analizado. Más allá de esto, me parece que el libro aporta ideas y conceptos importantes, desde  una sana crítica o autocrítica.

La sana reflexión de la que parte Delsol es su intención de revalorar el populismo dentro del pensamiento político occidental, básicamente Europa, aunque realice un par de referencias a figuras latinoamericanas (Chávez, Perón). De hecho, a mi en particular me parece que la autora comprende a los populismos como parte de la familia de las modernidades, en el sentido que Marshall Berman lo vio. Es decir, como una de las muchas respuestas organizadas a los excesos de la modernización. Con esto, al populismo se le da un rostro claro y definido, como parte de un proceso histórico, y por lo tanto, racional, y eso me parece bastante rescatable.

En la misma tónica, me parece que al concebirlo de esta forma, queda una sensación al lector de que, para la autora. los populismos son por naturaleza reaccionarios, puesto que, desde una defensa de conceptos o valores como “la Patria”, “la familia”, “la tradición”, se contraponen a la expansión de los principios universales de la modernidad: los derechos humanos inalienables promulgados desde la Revolución Francesa. Incluso, en este esquema muy simple la autora realiza su análisis: hay una contraposición de dos entidades. Por una parte, los populistas, que defienden lo que llama “el arraigo” (lo particular, lo concreto, lo real) y los cosmopolitas, que defienden “la emancipación” (lo universal, lo ideal, lo abstracto).

Esta dicotomía la presenta la autora desde un principio y es su controversial leitmotiv: en la época clásica ya se hacía distinción entre los numerosos, que se les identificaba con el idios, es decir, con lo particular (de ahí el idiote, que en un principio no era un insulto). En un viraje extraño, el particular fue concebido como un imbécil o un egoísta, puesto que se conformaba con la opinión expresada por todos, sin buscar la verdad superior, la universalidad, el bien común. De esta manera, Delsol asegura que ya para la época ateniense existía un embrión de lo que será después la idea de populismo, y donde se hacía la distinción entre un pueblo ignorante y una élite educada. Para la autora, inclusive, Aristóteles es el verdadero demócrata de la antigüedad. Porque el filósofo griego nos descalificaba de entrada a los numerosos, puesto que les reconocía lucidez para hablar de asuntos del bien común.

En este aspecto la propuesta analítica de Delsol es muy controversial. Pareciera caer en un tipo de anacronismo. O sea: ver en el pasado elementos propios del presente, sin una crítica más minuciosa para reconocer diferencias entre entonces y ahora. Pero esa falta de crítica se compensa con su capacidad crítica para deslindar al populismo de ciertos prejuicios o reconocer cómo el concepto ha evolucionado o cómo lo hemos heredado. La autora revisa los usos del concepto populista en Estados Unidos y en Rusia; cómo a este ha quedado marcado de por vida la experiencia nazi; cómo se ha relacionado “el pueblo” con “la revolución”, en la experiencia soviética; cómo el populismo se vincula más a las provincias que a las capitales mundiales; los numersos conceptos con los que se vinculan actualmente: la tontería, el ensimismamiento, la brutalidad, la frustración. Cada uno de estos abordajes, tiene sus particularidades analíticas con las que no podríamos estar de acuerdo, sin embargo abonan al objetivo de la autora: quitarle al populismo el velo irracional con que se ve y que le sirve a otros agentes para descalificarlo por principio, aunque se hagan llamar demócratas.

Por ejemplo, muy importante me parece el deslinde que presenta DelSol entre el populista y el demagogo. Que explica así: “la demagogia recoge los caprichos y los eleva a rango de voluntades políticas. El populismo escucha y revaloriza la defensa de las particularidades”. Para Delsol el populista articula auténticamente las “voluntades del pueblo” para llevar a cabo “proyectos útiles y posibles que complacen a los electores”. Es decir, nace de la demanda de “lo particular”, de separar los valores de las meras pasiones. Igualmente, la crítica de Delsol ha la democracia me parece muy acertada. Desde la señalización de que normalmente se piensa que criticar la democracia es automáticamente una apología de la dictadura, hasta la hipocresía que propicia tal régimen, cuyos adeptos defienden en la idea y en lo abstracto, pero que en la práctica se entregan a la corrupción, los privilegios y la individualización de la sociedad, precisamente algunos de los males que el populismo combate desde la moralización de las funciones públicas.

La reflexión final de Desol es muy prudente y acertada, porque reconoce una inversión de los factores y actores. Menciona que muchos ataques, caracterizaciones y señalizaciones que hoy en día sufre el populismo de parte de los defensores cosmopolitas de la emancipación, son males que más bien permean entre estos últimos. Empezando por el pensamiento particular, relacionado con el idiotes. Efectivamente, como menciona Delsol, las élites viven en su propio mundo, que es el mundo entero, el de las capitales universales, donde se hablan varios idiomas, donde negocian fortunas, donde se estudia en las mejores universidades. Una élite que prefiere destruirlo todo en nombre del logos antes de darle la razón a los populistas; que prefiere mofarse de ellos antes de tomarse las cosas enserio, que prefiere ponerse al servicio de las nobles causas humanitarias en África antes que arreglar las carencias de la propia comunidad donde vive, porque aquellos valores que no están conceptualizados no valen nada para ella. Por eso la autora propone una educación o reducación de las élites en torno “a la exigencia de los límites” y el “sentido de la realidad”.  

En esencia, por eso me parece que el libro de Chanta Delsol logra su objetivo a pesar de algunas deficiencias analíticas: el populismo es una forma de hacer política, con sus propias características (una “rebelión de lo real”), y que por lo mismo merece ser revalorado críticamente, es decir, en su verdadera dimensión, puesto que en ella puede haber una vacuna contra las enfermedades causadas por ese sistema político mocho conocido como “democracia”.