Para de consumir mierda. La otra crisis que está destruyendo Venezuela

David Escobar

Venezuela está atravesando una situación emergencia provocada por los dos terremotos consecutivos del 24 de junio. Sin embargo, como país estamos atravesando una catástrofe que ha fracturado nuestras estructuras mucho más allá de lo material. En medio de esta emergencia física, social, cultural y espiritual, se gesta una crisis paralela en el ecosistema digital, y sobre esa sí poseemos un margen de acción total: la elección consciente de lo que consumimos, compartimos y legitimamos.

En un estado de vulnerabilidad colectiva, contener la propagación de información tóxica y destructiva es un imperativo ético. Pretender responsabilizar a un individuo o a una facción política por un fenómeno telúrico, y por las consecuencias estructurales que este devela, constituye un sesgo cognitivo y un error categórico. No es el momento para juicios sumarios que carecen de utilidad pragmática; esta dinámica de proyección no ayuda en absolutamente nada ante la inmediatez de la tragedia.

Esta necesidad de encontrar chivos expiatorios obedece únicamente a un ego desproporcionado y al resentimiento histórico, encontrando su principal catalizador en actores digitales que instrumentalizan el caos. Validar y amplificar ecosistemas nocivos —como cuentas de pseudo noticias, plataformas de pseudo humor negro, o figuras que se escudan bajo la etiqueta de influencers y pseudo humoristas (como Javier Hala Madrid por mencionar algún representante o cualquier otro perfil análogo), constituye una respuesta psicosocial profundamente reactiva. Lejos de generar catarsis, el consumo y difusión de esta narrativa lucra con la tragedia y reabre heridas traumáticas que debemos procurar sanar y reparar activamente si pretendemos evolucionar y consolidarnos como un tejido social resiliente y maduro.

Para analizar la situación desde una perspectiva organizacional y empírica, es imperativo observar los hechos y sus matices. Sabemos que la Organización Nacional de Protección Civil, creada en 2001 durante este gobierno, cuenta hoy con un contingente de apenas alrededor de 7.400 efectivos a nivel nacional. Somos plenamente conscientes del profundo deterioro operativo y la politización sistémica que atraviesan nuestros organismos de seguridad y prevención; factores que, frente a la magnitud destructiva del sismo, generan una disonancia insalvable entre la capacidad instalada y la sobredemanda de auxilio. En este contexto de colapso, todos hemos estado expuestos a imágenes perturbadoras: efectivos militares incurriendo en extorsión y abuso de poder, funcionarios policiales en dinámicas de saqueo, o supuestos rescatistas sustrayendo insumos vitales. Es innegable que esta realidad es sombría y que enfrentamos una degradación y degeneración en múltiples aspectos de nuestra estructura social, una descomposición que inevitablemente se manifiesta también en las autoridades y organismos de auxilio. Sin embargo, no necesitamos que esta miseria sea reproducida y amplificada, una y otra vez, ante nuestros propios ojos y los de la comunidad internacional. Desde un análisis sociológico riguroso, estas atrocidades constituyen desviaciones éticas que no nos definen como sociedad ni representan proporcionalmente a nuestra identidad nacional. Es imperativo rescatar que, aun dentro de este aparato estatal fracturado, coexisten miles de personas que operativizan su voluntad de servir y proteger, ejerciendo su labor desde los más profundos valores de empatía, integridad y solidaridad humana.

En estados de crisis extrema, se manifiestan las polaridades de la condición humana. Todo evento catastrófico actúa como un catalizador psicosocial que extrae y exacerba, de manera simultánea, lo mejor y lo peor de nosotros, tanto en nuestra psique individual como en nuestra dimensión como sociedad. Viralizar sistemáticamente contenido de robos, delitos y vandalismo no es un acto de denuncia, sino una práctica que nutre nuestra sombra colectiva. Esta retroalimentación del morbo distorsiona el reflejo de nuestra identidad sociológica, proyectando ante nosotros mismos y ante el resto del mundo una imagen de decadencia en lugar de resiliencia.

La dicotomía frente a nosotros es clara y las consecuencias de nuestra elección son tangibles. El daño psicológico que infligimos al masificar el caos y la anomia es incalculable, pero el impacto de compartir acciones de valor —rescates exitosos, la llegada de ayuda internacional, la cohesión comunitaria— es profundamente reparador. Asumamos el deber moral de inundar la narrativa pública con optimismo y unidad nacional; ante la implacable fuerza de la naturaleza, la única respuesta adaptativa, lógica y humana es despertar nuestra conciencia y levantarnos juntos.

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