Psicología de Masas del Neofascismo: El Puente entre Reich, Wright y la Furia Digital
Agnni Ulises Moreno Sánchez
El auge de figuras como Trump, Milei o el chileno Antonio Kast, y la efervescencia de espacios antes marginales como la CPAC, exhiben rasgos que la psicología de masas clásica ya diagnosticó: líderes carismáticos, enemigos demonizados y una base emocional que rechaza la complejidad.
La CPAC (Conservative Political Action Conference) es una convención política anual de la derecha conservadora en Estados Unidos. La CPAC no es un partido ni un órgano del Estado. Es un evento organizado por la American Conservative Union, donde se reúnen: políticos conservadores, activistas, donantes, medios afines, figuras del populismo de derecha Existe desde los años 70, pero se volvió central a partir de la era Trump. Desde entonces la CPAC es menos “think tank” y más “mainstream”.
Para entender por qué este guion fascista resurge hoy, no basta con releer y repensar a Le Bon y Reich; hay que cruzarlos con un análisis de las clases sociales del siglo XXI. Este ensayo propone que el neofascismo es la catarsis política de las ‘ubicaciones contradictorias de clase‘ descritas por Erik Olin Wright.
Tanto con el fascismo de Mussolini, Hitler, Franco y sus aliados en Europa del Este, existía un enemigo común: el izquierdismo, tanto económico como cultural, el liberalismo común y la impureza racial. El fascismo europeo se desarrolló como una forma extrema de organización política que combinaba nacionalismo, rechazo al “otro” y movilización de masas (Paxton, 2004). El izquierdismo era repudiado en un extremo tanto por CIERTA parte de las masas como por la GRAN MAYORÍA del capital. Hoy en día, los grandes capitales también han apoyado a Trump, Lepen, Orban, Meloni, Milei, Abascal, Kast, etc.
La teoría clásica de Le Bon sobre cómo las masas se comportan como entes emocionales sigue siendo un marco útil para analizar fenómenos políticos contemporáneos.
(Le Bon, 1895/2005). Reich propone que factores socioeconómicos y emocionales moldean la receptividad de las masas a liderazgos autoritarios (Reich, 1933/1970). El líder fuerte funciona como un sustituto del padre.
¿Quién es el enemigo de esta derecha? En realidad el enemigo de la derecha siempre ha sido el mismo: el “woke”, el feminismo, el intelectual, el periodista, el burócrata, el profesor universitario, el estudiante, las ciencias sociales (El bolsonarismo incluso se jacta de ser anti- ciencias sociales) Es decir, todas estas figuras asociadas al saber, a la mediación y a la complejidad. En este sentido, el anti-intelectualismo no es un rasgo secundario, sino estructural. La masa no solo rechaza determinadas ideas, rechaza la idea misma de que la realidad sea compleja.
La masa apoya la idea de que la realidad es unidimensional, dualista, buenos contra malos; gente de bien contra parásitos y así, una y otra vez, las categorías de izquierda y derecha vuelven a resignificarse solo de manera formal y tecnológica, pero en esencia sigue siendo el pleito de siempre. Los aliados de siempre, los enemigos de siempre, los traidores a su clase de siempre.
Se podrá argumentar que la categoría “conciencia de clase” y “traidor a su clase” son anacrónicas pues el capitalismo del siglo XXI tiene diferencias notables con el del siglo XIX y se estaría en lo correcto, pero esto no quita que la sociología, la economía el marxismo contemporáneo no tengan estratificaciones de clase definidas más allá de “burgués”, campesino y proletariado. Erik Olin Wright sostiene que en el capitalismo contemporáneo las clases sociales no pueden reducirse a la oposición clásica entre burguesía y proletariado, porque entre ambas existen múltiples posiciones intermedias. A estas posiciones las denomina ubicaciones contradictorias de clase, ya que combinan características propias de distintas clases al mismo tiempo.
Pensemos, por ejemplo, en un gerente medio de una empresa. No es dueño del capital, no controla la empresa y puede ser despedido en cualquier momento. En ese sentido, no pertenece a la burguesía. Sin embargo, sí tiene autoridad sobre otros trabajadores: evalúa, supervisa, despide o disciplina. Cobra más que ellos y suele identificarse con la lógica de la empresa. Ese gerente ocupa una posición contradictoria: es subordinado frente al capital, pero dominante frente a otros trabajadores. Para Wright, esta doble posición genera intereses y lealtades ambiguas (Wright, 1985).
Otro caso claro es el de los profesionales y expertos: profesores universitarios, científicos sociales, ingenieros, médicos, periodistas. No poseen medios de producción en el sentido clásico, pero controlan conocimiento especializado que les da poder relativo, prestigio y cierta autonomía. Al mismo tiempo, dependen de salarios, contratos, evaluaciones institucionales y financiamiento estatal o privado. Pueden sentirse parte de una élite cultural, pero vivir una creciente precarización laboral. Esto explica por qué muchos defienden la meritocracia y, al mismo tiempo, temen perder su posición social (Wright, 1997).
Un tercer ejemplo es el de los pequeños empresarios o trabajadores autónomos. Poseen medios de producción limitados —un local, herramientas, una pequeña empresa— pero suelen trabajar ellos mismos jornadas largas y están sometidos a presiones del mercado, impuestos y deudas. No se perciben como capitalistas, pero tampoco como trabajadores asalariados. Su posición contradictoria los vuelve especialmente receptivos a discursos antiestatales, antisindicales y moralizantes, aunque objetivamente no pertenezcan al gran capital (Wright, 1985).
La idea central de Wright es que estas posiciones no son marginales, sino estructurales en el capitalismo avanzado. Y precisamente por ser contradictorias generan confusión, resentimiento y volatilidad política. Las personas que las ocupan pueden sentirse explotadas “desde arriba” y amenazadas “desde abajo.
El antiintelectualismo es estructural, no accesorio: Bolsonaristas rechazan ciencias sociales; Milei, su base juvenil «educada» por YouTube/reels (relaciones parasociales), encaja con Le Bon (contagio emocional) y Reich (furia catártica contra «wokes»). Los estudios contemporáneos entienden el Trumpismo y la “alt-right” como fenómenos políticos multifactoriales ligados a identidades culturales, crisis económicas y narrativas mediáticas (Nagle, 2017; Mudde, 2019). Podríamos meter al mileísmo argentino y el bolsonarismo brasileño en el mismo paquete ideológico, con sus respectivas diferencias y similitudes mapeadas por su historia y cultura.
El caso de Javier Milei introduce una variación significativa. Milei tiene clara su posición dentro de un PARADIGMA ECONÓMICO CONCRETO. En especial, según él, la corriente conocida como la “escuela austriaca” iniciada por Carl Menger, continuada por Mises y después desarrollada por neoliberales de línea dura que se dan el lujo de hablar con “seriedad” irreverencias como llamar a Keynes, Milton Friedman o León Walras “comunistas”.
Aquí la conexión con Wilhelm Reich resulta particularmente fecunda. El sujeto interpelado por Milei no es solo el conservador clásico, sino el individuo frustrado, endeudado, humillado por la precariedad, que ya no espera protección, sino venganza. La furia contra el “parásito”, el “subsidiado”, el “becado”, el político profesional o el intelectual cumple una función catártica. La destrucción del otro aparece como condición previa para cualquier forma de liberación personal. Valga la pena decir que la base dura de Milei es una juventud “educada” por videos de youtube y reels de Instagram; es decir: la pseudoeducación que promete el formato de streaming ininterrumpido donde el carisma sustituye al rigor en internet; donde las relaciones parasociales sustituyen a las relaciones cara a cara de épocas anteriores.
Reich hablaba de la represión sexual y la estructura familiar autoritaria como caldo de cultivo para el fascismo. Un “pilar” del antifeminismo rabioso, que actúa de forma tribal en internet es la llamada “manosphere”: incels, masculinidades frágiles, hombres frustrados con las mujeres y que culpan al feminismo de sus fracasos amorosos. Ciertamente se ha asociado más a la “nueva izquierda” ideas como el poliamor o la defensa de la comunidad LGBT, los fetichismos sexuales y las relaciones heterosexuales no tradicionales (no tener hijos, tener relaciones abiertas, ser exclusivos en cuanto a división de gastos pero no ser monógamos, entre otras). Para el sujeto neofascista, estas nuevas formas de relación representan el «caos» que viene a destruir la «jerarquía natural».
En síntesis, Le Bon permite comprender la dinámica emocional de la masa, Reich explica la disposición psicológica hacia la autoridad y Erik Olin Wright aporta el marco estructural que muestra por qué amplios sectores sociales ocupan posiciones ambiguas en el capitalismo contemporáneo. El neofascismo digital surge precisamente en la intersección de estos tres niveles: emoción colectiva, subjetividad autoritaria y contradicciones estructurales de clase.
Referencias:
Le Bon, G. (2005). The Crowd: A Study of the Popular Mind (S. T. F. Pick & L. R. Graham, Trans.; edición revisada). Dover Publications.
(Obra original publicada en 1895)
Reich, W. (1970). The Mass Psychology of Fascism (Johan Angier, Ed.; J. R. Minar, Trans.). Farrar, Straus & Giroux.
(Obra original publicada en 1933)
Paxton, R. O. (2004). The Anatomy of Fascism. Alfred A. Knopf.
Mudde, C. (2019). The Far Right Today. Polity Press.
Nagle, A. (2017). Kill All Normies: Online Culture Wars From 4chan and Tumblr to Trump and the Alt-Right. Zero Books.
Wright, E. O. (1985). Classes. Verso.
Wright, E. O. (1997). Class counts: Comparative studies in class analysis. Cambridge University Press.