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Releyendo las reflexiones de un maestro sobre su propio maestro. Giuseppe Prestipino repiensa a Lukács

Antonino Infanca[1]

Traducción de Miguel Vedda

A pocos meses del fallecimiento de Prestipino, un pequeño libro –Su Lukács. Frammenti di un discorsoetico-politico (Sobre Lukács. Fragmentos de un discurso ético-político) – llama nuestra atención sobre el análisis que el filósofo italiano dedicó a Lukács; ante todo, a un aspecto central del último Lukács: la ética. Como se sabe, Lukács, en sus últimos años de vida, aproximadamente durante sus últimos veinte años, se dedicó a la construcción de un verdadero sistema filosófico. Primero, la Estética, a la que debía seguir una Ética. Después de haber concluido la Estética –al menos, en la forma monumental en que la conocemos, de unas 1600 páginas, en vista de que la intención de Lukács era escribir un segundo volumen–, el filósofo húngaro se disponía a escribir una Ética, pero se dio cuenta de que debía definir, en primer lugar, el sujeto de esta ética y, por ende, comenzó a escribir la Ontología del ser social. Se encontraba recién terminada esta obra, junto con su versión más breve y ágil, los Prolegómenos a la ontología del ser social, cuando la muerte puso fin a la obra sistemática de Lukács. De la Ética permanecen algunos apuntes de los que es posible, con alguna dificultad, extraer algunos conceptos.

Prestipino, sin embargo, consiguió, sobre todo en los años finales del siglo pasado, rastrear algunos conceptos de naturaleza ético-política en Lukács; y La Porta, el editor del libro, logró sintetizar esta investigación en las páginas de este opúsculo; sobre todo, consiguió sintetizar la actitud de Lukács frente a la gran cuestión de la democracia: “La democracia es, para Lukács, ser con el otro, o ser entre los otros” (p. 12).Puede verse que la democracia, categoría de la política, tiene un contenido ético, una apertura al Otro y una convivencia con los otros, de modo que el individuo es un ser-en-común con los otros; el individuo es, en el fondo, una comunidad de acciones recíprocas. Hay que tener presente que en alemán –la lengua en la que escribía Lukács– “comunidad” es Gemeinschaft, que significa también “acción recíproca”. Personalmente, siempre he leído la Ontología de Lukács como una teoría del individuum, es decir, de un ser no dividido entre una singularidad y una colectividad, entre un hombre y la comunidad en la que él vive. Encuentro, pues, en Prestipino una lectura muy similar a la mía, como es obvio tratándose marxistas como nosotros.

Este individuo, este ser social, es “una posibilidad aún no realizada” (p. 24); para emplear términos de Bloch –otro filósofo marxista muy caro a Prestipino–: es un todavía-no-ser. Lo que impide la realización de esta posibilidad es la alienación que domina al mundo contemporáneo –añado– en todos los sistemas de producción de la riqueza y en toda la sociedad existente, de modo que la alienación es hoy el verdadero elemento globalizador. Prestipino sostiene que “el concepto de alienación […] sustituye la noción de explotación” (p. 43); creo que la alienación es un instrumento más refinado para completar la acción de la explotación y, en este sentido, utilizo la concepción de “cosificación” que Lukács empleó en Historia y conciencia de clase, su primera obra maestra marxista. En la Ontología del ser social, la alienación retorna como un fenómeno extendido a la íntegra esfera del ser social, como dije más arriba; puede ser considerada un fenómeno global, el fenómeno característico de nuestra época. La característica epocal, que Prestipino revisa, es que la alienación es una forma de desarraigar al individuo del género humano para recluirlo en la propia particularidad, para hacer de él un átomo separado de la acción recíproca, de la comunidad con los otros. Hablo de desarraigo porque la reclusión en la particularidad es también una aniquilación de las relaciones con la tradición, con la historia, que forman la particularidad del ser social de todo ser humano. El individuo particular de hoy puede encontrar una nueva identidad en las relaciones naturales con los otros –como por ejemplo en el sexo, la etnia, la generación (cf. p. 45), que son formas de comunidad rudas y ancestrales–; relaciones naturales que debe superar para tener una vida llena de sentido. La revuelta contra estas barreras naturales, es decir: el feminismo, el movimiento LGBT, el Black Lives Matter o la revolución blanca –que parece ser el movimiento de emancipación de los ancianos, de los que no se habla en un continente anciano como el europeo, pero es de actualidad en América Latina, un continente joven– son la manifestación actual de la lucha contra las “barreras naturales” a las que hacía referencia Prestipino.

Nos encontramos hoy en el umbral temporal de un cambio de época. La situación de alienación / explotación a la que está sometida genéricamente la humanidad no puede durar eternamente; ha nacido con la subsunción del trabajo al capital y con “el condicionamiento fundamental ejercido sobre la producción por parte de la racionalidad” (p. 24). La extrema racionalización vuelve imposible una vida humana en estas condiciones de alienación y explotación, que ha devenido también en explotación ambiental, con el riesgo del fin de la propia vida biológica del ser social. El marxismo puede presentarse como una nueva filosofía de la historia que indaga las posibilidades futuras –el todavía-no-ser de Bloch, en vista de que este pertenece a la genericidad del ser social (cf. p. 51)–. No deben construirse posibilidades futuras a partir de la nada, sino que hay que extraerlas del ser social, donde permanecen ocultas y oprimidas por la alienación. Son potentiae –en términos de Spinoza– que pueden pasar in actum a consecuencia de una acción de liberación de la verdadera y auténtica esencia humana. Pero, entiéndase bien, esta liberación es, en primer lugar, un acto de elección: en la naturaleza humana no es posible elegir por la propia particularidad, por el gesto perverso hacia el otro ser humano, sino que es posible elegir por el acto solidario, fraterno hacia el otro ser social, superando obviamente las barreras naturales a las que hacíamos referencia anteriormente. Es una elección por la vida del otro, como si se tratara de la propia. Es posible elegir la relación recíproca, la comunidad, y es esta la elección por el crecimiento del ser humano, por el crecimiento de la humanidad. Esta es la sustancia del discurso de Prestipino, que he profundizado, evidentemente, en dirección a una filosofía de la liberación, algo que no era de hecho ajeno al filósofo siciliano.

Prestipino no avala in toto las posiciones de Lukács, pero retoma algunas de las características acusaciones dirigidas a Lukács por sus críticos; ante todo, su incomprensión hacia la vanguardia. Lukács, no entendiendo las nuevas orientaciones de la ciencia contemporánea, “no comprende que la vanguardia artística y literaria perseguía quizás un ‘realismo’ más adecuado a los desarrollos experimentales de nuestro siglo en el saber en general y en el conocimiento científico en particular. Combate a los exponentes de las vanguardias porque, a su juicio, su ‘angustia en cuanto afecto dominante’, lejos de testimoniar, con instrumentos nuevos del conocimiento, el ‘caos’ reinante en la sociedad contemporánea, sería solo la ‘expresión emotiva’ de una ‘incapacidad para vislumbrar las leyes y la dirección de la evolución social’ subyacentes al presunto ‘caos’” (p. 59). El lector de las “páginas lukácsianas” sabe que el juicio de Lukács sobre al menos dos de los mayores exponentes de la vanguardia del siglo XX, Kafka y Brecht, no era tan negativo. En Brecht reconoce Lukács, en el discurso fúnebre dedicado al dramaturgo alemán,[2] reconoce el gran mérito de haber causado una crisis en la conciencia contemporánea y, por ende, aquel afecto dominante, aquella angustia, tuvo un efecto de estímulo hacia la liberación respecto de la alienación. En el caso de Kafka, en una carta privada al filósofo Konder, Lukács reconoce haberse equivocado en su propio juicio negativo.[3]

A mi juicio, Prestipino no se circunscribió al término “realismo”. Lukács entendía que el realismo de las vanguardias, aunque adecuado a la época en que vivieron los artistas, no consiguió sumergirse en profundidad en la indagación de lo típico de la época y de la sociedad capitalista, el blanco polémico común a la vanguardia y a Lukács. En la práctica, este objetaba a las vanguardias su falta de tipicidad, es decir: la inaptitud para representar los elementos típicos de la época de un modo que no sea superficial e inesencial. Pero Lukács reconocía, en un autor de la misma época como lo fue Thomas Mann, esta capacidad para sumergirse en profundidad en la representación de los temas de la época. Por ejemplo, en la novela Doktor Faustus, el escritor alemán trata temas vanguardistas, pero simultáneamente representa la alienación dominante en la sociedad alemana entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. En efecto, en Thomas Mann, como auténtico realista, lo real es la esencia típica, síntesis de singularidad y universalidad (cf. p. 75); no, por cierto, una singularidad que expresa sensiblemente una realidad solo individual, no reconocible para los otros.

La crítica a la incomprensión de las vanguardias antecede a una revisión de las típicas acusaciones de stalinismo dirigidas contra Lukács:

Me parece que el peculiar “infortunio” de Lukács se deriva del hecho de que solo él, entre los grandes de la cultura occidental, hizo elogios de Stalin y era, a la vez, un “inactual” pensador hegeliano-marxista […]; fue obsequioso con el stalinismo y, a la vez, tenaz adversario del “irracionalismo” […]; fue “stalinista” y, a la vez, antimodernista en el terreno estético-artístico […]; finalmente, ningún otro gran intelectual estuvo tan condicionado como él, en la vida y en el pensamiento, por la disciplina partidaria (p. 71).

Puede notarse que el tono de estos enunciados es irónico; Prestipino no parece convencido de que Lukács haya sido de hecho un stalinista efectivo, aunque cree que algunas de sus actitudes y tomas de posición teóricas no hayan estado suficientemente alejadas de las concepciones stalinistas. En suma, Prestipino reconoce que Lukács ha sido, para muchos críticos suyos, “un chivo expiatorio para las numerosas cabezas que había que cortar conjuntamente” (p. 72). Personalmente, no creo en el stalinismo de Lukács, aunque reconozco que ha sido en muchas ocasiones víctima del stalinismo: fue arrestado por la policía stalinista en julio de 1941 y liberado merced a la intervención del líder de la Tercera Internacional Dimitrov, tan solo a causa de relaciones personales; fue expulsado de la Universidad de Budapest en 1949 por sus posiciones no ortodoxas; fue deportado a Rumania, en cuanto miembro del gobierno revolucionario de Nagy, en 1957. Fue miembro durante pocos años del Partido Comunista Húngaro porque sus posiciones no eran ortodoxas; esto es, Lukács no era en absoluto fiel a las posiciones de dicho partido, sobre todo en las concepciones teóricas: si el stalinismo exaltaba el realismo socialista, Lukács exaltaba el realismo burgués; si el stalinismo sostenía que no había ninguna relación entre el pensamiento hegeliano y Marx, Lukács escribe un libro sobre el joven Hegel, en el que pone de relieve filológicamente las deudas de Marx con Hegel; si el stalinismo condenaba el idealismo, Lukács condenaba el irracionalismo. Son todas diferencias entre el stalinismo y el pensamiento lukácsiano. ¿Y las citas “laudatorias” de Stalin? En todos sus escritos autobiográficos, Lukács reconoció siempre que las citas eran el instrumento para evadir el control de la censura stalinista y publicar ensayos que no estaban en línea con las directivas del partido. Se trata de acrobacias intelectuales, pero los tiempos y lugares en que vivió Lukács no permitían una lucha abierta contra el régimen stalinista; Prestipino reconoce que el stalinismo no permitía mediaciones (cf. p. 69). Sin embargo, habría podido tener presentes estos hechos.

Permanece, no obstante, el reconocimiento, por parte de Prestipino, de su deuda con Lukács: “¡El comunismo es una decisión, es una voluntad racional que debe afirmarse sin certezas preliminares!” (p. 96). Prestipino y Lukács han permanecido como dos intelectuales orgánicos que hicieron esa elección; una elección que es ante todo ética. Alguien definió a Lukács como un “hombre bueno”; lo mismo puede decirse de Prestipino. Lukács se arriesgó a pagar muy caro esta elección; Prestipino, que vivió una generación después del filósofo húngaro, y en Italia, un país democrático, no pagó nada por su elección, pero al menos supo reconocer que Lukács era un punto de referencia teórica imprescindible para quienes quieran hacer esa elección.

[1] Este texto fue publicado en revista Herramienta, con el siguiente enlace https://herramienta.com.ar/articulo.php?id=3464&fbclid=IwAR2MpUelCMrhoFSD4rk4VEWCu2N-7Em5jylEZD7E9b6cdMR0rQnFBzdHaaQ

[2] Cf. mi traducción al italiano en:https://filosofiainmovimento.it/elogio-funebre-a-bertolt-brecht-di-gyorgy-lukacs/

[3] Cf. mi traducción al italiano en:https://filosofiainmovimento.it/lettere-di-g-lukacs-a-due-filosofi-brasiliani