Quien obedece al capital se sirve de la historia

Dennis Saúl Miranda Palomares

A finales de septiembre, uno de los llamados “intelectuales”, reconocidos y reteconocidos por el mundo de las “vacas sagradas”, publicó una de sus usuales columnas en el periódico El Universal, cuyo título era “Historia que sirve es historia sierva”. Dicho intelectual usó sus más elevados conocimientos para declarar de un plumazo que el actual Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) se había convertido, por un decretazo presidencial, en el “primer centro público de formación ideológica”, al mismo tiempo que invitaba a los “colegas” de dicho instituto a releer la obra del afamado historiador francés Marc Bloch, cuyo libro clásico, Apología por la historia, es lectura obligada para introducirse al oficio del historiador.

Continuaba su vehemente argumentación advirtiendo que, de no leer esa obra clásica, podrían hacer del INEHRM una “Escuela Nacional de Formación Política”, según él, “al servicio del gobierno”. Que no importaba si cualquiera de los partidos tuviera su propio centro de formación, pero ¡cómo se atrevía una secretaría de Estado a crear un centro público “con una agenda ideológica para los investigadores y estudiantes”!

Más adelante, mostraba como ejemplo que Bloch fue un ferviente defensor de su patria, a la que sirvió hasta su muerte, y que había sido un denodado protector de la Verdad, con V mayúscula, y que era necesario perseguirla a como diera lugar y resguardarla por sobre todas las cosas. Pues, de lo contrario, no se podría ser un buen historiador. Cerraba su texto, un tanto tautológico, con la acusación de que los mexicanos que “aceptan solamente la mitad de su historia, la que les conviene ideológicamente” no son más que “hemipléjicos”. Para el lector avezado, los argumentos retratan la podredumbre que ha sufrido gran parte de la pseudointelectualidad de nuestro país, al ver cómo su narrativa (que durante la larga noche neoliberal fue predominante en todos los espacios de opinión, y no se diga en los espacios académicos) ahora se ve desdibujada y resquebrajada por los impulsos acuciantes de cambiar la situación que impera en México.

El ataque de este autor no va dirigido con diligencia ni pretende enmendar algo que está mal, pues, de facto, está asumiendo que la transformación del INEHRM obedece a una cuestión meramente ideológica. Tengo la impresión de que la intelectualidad de derecha ha perdido el rumbo y no encuentra más que la descalificación como argumento principal para denostar los esfuerzos por hacer que realmente el país tome un camino distinto de aquel por el que esos mismos intelectuales fueron cómplices de hundirnos en el fango de la corrupción.

La corrupción no solo entendida como una cuestión netamente económica, sino en la afirmación de una subjetividad por encima de la subjetividad de las mayorías y en arrogarse la fuente misma del poder de la palabra (Dussel, 2006). Porque es una descomunal barbaridad afirmar que el decreto hecho por la presidenta convierte al instituto en una escuela de cuadros. Aunque sabemos que la creación del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) fue obra del “padre de la desigualdad social moderna”, como decía el expresidente Andrés Manuel López Obrador, ese instituto jamás estuvo al servicio de la ideología neoliberal, para nada. Así de mezquinos son los intelectuales de derecha. Se asumen como defensores de una libertad que ha sido excluida para las mayorías y han superpuesto su Verdad como la única y verdadera; mientras tanto, se han servido en bandeja de plata para ocultar y/o justificar las atrocidades con las que el régimen prianista ha actuado.

Quisiera redondear más mi idea al decir que ese tipo de intelectuales, que suelen ser fieles sirvientes del modelo neoliberal y creen que, porque tienen a su merced editoriales, espacios académicos, revistas y dinero, ejercen su función “crítica” de forma permanente, pero cuya corporalidad se encuentra desvinculada de la realidad imperante en el seno de su sociedad, no son más que pseudointelectuales, pues en la práctica se han mantenido siempre fieles al capital y se han servido de la historia para seguir reteniendo un estatus que ha sido conseguido por las redes de poder con las que cuentan. Su crítica es aceptable en tanto no traspase los límites que el sistema ha legitimado y, por tanto, suelen carecer de toda objetividad.

En cambio, nosotros, quienes ejercemos una crítica desde el no-lugar privilegiado, sabemos que estamos integrados y vinculados a los problemas más acuciantes de la sociedad a la que tratamos de transformar. Nuestra crítica se convierte en un contrapoder con legitimidad por el lugar que ocupamos para ejercerla y porque nos hemos colocado del lado de los depauperados, vejados, marginados y excluidos por el modelo neoliberal. No es desde los deciles más altos de la academia neoliberal, sino desde la academia que surge desde abajo y, pese a los contratiempos, hemos sabido construir conocimiento que ayude a los más desvalidos a tener los mínimos conceptos que les impidan ser manipulados por las hordas de intelectuales de derecha que siempre han contado con todo el arsenal de sus empresas, de sus medios de desinformación masiva, de sus editoriales, de sus redes académicas, de sus tanques de pensamiento, de sus bots y, de dinero, mejor ni hablamos.

Este alumbramiento de nuevos centros de investigación y docencia de educación superior, como es el caso de la Universidad Nacional Rosario Castellanos o el propio INEHRM, nos traslada a un hecho particularmente trascendente: la universalización de la educación superior. Hasta ahora, los centros de educación superior habían sido tomados por estos intelectuales de derecha y era menester crear un cambio que se aplicara en todos los órdenes e irradiara en la cultura en general. No entender esto es condenarse al naufragio, dado que los nichos intelectuales de gran parte de las instituciones de educación superior están ciertamente tomados por redes de poder a las que lo único que les interesa es hincharse los bolsillos con recursos públicos y elevar su tan preciado ego. La labor de las nuevas generaciones es derrotar a esos que se arrogaron el don de la escritura y que ahora han perdido la brújula con sus conflictos ideológicos. Como decía el gran Neruda, “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Desde 2018, definitivamente, ya no somos los mismos.

Referencias

Dussel, E. (2006). 20 tesis de política. Siglo XXI Editores; CREFAL.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *