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Reseña de Noticias biográficas de insurgentes apodados, Elías Amador Garay

Adrián Rodríguez

           Doctor en Historiografía y militante del Movimiento de Regeneración Nacional

  • Elías Amador Garay, Noticias biográficas de insurgentes apodados, México, Fondo de Cultura Económica, 2020.

«Los movimientos son productivos, nunca estáticos, no nacen de una agujero (ni quieren llenarlo), sino de una realidad que se presenta ante ellos como conflicto»      

Antonio Negri

I

Buscando alguna obra de la colección “21 para el 21” (que el Fondo de Cultura Económica publicó este año para conmemorar varias fechas del calendario nacional), cayó en mis manos el librito Noticias biográficas de insurgentes apodados, del historiador zacatecano y liberal Elías Amador Garay. Su confección, a manera de diccionario, lo vuelve fácil de leer y permite apreciar la erudición que hay en su elaboración. Su autor lo publicó originalmente por entregas en 1910, para el centenario de la Independencia y ese mismo año se editó como libro por el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología. Su rescate a través de miles de ejemplares que realiza ahora la editorial más importante del Estado mexicano, merece un comentario historiográfico.

En sus poco más de cien páginas Noticias biográficas de insurgentes apodados compila los datos personales de casi doscientos personajes ligados a la lucha por la Independencia, que Elías Amador encontró en variados materiales. Lo llamativo de la propuesta es que al historiador le interesa seleccionar a los personajes que llevaban un apodo y que aparecen así en los documentos consultados. Esta decisión vuelve a la obra en una auténtica joya histórica. Sobre todo porque la abrumadora mayoría de los nombres que ahí aparecen (que conviven con “El Zorro” Miguel Hidalgo o “la Corregidora” Josfa Ortiz de Domínguez) son prácticamente desconocidos para todos aquellos que no son especialistas locales o regionales de la guerra de Independencia.

La trascendencia de esta publicación radica en ello: abre los ojos para apreciar en su justa dimensión una revuelta auténticamente popular, cuya complejidad apenas nos llega por retazos en esta breve obra. Su lectura nos amplía la visión sobre la variedad inconmensurable de personajes novohispanos que se involucraron en el conflicto. Personas que venían de todas las clases, etnias y sectores, y de quienes ahora sabemos muy poco, sobre sus intereses, motivaciones o visión del mundo. Por ejemplo, Elías Amador registra a una mujer llamada Bárbara Rosas, apodada “La Griega”, originaria de Oaxaca y que era trabajadora doméstica en la casa de un capitán. Lo único que se sabe de ella es que mostró simpatía por el movimiento de Miguel Hidalgo (afirmando que el cura no le hacía mal a nadie, sólo a los gachupines), por lo cual fue sentenciada un año en la cárcel de las Recogidas.

Igualmente, hay otro individuo apodado “El Jiro” (llamado Andrés Delgado), originario de Salamanca (Guanajuato), cuyo oficio era tejedor de mantas. Lo único que se sabe de él es que combatió sanguinariamente por varios años a los realistas en el Bajío, hasta que años después fue apresado, ejecutado y su cabeza exhibida públicamente. Lo mismo se puede decir de “La Nigua”, que era músico y se sumó a las huestes de Hidalgo en Guanajuato, o de “El Negro”, Pedro Rojas, que según Amador cambatió en los alrededores de la Ciudad de México, y que servía como subalterno de otro cabecilla apodado “El Chino”.

II

Lo que quisiera resaltar con esta pequeña selección de personajes es, por una parte, mostrar la gama de personalidades, oficios y rasgos étnicos que el lector se puede encontrar en la obra y que resulta es de lo más entretenido para el curioso e interesado en esta época de nuestra historia; por otra, me gustaría tratar de manera más aguda la aportación historiográfica de la obra, en otro nivel.

Es necesario señalar el sesgo ideológico que puede haber en la compilación de Elías Amador. Es claro que él consideraba a todos los involucrados como “insurgentes”, es decir, como personas que luchaban conscientemente por la independencia de una nación. En este sentido la obra se puede clasificar como un producto más del nacionalismo mexicano, donde los intelectuales, con apoyo de referencias históricas, han tratado de imaginar una gran comunidad de individuos con afinidades de varía índole, que llamamos nación; algo que sucedió, ha sucedido y seguirá sucediendo en México, como en otro países, como parte de la construcción y reconstrucción constante del Estado-Nación según los intereses dominantes del momento.

Hay ambiciosos trabajos que, no obstante sus problemas conceptuales y metodológicos, han buscado superar la simplificación nacionalista de la guerra de Independencia. Uno de los más importantes (exaltado por los intereses comunes de cierta parte de la academia mexicana y norteamericana) es La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, de 1810 y 1821, de Eric Van Young[1]. A través del análisis de 1, 284 interrogaciones a integrantes de las clases populares que fueron hechos prisioneros por considerarlos insurgentes, el autor aventura algunas conclusiones interesantes. Por ejemplo, matiza la idea de que el extracto de la población que se involucró en la insurgencia no fue mestiza, sino mayoritariamente indígena, misma que radicaba en el campo y no en las ciudades. A partir de ahí revisa las razones de su comportamiento: ¿por qué estos individuos se sumaron a la insurgencia? Donde encuentra muy variadas causas:  desde amistad, trabajo, religiosidad, etcétera. Esto lleva al autor a asegurar que la alianza fraguada entre la élite criolla y las clases populares en la lucha obedecía a intereses que no coincidían. Mientras que aquellas luchaban por un proyecto general independentista (la separación de España), las clases populares -y esta es su principal tesis- lo hacían por sus propios intereses locales, que el historiador caracteriza como una “resistencia cultural” ante ciertos cambios sociopolíticos generados por la modernización estatal experimentada en las postrimerías de la época colonial.

No obstante, lo sugerente de sus ideas, me parece que la obra de Van Young atomiza de tal forma el fenómeno histórico de la lucha por la Independencia, que no se alcanza a visualizar realmente en conjunto (incluso cuando trata de hacer un análisis comparativo entre la Independencia de México, la Revolución francesa y la independencia de Estados Unidos de América). Pareciera por momentos que, en nombre de evitar caer en cualquier argumento nacionalista (es decir, de hablar de autoderminación e independencia), hay una resistencia en reconocer que ciertos sectores populares podían abrazar o reelaborar un proyecto más amplio, fuera de su círculo local. Tal estrategia analítica me parece peligrosa, no sólo porque Van Young jamás considera como subalternos a líderes insurgentes afrodescendientes y abiertamente independentistas, como Vicente Guerrero o José María Morelos, a quien incluso llama erróneamente “cabecilla criollo”. También lo señalo porque los procesos de construcción del Estado-Nación que vinieron después con las luchas de la Reforma, el Segundo Imperio o la Revolución mexicana, fueron complejísimos, y se caracterizaron por la capacidad de las clases populares de adoptar o asumir un proyecto de nación, siempre y cuando que ello se reflejara con ciertos beneficios en la comunidad local. 

Ahora, en la misma tónica, el rescate de la obra de Elías Amador Garay, aunque pueden ser leída desde el revisionismo de investigaciones como la de Van Young, su erudición (la datos duros que recopila, distingo de la escuela positivista) es un cuestionamiento por sí mismo a las conclusiones de estos tipos de trabajo. Esto lo sugiero no sólo porque en las más de ochocientas páginas del libro del historiador norteamericano no se cita la pesquisa de Amador (aunque algunos de sus insurgentes sí aparecen). Lo digo sobre todo porque la pluralidad de vivencias, sueños, ideas e intereses de las clases subalternas a lo largo del territorio novohispano realmente fueron más variados que los emanados de la muestra tomada por Van Young. Y esto vale tomarlo en serio, porque ahí está el germen de la posterior construcción del Estado-Nación. Puesto que si no entendemos sobre qué bases sociopolíticas se elaboró ese pasado, difícil es que podamos entender nuestro presente.

III   

Hay otra cuestión por la que el libro de Elías Amador me incumbe. En parte, es debido al propio origen zacatecano del autor, quien en su obra expone numerosos eventos y personajes relacionados con Aguascalientes, donde resido. Sin embargo, hay otro detalle, igualmente personal.

Me llama la atención el gran trabajo archivístico y bibliográfico de Elías Amador. Entre sus fuentes se encuentran obras como Colección de documentos para la historia de la guerra de Independencia de México, de José Hernández y Dávalos, así como el fondo Operaciones de Guerra, del entonces Archivo General y Público de la Nación, (ahora AGN), que resguarda la ingente correspondencia de los oficiales realistas sobre sus acciones contra los insurgentes; documentos firmados por individuos con apellidos como Armijo, de Llano, de la Cruz, Concha, Linares, etcétera.

Todos estos nombres y documentos me son muy familiares. Me recuerdan el propio trabajo que realicé en el AGN hace algunos años, cuando, después de que descubrí en Aguascalientes un mecanoscrito inédito e inconcluso del historiador Ernesto Lemoine sobre la captura de José María Morelos, varios investigadores nos dimos a la tarea de reconstruir esa obra, tratando de rellenar lo que su autor dejó vacío (citas de libros y documentos de archivo) e imaginando cómo pensaba elaborar su anexo documental.

El trabajo en equipo fue realmente titánico. Fue como armar un rompecabezas. Tuvimos que meternos meses en la fantástica biblioteca de Ernesto Lemoine (que está en Aguascalientes) así como en el AGN, específicamente en el fondo de Operaciones de Guerra, donde pudimos leer y transcribir cartas relacionadas con revuelta novohispana, y las dificultades de los realistas para contener el descontento popular[2].

De entre estos documentos, siempre traigo uno en mente. Se trata de una carta de Gabriel Armijo a Féliz María Calleja, con fecha del 26 de octubre de 1815, firmada desde Olinalá. En su posdata, el oficial realista señalaba con cierto pesimismo:

La ferbesencia de todos los pueblos de la conpreción de Tlapa ya he manifestado a V.E. y ahora añado que los asesinatos tan orrorosos que estan practicando indistintamente a las gentes que no asienten a sus designios son de lo más criminales y abundantes que exigen ejecutivísimo remedio, pues este fuego se va extendiendo sin término.         

Justamente, cuando estábamos haciendo la labor de reconstrucción de la obra de Lemoine y revisando este tipo de textos que hablaban del exacerbado movimiento popular en esa región del sur de la entonces Nueva España, en las noticias escuchábamos el levantamiento de las autodefensas en Michoacán, donde ya sobresalía el nombre de José Manuel Mireles. Para quienes estábamos en esta labor de investigación era como si,  de pronto, la historia de papel se volviera de carne y hueso. Había una gran coincidencia. Porque los nombres de los pueblos y comunidades que los realistas mencionaban en su correspondencia y los de la ruta que el general Morelos decidió tomar para trasladar el Congreso constituyente de Uruapan a Tehuacán, eran los mismos que aparecían en las notas y reportajes periodísticos sobre las autodefensas.

Esto lo menciono porque, por una parte, el fondo que Elías Amador es realmente abundante en datos sobre la violencia popular desatada en la guerra de Independencia. Por otra, porque los nombres de aquellos insurgentes que rescató el zacatecano (ahora olvidados) me los puedo imaginar perfectamente en su actuar, gracias a la experiencia de participar en el proyecto de Ernesto Lemoine y José María Morelos, y su extraña vinculación con el levantamiento de las autodefensas, doscientos años después.

La referencia a mi experiencia no es para ufanarse. Como atinadamente Carlo Ginzburg lo ha investigado: un historiador no puede revivir el pasado para saber exactamente cómo se vivieron ciertos fenómenos, pero puede contar con algunas vivencias propias que le pueden despertar la imaginación y replantear su andamiaje teórico. Por ejemplo, el italiano describe cómo las vivencias que Marc Bloch experimentó en las trincheras de la Primera Guerra Mundial (donde la comunicación oral cobró una gran importancia), le permitió comprender cómo hubiera sido la vida cotidiana medieval y su mentalidad colectiva, y todo lo que se desprendía de ella: dichos, leyendas y mitos; lo cual plasmó en su libro Los reyes taumaturgos[3].      

Posdata

Hay otro dato en la introducción que Elías Amador escribe a su libro que vale la pena mencionar. Consciente de que muchos de los insurgentes cometieron crímenes, el zacatecano ensaya una explicación a ello. Busca deslindar el fin supremo de la lucha de Independencia de los actos sangrientos que lo acompañaron. Por ejemplo, escribe:

los errores, los extravíos, las faltas o la punible conducta de muchos insurgentes no deben recaer sobre la justa y salvadora causa que ellos defendieron, ni mucho menos mancharla, porque ella no autorizaba los males que en su nombre se cometían, ni sus benéficas tendencias eran la perversidad y el crimen.

A esto añade, como remate de su explicación-justificación, los versos del poema “La calumnia”, de Rubén Darío, que rezan:

Puede una gota de lodo

sobre un diamante caer;

puede también de este modo

su fulgor oscurecer;

pero aunque el diamante todo

se encuentre de fango lleno,

el valor que lo hace bueno

no perderá ni un instante,

y ha de ser siempre diamante

por más que lo manche el cieno.

Cuando Elías Amador escribía su explicación, no se imaginaba que en poco tiempo le tocaría vivir en carne propia una gran movilización popular (con todos sus inconvenientes y crueldades), semejante a la que había sucedido cien años antes. Valdría la pena saber si el historiador de Zacatecas mantuvo su misma apreciación de la guerra de Independencia, en torno a los fines y los medios, hasta el momento de su fallecimiento, en 1917. Sin embargo, me llama la atención que varios personajes que combatieron en la Revolución mexicana (como Francisco J. Múgica, Mariano Azuela o Práxedis Guerrero) concibieron a este movimiento en términos muy similares a los de Amador. De ellos escribí en un artículo titulado “La Revolución o ‘sólo en el fango prospera la semilla’”, para esta misma revista hace unos meses. Invito al lector a seguir leyendo y discutiendo estas formas y personajes de nuestra historia.

[1] Eric Van Young,  La otra rebelión. La lucha por la independencia de México, de 1810 y 1821, México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

[2] En otro momento escribiré sobre las dificultades que sorteamos durante el régimen peñanietista, para relatar las circunstancias que abonaron al descubrimiento del mecanoscrito de Ernesto Lemoine. Por el momento, remito al lector a la obra que se publicó finalmente como Ernesto Lemoine, La última expedición de Morelos, (textos introductorios de Adrián Gerardo Rodríguez Sánchez, María José Villaseñor e Ignacio González-Polo), México, Secretaría de Gobernación / Instituto Cultural de Aguascalientes, 2014.

[3] Carlo Ginzburg, Cinco reflexiones sobre Marc Bloch, tr. de Carlos Aguirre Rojas, México, Contrahistorias, 2015, p. 60.

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